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PETER BEARD, UN PASO DE JORGE CARRIÓN

CAbecera-Peter-BeardJorge Carrión nos trae una nueva entrega de «La tradición inquieta», una serie de Pasos en Altaïr Magazine dedicada a trazar la genealogía secreta de autoras y autores claves en la literatura de viaje del siglo xx. Esta vez el protagonista es Peter Beard, artista, fotógrafo y escritor estadounidense. Dejamos aquí un adelanto en abierto para los lectores de nuestro blog.


Dijo en una entrevista Le Clézio: «No es de gran importancia definir qué es una novela y qué una novela corta, porque lo que importa es el ritmo». Los géneros son todavía menos relevantes en la tradición inquieta. Se impone lo rítmico: el latido o el pestañeo o la escritura manual o el tecleo o la penetración se corresponden con el paso, con el pedaleo, con el giro de la rueda, con el avance del avión o del tren. Juan Goytisolo ha declarado que toda su obra es literatura oral, poesía, más allá de las etiquetas «ensayo», «novela» o «crónica». Escritura en movimiento. Con la conciencia de que también la hoja —en el papel o en la pantalla— es un espacio para ser recorrido. Conciencia visual: en los cuadernos del Cabo de Hornos del artista Titouan Lamazou, del año 2000, el palimpsesto de géneros remite a la misma superación de límites tradicionales. Dibujo sobre fotografía o sobre mapa; texto junto a acuarela; lecturas superpuestas para dar cuenta de una escritura del espacio que, por la velocidad de su inquietud, se atropella, se acumula, se contradice, se expande. Era la cuarta vez que Lamazou visitaba Tierra de Fuego: el metaviajero no descubre, rescribe. No va, regresa. Y cada regreso acumula un estrato.

Dicho esto: ¿Cómo describir la obra de Peter Beard? Estudió Bellas Artes en Yale, pero se formó sobre todo viajando. Estuvo en África por primera vez en 1955; muy pronto invirtió en una propiedad que le sirviera como base de operaciones. Si la genealogía que empezaba a asumir como propia había mapeado y explotado el continente, cazado en él e inventado una mitología en términos de conquista, Beard descubriría pronto que podía intervenir en una dimensión de lo real que todavía no había sido suficientemente explotada en África: la gráfica. Sus miles de fotografías del paisaje humano y natural de Kenia y los países limítrofes le bifurcaron: le condujeron a Vogue, pero también desembocaron en dos libros fundamentales sobre la ecología africana.

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Es autor de The End of the Game (Taschen, 1965), cerca de trescientas fotografías que testimonian la destrucción de África a través de la figura del elefante, acompañadas de textos críticos y, contradictoriamente, de la celebración de ciertas formas de caza aristocrática, ya extinguidas; y deEyelids of morning (New York Graphic Society, 1973), en cooperación con Alistair Graham, que indaga en las relaciones entre cocodrilos y hombres, de nuevo a través de la yuxtaposición de textualidad, fotografía y fuentes iconográficas diversas (tiras cómicas, cartografía, dibujos naturalistas, gravados antiguos). Pero, sobre todo, es autor de infinidad de diarios, con los que ha construido su inusual y cuestionable espacio en la historia del arte occidental; y su original e incuestionable lugar en la tradición inquieta. El primero lo escribió a los diez años, durante unas vacaciones en South Carolina: a las anotaciones les sumó pelos de caballo. A sus más de setenta años, continúa elaborando sus cuadernos, que ahora comercializa Taschen en ediciones seleccionadas y facsímiles (después de cinco años de deseo, finalmente encontré una edición asequible, de oferta, el pasado diciembre, en el Pompidou: uno viaja, también, para encontrar los libros que ha deseado).

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Martin Parr, un paso de Jorge Carrión

Martin Parr

Jorge Carrión nos trae una nueva entrega de «La tradición inquieta», una serie de Pasos en Altaïr Magazine dedicada a trazar la genealogía secreta de autoras y autores claves en la literatura de viaje del siglo xx. Esta vez el protagonista es Martin Parr, retratador como ninguno del turista, nuestro semejante, nuestro hermano, el hombre que nos dibuja de vacaciones sin que lo queramos. Dejamos aquí un adelanto en abierto para los lectores de nuestro blog.


El muy británico Martin Parr (1952) ha definido la iconosfera, es decir, el mundo del cambio de milenio, como «propaganda»; y se ha posicionado respecto a él mediante la ironía, el desenfado, el kitsch, la iconoclastia. Como cronista de la globalización lo es también del turismo. Su pertenencia a la tradición inquieta es incómoda y original: acostumbrados a viajeros que, consciente o inconscientemente, retratan la reserva apache del viaje elitista, del viaje de exploración, del viaje individual anacrónicamente romántico, Parr nos sorprende con su militancia radical en el partido político de la banalidad, la masificación, los resorts, el aburrimiento, la estridencia, la acumulación, el pastiche, la diversión o la basura que son propios del turismo.

Como la mayoría de los inquietos, comienza trabajando con un género o con un arte y evoluciona mediante la ampliación y la dispersión, pues el propio movimiento lleva intrínseca la multiplicación de medios para retratarlo. Desde sus estudios en el Manchester Polytechnic a principios de los setenta hasta sus proyectos actuales, se expande el rastro de la inquietud. De la isla de Inglaterra a un progresivo interés por los protagonistas anónimos del turismo global; del cultivo de la fotografía artística al trabajo en la Agencia Magnum; de las exposiciones y los libros de fotografía a los libros de artista, la dirección de películas, los experimentos en televisión, los guiones de radio, la publicidad y la moda; de las clases recibidas a la docencia, a los premios, a las curadorías, instalado en el circuito en perpetuo movimiento del arte contemporáneo.

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Toda amplificación conlleva, no obstante, vectores de concentración. Uno es esclavo de sus obsesiones, que devienen constantes. El contraste entre lo interior y lo exterior, entre la intimidad de la propiedad privada y la exhibición de la vida comunitaria —que no le abandonará— se formula en una de sus primeras obras (…). Si el interior facilita la individuación, el exterior invita a la masa. No hay duda de que éste es el tema principal de Parr a lo largo de cuarenta años de carrera.

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Bruce Chatwin, un Paso de Jorge Carrión

COMPARTIMOS EN ABIERTO UN ADELANTO DEL NUEVO PASO DE ALTAÏR, OTRO EPISODIO DE «LA TRADICIÓN INQUIETA» DE JORGE CARRIÓN, DEDICADA A TRAZAR LA GENEALOGÍA SECRETA DE AUTORES Y AUTORAS CLAVES EN LA LITERATURA DE VIAJE DEL SIGLO XX. ESTA SEMANA HABLAMOS DE BRUCE CHATWIN Y LOS VIAJEROS QUE ESCRIBEN PARA LOS DEMÁS


«El nombre de Bruce Chatwin es un insulto en estas tierras, porque en su libro hay muchas mentiras», me dijo Tommy Goodball, bisnieto de Lucas Bridges, camisa a cuadros roja de leñador y pronunciación todavía imperfecta. «Yo no he leído el libro, pero por sus mentiras no se le menciona en el guión de la visita.» Nos encontrábamos en la confitería de la estancia Harberton, uno de los topónimos más importantes de En la Patagonia (publicado originalmente en 1977). Era octubre de 2003. Poco más de un año antes, en el norte de Australia, James me dijo: «Estás leyendo un libro sobre música, ¿no?», mientras señalaba con el índice Los trazos de la canción (1987). Algunos días más tarde, en un automóvil conducido por dos trabajadores sociales también aborígenes, comprobé que tampoco ellos habían leído la obra más conocida sobre los habitantes originarios de Australia. «Muchas mentiras», coincidieron. Por tanto la escena se repite: los locales no leen a los escritores viajeros. Pero los rechazan. La tradición inquieta se funda en esa paradoja: producimos relatos que hablan sobre unos pero están dirigidos exclusivamente a los otros. A todos los demás. Ese «todos», en fin, nos justifica.

La literatura de viajes ha sido tradicionalmente conformista. Como si le fueran ajenos los saltos cualitativos que marcan el desarrollo de las artes. El libro de Chatwin sobre la Patagonia, no obstante, constituye una escisión formal en la tradición anglosajona del libro de viajes. El único precedente importante de una obra fragmentaria y con elipsis radicales en esa lengua es precisamente el escogido por Chatwin como antecesor: The Road to Oxiana (1937), de Robert Byron. Pero no es la tradición en su propia lengua lo que formalmente le interesa, sino otras: la de Mandelstam, la de Benjamin, la de Cendrars —a quien pertenece el epígrafe que abre el libro—.

En la Patagonia tuvo una recepción fenomenal, no sólo debida a su factura y a su magnetismo. En el índice general de National Geographic de 1970, que comprende de 1947 a 1969, no aparece la voz «Patagonia» (sí «Tierra del Fuego» y se mencionan dos reportajes, uno de 1958 y otro de 1969). En el índice de 1977 (1947-1976), en cambio, sí está «Patagonia»: «Ballenas (Oct. 1972), Vida salvaje (mayo 1976), Magallanes, primer viaje alrededor del planeta, descubrimiento de la Patagonia (junio, 1976)». Por tanto: en los ocho años previos a la publicación de la ópera prima de Chatwin, la revista de viajes más importante del mundo había publicado cuatro artículos sobre esa región, dos de ellos en el año anterior a 1977. El contexto de recepción no podía ser más favorable. Sobre todo si se tiene en cuenta que la fragmentariedad, el trabajo en los bordes de lo testimonial o la recuperación de una lectura benjaminiana de la narración y del espacio sintonizaban a la perfección con el nacimiento de la posmodernidad estricta (en 1972 se había publicado Learning from Las Vegas, de Venturi, Izenour y Scott Brown).

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Un año de Pasos

«Reflexiones creativas sobre el hecho de viajar»

Una de las obsesiones más frecuentes del periodismo contemporáneo es la fijación por el «aquí y ahora». La actualidad ha pasado de elemento importante a único factor a tener en cuenta por los medios de comunicación, un fenómeno que además se ha visto acentuado por la aparición de Internet primero y de las redes sociales a continuación. Los medios corren desaforadamente en busca de ser los primeros en poner un tuit que dé una noticia, aunque para ello sea irrelevante si es una noticia real o no, si está verificada, si tiene alguna importancia. Se olvida, pues, una máxima que una vez marcó la diferencia entre el periodismo de calidad y el tabloide: No me lo cuentes primero, cuéntamelo bien.

En Altaïr Magazine estamos en contra del «aquí» casi por principios. Nuestras Voces lo demuestran, que son siempre «allí», es decir, siempre un lugar diferente al que estamos, siempre con la intención de mirar más allá de las cuatro paredes a las que llamamos «casa». Y no estamos en contra del «ahora», pero sí sabemos y defendemos que no es el único momento temporal posible. Nuestros Pasos, esas «reflexiones creativas sobre el hecho de viajar», huyen del aquí y ahora para rastrear otros caminos físicos y temporales del viaje. La historia, la antropología, las huellas de los primeros viajeros, las reflexiones sobre el mismo acto de viajar… También un vistazo a aquellos y aquellas que han viajado desde la literatura, o la música, o el cine, o el cómic. Viajar a través de los sonidos, de los ruidos de cada lugar, de las melodías cantadas por otros hombres y mujeres. Más que ninguna otra sección de Altaïr Magazine, los Pasos son una reflexión que deja de lado el dónde viajar por el cómo hacer ese viaje.

A Pere Ortín, nuestro director, en seguida le viene a la cabeza el viaje por los sonidos del océano que hace Pedro Montesinos, usando el oído como otro modo de narrar. «Es el atrevimiento de hacer lo que nadie más hace con mirada y oído propio», dice Pere, y es verdad, porque el autor consigue hacernos entender de forma cristalina cómo se oye el mar embravecido del Perú.

En la redacción, al preguntar por los Pasos favoritos, hay quien rápidamente se muestra fan de la serie «La tradición inquieta» de Jorge Carrión, ese recorrido tan peculiar que hace por los grandes viajeros literarios. El nombre que más se repite es el de Burton Holmes y sus travelogues, porque en el fondo todos añoramos un poco un pasado en el que los viajeros contaban sus hazañas en teatros abarrotados, sacando objetos increíbles de un baúl. Otros apuntan más a los textos de Gabi Martínez, como esa defensa suya tan peculiar de la aventura, como palabra, como concepto y casi como ideología. «Yo soy friki», se confiesa, y nos sentimos identificados con él.

Mario Trigo, redactor jefe de Altaïr Magazine, interviene para recordar uno de los Pasos más impactantes que hemos tenido: «Un imperio pobre», de Ralph Zapata Ruiz, un reportaje sobre la vida dura en el valle peruano de Lares. Periodismo de sensaciones, más de sangre y carne que de epidermis. Dice Mario: «Me gusta porque consigue transmitir el cansancio físico sin que sudemos una gota y la situación de lucha y pobreza de la región sin que sintamos la mínima condescendencia o dramatismo».

Sin embargo todos recuerdan con especial cariño el texto de Carolina Reymúndez sobre la primera vez que se atraviesa una frontera. Es uno de los Pasos más recordados y del que más hablamos a menudo porque apela directamente a las primeras sensaciones viajeras, irrepetibles, la primera carretera larga, el primer avión, el primer tren, el primer lugar donde al llegar la gente hablaba una lengua extraña. La esencia de los Pasos, la sección de Altaïr Magazine que más que hablar del viaje, piensa el viaje.

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Paul Bowles, un paso de Jorge Carrión

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COMPARTIMOS EN ABIERTO UN ADELANTO DEL NUEVO PASO DE ALTAÏR, OTRO EPISODIO DE «LA TRADICIÓN INQUIETA» DE JORGE CARRIÓN, DEDICADA A TRAZAR LA GENEALOGÍA SECRETA DE AUTORES Y AUTORAS CLAVES EN LA LITERATURA DE VIAJE DEL SIGLO XX. ESTA SEMANA HABLAMOS DEL FUNDAMENTAL PAUL BOWLES.


¿Y si Paul Bowles fuera la espina dorsal de la tradición inquieta del siglo XX?

Si durante los siglos XVI, XVII y XVIII el vector que rige el movimiento es el de Este-Oeste, durante el XIX se va imponiendo progresivamente el vector Norte-Sur. La exploración de África es el preámbulo de su violación. El arte cartografía esa violencia: a veces, mientras realiza ese ejercicio de representación, la justifica, otras la denuncia —oblicuamente—. No es Conrad el puente literario de la tradición inquieta entre los siglos XIX y XX, sino Rimbaud. No es un libro (El corazón de las tinieblas, etcétera), sino un camino. La ruta del autor de Una temporada en el infierno por África. Quiero decir: su biografía, no su obra. Porque no hay obra —o son cartas, literatura de viaje que intentaba camuflar su ADN literario— que nos deje seguir esos pasos y es la ausencia de obra, en el sentido clásico del término, lo que nos permite afirmar que entonces comienza el inquieto siglo XX (aunque faltaran veinte años). Al mismo tiempo, el puente pictórico entre ambos siglos lo tiende Paul Gauguin (que murió en 1903) en el vector Oriente-Occidente; pero no lo hace en lienzos diáfanamente delimitados, sino en su cuaderno de viaje, en las puertas que embadurna, en las paredes de la casa donde se aloja. Y más allá: en los barcos que toma, en los senderos que atraviesa. El propio viaje es siempre la mayor obra de arte; pero es invisible y tenemos que conformarnos con sus huellas, su incompleto trazo.

Los itinerarios de Rimbaud y de Gauguin confluyen en París. El mismo París donde pronto Picasso, que ha ascendido lentamente desde Málaga (el Sur) por Barcelona y los pueblos pirenaicos, en el ímpetu del primitivismo, inyectará africanidad (Sur del Sur) al arte contemporáneo. El mismo París en cuyos años 30 aterriza un jovencísimo Paul Bowles, para sintonizar —en cuerpo o en ausencia— con Djuna Barnes, James Joyce, Gertrude Stein, Ernest Hemingway, John Dos Passos: los pasos perdidos. Huía de su propia familia y de cierta manera de ser norteamericano. Buscaba un laboratorio donde ensayar formas de ser apátrida. Estuvo allí cuando la Guerra Civil española se convertía en el prólogo de la guerra civil europea.

Una de las biografías de Bowles se titula El observador invisible. El testigo sin afán de protagonismo. En la capital de las vanguardias, el joven músico y escritor recoge el testigo de la tradición inquieta a través de la topografía surrealista analizada por Walter Benjamin. Sus primeros poemas, publicados allí, son vanguardistas. Después, traduce y pone música a Lorca. Así se van conectando las corrientes nacionales y lingüísticas en una biografía con forma de red. Multiplicación de vectores, porque «vector» significa «agente que transporta algo de un lugar a otro» y «fragmento de ácido desoxirribonucleico que puede unir otro fragmento ajeno y transferirlo al genoma de otros organismos». En el cuerpo de Bowles, en sus venas textuales, en su médula, confluyen gran parte de las líneas de la mano de la inquietud.

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Jan Morris, el viaje y el esfuerzo

Trieste, uno de los lugares esenciales en la bibliografía de Jan Morris, fotografiada por Ludovico Sinz.

 

Viajar es esforzarse, dice Jorge Carrión en su último texto de «La tradición inquieta» para los Pasos de Altaïr, dedicado a la historiadora y viajera Jan Morris. «Lo dice la propia etimología: “travel” procede del francés “travail”; la palabra “journey” lleva en su genética “journée”, jornada, día de trabajo». Viajar como algo opuesto a «vacaciones», viajar como acción, como esfuerzo.

A los treinta y siete años, esto es, en 1963, publicó Cities (1963), un ensayo con las setenta ciudades más importantes del globo como escenario del yo. Por tanto, a los treinta y siete años ya había dado, de un modo u otro, la vuelta al mundo. Varias veces.

A los 37 años Jan Morris ya había cubierto la expedición de Hunt al Everest, había conocido al Che Guevara o al sultán de Omán, había cubierto el juicio al nazi Eichmann en 1961. A los 37 años Jan Morris ya llevaba casada catorce años, había tenido cinco hijos y todavía se llamaba James Morris. Poco después empezó su proceso de transformación en mujer, culminado con su operación de cambio de sexo en 1972.

Jorge Carrión explica en su Paso de ALTAÏR MAGAZINE que nadie mejor que ella supo describir aquel proceso en una de las piezas claves de Un mundo escrito (1950-2000). Y continúa Carrión:

A ese proceso, que demuestra que tanto la identidad (altamente inestable) como el cuerpo (dos tercios de agua) son líquidos, que sólo nuestros esfuerzos múltiples solidifican para hacerla soportable, dedicó el volumen Conundrum (1974; El enigma, en su traducción en español), que se centra en su propia metamorfosis, que —como toda—, no fue instantánea, sino el resultado de una década de tratamiento hormonal. Que la operación final se hiciera en Casablanca no deja de ser revelador.  Marruecos es la tierra de todos y de nadie para algunos de los miembros de la tradición inquieta. Y Morris tuvo que dejar, también, su huella personal y literaria sobre ella.

En los últimos cuarenta años Morris ha sido una cronista del mundo y de lo global, aparte de otras muchas cosas (por ejemplo novelista). Sigue junto a la misma persona con la que se casó hace más de sesenta años y, como dice Carrión, su vida es el mundo:

Un mundo escrito amplía el campo de acción y de batalla y de esfuerzo. La vida de Morris es el mundo. Lo real interactúa con lo íntimo, pero es analizado desde una perspectiva profesional: «Pocas veces me impliqué a fondo en los asuntos que describe este libro. Me mantengo al margen por naturaleza, observo por profesión, me atrae la soledad y me he pasado la vida mirando cosas y hechos y analizando su efecto en mi sensibilidad concreta». 

«Jan Morris. Cambios de género» (sólo para suscriptores), segundo capítulo de la serie «La tradición inquieta» de Jorge Carrión.