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Las Voces y los Pasos de 2015

Se nos acaba el año 2015 y es buen momento para echar un vistazo a todas las Voces y los Pasos que hemos publicado en estos doce meses para saber cuáles han sido los textos de Altaïr Magazine que más han leído nuestros lectores. ¡Allá vamos!


 

VOCES

 Di por casualidad con Monzo en una isla cerca de Bodo, una pequeña aldea en el este de Nigeria, porque vi las redes desde nuestra barca. Junto a él, dos chicos jóvenes reparaban unas largas redes blancas que colgaban de los árboles y que parecían telarañas gigantes. Detrás de ellos, otro hombre —Baribo Saathi, sabríamos después, también cincuentón como Monzo—, remendaba otra red mientras escuchaba un pequeño transistor. Paramos el motor de la embarcación y giramos hacia la orilla. El aire olía a gasolina. La punta de la barca se clavó en la arena como una cuchara en una mousse de chocolate. La tierra er a una pasta de color negro que se pegaba a la piel y picaba. Cuando Monzo vio mis esfuerzos para sacarme ese veneno de entre los dedos de los pies desnudos, me regaló un consejo.
—Te acostumbras, después de los años la piel se endurece y te deja de molestar.
«Maldita buena suerte», Xavier Aldekoa

Caparrós---Los-viajes-del-hambre---Biraul-(baja)Me decían que acá el hambre era distinto. Es distinto porque a veces no mata. En la India, el hambre no suele ser agudo: millones de personas llevan muchas generaciones acostumbrándose a no comer lo suficiente, desarrollando, a lo largo de generaciones, la habilidad de sobrevivir comiendo casi nada, demostrando las virtudes adaptativas de la especie. Los humanos sobrevivieron, conquistaron la tierra porque saben adaptarse a tantas cosas: aquí se adaptaron a casi no comer y, por eso, millones son bajos, flacos, módicos, cuerpos que saben subsistir con poco.

«Los viajes del hambre: Biraul», Martín Caparrós


Entroido1Si el Entroido —carnaval— de Galicia (España) tiene un epicentro, éste está sin duda en la plaza de La Picota del pueblo de Laza, en las faldas del macizo central orensano. Esta población de apenas 700 habitantes forma, junto con Verín y Xinzo da Limia, el llamado «triángulo mágico del carnaval gallego».

Galicia es tierra de símbolos y esta es la fiesta pagana que inaugura el año y despierta a la naturaleza. O Entroido da la bienvenida a la primavera desde el medievo, burlándose de forma grotesca de todas las normas establecidas: las del decoro, la justicia o la política. Todas ellas son blanco fácil en muchos pueblos gallegos durante los días de Entroido.

«El carnaval más salvaje», Víctor Barro


PASOS

Marruecos1Agadir no cuenta con una parte antigua, el terremoto la destruyó. Sin embargo, su zoco es todo lo oriental que un viajero documentado puede desear. A pesar de ello, hay algo diferente. Otros volúmenes. Montones afilados de frutos pequeños. Pirámides rojas que sobresalen por el skyline de los puestos de frutas y verduras. La retina es atraída irremediablemente hacia ellos. El sol de la tarde atraviesa los huecos del techo y cae desafiándolos y apuntando hacia las cumbres incendiadas. Fresas descomunales y exageradas. Me invitan a probarlas, pero me producen cierto temor. Prefiero un zumo de los frutos naranjas. Mientras los exprimen con fruición, me doy cuenta de su tamaño: enorme. Entre los puestos, caminan algunos vendedores que ofrecen cajetillas de frutos rojos, grosellas, moras: de nuevo generosísimos. No los había visto antes en otro mercado. Como si sospechara de algo, lo recorro de nuevo rápidamente. Todo es muy grande, como si se hubiera hinchado, es más, como si se hubiera «anabolizado».

«Esto no es Marruecos», Patricia Almarcegui


CAbecera-Así-nace-viajeroQuienes viajan se definen por su profesión, por la intención con la que parten, la época, sus cualidades o el resultado de su transitar. Viajeros fueron los primeros hombres que salieron de África y cruzaron el estrecho de Bering, Darwin a bordo del Beagle y los que caminaron en la luna. Hay viajeros psicotrópicos, imaginarios, espirituales, oníricos e interiores. Viajero es el peregrino, el marinero, el pirata e incluso el muerto que va «al más allá». O puede ser un héroe como Don Quijote o Ulises: protagonistas de travesías épicas, gestas de caballería, aventuras en alta mar o en los confines del mundo. Viajero es el peregrino que visita lugares sagrados, el misionero y el creyente que viaja para expiar sus pecados. Y hay peregrinos laicos: aquellos que recorren los pasos de un artista o figura histórica y sus escenarios —a Kafka lo buscamos en Praga, a Joyce en Dublín y a García Márquez en Aracataca. Pessoa es un espíritu que todavía se sienta en el café A Brasileira en Lisboa—.

«Nace un viajero», Juliana González Rivera


Paso-Carrión-Burton-Holmes-bajaUno de los primeros en explorar esa hibridación entre la figura del viajero y la del cuentacuentos fue Edward L. Wilson, autor de Wilson’s Lantern Journeys y editor de Philadelphia Photographer, quien empezó uno de sus shows con las siguientes palabras: «Podremos viajar por arte de magia desde Havre hasta París». Durante sus desplazamientos, el viajero persigue escenografías desconocidas, nuevos trucos, sorpresas inesperadas; en escena, todo lo ensayado en la inquietud se convierte en un espectáculo de magia. A finales del siglo XIX, el gran mago de las conferencias de viaje era John L. Stoddard, quien —gracias al mérito de haber creado un público masivo— recorría incansablemente América del Norte con sus monólogos ilustrados por instantáneas de los cinco continentes. La necesidad de archivo que su éxito reclamaba se expresó en la publicación de sus conferencias en formato libro; pero no hay duda de que el valor no estaba en la letra escrita, sino en la hablada. En la actuación. Así lo entendió un niño de nueve años, que quería ser mago y entretenía a su familia con trucos de cartas, cuando su abuela lo llevó a ver una conferencia de Stoddard. El niño se llamaba Burton Holmes e iba a ser el mayor travel lecturer de la historia.

«Burton Holmes», Jorge Carrión


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Turista y viajero, ¿dos categorías diferentes?

Fotografía de la serie Sardinian Postcards, de Alessandro Toscano, incluida en el 360º de Altaïr Magazine sobre Cerdeña.

¿Quién no ha estado nunca en una playa atestada, en una piscina abarrotada y gritona, tomando plácidamente el sol, animado por el bullicio y la vitalidad?

Se lo pregunta María Angulo en su Paso «Ir allá, de donde no se regresa», una reflexión sobre la genealogía del viajero: caminantes, flâneurs, expedicionarios, científicos, descubridores, corresponsales… y, finalmente, turistas. Y a estos últimos nunca nos queremos parecer, queremos mantenerlos al margen, mirarlos desde fuera y repetirnos que nosotros no somos como ellos. A nosotros nos gusta ir, no estar, el trayecto y no el destino, ser los únicos en el lugar y no parte de una manada. Y sin embargo Angulo se cuestiona, con todo el sentido del mundo: ¿existe realmente una distinción, hoy día, entre viajero y turista, o no es más que la reminiscencia del viajero que fue y que ya nunca podremos ser?

La cronista Carolina Reymundez, en El mejor trabajo del mundo (Südpol, 2013), es taxativa: viajero y turista es lo mismo. Todo forma parte de una industria que mueve millones. Son la misma cosa y hasta la misma persona. Ciertas fórmulas, nos dice Reymundez, envejecen mal y ésta de los que se jactan de ser viajeros en lugar de turistas le chirría demasiado: «El mundo no es una novela de Bowles, mucho menos sesenta años después, donde cada uno viaja como puede». Se refiere, ya saben, a Paul Bowles y El cielo protector (1949) esa obra emblemática que, convertida en película por Bertolucci a finales de los ochenta, consiguió un enamoramiento generalizado por el mundo árabe en aquellos que, por edad o circunstancias, no habían sido cautivados en los sesenta por otro gran filme: Lawrence de Arabia (1962). Oriente como emblema de libertad para los occidentales, para practicar el arte de la fuga, el viaje dislocante frente a la racionalidad del viaje a Europa, señala María Sonia Cristoff en su prólogo a Pasaje a Oriente (FCE, 2009), una antología de cronistas que emprendieron viajes por aquellas tierras.

(…) Un turista piensa desde el momento de su partida en regresar a casa, mientras que un viajero puede no regresar nunca. O algo así decía Bowles, y le creímos, y seguimos sus pasos, o fabulamos con seguirlos. Como Carolina Reymundez. En «Deconstructing Paul», el escritor Jorge Carrión nos cuenta con detalle cómo y por qué se configuró el «mito Bowles» (en Viaje contra espacio. Juan Goytisolo y W. G. Sebald, Iberoamericana, 2009). «A partir de cierto punto no hay retorno posible. Ése es el punto al que hay que llegar», recoge Reymundez de Bowles, que a su vez lo tomó de Kafka. Y soñamos con que así sea (a veces); con que la vida nos permitiese no regresar, pero solemos ser más pragmáticos. En función de nuestra economía, administramos con prudencia nuestras dosis viajeras y deseos escapistas. El viaje como un lugar sin tiempo, o con un tiempo encapsulado en el espacio y, por lo tanto, sin conflicto. Justamente lo opuesto a la idea de vacaciones como lugar familiar problemático, punto donde confluyen las tensiones que no llegan a ebullición durante los meses de ritmo laboral o escolar.

En realidad, a mitad de segunda década del siglo XXI es complicado encontrar esa exclusividad y singularidad del viajero admirado de finales del siglo XIX y primera mitad del XX. El corresponsal ya no es el único conocedor de las costumbres y realidades del sitio ignoto al que su director le ha mandado, ya no hay zonas en el mapa donde se advierta de la existencia de dragones a la espera de la llegada de un explorador occidental y lo cierto es que en la cima del Everest hay, casi siempre, una multitud de personas tomando fotos. El viajero como Bowles o como Conrad se ha convertido en una quimera, y sus viajes son una Arcadia soñada e inalcanzable.

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Lo cierto es que ahora el viajero-turista no abre una senda, sino que sigue la de otros. Un viajero anterior a nosotros que escribió una guía o una crónica o un reportaje y nos ha dibujado un camino de autenticidad y de experiencia única, como si fuésemos sus únicos lectores, un trayecto que nos llevará a los lugares que de verdad hay que conocer. Es una experiencia postergada: no seremos los primeros pero sí seremos los siguientes. Insiste Angulo:

El turismo aparece vendido como «experiencia», en la línea de lo que planteó Rolf Jensen con su «sociedad del ensueño» y los cambios que se han producido en la actividad turística  (Dream Society, 1999) o Erik Cohen en «Principales tendencias del turismo contemporáneo» (Política y Sociedad, 2005, Vol. 42 Núm. 1), que apunta grandes tendencias en la evolución del turismo, marcadas por la modernidad y la postmodernidad, que han ido acompañadas por diversos sistemas teóricos que destacaban alternativamente la búsqueda de la autenticidad, la distinción, la fantasía y las emociones fuertes. Se trata de una racionalización y desmaterialización de la experiencia. Una vuelta de tuerca más. Vender y comprar sensaciones y emociones. Cuestiones poco tangibles, nada físicas, como sí son las opciones turísticas menos sofisticadas de los bañistas de Parr. Este «turismo experiencial» que define Rubio Gil busca vivencias innovadoras, memoriales y sensoriales que suponen un beneficio para el consumidor y una transformación personal. Un mercado emocional que también tiene sus modalidades (aventura, amor y amistad, atención, identidad, paz mental y creencias). ¿Qué experiencia suele comprar usted? ¿Por qué emociones transita y anhela adquirir en vacaciones?

Turismo slow, también lo llaman, al amparo de una filosofía de la lentitud que trata de sosegar el tiempo del consumo. Y esta opción pausada me remite también al periodismo; al también denominado Slow Journalism, periodismo narrativo o crónica, como el que potenciamos y disfrutamos frente al periodismo urgente, monocromo y acelerado de algunos medios convencionales. Y puede que también se pudiera explorar ese sentido de «experiencia» asociada a una cierta emergencia de la crónica viajera que participa del hecho de «vender» experiencias personalizadas y únicas. Se abre un posible campo interesante y fecundo de análisis: ¿Hasta qué punto el interés por los cronistas viajeros se ha visto apoyado, influido, potenciado por el marketing de customer experience que desarrolla —destinos, lugares, experiencias, narraciones, publicaciones— la potente y global industria del turismo? El cronista de viajes como una suerte de coach, de tour operator, de intermediario cultural, si se prefiere, involucrado en la industria del turismo. ¿Y quién no está involucrado en el mercado? ¿Y qué tiene de malo si el trabajo se realiza con rigor y nos ayuda a comprender, a vivir mejor, a facilitarnos la experiencia de vida que merecemos?

Es entonces donde toma sentido pensar en el viaje como un proceso de conocimiento y reflexión sobre el ser humano y no como un mero desplazamiento entre los puntos A y B. Una suerte de persecución constante de la ruptura de las expectativas; lo que nos motiva a viajar no debe ser lo que esperamos encontrar, sino exactamente lo contrario. Así lo expresaba el editor de ALTAÏR MAGAZINE, Pep Bernadas, en la entrevista que le hacía Paty Godoy, cuando él confesaba que su manera de entender el viaje venía de cuando fue muy joven a Florencia en busca del arte renacentista y acabó sumergido en las fiestas locales de los pequeños pueblos de la Toscana: «Si vas por el mundo obligado a cumplir los planes, te perderás prácticamente todo». Es un buen resumen de esa forma diferente de entender el turismo.

Como recordaba Juliana González-Rivera en su Paso «Nace un viajero», sobre eso incide aún más Martín Caparrós en Contra el cambio: «Al turista le ofrecen un menú con dos opciones: visitar restos del pasado humano —ruinas, museos, monumentos varios— o escenarios actuales de la naturaleza —vistas, playas, paisajes—; me gustaría creer que los viajeros quieren saber qué hacen, aquí y ahora, los hombres. El viajero, caramba, sería un humanista». Y la conclusión es esa y no otra: tal vez el viajero y el turista hayan acabado fusionándose en la misma cosa en este siglo XXI. Y tal vez la diferencia entre ellos radique, esta vez, en la posición del propio viajero, que ya no depende del lugar al que va sino de su propia relación con el viaje que ha emprendido.

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