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La guerra me hizo feminista, por Marcela Turati

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Marcela Turati habla en nuestro 360º monográfico sobre Viajes y Perspectiva de género de la «narcoguerra», de sus víctimas; no sólo de los levantados, también de las que siguen aquí: las que perdieron a su hijo, a su hermano, a su padre, a su esposo. Ellas no cesan en su lucha por la justicia y por la paz (también la suya interna). Aquí dejamos un adelanto de este sobrecogedor texto.


Es difícil ubicar un momento preciso en que me volví feminista, pero sé que mi transformación comenzó a partir de que reporteé una guerra, la guerra que desde hace más de una década ocurre en mi país. Me atrevo a esbozar dos referencias: Ciudad Juárez, año 2010.

Entonces era freelance con 12 años en el periodismo y me había ofrecido a cubrir la que llamamos «guerra contra el narco» desde esa ciudad considerada epicentro de la violencia mexicana y en competencia con Bagdad por el título de la más mortífera del planeta. Aunque esos datos al principio los desconocía. En ese momento sólo sabía que Juárez me era familiar, una frontera donde había reporteado antes ubicada a tres horas de la ciudad donde me crié.

No hubo un momento epifánico de conversión. En la memoria tengo un caleidoscopio de instantes significativos. Me recuerdo siguiéndole los pasos a la muerte en esa ciudad plana, desértica, con la zona centro arruinada, dispersa y extendida hasta lo absurdo por una mala planeación urbana, en la que conviven fábricas maquiladoras, fraccionamientos cerrados, deshuesaderos de autos y lotes baldíos, donde las tolvaneras levantan dunas, los árboles y las banquetas escasean, y los climas son extremos.

Para entonces Ciudad Juárez ya se había convertido en la maquiladora nacional de muertos y los periódicos llevaban un conteo diario de asesinatos, conocido como «el ejecutómetro», que registraba número de cadáveres cual si fueran goles de un partido de fútbol.

Escribía notas como esta:

«La violencia en esta ciudad ha incubado todo tipo de relatos sórdidos, pero todos verídicos. Está la historia del hombre de la colonia Champotón que, cansado de encontrar por las mañanas muertos arrojados afuera de su negocio, colocó un letrero: «Se prohíbe tirar cadáveres o basura». En noviembre, uno de los cadáveres encontrados en el mismo terreno fue el de su hija. El hombre no lo vio porque él mismo ya había sido asesinado. Está la de una mujer del Valle de Juárez que vio pasar un perro que, con el hocico, jugueteaba con una especie de pelota; la maraña redonda, pegajosa, color carne, resultó ser la cabeza de un hombre. Está la de los bachilleres que descubrieron un cadáver con máscara de cerdo, colgado de una reja de su escuela. O la de los puentes en los que amanecen hombres sin cabeza. O la de los policías que huyeron porque se sienten inseguros. O la de la niña que fue sacrificada cuando un hombre en fuga la utilizó como escudo contra los balazos».

Recorría la ciudad junto a agentes funerarios conocidos como buitres o hacía guardias nocturnas con reporteros de nota roja que enseñaban los lugares donde habían ocurrido masacres; entrevistaba a policías, empresarios, sacerdotes, académicos o políticos en sus lugares de trabajo; sólo de vez en cuanto me llevaban a donde se desarrollaba la acción.

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Fue en las colonias devastadas por la tragedia, las zonas peligrosas donde «la plaza se había calentado», donde comencé a notar a una cofradía de mujeres que parecían que trabajaban solas, pero después descubrí que se organizaban con otras, y eran decenas, laborando sin alarde en aquellos frentes de nuestra guerra doméstica.

Las seguí un par de veces y ya nunca pude quitarles de encima la mirada.

A su lado me encontré con el mundo secreto que despliegan las mujeres cuando les toca enfrentar una guerra. Vi con una intensidad nunca antes tan bien perfilada lo que significa la ética del cuidado por los otros, la manera femenina de enfrentar la emergencia social (no sabía entonces que el suyo sería también mi destino).

(…)


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Un año de Voces

Fotografía de la Voz «Mimando la tierra», de Gary Manrique
Fotografía de la Voz «Mimando la tierra», de Gary Manrique

«Una sección abierta para un mundo polifónico»

Con esa frase recibimos en Altaïr Magazine a los lectores que llegan a la sección gratuita y en abierto, la que funciona como cara más visible e inmediata de nuestra publicación. Los lectores fieles, los veteranos, los que lo primero que hacen por la mañana al levantarse es prepararse un café pero lo segundo es entrar en www.altairmagazine.com… todos ellos se cruzan en las Voces con los lectores y lectoras primerizos, los que entran por casualidad, los que buscaban algo diferente en Google y acabaron dando con nosotros, los que entran por un tuit o por un enlace de Facebook, los que pinchan el enlace ese que ha puesto una en el grupo de WhatsApp de la oficina.

Una sección abierta, para todos los lectores, y en un mundo polifónico, porque sólo hay que echar un vistazo a las Voces para darse cuenta de que hemos convertido la sección en un «Gran Magazine sobre el Mundo», donde recorremos cada punto del globo buscando, principalmente, conocer y comprender, no poner nuestros ojos allí sino pedir prestadas las miradas de los habitantes de cada uno de esos lugares, llevando a los lectores una visión anti-paternal, no occidental, ex-céntrica en el sentido más etimológico de la palabra.

Hemos preguntado en la redacción por las Voces preferidas de nuestro equipo editorial y la discusión ha subido de tono, han volado cuchillos, se han declarado guerras. Porque, de manera inevitable, cada uno tiene sus Voces favoritas, a las que tiene un cariño especial, o le parece la mejor en este o aquel aspecto, por algo puramente personal o defendiéndolo como elección objetiva.

El director, Pere Ortín, apunta enseguida a la primera entrega de la serie de Voces «Los viajes del hambre» que hizo para nosotros Martín Caparrós, con sus fotografías personales tomadas en el proceso de documentación de su libro El hambre. El primer texto es sobre Níger y marca el estilo de su autor: «Corto, concreto, conciso. Las palabras, como la madera, cuanto más secas, mejor arden…», dice Pere. También recuerda la entrevista que hizo Paty Godoy a nuestro editor, Pep Bernadas, por la profundidad en el retrato del personaje a partir de un diálogo que era mucho más una conversación que una entrevista. «¡Qué difícil hacer una entrevista así!», dice Pere, y luego se reafirma en que ese, y no otro, es el mejor modo de hacerlo. «La máquina de hacer preguntas» se llama ese diálogo con Bernadas, uno de nuestros textos más leídos.

También apunta Pere aquel «Narrar el conflicto», la crónica dibujada que hizo Pedro Strukelj del encuentro que tuvieron en la librería Altaïr las periodistas Marcela Turati y Patricia Nieto. Una forma diferente de contar las cosas, una aproximación gráfica innovadora y muy atractiva, algo que funciona también como «marca de la casa» en Altaïr Magazine y en sus Voces. De las crónicas dibujadas que ha hecho para nosotros Strukelj, a Alberto Haj-Saleh, de las redes sociales de Altaïr le gustó aún más aquel encuentro en el Forum Altaïr con el escritor sardo Marcello Fois, tremendamente expresivo.

Aquel encuentro lo condujo Mario Trigo, redactor jefe, que cuando le preguntamos señala inmediatamente una de las Voces que ha escrito Xavier Aldekoa para Altaïr Magazine durante este verano, concretamente la llamada «Tigres», que transcurre en Johannesburgo. «Es una Voz cercana y medida», dice Mario, dentro de esa asombrosa habilidad que tiene Aldekoa para narrar lo general desde las historias más pequeñas y particulares. En cambio a Bárbara M. Díez, responsable de nuestra edición visual, le gusta más otra de las «Historias africanas» de Aldekoa, «Maldita buena suerte», que tiene lugar en Nigeria, que, según dice ella misma, es una de esas Voces que «deja el corazón encogido».

Bárbara también recuerda la fascinación que le produjo la Voz que Intan Cheria nos escribió sobre el batik indonesio, una de esas artes que ha pasado a realizarse de forma completamente informatizada en Occidente «pero que en Asia todavía se elaboran de manera artesanal dejando al ordenador como actor secundario, como mera herramienta para que la tradición perdure, pero no para malearla». En cambio Belén Herrera, responsable de administración editorial, elige rápidamente las diez horas que pasaron Jordi de Miguel Capell y Fran Afonso con el Padre Rogelio en la República Dominicana. Y además lo hace con todo el entusiasmo: «Quiero pasar YA 10 horas con el Padre Rogelio para que me cuente en primera persona todas sus aventuras y despropósitos de cura punki».

Aunque hay una de las Voces en la que concidimos todos: «La soledad del Sobrepuerto», la primera gran producción propia de Altaïr Magazine, un texto que quizás nos defina más que ningún otro, que funciona como declaración de intenciones y principios de cómo queremos y sentimos que tenemos que contar las historias. Y aquí citaremos al jefe de nuevo, que dice:

«Un compendio de lo que -como conceptos y desarrollo- me gustaría leer siempre en una publicación digital: crónica periodística sobre el terreno apoyada en una propuesta audiovisual y estética con interés. 

O sea: una producción de Altaïr Magazine»