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Dulceagrio: ¿A qué sabe crecer?

Por Berta Jiménez Luesma

dulceagrio

Los tránsitos son una de las etapas más confusas y complicadas de la vida, aunque dejando pasar el tiempo suelen ser los momentos que se recuerdan con mayor nostalgia. Con distancia es más fácil valorar la valentía, la inocencia y las primeras veces. En el momento, solo hay caos y niebla. Desconcierto, miedo, y diversión un poco amarga. Dulceagrio (Malpaso, 2016) es una historia sobre una fase, o más bien una fase a secas. Stephanie Danler narra desde la novela —pero con tintes biográficos— el secreto de crecer. ¿Pero qué es exactamente crecer? Quizá algo que nos acompaña siempre. Pero a los 22 años una se hace mayor más intensamente.

(El queso Dorset) era como la mantequilla pero más arenoso y compacto, quizá como los rebozuelos que no dejaba de manosear. Me dio otra uva, y cuando la mordía, busqué las pepitas con la lengua y ladeé la cabeza para escupirlas en la mano. Vi vides moradas engordando al sol.

Tess —de la que no sabremos el nombre hasta más de la mitad del libro, y no por casualidad— viene de un pueblo del que apenas habla, tiene un pasado que nadie conoce que nadie pregunta y que nunca será revelado; y aterriza en la gran ciudad. Ya ha hecho todo lo que se esperaba de ella y ahora ha llegado el momento de hacer lo que ella espera de sí misma: o sea, algo. Lo que sea.

La protagonista es presentada como una joven —muy joven y no por la edad— confusa que no sabe lo que quiere. Nueva York la recibe con una hostilidad que ella no siente, y la empuja a un remolino de desorden en el que parece sentirse muy cómoda. Como con facilidad consigue un trabajo en un afamado restaurante neoyorquino, de esos que no representan las gastronomía estadounidense mainstream sino que tienen productos frescos, de temporada. Exclusivos platos, únicos en la metrópoli para ricos comensales exquisitos amantes de lo exquisito.

Nunca ha sido camarera, nunca ha sido independiente, y sin embargo, más que su inseguridad y sus errores laborales y personales impresiona su soledad. Tess está sola en el mundo. Tess vive una página de un libro que por delante y por detrás está en blanco. No conoce a nadie, no tiene amigos y posiblemente sí seres queridos, pero no lo parece. Su estancia en el restaurante funciona narrativamente como un viaje físico pero sin coche, sin paisaje y sin destino. Un viaje entre quemaduras, platos rotos, gritos de superiores, moscas de la fruta y caídas por las escaleras; donde la Tess desorientada observa, aprende y desde la espontaneidad y la soberbia de la edad, va afinando sentidos, especialmente el gusto.

El desagüe que había debajo del fregadero era la causa. Fruta descompuesta, trozos de pan, posos de vino y restos solidificados que formaban un barrio gris opaco (…) Era el hogar de la mosca de la fruta. No eran tan peligrosas por sí solas. Pero tenían una molesta tenacidad cuando aterrizaban. Salían volando a miles cuando las espantabas y luego volvían a posarse en el mismo sitio

Dulceagrio es un relato agridulce pero al revés. Dulce como los ojos que ven por primera vez. Agrio como el punto cero. Dulce como encontrar —al fin— un referente adulto. Agrio como la cocaína. Dulce como el primer amor. Agrio como la gentrificación de la ciudad. Dulce como el vino. Agrio como las decepciones. Dulce como el sexo. Agrio como la envidia. Dulce como los sueños. Agrio como los finales, como crecer. Y con este sabor de boca, completo pero raro, deja Danler pasear al lector por el día a día simple de Tess —casa, trabajo, fiesta—. Tres únicos escenarios con una única y constante problemática: quererlo todo.

Tess, quien parece tener un carácter débil, se va descubriendo como poderosa, categórica, determinada. Con grandes aspiraciones y sin frenos. Pero sería injusto decir que en el relato alguien podría estrellarse. El mundo que la autora crea pertenece a una esfera tan elevada que en ocasiones es difícil empatizar con los dramas de los personajes demasiado frívolos e irreales para la inmensa mayoría de los lectores. Aún así el relato llega, y los caprichos de Tess, los excesos y frustraciones se viven en la propia piel.

—Mademoiselle, Puffeney Arbois, 2003.

La abrió con brusquedad, de una manera que a mí no me salía nunca, como un barman que abriera botellas baratas sin apoyarlas (…) El vino era del color de los rubíes turbios, teñía el cristal y era audazmente fragante y cristalino

Aunque en parte represente el espíritu de una generación, la protagonista es diferente y pasa de no ser ni saber nada a saber demasiado. Deja de dudar y de tener miedo. Se planta, se posiciona y decide. Y lo hace bien, sabe lo que quiere y lo que no, y no duda en dejarlo claro en todo momento. Tess aprende a saborear las ostras y el vino, como la vida.

Dulceagrio no es sino un ritual de iniciación. Tan simple como complejo. Y duele porque todos conocemos este sabor.

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YANN MARTEL, EL AMIGO DE LA MUERTE

Por Jaime Gárate

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Todo tiene un principio y un final. Pero lo sustancioso está en el camino.

Y este es el principio:

Es un poco de los lugares en los que ha vivido y viajado. Yann Martel es Canadá, España, México, Costa Rica, India, Irán… Estar en contacto con otras culturas y religiones le permitió asomarse al mundo desde otro horizonte. Además es escritor de profesión y filósofo de formación. También es alguien más, bastante más, que el autor de La vida de Pi, una novela que cuenta la historia del naufragio de un niño y varios animales, y que supuso el aplauso de la crítica literaria. Pero ante todo, es un pensador crítico, un estimulador del pensamiento ajeno. Nació en Salamanca, vive en Saskatoon, Canadá. Desde allí conversa con Altaïr Magazine.

Aquí empieza la sustancia:

Fue hace algún tiempo, durante su primer viaje solo, que es justo cuando incubó Las altas montañas de Portugal (Malpaso, 2016), su última obra. «Crucé la frontera desde España, donde vivía por entonces, sin saber que Portugal sería el escenario de una de mis novelas», dice. Tras descubrir su vocación literaria pensó que quería escribir un libro ambientado en otro país, «aunque por entonces no tenía la madurez ni la experiencia suficiente», afirma. Hace 3 años, y ya con el conocimiento necesario y con varios premios literarios dentro de su mochila, retomó el proyecto.

El resultado es esta novela en la que Yann Martel explora el sufrimiento y las maneras de afrontarlo.

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«¿Qué es más importante, lo que te ocurre o como reaccionas ante lo que te ocurre..? Responder a esta pregunta es lo que me llevó a escribir este libro». Y en el camino hacia la respuesta se dio cuenta de que «sufrir y no hacer nada es lo mismo que no ser nada, mientras que sufrir y hacer algo te convierte en algo», explica.

¿Qué es más importante, lo que te ocurre o como reaccionas ante lo que te ocurre?

Tomás camina de espaldas tras la muerte de su familia. Es uno de los personajes de la novela, no quiere ver lo que tiene delante así que deja de mirar al presente a la cara. Es su manera afrontar la realidad. «Pero esto es imposible de aplicarlo a la vida real porque no se puede escapar del sufrimiento», opina Yann.

Y como no puede escapar, viaja. Él, y el resto de los protagonistas, también. «Lo hacen para superar la muerte, no les queda otra opción: tienen que aprender a vivir con ella. Y además lo hacen en compañía del sufrimiento». Son viajes en plural. Porque hay dos tipos: en su sentido físico, es el traslado desde un lugar a otro. Y en su sentido espiritual, el de autoexploración. Un viaje de turismo interior. Y todos terminan con un final muy diferente. «Pero tienen algo en común: los protagonistas absorben la sustancia, el conocimiento durante el trayecto», explica. Luego extraen la moraleja y aprenden la lección de Yann.

«Hay que hacerse amigo de la muerte», esa es su receta para aliviar el sufrimiento. Cree que lo único que nos separa del final es un recorrido que cada vez se hace más corto. «Es imposible que no llegue el momento, es algo que hay que aceptar. Quizás hasta los 30 o 40 te sientas inmortal, pero llega un punto en el que no se puede evadir la realidad como Tomás intenta». Insiste en su idea de mantener a la muerte con vida. Dice que «no hay que olvidar que la vida algún día se acaba. Es bueno echarle imaginación e ilusionarse con el futuro, pero mientras, también tener hay que presente que envejecemos».

Hay que hacerse amigo de la muerte

Además hay que tener un sistema de creencias que se relacione con ella, dice. Se refiere a la religión, otro de los temas que Yann trata en la novela: «Es importante porque dota de significado y de humanidad a la muerte».

Él recorrió un camino religioso. «Yo me crié sin dios, pero con libros y arte». Dice que recibió una educación laica, pero que en un viaje a un país tan multicultural y multiconfesional como es la India, se percató de las bondades que la religión le ofrecía. «Aprendí que tiene que ser una proyección individual. Una creación personal que sale de uno mismo tras escuchar y aprender del discurso del Otro. Me gusta que las religiones cuenten y que estén hechas de historias humanas». Yann enlaza su presente con su pasado, «la religión tiene puntos en común con el arte y la literatura. Y uno de ellos es el humanismo».

Otro es que moldean la personalidad de un lugar. Según cuenta, hay religiones que están tan arraigadas a ciertos países que, «juegan un papel fundamental a la hora de analizar su identidad. Tanto que a veces son parte de su ADN». Y que esto tiene sus consecuencias. «Hace que proyectemos ideas preconcebidas de ciertos Estados. Un ejemplo: en la República Islámica de Irán, en realidad, no hay tantos musulmanes como se piensa».

Hay que tener un sistema de creencias que se relacione con la muerte

Más sustancia antes del final:

«El ser humano como especie es muy cínico: tenemos opiniones para todo. Muchas veces sin fundamentar».Hasta de los animales. Porque, «como con ocurre con los países, también se hacen proyecciones sobre ellos, a veces justas y a veces no. Pero es que además despiertan la imaginación».

Y Yann lo utiliza en su obra. Dice que «captan al momento la atención del lector, además utilizó esas ideas preconcebidas para contar algo que invite a reflexionar». Lo que hace es crear un sistema de representaciones para simbolizar ideas y atrapar al lector en su universo. «Un animal es un símbolo, es un mundo abierto al que se puede dotar de significado», dice.

El ser humano como especie es muy cínico: tenemos opiniones para todo. Muchas veces sin fundamentar

Esto explica la presencia de tanto animal en su obra. No es casual que el protagonista de La vida de Pi naufragase en una barca con un tigre, una cebra, un orangután y una hiena. Ni que haya recreado el Holocausto judío con un zorro y un mono como protagonistas en Beatriz y Virgilio. Y la del chimpancé como compañero de viajes en Las altas montañas de Portugal.

El final:

«Una novela es un instrumento muy potente. Sirve para muchas cosas». Incluso para extraer una lección al terminar de leerla. Es el mismo sistema que se utiliza en los evangelios de la Biblia. Una enseñanza que se aprende al final, pero que sería imposible de asimilar si no se recoge la sustancia durante el camino. Yann tiene algo en común con los 4 evangelistas. Sus obras están hechas de historias humanas que al final dejan una lección aprendida, una moraleja. Pero también hay una diferencia importante: las parábolas de Yann Martel están noveladas. «Yo escribo para pensar, pero también para hacer pensar», dice.

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Cómo ser grosero e influir en los demás

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Muerte en el césped

Por Cristian Segura

Las memorias de Lenny Bruce nos advierten del peligro de lo políticamente correcto

Lenny Bruce las pasaría canutas en el siglo XXI. Lo políticamente correcto está encorsetando la libertad. Cualquier comentario puede ser nuestra tumba pública, acusados de racistas, violentos, machistas o maltratadores de mascotas. Lenny Bruce fue cómico y alterador del orden hace cincuenta años. Su personaje le arrastró de tribunal en tribunal; hoy sería marginado, arrinconado en un blog o en una cuenta de youtube. Pero durante su turbulenta vida por lo menos –casi– siempre tuvo algún antro que se la jugaba contratándole para dar rienda suelta a su sátira. Bruce (Mineola, 1925-Los Ángeles, 1966) fue el extremo del humor corrosivo, liberal y judío del siglo XX. Cómo ser grosero e influir en los demás (Malpaso, 2016) son las memorias de Bruce escritas entre 1963 y 1965, poco antes de morir de una sobredosis. El libro es demencial no solo por lo que cuenta sino porque todo ello sucedió de verdad.

Una muerte en el césped es la última parábola que subrayo de las memorias de Bruce. Es un pasaje del último capítulo y es la esencia de sus peripecias, su humor y sus miserias: “Mi jefe era productor. Tenía una plantilla de escritores, ganaba mucho dinero y salía con una bonita aspirante a estrella. Tenía un comedor privado en el estudio que parecía un barco. Decía: «Quédate en la oficina, escribe veinte páginas en un día y, si te aburres, mira por la ventana de mi oficina el césped donde se desploman los jardineros y sé feliz de poder escribir». Un día miré por la ventana, solo para verlo morir de un ataque al corazón que había empezado en su comedor y duró todo el descenso de las escaleras de Darryl F. Zanuck. Murió en el césped. Y supe que estaba acabado porque no me invitaron al funeral. En realidad, todos los que él había contratado fueron despedidos a su muerte”.

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Lenny Bruce no tuvo una vida alegre. Se crió durante la Gran Depresión, en una familia pobre. El libro apunta sus trapicheos infantiles para robar dinero a la Cruz Roja, recoger chatarra, botellas y revenderlas, sus trucos para colarse en el cine y su huida de casa con 16 años para ganarse la vida como mano de obra en una granja de Long Island. Luego vinieron tres años de servicio militar durante la Segunda Guerra Mundial, a bordo del crucero USS Brooklyn, destinado en el norte de África. El momento ideal para dar rienda suelta a su existencialismo de sonrisa amarga:

“La sangre mezclada con sal marina parece azul. Ocho hombres, seguidos por doce y otros cuarenta después, flotaban lánguidamente cerca de la proa del USS Brooklyn. Apenas unos meses antes esos aviadores muertos estaban diciendo:

—¿Qué quiere, normal o súper?

—¿Me has recogido los pantalones de la tintorería, cariño?

—No me pillarán, mi tío es concejal.

—Mira, Vera, voy a poner todas mis cosas en esas cajas de cartón y voy a guardarlas bajo llave en el armario del gabinete. Por favor, que nadie las toque; no me digas que sí como a los tontos, no quiero que nadie, ¿me entiendes?, absolutamente nadie, toquetee mis cosas…

Sus cosas, mis cosas. Todo el mundo preocupado por sus cosas… Sus papeles… Sus posesiones. Los cadáveres seguían flotando, las cabezas chocaban contra estribor.”

En la Armada, al acabar la guerra, dio inicio la carrera de tribunales de Bruce. Tenía que demostrar que no estaba bien del coco para salir del ejército, por lo que decidió desfilar por la cubierta del crucero disfrazado de mujer. Lo echaron sin honores, pero la Cruz Roja defendió su caso y le devolvieron el honor. Me quedo con este fragmento de la descripción del testimonio que tuvo que dar Bruce ante un tribunal sanitario militar:

“—¿Te gusta practicar el coito con mujeres?

—Sí, señor.

—¿Te gusta vestirte con ropa de mujer?

—A veces.

—¿Cuándo?

—Cuando me queda bien.”

 

Lenny Bruce

 

Bruce fue un granuja sin igual. Se casó con la stripper Honey Harlowe y juntos perpetraron fechorías que debieron haber sido llevadas al cine por Billy Wilder. Bruce se hizo pasar por un cura para esquilmar a viejas millonarias de Florida, o amañaba concursos televisivos. Todo salía mal, en comisaría o perseguido por legiones de abogados. No fue Wilder sino Bob Fosse quien llevó su vida al cine, con el biopic ‘Lenny’, protagonizado por Dustin Hoffman en 1974. “Esta película es la historia real de un hombre que pasó a ser conocido como ‘la conciencia de América’”. Con estas palabras comienzan los créditos de ‘Lenny’. La película retrata su lado monologuista –que es lo que le hizo famoso, también por la censura que sufría– y su caos familiar con Honey Harlowe. Precisamente, lo más tedioso de sus memorias es cuando escribe improvisando alrededor de un tema; se pierde, va y viene, busca el ingenio porque por el camino por el se ha metido, no lo encuentra. En la vida real tuvo también momentos decadentes, en los que más que un sátiro era un profeta con los sesos achicharrados por el sol del desierto.

Cómo ser grosero e influir en los demás cuenta con un sinfín de historias de vodevil de los Hermanos Marx, pero también incluye relatos más tranquilos que retratan los defectos de los periodistas, del mundo rural, de Hollywood y también de sus raíces judías. La obra cuenta con transcripciones de sus declaraciones ante la policía y de los numerosos juicios por obscenidad que sufrió:

“Pregunta del fiscal: ¿Puede reproducirnos las palabras exactas o su recuerdo de cuáles fueron sus palabras [las de Bruce]?

Respuesta del testigo [el agente James Ryan, que arrestó a Bruce durante un show en 1962]: Sí. Durante el canto usó las palabras «me corro, me corro, me corro», y…

Pregunta: ¿Lo dijo solo dos o tres veces, el «me corro, me corro, me corro»?

Respuesta: Bueno, esta parte del espectáculo duró unos minutos.

Pregunta: ¿Dijo el acusado algo más?

Respuesta: Después dijo: «No te corras dentro. No te corras dentro».

Pregunta: ¿Esto lo dijo solo un par de veces?

Respuesta: No. Como ya he dicho, esto duró unos minutos.

Pregunta: Y, mientras lo decía, ¿usaba la misma voz con la que estaba cantando?

Respuesta: Bueno, en el momento en concreto en que decía «me corro, me corro», habló con un tono de voz relativamente normal. Y cuando lo del «no te corras dentro, no te corras dentro», usó un tono un poco más agudo.”

Leído con la perspectiva que da el tiempo, causa sonrojo pensar que aquello podía escandalizar a alguien. Aunque quizá no hemos progresado tanto si tenemos en cuenta que muchos se escandalizan hoy por un cartel en el que aparecen las vírgenes de Montserrat y la ‘Geperudeta’ besándose o, mucho peor, cuando alguien es capaz de entrar en un club y masacrar a tantos por su condición sexual.

 

Cómo ser grosero e influir en los demás. Memorias de un bocazas

Lenny Bruce

Malpaso, 2016. 302 páginas

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Libros: Un mundo infiel, de Julián Herbert

UN MUNDO INFIEL - JULIAN HERBERT

La vida mancha y las palabras pesan

Por Pere Ortín

 «Soy alguien que escribe viciosamente, de manera compulsiva. Escribo como para derrotar a la ficción. Escribo porque no soy buena persona.»

El olor a mierda estaba llenándolo todo

(pag. 80)

La vida mancha y las palabras pesan. Un mundo infiel fue el inicio de la carrera novelística de Julián Herbert. Se trata de una «novela impactante, descarnada y violenta» que sucede en un decorado fronterizo perfecto para conocer «las desventuras de psicópatas, putas, adictos al porno y las drogas con historias que corren paralelas y se cruzan para construir una sola». Es también un «viaje por una noche delirante en compañía de unos personajes casi siempre a la deriva». Todo eso es lo que aseguran sus editores de Malpaso, pero Un mundo infiel es bastante más que eso…

¿Sientes ese olor, hijo? Hierba fresca

(pag. 127)

Un mundo infiel es un primer trabajo novelístico de un creador mayúsculo que sabe que las palabras esdrújulas son venenosas. La escritura de Julián Herbert es áspera y atractiva, como el exoesqueleto de los escorpiones que se pueden ver entre las tumbas del literario cementerio de Agua Prieta (Sonora).

No mi reina —dijo Plutarco— aquí no hay joterías

(pag.23)

La escritura de Julián Herbert es un drama mexicano repleto de miserias humanas y tragos cortos de una garrafa de Tequila «El relicario de Tonaya» comprado de oferta por sólo 20 pesos en el Walmart del Paseo de la Reforma en Saltillo (Coahuila). Regusto salvaje, perfume poético.

Se amaron con rencor y dulzura

(pag. 133)

La escritura de Julián Herbert es un tren rigurosamente desprotegido camino de Nuevo Laredo (Tamaulipas), en un país donde los trenes hace años que dejaron de estar presentes en el imaginario cotidiano.

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Entró al baño, se sujetó de los bordes de la taza con ambas manos y vomitó

(pag. 102)

La escritura de Julián Herbert es de atmósferas sórdidas, como los lavabos de la cantina Pluma Blanca de Hermosillo (Sonora) o de esos aguajes cercanos donde cualquiera de las 390 policías diferentes que hay en el norte de México sabe que te sirven cervezas con regusto a orín y drogas adulteradas en medio de bacanales matinales de sexo swinger.

Entonces se desmayó

(pag. 118)

La escritura de Herbert es como esas sucias cantinas de Torreón (Coahuila) que retrata Nazareno Vidales en su Calibre 45 y donde la vida es una aventura con tan poco futuro como un programa de promoción turística internacional con el lema «Visite Tamaulipas».

 Ni tú ni ningún otro pendejo me echa a perder una noche perfecta

(pag. 110)

La escritura de Herbert está poblada de personajes que te incomodan pero que de una extraña manera te ayudan a entender, también en Mexicali o Monterrey, que lo más sorprendente del mal es que siempre tiene una razón.

En el fondo de aquellas imágenes yacía la más cruda crueldad, aguardándolo con la misma euforia con la que Satán aguarda a las almas perdidas

(pag. 50)

A Julián Herbert la muerte le obsesionó desde chavito. Hace unos años, con su segunda novela Canción de tumba, ganó premios y sorprendió a todo el mundo con la terrible, descarnada y alucinante narración alrededor del fallecimiento de su madre que se dedicó a la prostitución. Con esta dolorosa historia personal, Herbert se hizo todo lo famoso que puede ser un escritor indie en un país donde casi nadie lee.

La mañana lucía como una vista proyectada por un Sony de pantalla plana

(pag. 13)

Julián Herbert es un escritor preocupado por las formas poéticas, que se nota muy bien dotado como lector. Un creador arriesgado con esa poesía que cada vez practica menos, y que se despliega —cada vez más y con buena mano— en el ensayo y la crónica: acaba de publicar La casa del dolor ajeno, la historia perdida de los 303 chinos masacrados en Torreón (Coahuila) durante la revolución mexicana.

Ahora va a resultar que este hijo de puta siempre sí tiene razón

(pag. 147)

Poeta, novelista, cuentista, cronista, ensayista, Julián Herbert llegó a la escena literaria con el cambio de siglo para renovar la poesía mexicana. Ha sido editor, gestor cultural, adicto a la cocaína, rockero y papá de Leo: tiene paisaje, vidalogía y, sobre todo, actitud frente a ese lenguaje de la existencia llamado literatura.

Un mundo infiel fue su primera novela y hoy es un libro relevante. Una historia potente escrita por el «hijo de una prostituta que acabó de escritor gracias a las lecciones de coherencia, miseria y fingimiento que tuve en la infancia». O sea, algo parecido a levantarse con resaca después de haberse bebido un litro de after shave Floïd Blue mezclado con Coca-Cola y sin hielo.

Un mundo infiel
Julián Herbert
Malpaso, 2016. 156 páginas.

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LIBROS: Tumulto, de Hans Magnus Enzensberger

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El camembert de Fidel Castro

Tumulto, de Enzensberger, es un antídoto para desconfiar de fórmulas políticas milagrosas

Por Cristian Segura

Tumulto, de Hans Magnus Enzensberger, es un libro imprescindible para cínicos, para aquellos que observan el presente con un «ya decía yo» siempre a punto. Si el lector no es un cínico, Tumulto es un libro para disfrutar de una buena narrativa y de las suculentas anécdotas de un viejo (Enzensberger nació en 1929) que, además de ser un intelectual de referencia, ha sido un granuja de padre y señor mío.

Tumulto ayuda a cuestionar la fe en los salvapatrias y en revoluciones. Enzensberger fue testigo no activo de la rebelión generacional que simbolizó el mayo del 68 y todo lo que sucedió antes y después. Fue testigo no activo porque jaleó a la juventud europea para que se levantará ante el sistema burgués de postguerra, pero sin implicarse en la batalla. Tumulto es un diálogo entre un joven y un viejo Enzensberger que intentan ponerse de acuerdo en las experiencias que relata el libro. Su vida conyugal en Noruega, misiones académicas en la Unión Soviética, en la Alemania Oriental, sus aventuras en Estados Unidos y su año a cuerpo de rey en Cuba mientras sus acólitos de Berlín le esperan entre barricadas. Enzensberger siempre viajó financiado por el gobierno o la universidad de turno, siempre acompañado por un amor desdichado.

Aviso a Podemos, CUP y Syriza

Tumulto servirá para alimentar las tesis de aquellos que cuestionan el legado de la generación del 68. Y es injusto, porque Enzensberger ha explicado en más de una ocasión que el tumulto de los 60 sirvió, por lo menos en Alemania, para acabar con el ascendente del nazismo y dar paso al acercamiento entre Occidente y el bloque soviético que materializó el canciller Willy Brandt. Pero Tumulto, el libro, es un aviso para la nueva izquierda europea, de Podemos a la CUP pasando por Syriza: «La oposición extraparlamentaria y sus retoños ayudaron al triunfo de la socialdemocracia a la que quisieron combatir. Con su agitación los marxistas leninistas hicieron ver a los sindicatos los errores más peligrosos que estaban cometiendo en el proceso productivo. Las Células Rojas propulsaron las largo tiempo pendientes reformas estructurales en las universidades. Las guarderías alternativas ensayaron nuevas formas de las que los pedagogos no querían saber nada. De ese modo, la oposición al sistema devino en mera correa transmisora de la modernización. Impulsó el proceso de aprendizaje de la sociedad capitalista de manera más decisiva que los mismos defensores de esta. La izquierda militante reaccionó con una mayor radicalización. Así, a largo plazo ayudó al régimen, al que creía combatir, a adaptarse cada vez mejor a las condiciones de la globalización. La ceguera ante las más elementales reglas básicas de la mecánica política es, al igual que la fe milagrera en las doctrinas ideológicas, indicio del carácter cuasi religioso de un movimiento que tiene algún paralelo en el primer socialismo del siglo XIX.»

Enzensberger nos advierte que el sistema se alimenta de estos conatos de rebelión, que el cambio nunca sucede de verdad.

Incluso se permite la ironía de parafrasear a Karl Marx:

«La tradición de todas las generaciones muertas lastra como una pesadilla los cerebros de los vivos. Y cuando parecen entregados a la tarea de convulsionar las cosas, de crear lo que todavía no existe, en esas mismas épocas de crisis revolucionarias evocan con miedo a los espíritus del pasado a fin de ponerlos a su servicio, adoptando de ellos nombres, disfraz y consigna, para representar una nueva escena con ese lenguaje prestado.»

Es lo que el diplomático Carles Casajuana explica en su libro Las Leyes del Castillo: da igual qué fuerza política llegue al poder, se acabará acostumbrando a su inercia.

Las vacas cubanas

En Tumulto hay ejemplos extraordihans-magnus-enzensbergernarios de esta moraleja, casos que harán las delicias de los cínicos y de los historiadores. Fidel Castro, por ejemplo, voluntarioso en agasajar a sus camaradas extranjeros, se obsesiona en demostrar a Enzensberger que las vacas cubanas producen una leche excelente: «Recibí una invitación sorprendente. El máximo líder en persona me invitaba a su particular finca modelo. Allí, algunos de los citados dispensadores de leche poblaban un establo climatizado y asépticamente limpio. Los había hecho aerotransportar desde Europa, al tiempo que compraba las mejores ordeñadoras y centrifugadoras y contrataba a un competente equipo de expertos suizos: técnicos lácteos, genéticos y veterinarios. Un proyecto de altos vuelos. Al cabo de unos días dos uniformados llamaron a la puerta de nuestra habitación para entregarme un paquete que suministraba la prueba de calidad de las vacas: un camembert en forma de tarta.»

Sartre y Jruschov

Enzensberger también se muestra severo con Sartre. Ambos formaron parte de una delegación de escritores que se reunieron un fin de semana de 1963 con Nikita Jruschov en su dacha. El filósofo francés presidía la comitiva. Enzenzberger critica su dualismo: «Sartre, con sus treinta palabras, no asume ningún riesgo, se mantiene a la expectativa, por no decir manso como un cordero, una actitud que contrasta por completo con la que adopta en Francia, donde de buen grado ofrece ante el poder pruebas de valentía exentas de riesgo. El único en mostrar un ápice de bravura es el polaco Jerzy Putrament. Reclama mayor espacio de maniobra para los autores soviéticos». Enzensberger describe otros momentos incómodos para Sartre durante el encuentro con el líder de la URSS, como cuando Jruschov defiende la intervención militar soviética en Praga en 1957. El ridículo llega al límite cuando Jruschov asegura que en la URSS se producen muy pocos suicidios, a diferencia de los países occidentales: «»En nuestro país esto ocurre muy rara vez. Investigamos cada caso a fondo, buscamos los motivos y tratamos de mejorar las condiciones.» Sartre escucha el análisis con gesto pétreo». En la URSS se suicidaba tanta o más gente que en los países capitalistas, como demostró la revista de investigación «Ogonyok» en un reportaje legendario de 1989.

Enzensberger ofrece una imagen de alguien que conoce a todos los agentes del cambio, pero que desaparece cuando llega el momento del jaleo. En Tumulto aparecen multitud de personajes fascinantes que el sistema —y la historia— acaba devorando. Desde Rudi Dutschke a los miembros de la RAF, o el opositor al Sha de Persia Bahman Nirumand, con quien entabló amistad durante una estancia en el Instituto Goethe de Teherán: «Bahman montó un golpe en Múnich. Acompañado por 65 de sus seguidores, que llevaban capuchas negras, ocupó el consulado general de Irán. Iniciaron una huelga de hambre y requisaron los expedientes de los servicios secretos». Ocho grupos de izquierdas se solidarizaron con esta rebelión contra el Sha. Cuando la revolución islámica acabó con la monarquía persa, Nirumand tuvo que exiliarse: «Toda acción política engendra consecuencias imprevisibles. A veces provoca lo contrario de lo que pretendía», escribe Enzensberger.

Tumulto es un bordado de consejos desde la experiencia que nos ayudan a desconfiar de ídolos y de curas milagrosas. «Los únicos que invocan la moral en los dramas de Shakespeare son los criminales», escribió Boris Pasternak. Enzensberger nos lo recuerda.

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Hans Magnus Enzensberger
Malpaso, 2015. 249 páginas.

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LIBROS: Palabras mayores. Veinte autores mexicanos.

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Palabras mayores. Nueva narrativa mexicana
VV.AA.
Editorial Malpaso, 2015. 304 páginas.

Por Patricia Godoy

«Ventanas desde las cuales es posible ver las distintas maneras en que ciertas escritoras y escritores han decidido enfrentar su quehacer en el aquí y el ahora». Así es como explica Cristina Rivera Garza en el prólogo de Palabras mayores, la idea con que fue concebida esta antología que reúne a 20 nuevos narradores mexicanos menores de 40 años.

El libro, versión en español de Mexico 20. New Voices, Old Traditions (Pushkin Press), llega ahora a España y se presentará próximamente en México de la mano de Malpaso Editores en colaboración con Conaculta y Hay Festival, con una edición marcada —como es norma de esa casa literaria— por un lomo con las hojas tintadas, en este caso, color verde bandera.

La idea de los editores de esta compilación es la de compartir con el mundo las letras de los «nuevos valores» de la narrativa mexicana actual que, más allá de la tradición, amplían sus fronteras literarias con muchas influencias exteriores.

Como casi todas las antologías, y como también ya le sucedió a un intento similar en 2008, Grandes Hits. Nueva generación de narradores mexicanos, editado por Tryno Maldonado para Almadía, la propuesta de Palabras mayores es difusa e irregular. El libro —ingenioso, por momentos— reúne los relatos de jóvenes autores mexicanos que representan una nueva generación de nuestras letras y que transitan por los caminos del mundo sin dejarse amedrentar por las pesadas sombras de Rulfo, Paz y Fuentes.

La escritora Cristina Rivera Garza que, junto a Juan Villoro y Guadalupe Nettel, ha sido una de los «tres jueces con mucho juicio» que han seleccionado a estos 20 autores y sus textos, comenta que, aunque todos pertenecen a eso que se podría llamar «cuentos», algunos de los escritos son de «difícil clasificación».

En el prólogo de la edición británica definieron a estos 20 jóvenes escritores como «camaradas, cómplices, confidentes: hermanos en la emoción o la aventura», pero tras la lectura de Palabras mayores esa supuesta complicidad no es tan evidente entre la «estupenda cuadrilla» que forman: Verónica Gerber, Laia Jufresa, Luis Felipe Lomelí, Brenda Lozano, Valeria Luiselli, Fernanda Melchor, Emiliano Monge, Eduardo Montagner Anguiano, Antonio Ortuño, José Pergentino, Eduardo Rabasa, Antonio Ramos Revillas, Eduardo Ruiz Sosa, Daniel Saldaña París, Ximena Sánchez Echenique, Carlos Velázquez, Nadia Villafuerte, Juan Pablo Anaya, Nicolás Cabral y Gerardo Arana. La diversidad de estas 20 voces es el gran atractivo del volumen ya que, como explica uno de los escritores, Emiliano Monge: «Todos somos cazadores y son tantas las bestias y es tan grande el paraje que no tenemos que encontrarnos ni compartir presas ni armas».

En el libro, un poco “patituerto” —al estilo del vocho destartalado del que habla Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) en su simpático cuento «Porque cayó la noche y los Bárbaros»— destaca por encima de los demás el surreal universo norteño, destroyer y sicotrópico de Carlos Velázquez (Torreón, Coahuila, 1978). El autor de La Biblia Vaquera y el libro de crónicas El karma de vivir al norte (ambas en Sexto Piso Editores) nos cuenta una especie de telenovela porcina protagonizada por una promiscua cerdita llamada Leonor, autora de geniales novelas de literatura rosa, que está en busca del amor: «Se busca chancho fino para complacer a cochinita sexy». Velazquez aporta, además de buen humor, un gran valor diferencial con respecto a sus coetáneos: su particular uso del lenguaje, un español con marcado acento norteño, fronterizo, y que en nada se parece al de la mayoría de los otros escritores de esta antología.

Otra de las voces que sobresalen en el volumen es la de Antonio Ortuño (Guadalajara, Jalisco, 1976) que con su relato «Historia» nos muestra una invasión extranjera de soldados «pálidos, altos y estúpidos» a un país (¿será México?) «al que le gusta pensar que vive al margen de la historia del planeta. Nuestros libros apenas hablan de otra cosa que no sea nuestra vieja y desastrosa Historia».

Aunque no abundan, no es la única referencia más o menos directa a la situación del país. Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, Sinaloa, 1983) incide en ello en un precioso e imaginativo cuento sobre cuerpos sin cabezas titulado «Madame Jazmine o noticia de la decapitación»: «Nosotros, hoy (…), seguimos acunando en los brazos un cuerpo sin cabeza: lo llamamos país. La cabeza sigue sin aparecer».

El resto de los relatos son fogonazos de autoficción, retazos de —casi— crítica de arte experimental (Gerber), clavados en albercas vacías de descreimiento (Jufresa); invocaciones a re-re-lecturas de Baudelaire (Sánchez Echenique), algunas liturgias corporales más o menos interesantes (Rabasa), vivencias en casas —literarias— prestadas (Villafuerte) e incursiones por esos territorios fronterizos de la ficción en los que casi se difuminan las barreras entre la literatura y la casi crónica periodística (Melchor).

Escribe Juan Villoro que el libro, más allá del encargo institucional, es un intento por «invitar a leer a escritores de una generación extraordinaria. Si estos autores gustan, el principal efecto será que también se busque a otros». Y esa es, en resumen, la gran utilidad de este volumen de Palabras mayores que prueba, como escribe Rivera Garza, que la narrativa sigue siendo «una práctica viva, no una lección» y una invitación a un viaje que, como todos los viajes, es una conversación, en este caso, con algunos de los habitantes actuales de una parte de ese universo literario llamado México.

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Los libros que lee la redacción

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Fotografía de Jorge Mejía Peralta (CC-BY 2.0)

Es una pregunta común, miles de personas la hacen cada día en todo el mundo. «¿Qué estás leyendo ahora mismo?» Y en seguida te cuentan lo que leen pero también lo que rodea a lo que leen. «Yo no leo ficción, me aburre», dice uno; «Yo al contrario, sólo me engancho a novelas, los ensayos no son para mí», contesta otra. «Apenas tengo tiempo para leer, sobrevivo con lo que leo en el metro y cinco minutos antes de dormir.» «Yo me levanto a las seis y media para poder leer un rato antes de empezar la jornada.» «Yo soy de noches en vela sin poder parar de leer y luego, claro, al día siguiente voy a trabajar dando tumbos.» Porque leer es a veces mucho más un «cómo» que un «qué».

Así que hemos cogido a parte de la redacción de ALTAÏR MAGAZINE y les hemos preguntado qué están leyendo. Y con sus respuestas hemos elaborado un catálogo de lecturas recomendadas para el día del libro. ¡Que las disfrutéis!

Mario: El espíritu viajero impregna sus lecturas, y navega desde el recorrido sentimental y emocional que hace John Berger por Europa en Aquí nos vemos (Alfaguara, 2005) hasta el crudo ensayo gráfico sobre la turbia Rusia actual que hace Igort en Cuadernos rusos (Salamandra, 2011. Aquí sus primeras páginas), pasando por la Nigeria inmersa en la guerra civil en los años sesenta en Medio sol amarillo (Random House, 2014) de la gran Chimamanda Ngozi Adichie. Aunque dice que el próximo que le apetece leer es la autobiografía de Lemmy, fundador y alma de Motörhead, que acaba de sacar Es Pop (aquí su primer capítulo).

Bárbara: Historia y antropología, esos son los dos temas por los que navega en sus lecturas, sean del género que sean: en ensayo, con La sociedad de castas (Kairos, 2014) de Agustín Pániker, sobre la india; o Las mujeres en el antiguo Egipto (AKAL, 1996), de Gay Robins. En novela histórica, con El cátaro imperfecto (Ediciones B, 2013) de Víctor Amela. E incluso en poesía, con los muy fálicos poemas dedicados al dios Príamo, Poemes priapeus (Adresiara, 205, edición catalana).

Pere: El periodismo entrelazado con el viaje, esa es la obsesión de Pere, que no puede dejar de ser las dos cosas todo el tiempo: periodista y viajero. Por eso sus libros de estos últimos meses giran en torno a esas dos facetas, y de ahí que sus recomendaciones pasen por Martín Caparrós y la dupla El interior (Malpaso, 2014) y El hambre (Anagrama, 2015), por la crónica asombrada del Levante español de Íñigo Domínguez en su Mediterráneo descapotable (Libros del KO, 2015), o las reflexiones sobre el oficio de escribir que hace Leila Guerreiro en Zona de obras (Círculo de Tiza, 2014), entre otras muchas cosas.

Belén: Como lectora, Belén «come de todo», y mezcla ensayo con ficción y con cómic sin ningún problema. Acaba de terminar de leer Sin ti no hay nosotros (Blackie Books, 2015), el testimonio sobrecogedor de la profesora Suki Kim en su afán por enseñar valores prohibidos a un grupo de estudiantes norcoreanos; pero recomienda encarecidamente El quinto en discordia (Libros del Asteroide, 2006), una muestra magnífica de la espléndida prosa del canadiense Robertson Davies. Su próximo objetivo es el último cómic de la serie «Love & Rockets» de Jaime Hernández, Chapuzas de amor (La Cúpula, 2015).