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Los idiomas del cine

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Fotograma de la película Loreak, dirigida por Jon Garaño y Jose Mari Goenaga

Loreak fue una de las películas sorpresa de la temporada pasada, a nivel de premios y reconocimiento crítico, pero también en cuanto a público: rozó los cincuenta mil espectadores —una cifra alta teniendo en cuenta las escasas copias con las que se estrenó—, un número que superará seguramente en las próximas semanas con la segunda vida comercial que se le abre ahora. La Academia de Cine ha escogido Loreak como representante de España en los próximos premios Oscar y si finalmente es escogida como una de las cinco finalistas, será la primera película en euskera en competir en los premios de Hollywood y la lengua principal con menos hablantes en la historia de la categoría «Mejor película de habla no inglesa».

El caso de Loreak recuerda a otro similar que tuvo lugar en 1993. El año en el que Fernando Trueba conseguía su Oscar por Belle Epoque, una de sus rivales fue la producción británica Hedd Wyn, del director Paul Turner, una biografía del poeta Ellis Humphrey Evans, que murió en combate durante la Primera Guerra Mundial. La película estaba rodada en galés, la lengua en la que escribió su obra Evans, un idioma hablado por menos de 800.000 personas en todo el mundo de las cuales aproximadamente una décima parte se encuentra en la provincia de Chubut, en la Patagonia argentina.

Cuando se habla del Oscar a la mejor película de habla no inglesa, francés, español e italiano han sido los idiomas predominantes. Japonés, sueco, danés, ruso o alemán son otras de las lenguas que han frecuentado la ceremonia, fruto de la tradición y la riqueza de sus cinematografías. Sin embargo, la lengua más hablada del mundo, el chino mandarín, no tuvo representación alguna hasta la década de los noventa, con la candidatura de la película de Zhang Yimou Ju Dou, semilla de crisantemo. Peor aún es la estadística para la cuarta lengua más hablada en el planeta, el hindi, que además es la más hablada en India, uno de los países con una cinematografía más rica y con mayor producción de películas al año del mundo. Sólo tres películas indias han sido alguna vez candidata a los Oscar desde en 1947 la Academia premiase de forma especial El limpiabotas, de Vittorio De Sica, considerada la primera película ganadora en la categoría de mejor película de habla no inglesa. Tampoco han tenido más reconocimiento el árabe, presente casi exclusivamente en coproducciones con países europeos, o el portugués, que solo ha estado presente en cuatro películas brasileñas (cinco, si contamos la francesa Orfeo negro). Otras lenguas que superan ampliamente los cien millones de hablantes como el bengalí, el indonesio o el urdu nunca han sido oídas en la ceremonia de los Oscar.

Y, a pesar de esto, los Oscar pueden presumir de haber nominado o premiado películas habladas en lenguas tan poco comunes como el estonio, el tibetano, el islandés o el mongol. Los a priori mucho más diversos, abiertos de mente y de fronteras y proclives a la amplitud de miras festivales europeos de clase A —esto es, Cannes, Venecia, Berlín y San Sebastián— han sido, paradójicamente, mucho menos variados a la hora de premiar películas en lenguas diferentes a las europeas, encabezadas, evidentemente, por el inglés. La Palma de Oro de Cannes es particularmente etnocéntrica y ha girado constantemente en torno al inglés, el francés y el italiano (ni siquiera el español entra en esta terna). Una película como El Tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas, rodada en tailandés, es una excepción, como también lo es que haya habido un premio tan solo a películas rodadas en chino o hindi. En Venecia aparece el vietnamita y en Berlín el xhosa, lengua sudafricana. En San Sebastián lo más exótico es el islandés que se habla en la recién premiada (hace apenas una semana) Sparrow y una coproducción palestina con parte hablada en árabe.

La posible aparición del euskera en los Oscar, si Loreak finalmente es seleccionada por la Academia de Hollywood, aportaría un grano de arena más a la lenta apertura del mundo del cine a otras lenguas y otras regiones del mundo. Que cinematografías interesantes y a veces prolíficas y ricas como la india, la china o la nigeriana (la africana en general) estén condenadas a pasar bajo el radar de los premios y festivales internacionales de cine es un acto de ombliguismo antropológico que el mundo del séptimo arte, sus críticos y sus valedores culturales debe corregir y eliminar. El cine, como la literatura, es un modo indispensable para atravesar fronteras que de otro modo siguen sumidas en las zonas oscuras de los mapas mentales de occidente.