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MENOS LIBROS, MÁS POETISAS, UN PASO DE SILVIA CRUZ

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¿Sigue leyendo la población griega? ¿Y escribiendo? Silvia Cruz vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine para contarnos cuál es la realidad de la industria editorial en Grecia tras 10 años de crisis económica. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Un 43.80% de los griegos reconoce que no lee. Las últimas encuestas indican que en Grecia aumenta el número de lectores, pero también que los nuevos lo hacen por obligación: para pasar exámenes o por trabajo. Esas son las últimas cifras oficiales en un país que ha vivido lo peor de una crisis que ha asolado el mundo entero y que diez años después también ha cambiado radicalmente el sector editorial de la cuna, no sólo de la democracia, también de la poesía occidental. Hace tres años, el Gobierno griego se cargó el Centro Nacional del Libro y lo único que se mantiene intacto es el IVA reducido (6%) y el estancamiento del e-book (1% de las ventas), que los expertos atribuyen al precio de los dispositivos.

Un paseo por varias librerías de Salónica y Atenas confirman que, como en España, no son los lugares favoritos de los griegos. En una visita de más de dos horas a Kardamitsa, tienda ubicada en la capital, que también es editorial y ofrece títulos nuevos y de segunda mano a buen precio, entraron dos personas y sólo una compró un libro. Sólo es una anécdota pero los testimonios de libreros, autores y agentes confirman que el panorama ha variado mucho y que, aunque en algunos casos puede ser la puerta a cambios necesarios, el giro no ha sido para mejor en términos generales.

Los números lo confirman: antes de la recesión, Grecia vivió un pequeño «boom» editorial. Si en 1990 se imprimían 3.000 nuevos títulos, en el año 2000 se publicaron más de 7.000 y más de 10.000 en 2008. Pero en 2012 la cifra se situó de nuevo en 7.000. Se editaba poco y se vendía aún menos. Por eso, en 2014, el Gobierno eliminó su Ley de Precio Fijo y permitió descuentos a voluntad del tendero. Las excepciones son los libros de ficción (lo que más se vende) y los infantiles (los primeros que sufrieron la caída de las ventas), que pueden rebajarse como máximo un 10%.

Las pequeñas echan la persiana o buscan formas de sobrevivir. Fue el caso de Hestia, librería con 120 años de historia en Atenas que cerró en 2013, pero volvió a abrir en otro local en 2014. Evangelia Avloniti, directora de la agencia literaria Ersilia, informa de algo que también se ve en España: «Están proliferando pequeñas tiendas que se esmeran en dar un servicio más personalizado.»

Al preguntarle a Konstantina por el libro que más vende en su local se dirige hacia un ejemplar que tiene el nombre de la autora, Lena Mantá, impreso en letras enormes. Es el tipo de libro que más se ha vendido durante la crisis. Lo llaman «literatura rosa» porque los compran mujeres de entre 20 y 50 años, pero no necesariamente hablan de historias románticas. A Konstantina no le gusta esa denominación. «Es despectiva y quizás no pasarán a la historia de la Literatura, pero han impedido que cerremos», dice la librera, que prefiere referirse a ellos como «libros de playa» y destaca los 80.000 ejemplares que se imprimen en primeras tiradas cuando lo habitual en Grecia es hacerlas de 500 a 2.000.

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LA SELVA HUMILLADA, UN PASO DE GABI MARTÍNEZ

Gabi Martínez nos habla en este nuevo Paso de la obra La selva humillada, de Bartolomé Soler, un libro de viajes que Martínez considera «imprescindible». Aquí el adelanto en abierto para los lectores del blog.


«Una de mis devociones ha sido andar», escribió Bartolomé Soler (Sabadell, 1894 – Palau de Plegamans, Barcelona, 1975). Es lo que hizo en la selva guineana durante tres meses. «Ver, ver y andar, y apresar en la retina y en la palma de mi mano toda esta naturaleza que me restalla en los oídos y en los ojos y humilla la altivez de mis antiguos paisajes». Luego, firmó La selva humillada, un imprescindible libro de viajes en lengua española que sin embargo se conoce fatal por dos motivos: Soler practicó la libertad de un modo molestamente radical; y el libro es, como se ha dicho, de viajes.

También es verdad que, en las últimas páginas, Soler es muy incorrecto. En ese tramo, rompe la especie de ensoñación buenrollista del occidental-que-se-ha-ido-embriagando-de-naturaleza-salvaje-y-negritud, del español que casi ha «entendido» una primitiva forma de vivir feliz. Y la rompe como si se sacudiera un sueño improcedente, soltando una reivindicación de superioridad racial blanca extemporánea; como si de repente pretendiera borrar todos esos días de placer sensual y aprendizaje con un arrebato que hace pensar en sacerdotes que despiertan jadeando a medianoche con los calzoncillos pringosos y la imagen aún fresca de la «pesadilla» de carne joven que les llevó hasta ahí. Puede que ese racista Arrebato Final también haya penalizado a la divulgación de la obra pero si se tienen en cuenta las afirmaciones, sugerencias y reflexiones que acumula el total de la lectura, si consideramos la capacidad de Soler para contradecirse y rebatir sus propias creencias, más bien habría que utilizar La selva humillada como validísimo paradigma de cómo el viaje puede matizar una mirada.

El cosmopolita frente a lo insólito

En cualquier caso, hay que ponerse en situación. 1951. Hace solo tres años que Johnny Weissmüller cedió su mítico alarido a Lex Barker después de tres lustros saltando de liana en liana demostrando que un solo blanco es más capaz de reinar en la selva que todos los negros y los leones juntos. La selva se proyecta como territorio a colonizar. John Hunter continúa degustando las mieles de figurar como el Gran Cazador Blanco. El mundo atraviesa una tensa posguerra que ha desencadenado un nuevo enfrentamiento armado en Corea. En resumen: el Otro, sea humano o animal, se observa desde Occidente como un ser inferior o como un enemigo a batir. Y Bartolomé Soler es español. Es decir, pertenece a un país que, desde que perdió las últimas colonias en 1898, prácticamente ha renunciado a sondear las realidades ajenas, aún más en este período en manos de una dictadura que se desgañita por recomponer lo que ha quedado tras la guerra civil mientras afronta un bloqueo económico internacional.

Se apela sobre todo a sensaciones, a la atmósfera, a los estímulos que el entorno desencadena en el yo más profundo del narrador viajero

De todos modos, Soler es un español peculiar. De chaval se escapó de casa varias veces hasta que desembarcó en Argentina. Allí sobrevivió durmiendo en bancos, vendiendo fiambres, también llegó a dirigir una plantación. Fan del teatro, se hizo actor, siguió viajando. Volvió a España, escribió una novela de éxito, y de nuevo a América. Cuba, Estados Unidos, Colombia, Perú, Chile… Al volver al terruño, le pasmó ver a la gente enardecida con la «odisea» de un caminante que cubría el trayecto Zaragoza-Madrid a pie mientras a él nadie le preguntaba por el mundo inmenso que había conocido. Escribió más libros, uno de ellos evidenciando la patética política de ese país entre corrupto, cateto y ofuscado que poco después empezó a matarse a tiros. Salió vivo de una checa. Cuando los franquistas ganaron, aceptó ser alcalde de su pueblo, Palau-solità, para evitar los ajusticiamientos vengativos, con la pretensión de imponer cordura. Y después de todo eso, y de triunfos y desengaños en los escenarios teatrales, y de varias novelas con frecuencia basadas en experiencias viajeras que subrayaron su carácter cosmopolita —todo un exotismo por entonces—, Soler llegó a la Guinea que le inspiraría el que se considera su único libro exclusivamente «de viajes».

La profesora de literatura en la universidad de Florida Montserrat Alás-Brun, una de las pocas que se han interesado por este libro de Soler, afirma que el catalán debía tener El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad en la cabeza al viajar a África, y que por eso le salió un libro tan literariamente intimista que recuerda más que ninguno en España a la mítica novela de Conrad.

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Un libro en el que no se mencionan muchos nombres geográficos porque se apela sobre todo a sensaciones, a la atmósfera, a los estímulos que el entorno desencadena en el yo más profundo del narrador viajero. Bartolomé Soler. El cosmopolita, enfrentado a unas personas, a un pensamiento lo bastante insólitos para sumirle en un memorable tour de force ideológico en el que se desnuda como los mejores.


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LA RUTA DE LOS MIL ROSTROS

Por María Angulo Egea

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Patricia Almarcegui viaja orgullosa por Uzbekistán y Kirguistán según nos cuenta en su último libro de viajes: Una viajera por Asia Central. Lo que queda de mundo (Edicions Universitat de Barcelona, 2016). Orgullosa de su autonomía; de su libertad de movimientos; de su soledad y de su condición viajera.

Orgullosa de viajar sola. De haber conseguido algo grande: llegar hasta Asia Central. Y por ello se muestra contenta, a veces hasta exultante en este viaje. Pero sobre todo se siente orgullosa de sus pequeñas conquistas personales. Cuestiones sencillas que va superando. Objetivos que cuando una viaja sola tiene que solventar y sortear, pero que no siempre es fácil: lograr que no te timen y no digamos ya un buen precio por un taxi que nos traslade de una ciudad a otra; conseguir el visado para entrar en otro país en un montaje funcionarial cerril y encorsetado de los de «vuelva usted mañana» o mejor «no vuelva». Y otros logros mayores como alcanzar la alta montaña de Song Kul.

Patricia se nos presenta en el prólogo como una viajera avezada. Ha estado en Marruecos, Egipto, Siria, Líbano, Jordania, Túnez, Yemen e Irán. (Acabamos de leer su Escuchar Irán (New Castle Ediciones, marzo 2016). Países de mayoría musulmana que trazan la imaginaria línea del deseo de esta peculiar viajera. Sin embargo, en este viaje por Uzbekistán y Kirguistán (dos países, como saben, escindidos de la antigua Unión Soviética, ¡¡que fueron URSS durante 70 años!!), Almarcegui emerge como una viajera poderosa (empoderada) que solventa situaciones críticas en entornos no especialmente receptivos. Entornos en los que aún extraña que sea una mujer la que organice y decida; la que camina y avanza sola en una soledad deseada. Se lo dice y repite al comienzo de su diario de viaje:

«Tengo que pensar en mí. No tanto en la gente que quiero cuando veo cosas que me emocionan, sino en mí. No disolverme o repartirme en nada ni en nadie. Hacer las cosas solo para mí. Cuidarme».

Solo hará una excepción a esta máxima: su madre. Es en ella en quien piensa y a quien le compra regalos, sedas.

Orgullosa de su autonomía; de su libertad de movimientos; de su soledad y de su condición viajera.

Patricia sigue los pasos autónomos y empoderados de dos escritoras viajeras también poderosas: la suiza Annamarie Schwarzenbach (1908-1942) y la inglesa Vita Sackville West (1892-1962). Dos viajeras enamoradas también de estos territorios y a quienes Almarcegui alude en distintas ocasiones. Sigue algunos de sus consejos viajeros pero también parece invocar (imitar) su actitud vital, «su deseo de ser otro, de aprehender el otro». Dos mujeres que se enfrentaron al montaje patriarcal establecido, desde su bisexualidad, entre otras muchas cosas, y que apostaron por vivir bajo unos parámetros más abiertos.

La cuestión de género está presente en este viaje por Uzbekistán y Kirguistán. Espacios híbridos, de mucha mezcla racial, que revelan el entorno soviético en el que se han desenvuelto durante tantos años, pero que también muestran una poderosa huella musulmana. Tanto en Uzbekistán, donde le rodea un mundo urbanita, como en Kirguistán, donde se impone la naturaleza, Almarcegui repara en su condición de mujer como mujer que mira y lo explicita. También desde su mundano pragmatismo (la decisión de comprarse o no un abrigo por el hecho de cargar con él desde casi el inicio del viaje y de si ocupará todo el espacio de su pequeña maleta); su preocupación por la moda, por la estética, su coquetería; su atención a los hombres, hombres que le atraen, en los que repara y con los que imagina y proyecta un viaje, un encuentro más prolongado. Uno de los capítulos se titula «Los hombres hermosos».

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En su primera negociación con los hombres del hotel de Jiva también es muy consciente de su fisicidad: «Se ríen de mí mientras discuto. No sé por qué. Quizás si fuera un hombre no lo harían. Una mujer gritando en un espacio más o menos público (…) al salir del comedor escucho sus carcajadas». También está presente su conciencia del peligro ante el posible acoso sexual «Vuelvo hacia el hotel. Las calles no tienen iluminación. No se ve nada. Me descubro caminando cada vez más deprisa. ¿Miedo? ¿miedo a viajar sola? ¿miedo de viajar sola por ser mujer?» Sobre este asunto hay un excelente artículo en el monográfico A bordo del género de Altäir Magazine realizado por June Fernández y Cristina Lozano. La mirada de Almarcegui se empapa de los entornos que la habitan y se detiene en el retrato del otro, le presta especial atención a «ese otro mujer o niña»:

Nada más llegar a la ciudad de Taskent:

«De camino al metro, me crucé con mil rostros diferentes. Mi primera visión del país. Las caras redondas y planas de ojos achinados se mezclaban con pieles cetrinas y secas. La mujeres, jóvenes, bellas, rubias, con minifaldas y maravillosamente arregladas, se confundían con otras mucho mayores, quizás de zonas rurales, cubiertas con pañuelos negros de flores, enjutas y de piel oscura» (p. 27)

«De nuevo me cruzo con mujeres de tacones de aguja y minifaldas extremas, casi siempre jóvenes, y otras vestidas de largo de rostros cetrinos afilados» (pp.31-32)

Almarcegui emerge como una viajera poderosa (empoderada) que solventa situaciones críticas en entornos no especialmente receptivos.

En Bujara, que fue el enclave comercial de la Ruta de la Seda, nuestra viajera se ve rodeada de muchachas y niños y juega con ellos a preguntarse cuestiones sencillas: ¿Cómo te llamas? ¿Qué años tienes? ¿Dónde vives? Almarcegui se sorprende de las respuestas que dan las niñas a la pregunta de ¿Qué años tienes? Las niñas de aspecto adolescente responden 9, 10, 11 y las mujeres algo mayores contestan: 15, 16 años. «Me doy cuenta que sus rostros no corresponden a la edad que dicen o, al menos, no la edad que tendrían en España. Mientras allí las mujeres tienen más edad de la que aparentan, en Uzbekistán son mayores de lo que parecen. Otra vida, otras cargas, otra expresión» (p. 48).

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Esta escena termina con una foto de Patricia rodeada por estas mujeres y niños al atardecer de Bujara. No, no termina con «esta estampa» ni con el sentimiento autocomplaciente de nuestra Almarcegui, que se describe en este momento feliz por estar «como si fuera una viajera muy antigua y algo romántica, rodeada por ellos». Nuestra viajera hiperconsciente de lo que le sucede cierra el cuadro con estas palabras de Vita Sackville-West: «decidimos ser bien cínicos; decidimos sin cortapisas ser románticos mientras podamos» (p. 49).

Es consciente de su romanticismo y de su «mala conciencia de viajera postcolonial», tal y como ella lo define, al no saber si tiene que darle dinero o no al hombre que le ha llevado en coche desde Osh hasta la capital kirguisa Biskek (300 km).

Transita por Samarcanda, Taskent, Jiva, Fergana, Bujara, parte esencial del imaginario nominal que ha venido poblando sus sueños de juventud, sus lecturas y estudios. Su deseo viajero se proyecta en estos territorios que construyen un relato; una crónica de viaje a la que suma reflexiones extraídas de su diario, poemas y fragmentos de novelas y comentarios de otros escritores. Viajeras y cronistas como las citadas, pero también se sirve de Ruy González de Clavijo, ¿cómo no?, cuando llega a Samarcanda. La calle que conduce al mausoleo del Gran Tamorlán lleva el nombre de este viajero español del siglo XV que Almarcegui ha estudiado como nos demostró en su ensayo El sentido del viaje (Junta de Castilla y León, 2014).

Repara en su condición de mujer como mujer que mira y lo explicita.

La narradora se mueve entre contrastes y viaja a dos velocidades. Una, rauda y liviana, que muestra su periplo por los paisajes rurales y urbanos. Sus descripciones nutren los cinco sentidos del lector con imágenes, sabores, sonidos, olores y texturas. Casi podemos percibir la gama de colores de la seda de Marguilán; casi rozamos su suavidad. Otra, lenta y difícil, con tiempos de espera interminables, hasta que se llena el taxi o el autobús, y con funcionarios entorpecedores que obstaculizan el tránsito.

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Almarcegui nos hace volar, cabalgar por Song Kul, el fin del mundo o el comienzo de un nuevo mundo, donde fuera de todo pronóstico se canta una alegría gaditana. Pero también nos hace caminar mucho, pasar mucho calor y cruzar fronteras con la incertidumbre y los nervios de antaño de si nos dejan o no pasar al otro lado. Sentimos físicamente el viaje y participamos de sus emociones, de sus cambios de ánimo, de su irritación y de su calma.

En este viaje encontramos una narradora en comunión con el territorio. Almarcegui está y quiere estar sola con este paisaje. Una viajera solitaria por Asia Central que constata que sin viaje, no hay vida.

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Puerta a la profundidad

Por Jaime Gárate

Este es un libro de abismos, de los enigmas de las profundidades del planeta. Mundo subterráneo. Puertas secretas, ciudades sumergidas y utopías bajo tierra (La Felguera, 2015) es una obra poliédrica; una mirada hacia el subsuelo desde la historia de la literatura, la ciencia y la filosofía. Una mirada más allá de capas y capas de corteza terrestre. El planeta Tierra es un ser vivo. Y como tal tiene sus venas y arterias. Tiene sus virus y sus iras. Y también como tal, está formado en su mayor parte por agua. Ya sea bajo tierra o en las profundidades del océano ¿qué es lo que hay ahí abajo?

«Cada uno vive en el mundo que es capaz de imaginar», dijo Julio Verne, el rey de la literatura fantástica. Para llegar hasta ahí abajo lo primero es encontrar una puerta de entrada, y en su mundo, esas puertas a la intratierra son los volcanes. El siguiente paso es establecer un plan, una ruta de descenso a través de las venas del planeta. «La obra verniana adquiere forma obedeciendo a ciertos ejes que forman entre ellos coordenadas donde se delimita lo ordinario y se extralimita lo extraordinario, donde se confunden ambos y se distancian». La lectura de las páginas dedicadas a la obra de Verne es un descenso al subsuelo a través de las coordenadas norte y sur y de los ejes de arriba y abajo.

Estos ejes también sirven para la búsqueda de civilizaciones y monstruos en el descenso marino. «El mito de los atlantes se trata de un abismo que desciende, que cada vez se aleja más y se vuelve más inalcanzable. Y el mito de los monstruos marinos es un abismo que asciende, que acecha y que un día vendrá por nosotros»

El planeta Tierra es un ser vivo. Y como tal tiene sus venas y arterias. Tiene sus virus y sus iras.

Se dice que H.P. Lovecraft desarrolló su fobia al mar tras comer pescado en mal estado. Quizás por eso sus océanos están infestados de bestias marinas que nos acechan. Pero no fue el único en llenar el mar de monstruos. Durante el Renacimiento «son descritos con detalle por la élite de los cartógrafos, naturalistas y científicos». Benito Jerónimo Feijoo, el ensayista que abrió las puertas al pensamiento ilustrado en España, describió a uno de estos monstruos en sus Cartas Eruditas 3. «Voy a explicar al monstruo y voy a explicarme a mi», escribió. Se refiere a Francisco de la Vega Casar, quién pasó a la historia como el Hombre Pez. Desapareció en el s.XVII mientras nadaba en las costas de Cantabria y apareció 5 años más tarde en las aguas de la bahía de Cádiz. Quién sabe si durante ese lapso de tiempo estuvo en la Atlántida, el continente sumergido «y perdido cuyos habitantes habrían sido unos seres con avanzadísimos conocimientos». Algunas teorías indican que está cerca de la península Ibérica.

Pero la teoría de mayor valor de Mundo Subterráneo es la de Atanasio Kircher. Científico jesuita y vulcanólogo, estudioso de las iras de la Tierra, que «partiendo de sus experiencias personales en un viaje que hizo en 1638, se propone buscar una explicación coherente al mundo subterráneo que él considera un vasto cuerpo cavernoso». Su obra —excepto una pequeña parte— nunca había sido traducida al castellano. Estas páginas contienen parte de su Mundus Subterraneus, y en ellas se encuentra su teoría del «Geocosmos», la más influyente durante los SXVIII y XIX en el campo de las ciencias naturales.

CC Jônatas Cunha
La Caverna do Diabo, en Brasil (CC Jônatas Cunha)

El libro acaba con otro viaje hacia abajo, pero menos convencional aún que los anteriores. Es un trayecto a las entrañas de la Tierra acompañado de Alicia la del país de las maravillas. La experiencia de irse de rave con la protagonista de la novela de Lewis Carroll y de perseguir el conejo blanco a lo Hunter S. Thompson es tan enigmática como atrayente.

Enfrentarse a esta obra no requiere de esfuerzo para la imaginación. Josep Lapidario, redactor de Jot Down, se encarga de abrir la mente en el primer ensayo. Pero hay más elementos de apoyo para ello: sus páginas están repletas de grabados que ayudan a introducirse en el subsuelo, a viajar hacia el mundo subterráneo a través de la vista. Son ilustraciones para entender la intratierra. Para comprender los abismos del planeta y sus misterios.

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Mundo subterráneo. Puertas secretas, ciudades sumergidas y utopías bajo tierra es una obra con diversos enfoques sobre los otros mundos que hay en el subsuelo de nuestro mundo; los fantásticos y mitológicos, y también sobre sus puntos de acceso. De hecho, el libro en sí puede considerarse también uno de esos puntos de entrada. Hay veces que la línea que separa la realidad de la ficción es muy estrecha. Y Mundo Subterráneo, aunque a veces hacia un lado y a veces hacia otro, está la mayor parte del tiempo en ese fino umbral que separa lo real de lo imaginario. Justo en ese límite en el que te preguntas por la cantidad de realidad que hay en la fantasía, la mitología o en teorías científicas obsoletas hoy día. Es una lectura para imaginar lo que hay ahí abajo ya que «el centro de la tierra es un lugar tan lejano como la última estrella y mucho más desconocido».

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Cómo ser grosero e influir en los demás

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Muerte en el césped

Por Cristian Segura

Las memorias de Lenny Bruce nos advierten del peligro de lo políticamente correcto

Lenny Bruce las pasaría canutas en el siglo XXI. Lo políticamente correcto está encorsetando la libertad. Cualquier comentario puede ser nuestra tumba pública, acusados de racistas, violentos, machistas o maltratadores de mascotas. Lenny Bruce fue cómico y alterador del orden hace cincuenta años. Su personaje le arrastró de tribunal en tribunal; hoy sería marginado, arrinconado en un blog o en una cuenta de youtube. Pero durante su turbulenta vida por lo menos –casi– siempre tuvo algún antro que se la jugaba contratándole para dar rienda suelta a su sátira. Bruce (Mineola, 1925-Los Ángeles, 1966) fue el extremo del humor corrosivo, liberal y judío del siglo XX. Cómo ser grosero e influir en los demás (Malpaso, 2016) son las memorias de Bruce escritas entre 1963 y 1965, poco antes de morir de una sobredosis. El libro es demencial no solo por lo que cuenta sino porque todo ello sucedió de verdad.

Una muerte en el césped es la última parábola que subrayo de las memorias de Bruce. Es un pasaje del último capítulo y es la esencia de sus peripecias, su humor y sus miserias: “Mi jefe era productor. Tenía una plantilla de escritores, ganaba mucho dinero y salía con una bonita aspirante a estrella. Tenía un comedor privado en el estudio que parecía un barco. Decía: «Quédate en la oficina, escribe veinte páginas en un día y, si te aburres, mira por la ventana de mi oficina el césped donde se desploman los jardineros y sé feliz de poder escribir». Un día miré por la ventana, solo para verlo morir de un ataque al corazón que había empezado en su comedor y duró todo el descenso de las escaleras de Darryl F. Zanuck. Murió en el césped. Y supe que estaba acabado porque no me invitaron al funeral. En realidad, todos los que él había contratado fueron despedidos a su muerte”.

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Lenny Bruce no tuvo una vida alegre. Se crió durante la Gran Depresión, en una familia pobre. El libro apunta sus trapicheos infantiles para robar dinero a la Cruz Roja, recoger chatarra, botellas y revenderlas, sus trucos para colarse en el cine y su huida de casa con 16 años para ganarse la vida como mano de obra en una granja de Long Island. Luego vinieron tres años de servicio militar durante la Segunda Guerra Mundial, a bordo del crucero USS Brooklyn, destinado en el norte de África. El momento ideal para dar rienda suelta a su existencialismo de sonrisa amarga:

“La sangre mezclada con sal marina parece azul. Ocho hombres, seguidos por doce y otros cuarenta después, flotaban lánguidamente cerca de la proa del USS Brooklyn. Apenas unos meses antes esos aviadores muertos estaban diciendo:

—¿Qué quiere, normal o súper?

—¿Me has recogido los pantalones de la tintorería, cariño?

—No me pillarán, mi tío es concejal.

—Mira, Vera, voy a poner todas mis cosas en esas cajas de cartón y voy a guardarlas bajo llave en el armario del gabinete. Por favor, que nadie las toque; no me digas que sí como a los tontos, no quiero que nadie, ¿me entiendes?, absolutamente nadie, toquetee mis cosas…

Sus cosas, mis cosas. Todo el mundo preocupado por sus cosas… Sus papeles… Sus posesiones. Los cadáveres seguían flotando, las cabezas chocaban contra estribor.”

En la Armada, al acabar la guerra, dio inicio la carrera de tribunales de Bruce. Tenía que demostrar que no estaba bien del coco para salir del ejército, por lo que decidió desfilar por la cubierta del crucero disfrazado de mujer. Lo echaron sin honores, pero la Cruz Roja defendió su caso y le devolvieron el honor. Me quedo con este fragmento de la descripción del testimonio que tuvo que dar Bruce ante un tribunal sanitario militar:

“—¿Te gusta practicar el coito con mujeres?

—Sí, señor.

—¿Te gusta vestirte con ropa de mujer?

—A veces.

—¿Cuándo?

—Cuando me queda bien.”

 

Lenny Bruce

 

Bruce fue un granuja sin igual. Se casó con la stripper Honey Harlowe y juntos perpetraron fechorías que debieron haber sido llevadas al cine por Billy Wilder. Bruce se hizo pasar por un cura para esquilmar a viejas millonarias de Florida, o amañaba concursos televisivos. Todo salía mal, en comisaría o perseguido por legiones de abogados. No fue Wilder sino Bob Fosse quien llevó su vida al cine, con el biopic ‘Lenny’, protagonizado por Dustin Hoffman en 1974. “Esta película es la historia real de un hombre que pasó a ser conocido como ‘la conciencia de América’”. Con estas palabras comienzan los créditos de ‘Lenny’. La película retrata su lado monologuista –que es lo que le hizo famoso, también por la censura que sufría– y su caos familiar con Honey Harlowe. Precisamente, lo más tedioso de sus memorias es cuando escribe improvisando alrededor de un tema; se pierde, va y viene, busca el ingenio porque por el camino por el se ha metido, no lo encuentra. En la vida real tuvo también momentos decadentes, en los que más que un sátiro era un profeta con los sesos achicharrados por el sol del desierto.

Cómo ser grosero e influir en los demás cuenta con un sinfín de historias de vodevil de los Hermanos Marx, pero también incluye relatos más tranquilos que retratan los defectos de los periodistas, del mundo rural, de Hollywood y también de sus raíces judías. La obra cuenta con transcripciones de sus declaraciones ante la policía y de los numerosos juicios por obscenidad que sufrió:

“Pregunta del fiscal: ¿Puede reproducirnos las palabras exactas o su recuerdo de cuáles fueron sus palabras [las de Bruce]?

Respuesta del testigo [el agente James Ryan, que arrestó a Bruce durante un show en 1962]: Sí. Durante el canto usó las palabras «me corro, me corro, me corro», y…

Pregunta: ¿Lo dijo solo dos o tres veces, el «me corro, me corro, me corro»?

Respuesta: Bueno, esta parte del espectáculo duró unos minutos.

Pregunta: ¿Dijo el acusado algo más?

Respuesta: Después dijo: «No te corras dentro. No te corras dentro».

Pregunta: ¿Esto lo dijo solo un par de veces?

Respuesta: No. Como ya he dicho, esto duró unos minutos.

Pregunta: Y, mientras lo decía, ¿usaba la misma voz con la que estaba cantando?

Respuesta: Bueno, en el momento en concreto en que decía «me corro, me corro», habló con un tono de voz relativamente normal. Y cuando lo del «no te corras dentro, no te corras dentro», usó un tono un poco más agudo.”

Leído con la perspectiva que da el tiempo, causa sonrojo pensar que aquello podía escandalizar a alguien. Aunque quizá no hemos progresado tanto si tenemos en cuenta que muchos se escandalizan hoy por un cartel en el que aparecen las vírgenes de Montserrat y la ‘Geperudeta’ besándose o, mucho peor, cuando alguien es capaz de entrar en un club y masacrar a tantos por su condición sexual.

 

Cómo ser grosero e influir en los demás. Memorias de un bocazas

Lenny Bruce

Malpaso, 2016. 302 páginas

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Puro verso, por P. Godoy y B. Jiménez Luesma

Puro.VersoUna librería puede ser muchas cosas, entre ellas el retrato de una ciudad, y cada uno de sus libros, un trocito del alma de sus habitantes. La librería Puro Verso habla mucho de Montevideo y de los uruguayos y su dueña Nefeli Forni nos habla de cómo es el oficio de librero. Paty Godoy y Berta Jiménen Luesma estuvieron allí y lo cuentan en nuestro 360º montevideano. Dejamos aquí un fragmento.


Estamos en la Ciudad Vieja. A nuestras espaldas dejamos el Palacio Salvo y su misticismo. Atravesamos la Puerta de la Ciudadela. Elevando la vista, ese edificio que, de tan feo, es bello. Su estilo años 70 choca con el art déco de Palanti. Decenas y decenas de grises cajas de aire acondicionado se agrupan, sin orden, configurando junto al cielo azul un ajedrezado: arquitectura casual, infraestructura matemática. El centro de Montevideo es sólo un aperitivo del eclecticismo que se extiende por toda la ciudad. La peatonal de Sarandí, ya en su comienzo, se ve muy transitada. Ejecutivas de traje, puestos de venta de cuero, paseantes con el termo de mate bajo el brazo. Y, a pesar del frío, jóvenes que almuerzan al aire libre.

En una localización tan privilegiada como esta se encuentra la librería Puro Verso, alojada en el edificio Pablo Ferrando, de 1917, de estilo industrial, con grandes ventanales de espejo y columnas de hierro. El escaparate es curvado, la entrada de simetría kubrickiana y la escalera art nouveau se encuentra junto a uno de los ascensores más viejos en uso en todo Montevideo. Pero sobre todo… huele a libro. En Puro Verso huele a libro más que en cualquier otra librería.

Encontramos a Nefeli Forni, su dueña, entre Sarajevo de Alfonso Armada y El Hambre de Martín Caparrós, bajo la atenta mirada de Gay Talese y las cínicas hojas de Kapuściński. Envuelta por la cultura japonesa, la literatura rusa y, sobre todo, el ensayo transfronterizo. Ella nos explica que el ensayo es la lectura nacional. También el libro técnico, el de psicología, el de filosofía… Tal vez por eso los uruguayos son tan buenos narradores, tan reflexivos y teóricos. Esa sensación de que la cultura está en el aire, y con solo respirar, ya eres medio sabio.

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Forni reflexiona sobre su profesión. Ha tomado el relevo de su padre, jefe histórico de la empresa. No sólo trabaja en una librería: es librera. Y, como tal, conoce el contenido y el continente de su tienda. Según apunta Jorge Carrión en su ensayo Librerías, Puro Verso es una de las mejores librerías del mundo:

«Muchas tardes de domingo me dedico a vagar por la red en busca de librerías que aún no existen para mí, pero que ahí están, esperándome. (…) La mayoría son claramente espectaculares, como Tropismes de Bruselas o como Puro Verso de Montevideo. La cita que preside la página web de ésta pertenece a Ferlinghetti: “He dormido en cien islas donde los libros eran árboles”. El espacio físico está a su vez presidido por una cristalera art déco, en lo alto de unas bellísimas escaleras. Puro retroespectáculo».

(…)


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Libros: Un mundo infiel, de Julián Herbert

UN MUNDO INFIEL - JULIAN HERBERT

La vida mancha y las palabras pesan

Por Pere Ortín

 «Soy alguien que escribe viciosamente, de manera compulsiva. Escribo como para derrotar a la ficción. Escribo porque no soy buena persona.»

El olor a mierda estaba llenándolo todo

(pag. 80)

La vida mancha y las palabras pesan. Un mundo infiel fue el inicio de la carrera novelística de Julián Herbert. Se trata de una «novela impactante, descarnada y violenta» que sucede en un decorado fronterizo perfecto para conocer «las desventuras de psicópatas, putas, adictos al porno y las drogas con historias que corren paralelas y se cruzan para construir una sola». Es también un «viaje por una noche delirante en compañía de unos personajes casi siempre a la deriva». Todo eso es lo que aseguran sus editores de Malpaso, pero Un mundo infiel es bastante más que eso…

¿Sientes ese olor, hijo? Hierba fresca

(pag. 127)

Un mundo infiel es un primer trabajo novelístico de un creador mayúsculo que sabe que las palabras esdrújulas son venenosas. La escritura de Julián Herbert es áspera y atractiva, como el exoesqueleto de los escorpiones que se pueden ver entre las tumbas del literario cementerio de Agua Prieta (Sonora).

No mi reina —dijo Plutarco— aquí no hay joterías

(pag.23)

La escritura de Julián Herbert es un drama mexicano repleto de miserias humanas y tragos cortos de una garrafa de Tequila «El relicario de Tonaya» comprado de oferta por sólo 20 pesos en el Walmart del Paseo de la Reforma en Saltillo (Coahuila). Regusto salvaje, perfume poético.

Se amaron con rencor y dulzura

(pag. 133)

La escritura de Julián Herbert es un tren rigurosamente desprotegido camino de Nuevo Laredo (Tamaulipas), en un país donde los trenes hace años que dejaron de estar presentes en el imaginario cotidiano.

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Entró al baño, se sujetó de los bordes de la taza con ambas manos y vomitó

(pag. 102)

La escritura de Julián Herbert es de atmósferas sórdidas, como los lavabos de la cantina Pluma Blanca de Hermosillo (Sonora) o de esos aguajes cercanos donde cualquiera de las 390 policías diferentes que hay en el norte de México sabe que te sirven cervezas con regusto a orín y drogas adulteradas en medio de bacanales matinales de sexo swinger.

Entonces se desmayó

(pag. 118)

La escritura de Herbert es como esas sucias cantinas de Torreón (Coahuila) que retrata Nazareno Vidales en su Calibre 45 y donde la vida es una aventura con tan poco futuro como un programa de promoción turística internacional con el lema «Visite Tamaulipas».

 Ni tú ni ningún otro pendejo me echa a perder una noche perfecta

(pag. 110)

La escritura de Herbert está poblada de personajes que te incomodan pero que de una extraña manera te ayudan a entender, también en Mexicali o Monterrey, que lo más sorprendente del mal es que siempre tiene una razón.

En el fondo de aquellas imágenes yacía la más cruda crueldad, aguardándolo con la misma euforia con la que Satán aguarda a las almas perdidas

(pag. 50)

A Julián Herbert la muerte le obsesionó desde chavito. Hace unos años, con su segunda novela Canción de tumba, ganó premios y sorprendió a todo el mundo con la terrible, descarnada y alucinante narración alrededor del fallecimiento de su madre que se dedicó a la prostitución. Con esta dolorosa historia personal, Herbert se hizo todo lo famoso que puede ser un escritor indie en un país donde casi nadie lee.

La mañana lucía como una vista proyectada por un Sony de pantalla plana

(pag. 13)

Julián Herbert es un escritor preocupado por las formas poéticas, que se nota muy bien dotado como lector. Un creador arriesgado con esa poesía que cada vez practica menos, y que se despliega —cada vez más y con buena mano— en el ensayo y la crónica: acaba de publicar La casa del dolor ajeno, la historia perdida de los 303 chinos masacrados en Torreón (Coahuila) durante la revolución mexicana.

Ahora va a resultar que este hijo de puta siempre sí tiene razón

(pag. 147)

Poeta, novelista, cuentista, cronista, ensayista, Julián Herbert llegó a la escena literaria con el cambio de siglo para renovar la poesía mexicana. Ha sido editor, gestor cultural, adicto a la cocaína, rockero y papá de Leo: tiene paisaje, vidalogía y, sobre todo, actitud frente a ese lenguaje de la existencia llamado literatura.

Un mundo infiel fue su primera novela y hoy es un libro relevante. Una historia potente escrita por el «hijo de una prostituta que acabó de escritor gracias a las lecciones de coherencia, miseria y fingimiento que tuve en la infancia». O sea, algo parecido a levantarse con resaca después de haberse bebido un litro de after shave Floïd Blue mezclado con Coca-Cola y sin hielo.

Un mundo infiel
Julián Herbert
Malpaso, 2016. 156 páginas.

Publicado el

Los libros de la Redacción: Diciembre 2015

Desde la Redacción de Altaïr Magazine, ofrecemos periódicamente una selección de las novedades más interesantes que llegan a la Librería Altaïr.


El árbol

El árbol, un ensayo sobre la naturaleza, John Fowles. Impedimenta

La conexión entre naturaleza salvaje y creación humana es el tema central de esta obra, uno de los pocos ensayos que publicó el novelista John Fowles, autor de La mujer del teniente francés y El mago. Fowles recurre a su infancia en un pequeño pueblo inglés para mostrar la oposición entre la naturaleza modificada para fines de explotación y el mundo natural puro que es fuente de inspiración y genio creativo.

 

ZorbaZorba el griego. Vida y andanzas de Alexis Zorba, Nikos Kazantzakis. Acantilado

Anthony Quinn le puso cara en 1964, pero Alexis Zorba ya andaba dando vueltas por la mente de millones de lectores desde que Nikos Kazantzakis le diera vida entre 1941 y 1943. Zorba el griego es la personificación de la vitalidad y el gozo de vivir, un personaje de costumbres primitivas que ejerce gran influencia sobre todo aquel que se le acerca y reivindica la trascendencia de elementos primordiales como la comida, el mar, el fuego o el tacto de una piel suave.

 © www.megustaleer.com
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La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexiévich. Debate

La ganadora del Nobel de literatura 2015 reconstruye la vida del millón de mujeres que combatieron en el ejército soviético durante la segunda guerra mundial. Mujeres que fueron francotiradoras, condujeron tanques o trabajaron en hospitales de campaña. Un libro que la autora reescribió en 2002 para introducir fragmentos eliminados por la censura y usar material que no se había atrevido a usar en su primera versión.

 

 

 

Cuentos de la periferia, Shaun Tan. Barbara Fiore EditoraCuentos de la periferia mitad

Quince historias ilustradas sobre hechos extraños que ponen a prueba la capacidad de reacción de la gente común antes situaciones inesperadas. Shaun Tan profundiza en su universo personal de fantasía y realidad llevándonos en esta ocasión hasta la periferia de lo razonable, hasta los límites de lo corriente. Una nueva habitación que aparece en la casa de una familia, una máquina siniestra instalada en un parque, un búfalo sabio que vive en un solar…y así hasta quince bellas miniaturas para deleite y desconcierto de lectores de todas las edades.

Portada-Tristeza-de-la-tierra-350x538Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill, Eric Vuillard. Errata Naturae

William Frederick Cody, «Buffalo Bill», se había convertido en una leyenda viva de la conquista del Oeste. Había sido rastreador, buscador de oro, explorador del Quinto de Caballería contra la resistencia india y cazador de búfalos, de ahí su seudónimo. Su nombre salía a menudo en los periódicos y las novelas de la época, y las clases acomodadas lo reclamaban para que participara en sus partidas de caza. El escritor y cineasta francés Eric Vuillard nos presenta a este personaje en la cumbre de su mito, cuando decidió sacar rentabilidad de su figura y creó un espectáculo en el que se representaba a sí mismo matando con balas de fogueo a los indios a los que había matado de verdad. Los indios supervivientes de las matanzas, ya sea por necesidad o por la fuerza, participaban en este circo, en el que revivían, día tras día, su dolor.

LacrónicaLacrónica, Martín Caparrós. Círculo de Tiza

El periodista y premiado escritor argentino Martín Caparrós utiliza en esta obra herramientas del relato, la novela, el ensayo o la poesía para contarnos el mundo de nuevas maneras. El autor va saltando de la selva boliviana a Sri Lanka, de Belgrado a La Habana pasando por Hong Kong, para construir la crónica o “lacrónica”, a la que alude el título, de cada particularidad, a partir de observaciones certeras y una honda comprensión de la humanidad.

 

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aquetación 1Mañanas en Florencia, John Ruskin. Pre-Textos

John Ruskin, una de las figuras más importantes de la crítica de arte en la Inglaterra del siglo xix, elabora una suerte de «guía de interpretación artística» de la capital de la Toscana. El autor une de forma indisoluble el arte con el momento del día en el que se aprecia, ya sea por el estado del cuerpo que por la particular luz que se desprende al despuntar el alba. Mucho más que un mero recorrido artístico, este texto enseña un modo concreto de mirar Florencia.

 

cansasuelosCansasuelos. Seis días a pie por los ApeninosAnder Izagirre. Libros del K.O.

Nadie como Ander Izagirre para hacernos creer que estamos cruzando los Apeninos a pie junto a él, desde la Emilia-Romagna a la Toscana, de Bolonia a Florencia. Con su habitual prosa ligera y divertido como pocos, el autor aprovecha para contar una historia de Italia (y hasta del Mundo) a base del anecdotario y de las personas que surgen por el camino, en un puñado de páginas en los que parece no pasar nada pero en realidad ocurre casi todo, con el paisaje de montaña del norte de Italia al fondo.

Madrid Cochabamba3Madrid-Cochabamba, Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Ediciones Lupercalia

Un cruce de crónicas entre dos ciudades, Madrid (casa de Pablo Cerezal) y Cochabamba (hogar de Claudio Ferrufino-Coqueugniot), donde los temas, al final, acaban siendo los mismos en cada extremo del mundo: el amor, la soledad, la muerte y la comida; coronado con un encuentro entre los dos autores que hablan de sus ciudades desde el punto de vista de los expatriados. Todo ello subrayado por la música que escuchan, la banda sonora de dos relatos puramente personales sobre dos ciudades que no se diferencian tanto.

Atlas de la españa imaginariaAtlas de la España imaginariaJulio Llamazares. Nórdica Libros

Acompañado por el fotógrafo José Manuel Navia, Julio Llamazares escribió durante algunas semanas para La Vanguardia un texto sobre un lugar mítico de la Península Ibérica. Jauja, los Cerros de Úbeda o Babia son alguno de los lugares míticos que visita y que coloca en la realidad, poniendo rostro y nombre a sus habitantes. Ahora, en esta recopilación que hace Nórdica de esos artículos, se les unen las ilustraciones de David de las Heras para componer un volumen a medio camino entre el mito y la realidad.

 

Ver oir y callarVer, oír y callar. Un año con la Mara Salvatrucha 13, Juan José Martínez D’aubuisson. Pepitas de Calabaza

A través de una colección de relatos engarzados de forma cronológica, el antropólogo salvadoreño Juan José Martínez D’aubuisson se adentra en una de las ramificaciones de la «Mara Salvatrucha», banda de pandilleros jóvenes que, en este caso, operan en una de las zonas más conflictivas de El Salvador. Narrado desde dentro de la célula pandillera, el libro es un fresco crudo y directo sobre el funcionamiento de esta banda y las relaciones entre sus miembros y con el resto de la comunidad.

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Los libros que lee la redacción

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Fotografía de Jorge Mejía Peralta (CC-BY 2.0)

Es una pregunta común, miles de personas la hacen cada día en todo el mundo. «¿Qué estás leyendo ahora mismo?» Y en seguida te cuentan lo que leen pero también lo que rodea a lo que leen. «Yo no leo ficción, me aburre», dice uno; «Yo al contrario, sólo me engancho a novelas, los ensayos no son para mí», contesta otra. «Apenas tengo tiempo para leer, sobrevivo con lo que leo en el metro y cinco minutos antes de dormir.» «Yo me levanto a las seis y media para poder leer un rato antes de empezar la jornada.» «Yo soy de noches en vela sin poder parar de leer y luego, claro, al día siguiente voy a trabajar dando tumbos.» Porque leer es a veces mucho más un «cómo» que un «qué».

Así que hemos cogido a parte de la redacción de ALTAÏR MAGAZINE y les hemos preguntado qué están leyendo. Y con sus respuestas hemos elaborado un catálogo de lecturas recomendadas para el día del libro. ¡Que las disfrutéis!

Mario: El espíritu viajero impregna sus lecturas, y navega desde el recorrido sentimental y emocional que hace John Berger por Europa en Aquí nos vemos (Alfaguara, 2005) hasta el crudo ensayo gráfico sobre la turbia Rusia actual que hace Igort en Cuadernos rusos (Salamandra, 2011. Aquí sus primeras páginas), pasando por la Nigeria inmersa en la guerra civil en los años sesenta en Medio sol amarillo (Random House, 2014) de la gran Chimamanda Ngozi Adichie. Aunque dice que el próximo que le apetece leer es la autobiografía de Lemmy, fundador y alma de Motörhead, que acaba de sacar Es Pop (aquí su primer capítulo).

Bárbara: Historia y antropología, esos son los dos temas por los que navega en sus lecturas, sean del género que sean: en ensayo, con La sociedad de castas (Kairos, 2014) de Agustín Pániker, sobre la india; o Las mujeres en el antiguo Egipto (AKAL, 1996), de Gay Robins. En novela histórica, con El cátaro imperfecto (Ediciones B, 2013) de Víctor Amela. E incluso en poesía, con los muy fálicos poemas dedicados al dios Príamo, Poemes priapeus (Adresiara, 205, edición catalana).

Pere: El periodismo entrelazado con el viaje, esa es la obsesión de Pere, que no puede dejar de ser las dos cosas todo el tiempo: periodista y viajero. Por eso sus libros de estos últimos meses giran en torno a esas dos facetas, y de ahí que sus recomendaciones pasen por Martín Caparrós y la dupla El interior (Malpaso, 2014) y El hambre (Anagrama, 2015), por la crónica asombrada del Levante español de Íñigo Domínguez en su Mediterráneo descapotable (Libros del KO, 2015), o las reflexiones sobre el oficio de escribir que hace Leila Guerreiro en Zona de obras (Círculo de Tiza, 2014), entre otras muchas cosas.

Belén: Como lectora, Belén «come de todo», y mezcla ensayo con ficción y con cómic sin ningún problema. Acaba de terminar de leer Sin ti no hay nosotros (Blackie Books, 2015), el testimonio sobrecogedor de la profesora Suki Kim en su afán por enseñar valores prohibidos a un grupo de estudiantes norcoreanos; pero recomienda encarecidamente El quinto en discordia (Libros del Asteroide, 2006), una muestra magnífica de la espléndida prosa del canadiense Robertson Davies. Su próximo objetivo es el último cómic de la serie «Love & Rockets» de Jaime Hernández, Chapuzas de amor (La Cúpula, 2015).