Publicado el

La «nueva» literatura africana

the-simpsons-chimamanda-ngozi-adichie-ben-okri-chinua-achebe-nigeria-african-literature

A principios de marzo de 2015, la cadena de televisión norteamericana Fox emitió el episodio número quince de la vigésimosexta temporada de Los Simpsons, de nombre «The princess guide». En él, la hija del rey de Nigeria regala a Moe, el dueño del bar, cuatro libros de su «amada, aunque un poco depresiva, literatura nigeriana». Los libros eran Algo alrededor de tu cuello, de Chimamanda Ngozi Adichie; El camino hambriento, de Ben Okri (ganador del premio Booker); y la novela Todo se desmorona y el ensayo Home and exile de Chinua Achebe.

El hecho de que la literatura nigeriana haya aparecido de forma clara y frontal en la que seguramente es la serie más icónica y fundamental para entender la cultura popular de los Estados Unidos indica que sus autores y sus obras han entrado a formar parte del imaginario colectivo del país. Los Simpsons son un validador mediático y sus referencias tienen valor de certificado cultural popular.

¿Es una cuestión de moda? ¿Está occidente mirando fijamente a la «nueva» literatura africana con una atención desconocida hasta la fecha?

En las Voces de Altaïr Magazine hemos publicado hace muy poco la muy irónica guía del escritor keniano Binyavanga Wainaina sobre cómo se hace un buen libro sobre África: cuidado con su lectura, porque dispara con bala. De hecho le damos la razón en este propio texto a Wainaina, cuando preguntamos por la nueva literatura africana. ¿De qué África? ¿Del África árabe, de la zona del Magreb, de Egipto, de Argelia, de Marruecos? ¿Del África subsahariana, de África Central, de la muy occidental Sudáfrica? ¿De los países que fueron colonia portuguesa, como Mozambique, Angola o Cabo Verde? ¿De la literatura en español producida en Guinea? Y, ¿por qué «nueva»? ¿Nueva para quién? ¿Para occidente? Es como si las autoras y autores del continente africano hubiesen adquirido tridimensionalidad, entidad, alma al fijarnos nosotros, blancos occidentales, en ellos.

Pero sigue siendo un lugar común: África es un solo sitio. Tan cerca en el tiempo como en el año 2007, la Feria del Libro de Madrid tuvo a África como «país» invitado. Tampoco hubo demasiada gente que se preguntase por qué no podía serlo Senegal, Nigeria o Marruecos de forma independiente.

Es como si las autoras y autores del continente africano hubiesen adquirido tridimensionalidad, entidad, alma al fijarnos nosotros, blancos occidentales, en ellos.

AmericanahLo cierto es que el enorme éxito de Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie, publicado en 2013 y muy premiado por la crítica norteamericana e inglesa, ha hecho que editores, público y medios de comunicación giren la cabeza hacia las letras que se producen en el continente africano, y no solo desde Nigeria. En Americanah se narra el proceso de cómo su protagonista, Ifemelu, llega a convertirse en escritora en los Estados Unidos pero también de cómo llega a tomar conciencia de todo aquello en lo que nunca pensó mientras vivía y estudiaba en Lagos: su raza y su procedencia.

Para muchos, Americanah y en general Ngozi Adichie es la cabeza más visible de los «Afropolitas», ese término que acuñó la escritora ghanesa Taiye Selasi, autora de la novela Lejos de Ghana, para designar a los jóvenes africanos cosmopolitas que tratan de cambiar la percepción occidental sobre el continente y que viven en una constante interrelación y mezcla con Europa y América. Con ella hablamos al respecto hace unos meses también en Altaïr Magazine.

Sin embargo hay toda una corriente crítica hacia ese «afropolitismo», del que señala que principalmente se preocupa de escribir sobre África sólo desde el momento en que esta se relaciona con occidente, o mirando hacia Europa y los Estados Unidos. Autores como el senegalés Boubacar Boris Diop, con el que hablamos en Altaïr Magazine, en su libro África más allá del espejo; o el keniano Ngũgĩ Wa Thiong’o, con sus conferencias recogidas en el volumen Descolonizar la mente, hablan de una literatura y una cultura tendente al panafricanismo, de una resistencia cultural que empieza por la recuperación del idioma propio, el wólof para Boris Diop y el gikuyu para Wa Thiong’o.

CTA-premium-con-precio

El periodista Aaron Bady resume bien la contradicción que supone el éxito de Chimamanda Ngozi Achidie para la apertura de la literatura del continente africano en los Estados Unidos y, por extensión, en occidente:

«Ya sea como causa o consecuencia, el propio éxito de Adichie ha sido una parte importante de esta reapertura del mercado de Estados Unidos a los escritores africanos. Pero mientras que algunos verían su notable popularidad como la creación de espacios para otros escritores, otros lo perciben como el cierre de la posibilidad de otros tipos de narrativas: ser un escritor “africano”, después de Adichie, puede significar escribir solo un tipo muy concreto de historia.kintu

(…) Por mi parte, intento entender por qué no puede Kintu, de Jennifer Nansubuga Makumbi, encontrar un editor en Occidente: el libro es una obra maestra, una joya total, la gran novela de Uganda que no sabías que estabas esperando. Pero si nos fijamos en el hueco con forma de Adichie de la literatura africana en el mercado editorial estadounidense, la pregunta se responde sola. Los editores están mucho menos interesados en la gran novela de Uganda que en el último rey de Escocia (o en la película Americanah actualmente rodándose). Sospecho que el primer libro de Jennifer Makumbi que se publicará fuera de África será un libro que trata sobre los inmigrantes africanos en Europa.» (Texto original en inglés).

Y así es: evidentemente ni Achidie, ni Teju Cole, ni Sefi Atta, ni Selasi, ni Dinaw Mengestu, ni Chigozie Obioma, ni la novela negra de Moussa Konaté son responsables de ese viento que sopla solo en una dirección, pero tal vez la oportunidad cultural (y también editorial, por qué no) pase por mirar el otro lado de los afropolitas y empezar a bucear en la literatura creada en África desde África y para África. El debate está abierto


Cómo escribir sobre África, por Binyavanga Wainaina

Dakar en Altaïr Magazine

Publicado el

Lejos de Ghana, cerca del mundo, por Mario Trigo y Paty Godoy

Taiye Selasi con el libro en el que aparece el poema de su padre

¿Cómo se pueden mapear las identidades, los afectos y las pertenencias en un mundo de movimiento, de confluencias, de migraciones? En el 360º sobre Cartografías incluimos una entrevista con la novelista «afropolita» (explicaciones más adelante) Taiye Selasi, realizada en el marco del pasado festival Kosmópolis del CCCB de Barcelona, en la que nos habla de la suerte del término que contribuyó a popularizar y de su primera novela, Lejos de Ghana.


Cuando, en marzo de 2005, Taiye Selasi compartió en un artículo lo que para ella era un afropolita, la escena por la que iniciaba su descripción no podía ser más específica: medianoche en el Medicine Bar de Londres, suena un remix de Fela Kuti y la pisa de baile está llena de chicas con enormes afros; se viste kente ghanés y jeans caídos, un sampleado de Sweet Mother —inolvidable hit de Prince Nico Mbarga— hace bailar a una concurrencia en la que Londres se encuentra con Lagos, con Durban y con Dakar.

El nivel de detalle no era casualidad. Bye Bye Babar (referencia al edulcorado elefantito de Jean de Brunhoff) era un ejemplo del esfuerzo de una joven Selasi por describir un fenómeno que la incluía en primera persona. Nacida en Londres, criada en Massachussets, de origen mixto ghanés y nigeriano, ella era esa afropolita que «no pertenece a una única geografía» y lleva en su crianza vagabunda una voluntad de «complicar África» y «redefinir lo que quiere decir ser africano». Se trataba, como señala en la entrevista con Altaïr Magazine, de afirmar lo que sí era (afropolita) después de haber soportado muchas veces que le dijeran qué no era (ni inglesa, ni americana, ni ghanesa ni nigeriana).

Por aquel entonces, Selasi estudiaba un máster en Relaciones Internacionales en Oxford. Poco después, un encuentro memorable con la premio Nobel Toni Morrison le daría el combustible de moral necesaria para lanzarse de cabeza a algo que siempre había querido hacer: escribir. Pero, mientras todo esto ocurría, la fortuna del término que había rescatado/propuesto en Bye Bye Babar, ese afropolitismo empoderador, iba creciendo en relevancia y dimensiones hasta convertirse en una suerte de palabra de moda, utilizada, defendida, revisada y criticada.

De revistas de tendencias a ensayos filosóficos, de propuestas comerciales a reflexiones históricas, el término «afropolita» ha inspirado, entusiasmado y generado debate. Ha habido una época en que (como sustantivo o adjetivo) ha estado presente en muchísimas reflexiones sobre el África contemporánea. Era el antídoto perfecto, en ánimos y esperanzas, al «afropesimismo» que ve sólo las desgracias del continente. Para el filósofo camerunés Achille Mbembe, representa la oportunidad de repensar la fluidez de las identidades africanas, un enfoque de la pertenencia y la identidad que antecede con mucho la época colonial, y ofrece también un posible sustituto a un panafricanismo en cierto modo osificado. Para otros, como el escritor keniata Binyavanga Wainaina, pasada una década, se podría decir que el término poseía un gran potencial subversivo —la posibilidad de rechazar cualquier forma de identidad victimista— pero se ha vaciado y comercializado en multitud de usos banales.

Más allá de usos y potenciales, la descripción (que no definición, como ella señala) de Selasi sigue siendo una instantánea precisa de un grupo humano: los hijos de una diáspora africana que dejó su tierra de origen alrededor de los años 60 y 70 para formarse en el extranjero, tanto en Occidente como en los países del bloque soviético.

Los padres de la propia Selasi se conocieron en Zambia, formándose como médicos, aunque después se separasen y la madre llevase a Taiye y su gemela a vivir a EE.UU. Selasi no conoció en persona a su padre, Lade Wosornu —con quien mantiene una buena relación— hasta los 15 años de edad; la fluidez identitaria del afropolitismo se puede traducir a una familia múltiple, de padres, madres, exmaridos y nuevos hermanos y hermanas, dispersa por todo el globo.

Lade Wosornu, además de cirujano, es uno de los poetas más prominentes de Ghana. De su poema Desert Rivers: «También los desiertos tienen ríos / sepultados desde su nacimiento bajo la tierra / (…) / Que no puedas ver nuestras lágrimas / no quiere decir que no lloremos». La metáfora del río escondido da de lleno en los que quizás sean los temas fundamentales del afropolitismo: la fluidez (de la identidad) y la visibilidad (de un grupo humano). Y explica su éxito: con independencia de la utilidad sociológica o la precisión del término, la palabra «afropolita» ayudó a enriquecer el ecosistema del imaginario, permitiendo pensar Áfricas más amplias.

(…)


PARA LEER ESTE ARTÍCULO ENTERO, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE O BUSCA NUESTROS MONOGRÁFICOS 360º EN LOS QUIOSCOS DIGITALES MAGZTER Y ZTORY.