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En África, una imagen no es real, por Mamadou Gomis

Con motivo del encuentro «Cambio de perspectiva: África en nuestros medios y nuestros medios en África», publicamos en abierto y para todos nuestros lectores este texto que escribió Mamadou Gomis para nuestro monográfico 360º dedicado a Dakar. Una reflexión imprescindible sobre el estado de la fotografía en el continente africano.


 

La imagen fotográfica tiene un gran poder como forma de autoconocimiento y saber, pero ha sido despreciada en la tradición intelectual africana, basada en la oralidad. En un mundo como el actual, dónde las imágenes son un campo de batalla político, es fundamental que los fotógrafos del continente recuperemos nuestro papel como constructores de nuevas Áfricas.

La fotografía (en África) no es una copia perfecta. Es a la realidad lo que el humo al fuego

La fotografía en África siempre ha sido algo marginal, un «accesorio» que acompañaba a una celebración de cierta relevancia y de la que se requería guardar un recuerdo.

Durante decenios (sigue siendo así), los africanos solo hemos acudido al fotógrafo para obtener de él algún «retrato» oficial (una imagen para poder cruzar fronteras o conducir). Solo se llamaba a un fotógrafo para inmortalizar acontecimientos relevantes o ceremonias familiares (bodas, bautizos, fiestas escolares). Este tipo de eventos han sido durante años casi la única escuela de formación de los fotógrafos del continente y una de sus principales fuentes de sustento: se ganaba (aún sucede) más dinero con ese tipo de imágenes que con el periodismo o el arte.

Frente a esa realidad y desde hace ya unos años, muchos «jóvenes» fotógrafos africanos estamos comprometidos  —de una manera más o menos descoordinada— con la idea de sacar el mayor partido a nuestra práctica fotográfica desde posiciones novedosas y puntos de vista diferentes a los de nuestros «maestros» mayores. La calle —ya no el estudio— se ha convertido para nosotros en la principal —casi única— fuente de inspiración. Y toda esa práctica está relacionada con una cierta idea de independencia en la construcción y el uso de nuestras imágenes: atrevidas e inesperadas, en situaciones callejeras no pautadas, sorpresivas e imprevistas.

La fotografía (en África) no es una imitación de la realidad. Es a la realidad lo que la sombra a la presencia

Para un fotógrafo africano, la imagen no representa nunca la realidad; nunca es, ni puede ser, «documental», ni tampoco tiene nada que ver con copiar o imitar el mundo real.

En nuestras sociedades, un fotógrafo tiene más «obligaciones» que en Occidente. No se trata solo de ese «compromiso» más o menos voluntario al que se refieren muchos colegas occidentales, es mucho más: casi una necesidad de ayudar a tu espectador a descubrir el mundo con la naturalidad de lo cotidiano, en un universo en el que todos vivimos en medio de una inspiración caótica, descontrolada y, por tanto, natural. No solo debemos ofrecer una imagen reveladora, sino hacerlo —si se me permite la expresión— de un «modo africano»: relativamente aleatorio e informal, pero con perspectiva social.

Muchos fotógrafos occidentales —forzados o no por dinámicas comerciales y premios globales— acuden a África en busca de nuevas «experiencias» gráficas o para «descubrir nuevos enfoques» sobre los grandes temas. Parece que muchos de ellos siguen empeñados (o forzados) en venir a nosotros para mostrar al mundo una imagen negativa de África que, si bien no deja de ser cierta en algunos aspectos, se convierte en tópica, en un cliché, y, por tanto, se revela ineficaz frente a los espectadores occidentales y resulta odiosa, repugnante, para muchos africanos. Guerras, hambres, miseria, conflictos, emigración y enfermedades siguen siendo casi sus únicos objetivos.

 Por otra parte, y en el mismo sentido tópico, los fotógrafos turistas o viajeros —con la ayuda inestimable de las publicaciones occidentales— han destruido (en muchas ocasiones con la «colaboración» de los africanos) la imagen de muchas culturas, países y sociedades africanas al encuadrar sus espacios, lugares, costumbres o comportamientos de la forma más tópica, sin el menos interés real por aquello que se retrata, y siempre en un formato susceptible de ser convertido, otra vez, en postales sin el menor valor: desvirtuadas, empobrecidas, impersonales, inválidas.

Unos y otros, profesionales y turistas de la fotografía, han «colaborado» para que en muchos lugares de África, sobre todo en las ciudades, hoy les sea casi imposible hacer una imagen natural. Puede que unos y otros hayan ganado muchas imágenes preciosas, pero han perdido para siempre la mirada de respeto de muchos africanos que hoy, a través de la gran red y de los móviles, contemplan en Occidente las imágenes de una África fake que no les representan, en las que no se reconocen.

Nadie duda de que la visión que los demás tienen sobre ti, lo que eres o cómo vives puede ser interesante; pero también parece muy claro que la visión matinal de uno mismo frente al espejo fotográfico —nosotros y nuestras percepciones, escalas de valores, problemas, sus reflejos con luces y sombras— no puede ser sustituida por nada y será siempre más precisa, menos desenfocada.

En este sentido, creo que es vital que los fotógrafos africanos desoccidentalicemos las imágenes de nuestras múltiples Áfricas, si eso es posible en un mundo como el de hoy y hasta dónde sea posible. Creo que es necesario que proporcionemos a los occidentales imágenes alternativas de otras Áfricas diferentes y hechas con otras perspectivas, conocimientos y percepciones. No se trata de confrontar imágenes (africanas frente a no africanas), el objetivo fundamental sería contrastar y dialogar o discutir, con las imágenes que nuestros colegas y los medios de comunicación occidentales quieren imponer sobre nosotros y lo que somos.

Puede que suene extraño leído desde lejos, pero los fotógrafos africanos aún debemos luchar por construir imágenes para mostrar unas Áfricas diferentes, del siglo XXI, sin las mentalidades coloniales de ese pasado no tan lejano y que, de manera consciente o inconsciente, pervive en la mirada de la gran mayoría de occidentales (y, por desgracia, también en la de muchos africanos).

Tanto si las imágenes son un nuevo y gran campo de batalla político en el mundo de hoy como si es un simple problema comercial de disponibilidad de «productos» en el mercado global, la idea/imagen que los africanos (también los demás) se forjan acerca de su propio entorno y de los cambios que en él se operan debería ser construida a partir de imágenes africanas, hechas por africanos, que dialoguen con el mundo para huir de los tópicos y que no enmarquen la realidad solo en función de ideas preconcebidas y clichés más o menos colonizadores.

Aunque pueda ser un sueño imposible en un mundo hiperconectado como el actual, los fotógrafos africanos tenemos que reivindicar el papel que nos corresponde en la creación de un estilo extraviado en el corazón de lo que es de aquí y de ahora.

La fotografía (en África) es fuente de conocimiento del mundo. Es a la realidad lo que la vida a la muerte y la luz a la oscuridad

Occidente y sus fotógrafos (profesionales o no; de gran calidad o no) han creado y crean su particular imaginario sobre el continente africano. En ese paradigma histórico, sus sociedades les reclaman material fotográfico cuando sobreviene la «necesidad» de tenerlo. Así, las portadas, páginas y webs se siguen llenando, hoy como ayer, con fotografías de enfermos de ébola, niños malnutridos, inmigrantes persiguiendo una pesadilla; o bien de masais saltarines, rincones naturales imposibles y preciosas jirafas al atardecer.

Justo ahí empieza el nuevo viaje…

Aunque muchos occidentales parecen empeñados en no darse cuenta, el mundo cotidiano de los africanos ha cambiado enormemente en los últimos años. Necesitamos pensar en unas nuevas Áfricas modernas, buscarlas y encontrarlas, sin obviar, por supuesto, los problemas que en ellas se presentan. Por desgracia, se trata de unas modernidades que no casan con la idea de uniformidad en la pobreza fuera del tiempo y del espacio que tienen de nosotros en Occidente.

Esta búsqueda nos obliga a desarrollar aún más nuestra creatividad como fotógrafos, asociándola a una nueva mentalidad profesional para traspasar los límites (sobre todo económicos) que nos impone el discurso global sobre quiénes somos y cómo debemos ser representados.

No será un camino fácil porque la fotografía es la guardiana de nuestros instantes y la conservadora de nuestros recuerdos, pero nunca se crea; se busca y, a veces, en muchas ocasiones, no se encuentra.

Esa búsqueda de la nueva fotografía de África podría ser una gran herramienta de afirmación de existencia y de «sentido» para los propios africanos. Podría reactivar el despertador de una nueva conciencia porque, en un continente donde aún se lee tan poco, las imágenes son de las pocas plataformas capaces de estimular una lectura más comprensiva de quiénes somos y, sobre todo, de qué queremos ser.

Puede que muchos africanos aún no hayamos percibido del todo el nuevo y gigantesco campo de batalla político global, en el que vivimos con nuevos actores principales no occidentales, pero sí somos conscientes —al menos muchos fotógrafos— de que necesitamos construir nuevas percepciones de las Áfricas actuales.

Eso requerirá, más que nunca y por encima de palabras más o menos retóricas, de nuevas imágenes (con nuevos sujetos, y nuevos asuntos), hechas por africanos capaces de mostrar al mundo unas Áfricas diferentes que dialogan con los demás de igual a igual; que son relevantes en el nuevo paradigma global de una manera natural y desacomplejada.

Estamos inmersos en ese debate y es muy importante; porque si, como dicen en Benin, «la cultura no se come, se degusta», la fotografía es un alimento principal para el espíritu.


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Dakar: un índice para una ciudad infinita (y II)

Cabecera Dakar 2.0 (desfile de Adama Paris) - Mamadou Gomis

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que fui a Dakar, en compañía de mi madre. La noche anterior no había podido pegar ojo. Estaba ansiosa y emocionada; también tenía un poco de miedo. Miedo a no poder adaptarme, miedo a perderme. Para mí, que entonces tenía once años, Dakar no era una ciudad como las otras a las que ya había ido, siempre acompañada por mi madre. Creía que Dakar ni siquiera se encontraba en Senegal, ni en ninguna otra parte del mundo. Dakar tenía que estar en una región lejana en la que vivían seres extraordinarios, diferentes de los habitantes de mi pueblo. ¿Quizás Dakar estaba en otro planeta? ¡Salía de mi pueblo con mi imaginación vagabunda en bandolera para ir a esa ciudad de la que la gente hablaba con admiración y temor secreto!

Así describe la escritora senegalesa Ken Bugul su primer viaje a la capital, una ciudad que era para ella tan extraña y tan misteriosa, tan desconocida, como lo es para el resto del planeta que no vive allí. Ella nos cuenta su primer viaje pero también los sucesivos, que han ido configurando la silueta de la ciudad en la que vive de un modo personal e irremplazable: EN LA GARE DE DAKAR es el regalo en forma de texto que nos hace Bugul en nuestro 360º de ALTAÏR MAGAZINE. Ya vimos parte de los contenidos que podemos encontrar dentro hace unos días, y hoy revisamos el resto:

BOUBACAR BORIS DIOP – Entrevista de Pere Ortín al escritor de los mil colores, pensador, periodista, figura de referencia de la cultura senegalesa. Podremos oírlo y leerlo, y nos hablará de cómo afectó el genocidio de Ruanda a su escritura y por qué ha tomado la decisión de publicar en wólof.

EL WÓLOF CONTRA EL FRANCÉS – Uno era musulmán muridí, wólof y anticolonialista. El otro, católico, serer y francófilo. Uno, Cheikh Anta Diop, fue uno de los científicos y antropólogos más importantes del estado africano. El otro, Léopold Sédar Senghor, fue presidente de la República de Senegal durante veinte años. Boubacar Boris Diop cuenta sus vidas paralelas.

DAKAR LA INEFABLE – Un extracto de la obra del mismo título del recientemente fallecido Oumar Ndao, un retrato de la capital a medio camino entre la crónica histórica y el diario de viajes.

BLACK SURF DAKAR – El periodista y fotógrafo Alex Ndongo Gaye nos acerca a la figura de Oumar Seye, leyenda del surf senegalés.

¡DIME, DAKAR! – Una carta de amor a la ciudad, poética y personal, por parte de Massamba Guèye, Director General del Teatro Nacional Daniel Sorano, en Dakar.

100 AÑOS DE LA MEDINA DE DAKAR – El periodista Abdou Khadre Gaye hace un recorrido por los cien años de vida del popular barrio de la ciudad.

CONFESIONARIO EN NEGRO Y AMARILLO Cheikh Fall nos enseña las aventuras de los muy particulares taxistas de Dakar.

EN ÁFRICA, UNA IMAGEN NO ES REALMamadou Gomis, responsable de las fotos de todo nuestro especial, y la lucha por el punto de vista fotográfico en su propia ciudad.

YÉKINI, LE ROI DES ARÈNES – Finalmente, Fran García, nuestro experto en cómic, analiza la novela gráfica de Lisa Lugrin y Clément Xavier sobre un deporte tan especial como la lucha senegalesa y sobre Yékini, su más grande luchador.

 

Veinte artículos, veinte temas, llenos de fotografías, de mapas, de entrevistas y de historias. Y se nos quedan cortos, porque Dakar, pese a todo, sigue siendo infinita.

360º de ALTAÏR MAGAZINE, monográfico sobre Dakar.

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360º alrededor de Dakar

Recuerdo como si fuera hoy la primera vez que fui a Dakar, en compañía de mi madre. La noche antes no había podido pegar ojo. Estaba ansiosa y emocionada. También tenía un poco de miedo. Miedo de no poder adaptarme, miedo de perderme. Para mí, que entonces tenía once años, Dakar no era una ciudad como las otras a las que ya había ido, siempre acompañada por mi madre. Creía que Dakar ni siquiera se encontraba en Senegal, ni en ninguna otra parte del mundo. Dakar tenía que estar en una región lejana en la que vivían seres extraordinarios, diferentes de los habitantes de mi pueblo. ¿Quizás Dakar estaba en otro planeta?

Así empieza el texto que nos ofrece la escritora Ken Bugul en el próximo monográfico 360º de ALTAÏR MAGAZINE. Bugul (seudónimo de Mariètou Mbaye Biléoma) venía de la provincia de Ndoucoumane, tierra de baobabs, y su idea de la capital senegalesa seguramente no era muy distinta de la que se puede tener en otros lugares: mítica, misteriosa, desconocida, caótica, frenética. Tan acertada o equivocada como cualquier idea preconcebida.

Dakar es el nuevo destino de los monográficos 360º de ALTAÏR MAGAZINE, como siempre lejos de la postal y de las guías al uso. La capital de Senegal es el gran polo urbano de África Occidental, una urbe en crecimiento, sometida a las mismas tensiones que se observan en todas las grandes ciudades del continente pero exhibiendo con orgullo una vida cultural en ebullición y nuevos fenómenos políticos y sociales. Una capital dinámica que nos lanza de lleno a la contemporaneidad africana.

Narraciones, crónicas, ensayos, entrevistas, fotografías… Contenidos hechos por autores locales, desde dentro: desde las imágenes del fotodocumentalista Mamadou Gomis hasta los textos de Ken Bugul, Boubacar Boris Diop, Saly Wade y muchos más que nos llevarán de viaje por Dakar como nunca antes habíamos visto.

Historias exclusivas, una visión diferente del viaje como máquina de hacer y hacerse preguntas. Este diciembre, Dakar en ALTAÏR MAGAZINE.