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LIBROS: Palabras mayores. Veinte autores mexicanos.

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Palabras mayores. Nueva narrativa mexicana
VV.AA.
Editorial Malpaso, 2015. 304 páginas.

Por Patricia Godoy

«Ventanas desde las cuales es posible ver las distintas maneras en que ciertas escritoras y escritores han decidido enfrentar su quehacer en el aquí y el ahora». Así es como explica Cristina Rivera Garza en el prólogo de Palabras mayores, la idea con que fue concebida esta antología que reúne a 20 nuevos narradores mexicanos menores de 40 años.

El libro, versión en español de Mexico 20. New Voices, Old Traditions (Pushkin Press), llega ahora a España y se presentará próximamente en México de la mano de Malpaso Editores en colaboración con Conaculta y Hay Festival, con una edición marcada —como es norma de esa casa literaria— por un lomo con las hojas tintadas, en este caso, color verde bandera.

La idea de los editores de esta compilación es la de compartir con el mundo las letras de los «nuevos valores» de la narrativa mexicana actual que, más allá de la tradición, amplían sus fronteras literarias con muchas influencias exteriores.

Como casi todas las antologías, y como también ya le sucedió a un intento similar en 2008, Grandes Hits. Nueva generación de narradores mexicanos, editado por Tryno Maldonado para Almadía, la propuesta de Palabras mayores es difusa e irregular. El libro —ingenioso, por momentos— reúne los relatos de jóvenes autores mexicanos que representan una nueva generación de nuestras letras y que transitan por los caminos del mundo sin dejarse amedrentar por las pesadas sombras de Rulfo, Paz y Fuentes.

La escritora Cristina Rivera Garza que, junto a Juan Villoro y Guadalupe Nettel, ha sido una de los «tres jueces con mucho juicio» que han seleccionado a estos 20 autores y sus textos, comenta que, aunque todos pertenecen a eso que se podría llamar «cuentos», algunos de los escritos son de «difícil clasificación».

En el prólogo de la edición británica definieron a estos 20 jóvenes escritores como «camaradas, cómplices, confidentes: hermanos en la emoción o la aventura», pero tras la lectura de Palabras mayores esa supuesta complicidad no es tan evidente entre la «estupenda cuadrilla» que forman: Verónica Gerber, Laia Jufresa, Luis Felipe Lomelí, Brenda Lozano, Valeria Luiselli, Fernanda Melchor, Emiliano Monge, Eduardo Montagner Anguiano, Antonio Ortuño, José Pergentino, Eduardo Rabasa, Antonio Ramos Revillas, Eduardo Ruiz Sosa, Daniel Saldaña París, Ximena Sánchez Echenique, Carlos Velázquez, Nadia Villafuerte, Juan Pablo Anaya, Nicolás Cabral y Gerardo Arana. La diversidad de estas 20 voces es el gran atractivo del volumen ya que, como explica uno de los escritores, Emiliano Monge: «Todos somos cazadores y son tantas las bestias y es tan grande el paraje que no tenemos que encontrarnos ni compartir presas ni armas».

En el libro, un poco “patituerto” —al estilo del vocho destartalado del que habla Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) en su simpático cuento «Porque cayó la noche y los Bárbaros»— destaca por encima de los demás el surreal universo norteño, destroyer y sicotrópico de Carlos Velázquez (Torreón, Coahuila, 1978). El autor de La Biblia Vaquera y el libro de crónicas El karma de vivir al norte (ambas en Sexto Piso Editores) nos cuenta una especie de telenovela porcina protagonizada por una promiscua cerdita llamada Leonor, autora de geniales novelas de literatura rosa, que está en busca del amor: «Se busca chancho fino para complacer a cochinita sexy». Velazquez aporta, además de buen humor, un gran valor diferencial con respecto a sus coetáneos: su particular uso del lenguaje, un español con marcado acento norteño, fronterizo, y que en nada se parece al de la mayoría de los otros escritores de esta antología.

Otra de las voces que sobresalen en el volumen es la de Antonio Ortuño (Guadalajara, Jalisco, 1976) que con su relato «Historia» nos muestra una invasión extranjera de soldados «pálidos, altos y estúpidos» a un país (¿será México?) «al que le gusta pensar que vive al margen de la historia del planeta. Nuestros libros apenas hablan de otra cosa que no sea nuestra vieja y desastrosa Historia».

Aunque no abundan, no es la única referencia más o menos directa a la situación del país. Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, Sinaloa, 1983) incide en ello en un precioso e imaginativo cuento sobre cuerpos sin cabezas titulado «Madame Jazmine o noticia de la decapitación»: «Nosotros, hoy (…), seguimos acunando en los brazos un cuerpo sin cabeza: lo llamamos país. La cabeza sigue sin aparecer».

El resto de los relatos son fogonazos de autoficción, retazos de —casi— crítica de arte experimental (Gerber), clavados en albercas vacías de descreimiento (Jufresa); invocaciones a re-re-lecturas de Baudelaire (Sánchez Echenique), algunas liturgias corporales más o menos interesantes (Rabasa), vivencias en casas —literarias— prestadas (Villafuerte) e incursiones por esos territorios fronterizos de la ficción en los que casi se difuminan las barreras entre la literatura y la casi crónica periodística (Melchor).

Escribe Juan Villoro que el libro, más allá del encargo institucional, es un intento por «invitar a leer a escritores de una generación extraordinaria. Si estos autores gustan, el principal efecto será que también se busque a otros». Y esa es, en resumen, la gran utilidad de este volumen de Palabras mayores que prueba, como escribe Rivera Garza, que la narrativa sigue siendo «una práctica viva, no una lección» y una invitación a un viaje que, como todos los viajes, es una conversación, en este caso, con algunos de los habitantes actuales de una parte de ese universo literario llamado México.

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Un año de 360º

«Monografías de viajes desde otros ángulos»
La obsesión constante que ha guiado nuestra andadura por este primer año de Altaïr Magazine ha sido la de observar la realidad siempre desde un prisma diferente al habitual, desde otro punto de vista. Para ello hemos tirado siempre de una de nuestras bases más firmes ideológicamente, en nuestro periodismo: para poder contar primero es necesario escuchar. No se trata de que nosotros, occidentales, vayamos a «descubrir» otros lugares del mundo a nuestros lectores. Se trata de que los habitantes de esos otros lugares sean los que nos cuenten cómo es el sitio en el que viven. Periodismo de viajes de dentro hacia fuera, y no al contrario.
Han sido cinco monográficos 360º durante este año que nos han llevado por México, Cerdeña, Dakar —donde además todos los artículos han sido hechos por senegaleses, habitantes de la capital—, Paraguay y, finalmente, ese triple salto mortal sin red que hemos dado con nuestro último monográfico sobre Cartografías.
Es difícil para nosotros, la Redacción, no mirar con especial orgullo las entrevistas que hemos incluido en nuestros monográficos. Cómo olvidar aquella conversación con Juan Villoro donde se preguntaba sobre qué sería de México si fuese un país normal; o la fascinante entrevista con la afropolita Taiye Selasi, novelista oriunda de muchos sitios a la vez; o la charla enérgica y a ratos delirantemente divertida, a ratos dolorosamente seria, con el gran Jon Lee Anderson; o esa conversación pausada e inolvidable con el escritor senegalés Boubacar Boris Diop, que además hizo para el monográfico sobre Dakar un formidable artículo político-lingüístico que, como dice Mario Trigo, nuestro redactor jefe, «hablando de dos figuras clave habla de toda la descolonización, de su propia generación africana y permite ver varias dimensiones extra de Senegal».
Belén Herrera, responsable de administración editorial, se queda con esa «caja que cambió el mundo», el texto sobre los contenedores de carga que escribió Jaime López para el monográfico sobre Cartografías. «Me leí el artículo con la boca abierta como una niña flipando con la historia de la cajita culpable de la globalización, y de cómo el aburrimiento dio origen a un invento tan simple como trascendental», confiesa Belén.
No podemos despedirnos de este repaso por los 360º sin volver al texto preferido de muchos en la redacción. Ese en el que Simon Sellars habla de Google Earth y nos muestra exactamente el tipo de reflexión que  buscamos cuando pensamos en el viaje y sus alrededores:
[Google Earth] Es la expresión definitiva de lo que los cartógrafos llaman el punto de vista de Dios: el deseo de una objetividad visual absoluta en los mapas, presentando cada región del globo en su lugar correcto.
Esos son nuestros 360º: un deseo de objetividad que se componga de la suma de las subjetividades de los habitantes de los lugares a los que vamos. Un relato sobre qué significa SER de un lugar, mucho más que simplemente visitarlo.
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Entrevista con Juan Villoro: si México fuera un país normal

Villoro_retrato_entrevistaEscritor, ensayista, cronista, guionista, cuentista: Juan Villoro (Ciudad de México, 1956). Pere Ortín charló en nuestro 360º monográfico sobre México con el escritor mexicano sobre su país, la literatura y los viajes. El hombre orquesta de las letras mexicanas fue, además, una de las firmas invitadas en ese 360˚, el primero que publicamos en esta nueva etapa de Altaïr Magazine. Aquí va un adelanto en abierto de la entrevista.


«No caeré en el abuso de decir escribe Juan Villoroque el mexicano está obligado a ser feliz hasta el vómito, pero no hay duda de que se le exige notoriedad. Los que llevan su dicha en calma suelen ser vistos como pobres aguados o como pinches conspiradores».

Al fondo del Café Topolino, donde nos hemos citado en la calle Francisco Sosa y a pocos pasos del Instituto Italiano de Cultura, no muy lejos de su casa, en el barrio de Coyoacán, al sur de la Ciudad de México— arman barullo unos chamacos que acaban de salir de la escuela. Parecen felices y lo demuestran.

Juan Villoro parece acostumbrado al ruido de fondo. Lleva años, en la prensa o con sus libros, tratando de desentrañar algunos de los muchos misterios que esconde ese ruido oculto tras el carácter mexicano. Transitando sin dificultad aparente de lo culto a lo popular, Villoro ha encontrado una manera, tan lúdica como inteligente, de acercarse a esa «articuladora fuerza de lo que no ocurre» que, según el escritor, forja lo mexicano.

—¿Cómo sería México si fuera un país «normal»?

—Si fuera un país «normal» no sería México.

Villoro es un  malabarista de las palabras. Las maneja con la misma facilidad que esos chicos que entretienen a los automovilistas en el semáforo del cruce de Eje 5 Sur con la calle Vertiz por donde pasé hace un rato de camino a mi encuentro con él.

Maestro cercano y entrañable de toda una generación de jóvenes cronistas mexicanos, construye pensamientos poderosos con la seguridad innata que tienen los inventores de aforismos. Sus sentencias resumen toda una experiencia telúrica: «Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma».

Su mamá le avisó: «México es un país raro», y la realidad del paso de los años sólo ha confirmado aquella sentencia materna. El escritor no la ha olvidado nunca desde que empezó a escribir seducido por la novela De perfil del escritor mexicano José Agustín. Desde aquel momento ha hecho casi de todo: novelas, crónicas, columnas de opinión, teatro, guiones de cómic, televisión sobre fútbol, cuentos infantiles y programas de radio sobre rock. En la creación de todas esas ficciones más o menos basadas en hechos reales, Villoro ha llegado a una conclusión, tentativa, parcial y doble, sobre México:

a) la verdad nunca ha circulado con mucha claridad en el país de Cantinflas;

b) muchos mexicanos parecen «cansados de soluciones y solo quieren promesas».

(…)

Durante una charla con Juan Villoro se cumple aquello que escribió Italo Calvino de que «no es la voz sino el oído lo que guía una conversación». Y la nuestra, como sus crónicas, fluye fácil y se estructura como una trama hablada a partir de rápidos desplazamientos por su vasta cultura. De su boca y sus textos surgen reflexiones profundas: «La veracidad de los textos no importa en un sentido social o político, sino como retrato íntimo de lo que ocurre». Y aún más profundas: «El papel del escritor consiste en preguntar para que otros respondan».

(…)


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Hacer crónica periodística bajando al barro

Eso decía en un tuit la cuenta de la revista Zero Grados, organizadora de la I Jornada Periodístico-Literaria de ZeroGrados en Zaragoza, y que se dedicó a contar por Twitter cada cosa que ocurrió durante toda la jornada. Allí ALTAÏR MAGAZINE estuvo presente junto con medios amigos como Pikara Magazine, FronteraD o El Estado Mental. Cuando le tocó hablar a nuestro director, Pere Ortín, a los treinta segundos ya no podía estar sentado y agarró el micro para bajar junto al público. Porque es rigurosamente cierto, a Pere le va mucho más el barro que la oficina.

¿Pero cómo explicar a un auditorio lo que hace Altaïr Magazine?

Cultura viajera y crónica periodística en un sentido amplio, les dice Pere. Lo que entendemos por «crónica periodística» es, como dice Juan Villoro en sus textos para uno de nuestros especiales 360º, el dedicado a México: «el arte de entender y hacérselo saber a los lectores». Y como añade Villoro, tratamos de «contar historias singulares» y «meternos donde no debemos» para «hablar de lo que otros no hablan».

«No queremos tus clics, queremos tu tiempo. Queremos tu respeto», dice Pere, y para ello el trabajo de la revista ha de ser lento, artesano y cuidado. Y respetuoso con los autores, y curioso y deseoso de saber, y con todas las perspectivas posibles, cuanto más diversas y más lejanas a nuestro «ombligocentrismo», mejor.

Queremos marcar la diferencia, dice Pere, pero no por la mera voluntad de ser «diferentes», sino intentando construir una aproximación novedosa al periodismo, buscando un nuevo tipo de lector que se sienta identificado con nosotros. Ya no es sólo texto, ni sólo foto, no hay una jerarquía o un orden de importancia. Nuestros artículos son un conjunto de texto, vídeo, fotos, sonidos, edición, diseño, dirección de arte… Un conjunto humanista y atractivo, propio del momento en el que nos encontramos.

Claro que se puede, pero es fundamental quererlo, sobre todas las cosas. Y con un mantra en la cabeza, algo que repetir en voz alta una y otra vez: «Well done is not enough». No basta con hacerlo bien; tiene que ser mejor.

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Martín Caparrós: mirar hacia el Otro

MARTÍN CAPARRÓS_HAMBRE2«Uno de los primeros trucos de manual es hablar —si acaso, cuando no queda más remedio— de un hambre impersonal, casi abstracta, un sujeto en sí mismo: el hambre. Luchas contra el hambre. Reducir el hambre. El flagelo del hambre. Pero el hambre no existe fuera de las personas que la sufren. El tema no es el hambre; son esas personas.»

El problema con Martín Caparrós es que la conversación siempre se te queda corta, siempre quieres escucharlo un poco más. Echamos dos horas en la entrevista que le hicimos para nuestras Voces en ALTAÏR MAGAZINE y sudamos tinta y píxeles para dejarla en trece minutos. Casi un cuarto de hora de vídeo en la Internet de 2015, pura transgresión.

El catarro y la tos con la que venía no le impidieron hablar de todo lo que le apasiona: de su amistad con Juan Villoro y el viaje común que hicieron a Corea del Sur, de su faceta como fotógrafo, de El tercer hombre, de su pasado como director de una revista de gastronomía y de esas nuevas estrellas de rock que son los cocineros, de Boca Juniors —cómo no hablar de Boca— y del periodismo deportivo; de Bután, ese país tan pequeño y desconocido del que casi nadie habla y al que quiere ir para hablar de él.

También hablamos de nuestro proyecto en ALTAÏR MAGAZINE, de escribir contra las demandas del lector y complicándole la vida, de la crónica periodística que buscamos hacer y que tanto se opone a esa «crónica caniche» de la que le hablaba a Jorge Carrión en una entrevista hace no tanto:

«Esta crónica manierista que se regodea en la búsqueda de los personajes más extravagantes, que en lugar de contar nuestras sociedades quiere contar sus rarezas. No sé dónde empezó, pero me parece que la cuestión se agravó mucho últimamente, con esta eclosión cool de la crónica, con este acceso de la crónica a los salones elegantes de la literatura en castellano. Y te tomo la palabra «domesticación»: me gusta, me preocupa. Una domesticación formal, temática, política. Contra esa crónica que se reivindica marginal e intenta molestar, oponer, criticar, activar, una crónica caniche, bien peinada, ladrando agudito, tan a gusto en su cojín morado.»

Y, por supuesto, hablamos de El hambre. Del libro y del concepto, del hambre en general y del particular, del hambre en abstracto para el Primer Mundo y del hambre en concreto para los que no están en él:

«El hambre mata más personas cada año —cada día— que el sida, la tuberculosis y la malaria juntos, y no existe. El hambre no participa del misterio, las sombras insondables, lo inmanejable de la enfermedad: la impotencia frente a lo incomprensible. El hambre se entiende demasiado, aunque no exista: es un invento del hombre, nuestro invento.»

Los hambrientos son una incomodidad para la sociedad occidental, es un lugar donde no se quiere mirar y se finge que no está. Señala Caparrós que vivimos en una falacia estadística que dice que el hambre está repartida en uno de cada nueve habitantes del planeta, cuando en realidad no se reparte sino que se concentra en «el Otro Mundo», los Otros, la molestia, el peso muerto.

Termina la entrevista, aunque queramos más, y Martín Caparrós deja caer como por accidente una frase que lo resume todo: «Al final uno nunca será el otro».

Puedes ver la entrevista completa a Martín Caparrós en nuestras Voces en ALTAÏR MAGAZINE