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EL EXTREMO DEL MUNDO, UN PASO DE ESTEBAN FEUNE DE COLOMBI

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Esteban Feune de Colombi se estrena en los Pasos de Altaïr Magazine con «El extremo del mundo. Una crónica desde Japón». En este texto Feune se convierte casi en un flâneur y camina y camina el Tokaido, la más importante de las cinco rutas del Japón feudal. Podéis encontrar aquí la crónica entera. 


Todo empezó con mi tío Ramón, andariego de ley. Crecí sabiendo que de joven caminaba, una vez por mes, 60 kilómetros a campo traviesa para encontrarse con su novia Brenda. Luego apareció Robert Walser. Lo descubrí cuando vivía en Ginebra y leer El paseo me sigue maravillando. Más tarde vino un tal Marc Caellas y juntos convertimos la nouvelle del escritor suizo en obra de teatro a pie. Los peregrinajes me llevaron a andar, vestido de hombre decimonónico, por Bogotá, Montevideo, Buenos Aires, Madrid, San Pablo, Barcelona, Ciudad de México y La Habana, y a investigar textos vinculados con la dromomania, desde Carl Seelig hasta Rebecca Solnit pasando por Osvaldo Baigorria.

En algún momento impreciso encontré, en una librería de viejo neoyorquina, The 53 Stations of the Tokaido, un tomito con reproducciones de grabados de Hiroshige. Entonces no conocía a ese maestro japonés del ukiyo-e y jamás había oído hablar del Tokaido. Sin embargo, sabía que el destino me tenía preparado, allá lejos y en el tiempo, un viaje a Japón, y que desembarcaría en la isla con la frase «navigare necesse est, vivere non est necesse» —atribuida por Plutarco, en sus Vidas, a Pompeyo, y usurpada por la Liga Hanseática, Pessoa y Caetano Veloso, en ese orden— tatuada en el brazo derecho.

En épocas del Período Edo, entre 1603 y 1868, el Tokaido era la más importante de las cinco rutas del Japón feudal. Unía los 500 kilómetros que separaban a Tokio de Kioto, la antigua capital. Su nombre significa «camino del Mar del Este» porque coquetea con la costa y se diferencia del Nakasendo, que también discurría entre ambas ciudades, pero en medio de las montañas.

A mediados del siglo XIX, el pintor Utagawa Hiroshige retrató con estampas bucólicas las 53 estaciones del recorrido. Se trataba de postas donde los caminantes descansaban, comían y dejaban sentado su paso. Precisos y preciosos, los sofisticados dibujos hechos en papel de arroz registran no sólo hábitos sino también una peculiar forma de vida a pie. Hay picos nevados, plantaciones de té, puentes de madera, lluvias fenomenales y lagos turquesas; ataviados con colores muchas veces chillones, los peripatéticos llevan su carga al hombro o en palanquines y en los oníricos paisajes que plasmó el artista tokiota, al mirarlos de cerca, parece que se movieran.

Después de hacer ocho funciones de El paseo de Robert Walser en Barcelona y de tatuarme el aforismo latino que me prometí, aterricé en Tokio a fines de marzo. El plan era aclimatarme durante un par de días y rumbear de inmediato hacia Kioto a bordo de mis dos piernas. Iba preparado, pero no tanto. Una campera todo terreno, unas botas Quechua, una capa de lluvia, dos pantalones desmontables, un sombrero de aventurero y algunas pocas cosas más que cargué en la típica mochila de mochilero: 11 kilos en la espalda. Por delante, cuatro kilos en otra mochila con el ordenador, un trípode, una cámara de fotos que también filma, una Moleskine y una reserva de almendras, maní, castañas y nueces.

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El Japón en transición de Soseki y Mushanokoji: una doble mirada desde dentro

Por Virginia Mendoza

 

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Las novelas Kokoro y Amistad reflejan que la mentalidad en el Japón aperturista de la Era Meijí y Taisho no había cambiado tanto en cuanto al matrimonio, el honor y la libertad

 Entre Kokoro (Impedimenta, 2014) y Amistad (Contraseña Editorial, 2015), Japón eclosionó y se abrió al mundo. El 30 de julio de 1912 dividió dos épocas que quedaron retratadas por dos generaciones, la del profesor (Natsume Soseki, autor de Kokoro) y la del alumno (Saneatsu Mushanokoji, autor de Amistad). La muerte del Emperador Meiji acabó aquel día con una era. Japón se había abierto al mundo y se había convertido en una potencia industrial. Puede que a nivel político y de cara al resto del mundo pareciese un país renovado, pero la mentalidad de su gente no había abandonado el lastre del feudalismo y las ataduras del honor. Desde fuera, el cambio era evidente; desde dentro, testimonial. Los japoneses, especialmente los mayores, se habían convertido en un anacronismo. Parecía que ya nadie practicaría el junshi (la tradición por la que los siervos se suicidaban con sus señores cuando éstos morían). Pero la noche que el emperador murió, su siervo se fue con él.

Soseki y Mushanokoji, que fueron los grandes representantes de dos generaciones que quedaron especialmente divididas por el cambio de era, abordan respectivamente en Kokoro y Amistad el paso de la Era Meiji a la Era Taisho desde dentro. Las dos novelas hablan de la traición, del amor, de la lealtad, de la venganza y del arrepentimiento. Todo ello condensado en dos historias que, en realidad, son casi idénticas aunque con ciertos matices.

Un triángulo amoroso es el detonante del dolor —aunque en Kokoro desconocemos quienes lo protagonizan hasta la última parte—, pero cada obra plantea una posibilidad ante la decepción: el suicidio o la necesidad de superar al amigo convertido en contrincante. En una prima la lealtad —que desemboca en la felicidad— y en la otra el egoísmo —que culmina con el arrepentimiento de por vida—. Las dos utilizan el mismo recurso narrativo para cerrar la historia: el género epistolar. Gracias a las cartas, el final de ambas novelas muestra la profundidad de varios personajes de los que tanto Soseki como Mushanokoji apenas nos permiten atisbar una sombra a lo largo de la mayoría de las páginas.

Natsume_Soseki_photoKokoro

Los protagonistas de Kokoro no tienen nombre. El narrador llama a su amigo “Sensei”, que significa maestro y es una forma respetuosa de dirigirse a la gente mayor, más sabia. El narrador quiere ser amigo de Sensei a toda costa y lo hace de una forma parasitaria: intuye una personalidad llena de sabiduría que quiere absorber. La amistad es un sentimiento extraño en Kokoro, algo que llega de golpe y sin preliminares. O al menos esa es la amistad que entiende el narrador: llegar al fondo del otro y adueñarse de su historia y así beberse hasta la última gota de sus pensamientos. “A partir de ese día, Sensei y yo nos hicimos amigos. Sin embargo, aún desconocía todo de él”, dice.

Por tanta prisa y expectativa, llega la irremediable decepción, algo que no es ajeno a Sensei porque su experiencia le habla de la envidia, de la venganza y de la distancia. La frialdad de Sensei y la trivialidad con la que trata los asuntos más trascendentales están muy lejos de las expectativas de su amigo. “Te dejas arrastrar por la pasión y en cuanto se te pase esa fiebre, la desilusión te dominará”, llega a advertirle. Es aquí donde nos da una pista de la historia que revelará al final y que justifica su cerrazón: “El recuerdo de haberse posternado ante los pies de alguien puede tornarse en un ansia por pisotear a la persona admirada”.

“La causa de mi miedo era algo inexplicable para mí, pero ahí continuaba todo el rato, latiendo” (Kokoro)

Los protagonistas de Kokoro sienten una especie de vértigo ante el futuro estigmatizado por el pasado y ante las personas a cuyo fondo no pueden acceder. Tanto el narrador como la mujer de Sensei encuentran en éste una sombra al fondo que no logran identificar.  “Supe que no podría hallar descanso en mi vida hasta lograr salir de la zona de sombra y entrar en una de luz”, es como relata el narrador esa sensación de estar al lado de Sensei y palpar su oscuridad.

Saneatsu_Mushanokoji_1_croppedAmistad

Amistad aparece cinco años después que Kokoro. Mushanokoji había sido alumno de Soseki y prácticamente le imitó al escribir la novela. ¿Le imitó o se enfrentó a él? Ambas opciones parecen válidas. La situación es idéntica: dos amigos se enamoran de la misma mujer. Las distintas formas de resolver la situación es también un reflejo del cambio generacional: si en Kokoro uno de los amigos se suicida, en Amistad, el amigo rechazado se siente retado a demostrar que es mejor en el terreno literario.

El desencadenante del problema es en ambos casos un miedo cultural a hablar de la persona amada con los amigos. Esa forma de evadir las cuestiones más simples de forma compleja parece una actitud tan japonesa que es inevitable imaginar a los personajes de Murakami hace un siglo.

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La amistad entre hombres japoneses de aquella época era un lugar cerrado en el que el amor no tenía cabida. Aun así, en Amistad,  uno de los dos amigos decide abrirse y contar sus sentimientos. Nojima no imagina que halagar constantemente a Sugiko, la mujer amada, ante su amigo Omiya puede ser contraproducente. Aquí, al contrario que en Kokoro, prevalece la lealtad por encima del egoísmo. A pesar de los constantes intentos de Omiya por mantenerse al margen de esta relación e incluso cambiar de país, este no tiene en cuenta que no se está enfrentando a su amigo, sino a una mujer singular en Japón. Alguien que tiene el valor de escribir: “Tú, que lo sabes todo, estás defendiendo inútilmente la amistad en detrimento de otras cosas más importantes”.

“Quiero decidir yo misma sobre mi vida” (Amistad)

El modelo de mujer constituye otra de las grandes diferencias entre ambas obras. En Kokoro encontramos el ideal femenino (Yamato Nadeshiko, de la Era Meiji) de la época reflejado en la mujer de Sensei: sumisa y buena esposa. Acepta sin reparos al hombre que elige su madre y no intenta profundizar en las razones de la oscuridad de su marido. En cambio, la mujer disputada en Amistad es directa, dueña de su propio futuro (mo-gaa, durante la Era Taisho). Tiene claro lo que quiere y lo que no; lo que acepta y lo que rechaza. Estos dos personajes son en realidad quienes marcan la diferencia generacional y el cambio de era, a pesar de la infinidad de veces que los personajes masculinos aluden a frases que comienzan con “la juventud de ahora”, “en nuestros tiempos”.

En Amistad, la juventud es idealista, inconforme y ambiciosa: “Me gustan las personas que tienen un concepto de la justicia muy firme, una voluntad férrea y que realizan sus ideales. Asimismo me gustan las que respetan el destino de los demás”. Y con esto se cuestiona, en realidad, a los hombres que se casaban a toda costa con una mujer sin que ella pudiera elegir.

Todavía en la Era Taisho era habitual que los padres eligieran, pero Sugiko se adelanta incluso a su época. Dice su hermano de uno de los pretendientes más insistentes: “No cuenta con la voluntad de ella para nada, como si las mujeres fueran mercancía”. Y, aun así, él mismo esconde las cartas de su hermana y asegura que se encarga de que las peticiones de mano que recibe caigan en saco roto.

En Amistad todavía “alguna gente se casa con quien sus padres han decidido”, pero es donde se percibe una nueva visión del matrimonio. “Como mi madre lo pasó fatal con su suegra y su cuñado, eligió para mi hermana un hombre […] que le hicieran la vida más fácil.” La novedad era la búsqueda de la felicidad de la hija, que seguía sin poder elegir.

En Kokoro, cualquier progreso se magnifica. Al hablar del nuevo Tokio, el narrador le dice a su padre que se llevará una sorpresa cuando vaya. “Los tranvías, por ejemplo. Hay líneas nuevas que llevan a todas partes y en cuanto llega a un barrio nuevo, este cambia por completo”, dice. En Amistad, aunque se escribiera cinco años después, parece que las cosas no cambian a la misma velocidad, e incluso llegamos a este lamento: “Japón es demasiado pobre. Nosotros, con todas nuestras fuerzas, tenemos que contribuir al florecimiento de la cultura y el pensamiento de nuestro país”.

Los jóvenes de Amistad son tan pesimistas como los de Kokoro, pero entre una y otra generación se intuye que el joven de la Era Taisho no deja su vida en manos del destino, ni de la suerte, ni de los padres.

Aunque Amistad no es un libro tan brillante a nivel narrativo como Kokoro ni se presta tanto al subrayado, genera una tensión mucho más palpable y describe un amor más real o, como mínimo, natural, inevitable y arrebatador. Kokoro no logra, en parte por la estructura narrativa, provocar esta tensión. Pero de algún modo llega más al fondo del lector y logra agitar el recuerdo. Es paradójico que el personaje más extraño y hermético de ambos libros, Sensei, sea aquel con el que más fácil resulte empatizar. Quizá la razón se halle en el hecho de que Amistad es el fuego y Kokoro la ceniza. El fuego siempre dura menos y, a partir de cierta edad, nadie se libra de cargar algún fantasma de por vida.

 

Kokoro

Natsume Soseki

Impedimenta, 2014. 304 páginas


Amistad

Saneatsu Mushanokoji

Contraseña Editorial, 2015. 160 páginas

 

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Una mapa de voces

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«¿Habremos recorrido ya todo el mundo?»

La pregunta se formula en la redacción de ALTAÏR MAGAZINE casi por casualidad, pero es pertinente: llevamos diez meses en marcha en esta nueva andadura digital del magazine y tenemos la sensación de haber estado en casi todas partes. Vamos al ordenador y abrimos nuestra sección de Voces y un mapa del mundo al lado y nos ponemos, como se hacía antes, a clavar chinchetas en él.

«Lo que más ha sido Sudamérica, ¿no?»

Esa sensación da, aunque hemos prestado especial atención a México, que después de todo fue el material de nuestro primer 360º monográfico. Pero también hemos recorrido lugares como El Salvador, a veces para hablar de feminismo, a veces para hablar de cementerios habitados; o Colombia, asistiendo a la ceremonia de los espíritus, o Bolivia, aprendiendo medicina indígena. «¿Y Norteamérica?» La hemos visto menos, pero nos ha dado tiempo de recorrer las llanuras de Utah o de buscar oro en Klondike, por ejemplo.

«¿Estás apuntando los países africanos?»

Siempre nos ha importado mucho conocer el continente más desconocido, dejar de acercarnos a él con paternalismo o desde un punto de vista pesimista, o colonial, y tratar de conocer a sus gentes y sus ciudades tal y como son, no como las dibujamos desde los prejuicios. Y para ello hemos buscado los temas de los que nunca se habla cuando se mira hacia el sur desde Europa. De la literatura de las mujeres del norte de África hasta la situación de la comunidad LGTB en el continente; desde la comida y la cocina en Senegal hasta los sonidos y las músicas que vienen de Mali.

«Lo más difícil ha sido siempre llegar a Asia.»

Todos decimos que sí con la cabeza, porque Asia está lejos geográfica y culturalmente, porque no tenemos el agarre del idioma ni los pasados comunes. Y a lo mejor por eso nos resultan fascinantes de un modo particular Japón o Indonesia, o Birmania. Para llegar a ellas tenemos las extensiones infinitas de Siberia —y hay quien hace escala viviendo tres días en la URSS—. Y aún más lejos nos queda Oceanía, donde nos hemos acercado a conocer la lengua de signos de los aborígenes de Australia.

«El problema de Europa es que todos creemos ya conocerla.»

Uno de nosotros dice que de eso nada, que aún nos queda muchísimo por conocer. ¿O es que acaso todo el mundo cree conocer los volcanes de Islandia y cada barrio de París? Si ni siquiera en España podemos decir eso, donde nos hemos recorrido la meseta con los pastores trashumantes, la marina gallega más salvaje o los pirineos en mulas, como se hacía antes.

Y sí. Echando un vistazo al mapa lleno de chinchetas nos damos cuenta de que hemos estado incluso en el profundo océano. Entonces, ¿habremos recorrido ya todo el mundo?

Nos reímos. No. Apenas acabamos de empezar.

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Ztory y Altaïr Magazine: nuevas formas de leer

Altaïr-+-Ztory

Llevamos unos días diciéndolo por todas nuestras redes sociales: desde este mes, ALTAÏR MAGAZINE entra a formar parte del elenco de revistas de Ztory, una aplicación para móviles y tabletas que ofrece una «tarifa plana» de revistas para leer sin límites más de 90 cabeceras diferentes. Revistas de literatura, deporte, juegos, ciencia, arte… Y, por supuesto, ALTAÏR MAGAZINE.

¿Qué ofrece ALTAÏR MAGAZINE en Ztory? Pues nuestros monográficos 360° en su versión LITE (sin audio y vídeo, que se pueden seguir disfrutando en www.altairmagazine.com). En el caso de nuestro número sobre México esto significa 244 páginas de texto e imágenes en un formato de gran calidad. Pero además de los 360˚, cada dos meses subiremos digitalizado alguno de nuestros números clásicos de la revista en papel. Para empezar ya hemos subido a Ztory nuestro mítico número 65 sobre Japón. Todo ello con la posibilidad de leer los contenidos en el ordenador (online) o en móviles y tabletas (online u offline, como prefieras, donde quieras), y con un sistema de navegación francamente intuitivo. Casi como tener las revistas físicamente, en una estantería bien a la vista.

¿Esto es, entonces, como «un Spotify de revistas»? Es la pregunta que más nos han hecho en los últimos días. En efecto, así es: se trata de poner en juego un nuevo modo de consumo cultural, tal y como hacen otras plataformas como la propia Spotify en el mundo de la música o, por ejemplo, Filmin en el del cine. Una tarifa única mensual que permite el acceso a una gran variedad de contenidos y que da la posibilidad de cambiar el paradigma habitual de lectura de revistas: ya no se trata de adquirir mensualmente la publicación que nos interesa, sino que el lector ahora tiene acceso inmediato a cabeceras y contenidos que no conocía. Se abre un nuevo mapa de posibilidades y nuevas formas de leer.

O dejamos con algunas preguntas frecuentes sobre Altaïr en Ztory y una estupenda oferta: 1 año de ALTAÏR MAGAZINE + ZTORY por 90 € (66 —¡66!— euros de ahorro).