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LIBROS: Mis años grizzly, de Doug Peacock

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El auténtico ‘Grizzly Man’

Doug Peacock llegó antes al mundo de los osos que Timothy Treadwell, y lo hizo para sobrevivir, no para morir

Por Cristian Segura

La historia de Doug Peacock es ideal para un guión de Hollywood. Un veterano de Vietnam cae en el pozo de la depresión tras volver de la guerra, pero encuentra la salvación en la naturaleza, conviviendo con uno de los animales más feroces, el oso grizzly. El título de Grizzly Man fue concedido por Werner Herzog a Timothy Treadwell, un urbanita de Nueva York que tras excesos con la heroína, el alcohol y el mundo new age decidió largarse a Alaska a vivir en una cabaña, rodeado de osos grizzly. Treadwell murió en 2003 devorado por uno de ellos. Herzog documentó su vida en la película Grizzly Man, y como tal se recuerda a Treadwell. Pero los honores son injustos, porque Treadwell era un botarate inconsciente. Peacock, en cambio, se crió de niño trotando por los bosques y los grandes lagos de Michigan, lleva desde la década de los 70 estudiando a los osos de toda América y es suficientemente listo como para no acabar siendo engullido por sus obsesiones.

Mis años grizzly son las memorias de Peacock que Errata Naturae ha publicado en castellano en una excelente traducción de Miguel Ros. El libro tiene cuatro líneas argumentales: las pesadillas de la guerra, las expediciones de Peacock por los desiertos del Sur de Estados Unidos, su lucha antisistema contra las autoridades y su vida con los osos. Esta última temática abarca la gran mayoría de las 388 páginas del libro. Si el lector no es un fan de Peacock —en Estados Unidos es un icono de la lucha animalista—, o si no es un biólogo especializado en los parques nacionales de EE.UU., los encuentros y detalles de cada oso que estudia su autor acabarán resultándole un coñazo. No es que el relato sea aburrido, la cuestión es que puede resultar repetitivo para alguien que no siente los hechos como si fuera el propio Peacock.

Peacock se crió de niño trotando por los bosques y los grandes lagos de Michigan, y lleva desde la década de los 70 estudiando a los osos de toda América.

Por suerte, Mis años Grizzly va más allá de enumerar patrones de identificación de tal osezno o las variaciones en el estado de ánimo de tal macho dominante. Va más allá porque Peacok es un personaje entre un millón. Sus exploraciones han sido casi siempre en solitario, conviviendo consigo mismo durante meses con una equipación que haría sonrojar a los ultratecnologizados y esponsorizados aventureros de hoy en día:

«Uso unas botas de goma Marine K, excedentes de la Guerra de Corea. Las raquetas de nieve son heredadas. Mi saco de dormir está hecho a mano y calienta sólo hasta temperaturas por encima de cero. Lo complemento con una manta impermeable militar. También llevo uno de esos finísimos cobertores estilo era espacial, y cuando hace frío de verdad me acuesto con toda la ropa de lana puesta: calcetines, gorro, todo. Llegados a los doce o quince grados bajo cero, suelo pasar un frío de mil demonios. La tienda es barata, de estilo alpino, con varas y vientos. Como no se pueden clavar piquetas en la nieve, ato los vientos de la tienda a ramas gruesas y planas de dos pies de largo, que entierro en perpendicular a los vientos, y bajo un pie de nieve que luego pisoteo con fuerza para mantener bien tirantes los vientos. No me preocupo de llevar hornillo. No cocino cuando estoy en la naturaleza, y tampoco hay necesidad de derretir la nieve en las zonas termales. Ato la tienda, el saco de dormir y la almohadilla en la mochila. El trípode de madera de veintidós libras con cabezal móvil va amarrado a la estructura de la mochila. Cuando no las uso, ato las raquetas en la parte superior. Todo el paquete pesa unas cien libras (45 kilos)

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En Youtube se puede ver un documental fascinante —por surrealista— sobre los grizzly, de los años 80, protagonizado por Peacock y Arnold Schwarzenegger. Peacock aparece con la equipación antes descrita; parece el jefe de una tribu de cazadores del Paleolítico; Schwarzenegger, a su lado, es el ideal de la civilización. Peacock es el mejor actor de los dos porque su personaje es genuino. Su adaptación al entorno entorno natural es la de un animal más, sobre todo en su hogar, el Parque Nacional de Yellowstone. Sus memorias están repletas de pasajes de gran belleza:

«Dos horas después del amanecer empecé a inspeccionar el valle: tres manadas de búfalos hembras con un total de ocho crías de tres semanas —como terneros de juguete de color naranja con patas larguiruchas y que no se separaban del costado oscuro de sus madres— pastaban junto al arroyo; cerca de la lejana línea de árboles media docena de uapitíes hembra observaban el bosque. Los uapitíes deberían empezar a parir en cuestión de días. Nuevas hierbas y ciperáceas brotaban junto al arroyo. La ‘claytonia lanceolata’, un lirio de tallo tuberculoso, completamente comestible, despuntaba del terreno húmedo cubierto por lomas de nieve en retirada. Los días de frío y muerte habían tocado a su fin, dejando paso a la época de los nacimientos. Los búfalos parían aquí durante las dos primeras semanas de mayo. Los uapitíes daban luz a sus crías casi un mes más tarde, al igual que el alce.

Desvié mis prismáticos desde los uapitíes hasta una estrecha pradera cercana, hacia donde los animales parecían estar mirando. Una bandada de cuervos bullía en el borde de la pradera. ¿Cuervos? Los cuervos eran mensajeros, y su idioma el lenguaje universal de los bosques.

Entre la artemisa, un enorme grizzly marrón y su osezno de un año, algo más oscuro, excavaban y olfateaban el terreno baldío. La hembra retrocedió y embistió la nube de cuervos, agitando el aire con sus zarpas. Los pájaros eran una provocación, y su presencia allí estaba justificada por las larvas desenterradas por los osos en busca de pequeños roedores, o de sus reservas de semillas, o quizá de las madrigueras de topillos diminutos, los ‘microtus’. Un coyote acechaba en las sombras, a la espera de cualquier roedor fugitivo que pasase desapercibido para los grizzlies.»

La emboscada del oso

DougPeacockEl conocimiento de Peacock sobre los hábitos de los osos es extensísimo, difícilmente igualado por otro experto en el mundo. Sus actos pueden ser temerarios, pero porque se lo puede permitir, aunque el relato siempre va envuelto por un halo de miedo:

«La cosa estaba clara: la noche anterior, el Grizzly del arroyo Amargo había seguido mis huellas; luego giró en círculo y se tumbó a esperar detrás de unos troncos, a diez pies del lugar por donde yo pasaría. De haberme adentrado más en el bosque esa noche, el grizzly habría estado justo ahí. El lecho helado me decía que permaneció tumbado, a la espera, largo rato.

Era la segunda vez que me pasaba algo así: un grizzly me tendía lo que, a todas luces, era una emboscada deliberada. No sé lo que significa. A lo mejor sólo es curiosidad. No obstante, por unos momentos imaginé una inteligencia malévola acechándome tras esos troncos».

Autosabotaje

Peacock reniega de cualquier forma de sedentarismo. Dimite de su puesto como guarda forestal del gobierno de los Estados Unidos, un empleo funcionarial que le permite pasar largas temporadas vigilando en solitario refugios en parques nacionales, con todo el tiempo para perderse por bosques y cerros. Lo que para muchos sería el paraíso —un servidor sería el primero en la lista—, el hecho de volver cada noche al mismo lecho, aunque sea en una cabaña perdida en las Rocosas, es superior a él. Peacock llega a sabotear su papel en la sociedad:

«Así fue como empezó mi carrera en el servicio de Parques Nacionales, siguiendo una trayectoria descendente: cada año o así procuraba degradarme un grado GS, solicitando y aceptando trabajos peor pagados y con menos responsabilidades. Al final toqué fondo como trabajador GS-0, vigilante antiincendios en el Parque Nacional de los Glaciares.

Los anarquistas son unos pésimos agentes de orden público, y yo no era una excepción. Lo más cerca que estuve del placer policial de trincar a alguien fue ponerle una multa a una autocaravana Winnebago mal aparcada. Al final del verano de 1975 destrocé una camioneta del gobierno en circunstancias sospechosas, me lié a mamporros con un ayudante del sheriff del condado de Watcom y me marché para siempre.»

Para entender a Peacock hay que leer sus experiencias de guerra. Traumatizado de por vida, el autor del libro detesta todo lo que sea gubernamental porque fue su gobierno quien lo mandó al infierno. Mis años Grizzly recoge episodios de Vietnam que hielan la sangre. Peacock deja claro ya en el primer capítulo el porqué de su conducta:

«El niño seguía en el arrozal, a unos treinta metros, observándonos a mí y a los veinte soldados irregulares mientras pasábamos de largo. Pero luego, cuando el niño vio a los americanos echó a correr. Nunca sabré por qué decidió correr, pero cuando los hizo los americanos abrieron fuego contra él, al principio uno o dos, luego toda la sección, despedazando su cuerpecito con las balas de los M-16. Mis hombres observaban la escena en silencio y con una mirada torva.

[…] Fui incapaz de reintegrarme en la sociedad. Otras personas de mi generación siguieron avanzando y fueron capaces de expandir sus conciencias más allá de aquella experiencia brutal; yo me retiré a los bosques y obligué a mi cabeza a adormecerse con vino barato.»

Vino y ataúdes

Hay aspectos de la narrativa de Peacok que recuerdan al italiano Mauro Corona, sobre todo por cómo consigue combinar la belleza y el horror pese a su lenguaje y personalidad tosca. Peacock evoca un episodio de calma en Vietnam. Su voluntad de absorber conocimiento y aprender de nuevas culturas, pero sin dejar de subrayar la presencia de la muerte, es anterior a los grizzly; es su manera de ser:

«La ceremonia del vino de arroz entre los hrê comprende siete etapas, y empieza con el anfitrión limpiando las largas pajitas, juncos huecos llamados ‘triengs’, escupiendo su contenido para demostrar que no están llenas de veneno. Los hrê se tomaban muy en serio el asunto: acababas bebiendo una enorme copa tras otra, vertidas desde una urna funeraria de barro de un metro de altura, por turnos, hasta que sólo quedaban las hojas de plátano que cubrían el arroz fermentado. Lo considerado como buenos modales variaba según las diferentes tribus de montañeses: al sur de allí, por ejemplo, entre los montañeses jarai, lo educado era embriagarse ligeramente. Sin embargo, con los hrê, el mayor cumplido que podías hacerle a tu anfitrión era emborracharte como una cuba.

Yo era el invitado perfecto. Long me ayudó a montarme en el jeep y condujo por el puente de vuelta a Bato. Al límite de la aldea Tan An le dije a Long que parase a un lado para mear. Nos dirigimos tras unas chozas, entre los árboles. Allí, varios hombres ancianos estaban construyendo cajas de madera: apilados contra la pared de las chozas había treinta ataúdes recién construidos. De todos los tamaños.»

Peacock tiene por costumbre abandonar las montañas en invierno, durante los meses de letargo de los osos. Su refugio favorito son los desiertos de Arizona. Para el lector de ‘Mis años Grizzly’, sus aventuras al sur de este Estado y de Nuevo México también son un descanso después de tantos capítulos entre osos y travesías en el bosque. Peacock cuenta, como si fuera lo más normal, que sus expediciones en el desierto abarcan lugares tan remotos que es habitual encontrar antiguas aldeas indias, o reliquias de siglos ha. Sus descripciones de la naturaleza árida son tan brillantes como la de los parques nacionales de los Glaciares o Yellowstone.

«El plumas aún desprendía un ligero aroma a humo de pícea y pino, de una hoguera que encendí durante una tormenta de nieve, cerca de la guarida de un oso grizzly en Yellowstone, seis años antes. Me recosté y me quedé escuchando el viento que soplaba desde México. Oía el tintineo de fondo de mis propios oídos; fuera, el silencio era absoluto, hasta que al fin se vio roto por el aullido de un coyote lejano.

Cinco horas después la luna ya casi estaba sobre mi cabeza, y yo iba en busca de un lugar donde acampar durante la noche. Me dolía el cuerpo en una docena de partes distintas, pero estaba tan empapado en sudor y agotado que ya ni me importaba. Me arrastraba bajo el peso de la mochila por un sendero que usaban los hohokam hace cientos de años en sus viajes de regreso desde el mar de Cortés, cargados de conchas. Bajo la luz de la luna podía ver los fragmentos blancos en el suelo. También había trozos oscuros de cerámica del tamaño de mi mano: al agacharme, vi los casquetes de una vasija.»

Peacock ha conseguido algo que sus queridos osos no han podido alcanzar: convertirse en el animal más completo, superviviente en cualquier entorno natural, incluso en el infierno.

Mis años grizzly
Doug Peacock
Errata Naturae, 2015. 392 páginas.