Publicado el

Cómo ser grosero e influir en los demás

Lenny bruce 3

Muerte en el césped

Por Cristian Segura

Las memorias de Lenny Bruce nos advierten del peligro de lo políticamente correcto

Lenny Bruce las pasaría canutas en el siglo XXI. Lo políticamente correcto está encorsetando la libertad. Cualquier comentario puede ser nuestra tumba pública, acusados de racistas, violentos, machistas o maltratadores de mascotas. Lenny Bruce fue cómico y alterador del orden hace cincuenta años. Su personaje le arrastró de tribunal en tribunal; hoy sería marginado, arrinconado en un blog o en una cuenta de youtube. Pero durante su turbulenta vida por lo menos –casi– siempre tuvo algún antro que se la jugaba contratándole para dar rienda suelta a su sátira. Bruce (Mineola, 1925-Los Ángeles, 1966) fue el extremo del humor corrosivo, liberal y judío del siglo XX. Cómo ser grosero e influir en los demás (Malpaso, 2016) son las memorias de Bruce escritas entre 1963 y 1965, poco antes de morir de una sobredosis. El libro es demencial no solo por lo que cuenta sino porque todo ello sucedió de verdad.

Una muerte en el césped es la última parábola que subrayo de las memorias de Bruce. Es un pasaje del último capítulo y es la esencia de sus peripecias, su humor y sus miserias: “Mi jefe era productor. Tenía una plantilla de escritores, ganaba mucho dinero y salía con una bonita aspirante a estrella. Tenía un comedor privado en el estudio que parecía un barco. Decía: «Quédate en la oficina, escribe veinte páginas en un día y, si te aburres, mira por la ventana de mi oficina el césped donde se desploman los jardineros y sé feliz de poder escribir». Un día miré por la ventana, solo para verlo morir de un ataque al corazón que había empezado en su comedor y duró todo el descenso de las escaleras de Darryl F. Zanuck. Murió en el césped. Y supe que estaba acabado porque no me invitaron al funeral. En realidad, todos los que él había contratado fueron despedidos a su muerte”.

CTA-premium-con-precio

Lenny Bruce no tuvo una vida alegre. Se crió durante la Gran Depresión, en una familia pobre. El libro apunta sus trapicheos infantiles para robar dinero a la Cruz Roja, recoger chatarra, botellas y revenderlas, sus trucos para colarse en el cine y su huida de casa con 16 años para ganarse la vida como mano de obra en una granja de Long Island. Luego vinieron tres años de servicio militar durante la Segunda Guerra Mundial, a bordo del crucero USS Brooklyn, destinado en el norte de África. El momento ideal para dar rienda suelta a su existencialismo de sonrisa amarga:

“La sangre mezclada con sal marina parece azul. Ocho hombres, seguidos por doce y otros cuarenta después, flotaban lánguidamente cerca de la proa del USS Brooklyn. Apenas unos meses antes esos aviadores muertos estaban diciendo:

—¿Qué quiere, normal o súper?

—¿Me has recogido los pantalones de la tintorería, cariño?

—No me pillarán, mi tío es concejal.

—Mira, Vera, voy a poner todas mis cosas en esas cajas de cartón y voy a guardarlas bajo llave en el armario del gabinete. Por favor, que nadie las toque; no me digas que sí como a los tontos, no quiero que nadie, ¿me entiendes?, absolutamente nadie, toquetee mis cosas…

Sus cosas, mis cosas. Todo el mundo preocupado por sus cosas… Sus papeles… Sus posesiones. Los cadáveres seguían flotando, las cabezas chocaban contra estribor.”

En la Armada, al acabar la guerra, dio inicio la carrera de tribunales de Bruce. Tenía que demostrar que no estaba bien del coco para salir del ejército, por lo que decidió desfilar por la cubierta del crucero disfrazado de mujer. Lo echaron sin honores, pero la Cruz Roja defendió su caso y le devolvieron el honor. Me quedo con este fragmento de la descripción del testimonio que tuvo que dar Bruce ante un tribunal sanitario militar:

“—¿Te gusta practicar el coito con mujeres?

—Sí, señor.

—¿Te gusta vestirte con ropa de mujer?

—A veces.

—¿Cuándo?

—Cuando me queda bien.”

 

Lenny Bruce

 

Bruce fue un granuja sin igual. Se casó con la stripper Honey Harlowe y juntos perpetraron fechorías que debieron haber sido llevadas al cine por Billy Wilder. Bruce se hizo pasar por un cura para esquilmar a viejas millonarias de Florida, o amañaba concursos televisivos. Todo salía mal, en comisaría o perseguido por legiones de abogados. No fue Wilder sino Bob Fosse quien llevó su vida al cine, con el biopic ‘Lenny’, protagonizado por Dustin Hoffman en 1974. “Esta película es la historia real de un hombre que pasó a ser conocido como ‘la conciencia de América’”. Con estas palabras comienzan los créditos de ‘Lenny’. La película retrata su lado monologuista –que es lo que le hizo famoso, también por la censura que sufría– y su caos familiar con Honey Harlowe. Precisamente, lo más tedioso de sus memorias es cuando escribe improvisando alrededor de un tema; se pierde, va y viene, busca el ingenio porque por el camino por el se ha metido, no lo encuentra. En la vida real tuvo también momentos decadentes, en los que más que un sátiro era un profeta con los sesos achicharrados por el sol del desierto.

Cómo ser grosero e influir en los demás cuenta con un sinfín de historias de vodevil de los Hermanos Marx, pero también incluye relatos más tranquilos que retratan los defectos de los periodistas, del mundo rural, de Hollywood y también de sus raíces judías. La obra cuenta con transcripciones de sus declaraciones ante la policía y de los numerosos juicios por obscenidad que sufrió:

“Pregunta del fiscal: ¿Puede reproducirnos las palabras exactas o su recuerdo de cuáles fueron sus palabras [las de Bruce]?

Respuesta del testigo [el agente James Ryan, que arrestó a Bruce durante un show en 1962]: Sí. Durante el canto usó las palabras «me corro, me corro, me corro», y…

Pregunta: ¿Lo dijo solo dos o tres veces, el «me corro, me corro, me corro»?

Respuesta: Bueno, esta parte del espectáculo duró unos minutos.

Pregunta: ¿Dijo el acusado algo más?

Respuesta: Después dijo: «No te corras dentro. No te corras dentro».

Pregunta: ¿Esto lo dijo solo un par de veces?

Respuesta: No. Como ya he dicho, esto duró unos minutos.

Pregunta: Y, mientras lo decía, ¿usaba la misma voz con la que estaba cantando?

Respuesta: Bueno, en el momento en concreto en que decía «me corro, me corro», habló con un tono de voz relativamente normal. Y cuando lo del «no te corras dentro, no te corras dentro», usó un tono un poco más agudo.”

Leído con la perspectiva que da el tiempo, causa sonrojo pensar que aquello podía escandalizar a alguien. Aunque quizá no hemos progresado tanto si tenemos en cuenta que muchos se escandalizan hoy por un cartel en el que aparecen las vírgenes de Montserrat y la ‘Geperudeta’ besándose o, mucho peor, cuando alguien es capaz de entrar en un club y masacrar a tantos por su condición sexual.

 

Cómo ser grosero e influir en los demás. Memorias de un bocazas

Lenny Bruce

Malpaso, 2016. 302 páginas