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LA RUTA DE LOS MIL ROSTROS

Por María Angulo Egea

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Patricia Almarcegui viaja orgullosa por Uzbekistán y Kirguistán según nos cuenta en su último libro de viajes: Una viajera por Asia Central. Lo que queda de mundo (Edicions Universitat de Barcelona, 2016). Orgullosa de su autonomía; de su libertad de movimientos; de su soledad y de su condición viajera.

Orgullosa de viajar sola. De haber conseguido algo grande: llegar hasta Asia Central. Y por ello se muestra contenta, a veces hasta exultante en este viaje. Pero sobre todo se siente orgullosa de sus pequeñas conquistas personales. Cuestiones sencillas que va superando. Objetivos que cuando una viaja sola tiene que solventar y sortear, pero que no siempre es fácil: lograr que no te timen y no digamos ya un buen precio por un taxi que nos traslade de una ciudad a otra; conseguir el visado para entrar en otro país en un montaje funcionarial cerril y encorsetado de los de «vuelva usted mañana» o mejor «no vuelva». Y otros logros mayores como alcanzar la alta montaña de Song Kul.

Patricia se nos presenta en el prólogo como una viajera avezada. Ha estado en Marruecos, Egipto, Siria, Líbano, Jordania, Túnez, Yemen e Irán. (Acabamos de leer su Escuchar Irán (New Castle Ediciones, marzo 2016). Países de mayoría musulmana que trazan la imaginaria línea del deseo de esta peculiar viajera. Sin embargo, en este viaje por Uzbekistán y Kirguistán (dos países, como saben, escindidos de la antigua Unión Soviética, ¡¡que fueron URSS durante 70 años!!), Almarcegui emerge como una viajera poderosa (empoderada) que solventa situaciones críticas en entornos no especialmente receptivos. Entornos en los que aún extraña que sea una mujer la que organice y decida; la que camina y avanza sola en una soledad deseada. Se lo dice y repite al comienzo de su diario de viaje:

«Tengo que pensar en mí. No tanto en la gente que quiero cuando veo cosas que me emocionan, sino en mí. No disolverme o repartirme en nada ni en nadie. Hacer las cosas solo para mí. Cuidarme».

Solo hará una excepción a esta máxima: su madre. Es en ella en quien piensa y a quien le compra regalos, sedas.

Orgullosa de su autonomía; de su libertad de movimientos; de su soledad y de su condición viajera.

Patricia sigue los pasos autónomos y empoderados de dos escritoras viajeras también poderosas: la suiza Annamarie Schwarzenbach (1908-1942) y la inglesa Vita Sackville West (1892-1962). Dos viajeras enamoradas también de estos territorios y a quienes Almarcegui alude en distintas ocasiones. Sigue algunos de sus consejos viajeros pero también parece invocar (imitar) su actitud vital, «su deseo de ser otro, de aprehender el otro». Dos mujeres que se enfrentaron al montaje patriarcal establecido, desde su bisexualidad, entre otras muchas cosas, y que apostaron por vivir bajo unos parámetros más abiertos.

La cuestión de género está presente en este viaje por Uzbekistán y Kirguistán. Espacios híbridos, de mucha mezcla racial, que revelan el entorno soviético en el que se han desenvuelto durante tantos años, pero que también muestran una poderosa huella musulmana. Tanto en Uzbekistán, donde le rodea un mundo urbanita, como en Kirguistán, donde se impone la naturaleza, Almarcegui repara en su condición de mujer como mujer que mira y lo explicita. También desde su mundano pragmatismo (la decisión de comprarse o no un abrigo por el hecho de cargar con él desde casi el inicio del viaje y de si ocupará todo el espacio de su pequeña maleta); su preocupación por la moda, por la estética, su coquetería; su atención a los hombres, hombres que le atraen, en los que repara y con los que imagina y proyecta un viaje, un encuentro más prolongado. Uno de los capítulos se titula «Los hombres hermosos».

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En su primera negociación con los hombres del hotel de Jiva también es muy consciente de su fisicidad: «Se ríen de mí mientras discuto. No sé por qué. Quizás si fuera un hombre no lo harían. Una mujer gritando en un espacio más o menos público (…) al salir del comedor escucho sus carcajadas». También está presente su conciencia del peligro ante el posible acoso sexual «Vuelvo hacia el hotel. Las calles no tienen iluminación. No se ve nada. Me descubro caminando cada vez más deprisa. ¿Miedo? ¿miedo a viajar sola? ¿miedo de viajar sola por ser mujer?» Sobre este asunto hay un excelente artículo en el monográfico A bordo del género de Altäir Magazine realizado por June Fernández y Cristina Lozano. La mirada de Almarcegui se empapa de los entornos que la habitan y se detiene en el retrato del otro, le presta especial atención a «ese otro mujer o niña»:

Nada más llegar a la ciudad de Taskent:

«De camino al metro, me crucé con mil rostros diferentes. Mi primera visión del país. Las caras redondas y planas de ojos achinados se mezclaban con pieles cetrinas y secas. La mujeres, jóvenes, bellas, rubias, con minifaldas y maravillosamente arregladas, se confundían con otras mucho mayores, quizás de zonas rurales, cubiertas con pañuelos negros de flores, enjutas y de piel oscura» (p. 27)

«De nuevo me cruzo con mujeres de tacones de aguja y minifaldas extremas, casi siempre jóvenes, y otras vestidas de largo de rostros cetrinos afilados» (pp.31-32)

Almarcegui emerge como una viajera poderosa (empoderada) que solventa situaciones críticas en entornos no especialmente receptivos.

En Bujara, que fue el enclave comercial de la Ruta de la Seda, nuestra viajera se ve rodeada de muchachas y niños y juega con ellos a preguntarse cuestiones sencillas: ¿Cómo te llamas? ¿Qué años tienes? ¿Dónde vives? Almarcegui se sorprende de las respuestas que dan las niñas a la pregunta de ¿Qué años tienes? Las niñas de aspecto adolescente responden 9, 10, 11 y las mujeres algo mayores contestan: 15, 16 años. «Me doy cuenta que sus rostros no corresponden a la edad que dicen o, al menos, no la edad que tendrían en España. Mientras allí las mujeres tienen más edad de la que aparentan, en Uzbekistán son mayores de lo que parecen. Otra vida, otras cargas, otra expresión» (p. 48).

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Esta escena termina con una foto de Patricia rodeada por estas mujeres y niños al atardecer de Bujara. No, no termina con «esta estampa» ni con el sentimiento autocomplaciente de nuestra Almarcegui, que se describe en este momento feliz por estar «como si fuera una viajera muy antigua y algo romántica, rodeada por ellos». Nuestra viajera hiperconsciente de lo que le sucede cierra el cuadro con estas palabras de Vita Sackville-West: «decidimos ser bien cínicos; decidimos sin cortapisas ser románticos mientras podamos» (p. 49).

Es consciente de su romanticismo y de su «mala conciencia de viajera postcolonial», tal y como ella lo define, al no saber si tiene que darle dinero o no al hombre que le ha llevado en coche desde Osh hasta la capital kirguisa Biskek (300 km).

Transita por Samarcanda, Taskent, Jiva, Fergana, Bujara, parte esencial del imaginario nominal que ha venido poblando sus sueños de juventud, sus lecturas y estudios. Su deseo viajero se proyecta en estos territorios que construyen un relato; una crónica de viaje a la que suma reflexiones extraídas de su diario, poemas y fragmentos de novelas y comentarios de otros escritores. Viajeras y cronistas como las citadas, pero también se sirve de Ruy González de Clavijo, ¿cómo no?, cuando llega a Samarcanda. La calle que conduce al mausoleo del Gran Tamorlán lleva el nombre de este viajero español del siglo XV que Almarcegui ha estudiado como nos demostró en su ensayo El sentido del viaje (Junta de Castilla y León, 2014).

Repara en su condición de mujer como mujer que mira y lo explicita.

La narradora se mueve entre contrastes y viaja a dos velocidades. Una, rauda y liviana, que muestra su periplo por los paisajes rurales y urbanos. Sus descripciones nutren los cinco sentidos del lector con imágenes, sabores, sonidos, olores y texturas. Casi podemos percibir la gama de colores de la seda de Marguilán; casi rozamos su suavidad. Otra, lenta y difícil, con tiempos de espera interminables, hasta que se llena el taxi o el autobús, y con funcionarios entorpecedores que obstaculizan el tránsito.

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Almarcegui nos hace volar, cabalgar por Song Kul, el fin del mundo o el comienzo de un nuevo mundo, donde fuera de todo pronóstico se canta una alegría gaditana. Pero también nos hace caminar mucho, pasar mucho calor y cruzar fronteras con la incertidumbre y los nervios de antaño de si nos dejan o no pasar al otro lado. Sentimos físicamente el viaje y participamos de sus emociones, de sus cambios de ánimo, de su irritación y de su calma.

En este viaje encontramos una narradora en comunión con el territorio. Almarcegui está y quiere estar sola con este paisaje. Una viajera solitaria por Asia Central que constata que sin viaje, no hay vida.

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Viajar para contarnos. Dando vueltas a España. Un Paso de María Angulo Egea

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«NO EXISTE EL PLACER DE VER COSAS NUEVAS SI NO SE TIENE LA ESPERANZA DE PODER HABLAR DE ELLAS CON OTROS.» ASÍ SE PRONUNCIA MARÍA ANGULO EGEA EN LAS PRIMERAS LÍNEAS DE ESTE NUEVO PASO DE ALTAÏR MAGAZINE, PRIMERA PARTE DE UNA SERIE. A TRAVÉS DE ÉL, LA PERIODISTA HACE UN RECORRIDO POR LOS Y LAS CRONISTAS Y ESCRITORES QUE HAN CONTADO, PERIODÍSTICA PERO TAMBIÉN SENTIMENTALMENTE, ESTE PAÍS QUE TANTO CAMBIA DE REGIÓN EN REGIÓN. AQUÍ DEJAMOS UN FRAGMENTO DE ESTE TEXTO DE LECTURA PAUSADA Y DELICIOSA.


[…]

El cambio de mentalidad entre el viajero ilustrado y el romántico dio un giro a la imagen que se tenía de España. Viajar se convirtió para los románticos europeos en una experiencia y lo que repudiaba el ilustrado resultó atractivo para el romántico. Un mundo, el del siglo XIX, que se ponía literalmente en movimiento, y un viaje que pasaba de tener características educativas y culturales, como ha señalado Luís Méndez Rodríguez (2010) en Patrimonio y turismo. Del Cicerone a la profesión de guía turístico (1830-1929), a ser asociado con la diversión y el ocio, con el mundo del turista. «La introducción de los ferrocarriles y de los barcos de vapor transformaron las oportunidades de viajar, de manera más rápida y cómoda. A partir de los años 40 hubo una explosión en el número de viajes hasta convertirse en un hábito social, que transformó el viaje de recreo en una actividad de ocio relativamente nueva».

La Península se pobló de viajeros que encontraban ruinas, castillos, vestigios del pasado, naturaleza ingobernable, tradiciones populares, diversidad y variedad de pueblos. Y lo cierto es que tras la guerra contra Napoleón, España representaba aún mejor esas ruinas y ciudades devastadas. Los extranjeros se sentían atraídos por el exotismo de Oriente y encontraron en España, en concreto en Andalucía, todos los elementos para desarrollar su idea de Oriente al sur de Europa. A lo largo del siglo XIX se sucedieron los viajeros, y la literatura de viajes por España se disparó: Hans Cristian Andersen, George Borrow, Lord Byron, el Vizconde de Chateaubriand, Charles Davillier, Eugene Delacroix, Charles Didier, Alexandre Dumas, Richard Ford, Théophile Gautier, Víctor Hugo, Guillermo de Humboldt, Washington Irving, Alexandre de Laborde, Antoine de Latour, Prosper Merimée, Antoine Fréderic Ozanam, J. Potocki, David Roberts, George Sand, Stendal, Baron de Taylord, Josep Townsend. Las imágenes románticas y lo denominado «pintoresco» pasó a ser atractivo y reclamo para muchos.

Esther Ortas Durand en Viajeros ante el paisaje aragonés (1759-1850) se ha ocupado de reconocer y trabajar muchos de estos «viajes pintorescos» que se originan en el siglo XIX. Denominados así por considerarse paisajes y figuras dignas de ser pintados, retratados. El marbete «pintoresco» era término repetido en numerosos títulos para aludir a las ilustraciones que poseía la obra. «El atractivo fundamental de estos volúmenes reside en su profusión de grabados o litografías, merced a los cuales el público dispone de una reproducción visual de los aspectos paisajísticos, arquitectónicos o curiosos más notables de cada lugar; los»viajes pintorescos»constituyen así un doble vehículo descriptivo, donde la fuerza de la palabra se combina con la rotundidad de una imagen que, en principio y aunque no siempre lo pretende o resulta, se presenta como fiel a la realidad original que representa.» (1999: 312)

En ocasiones estas pinturas nada tenían que ver con el original o eran realizadas como meros bocetos, como es el caso de los dibujos y acuarelas del hispanista inglés Richard Ford para su Manual para viajeros por España y lectores en casa. Pero los dibujos eran tan realistas como las descripciones y narraciones que sirvieron para la construcción y extensión de los tópicos de lo que se supone que es España y los españoles, y que puso en circulación el Romanticismo.

Este manual de Ford tuvo un éxito total en la época y se reimprimió varias veces. Esther Ortas nos habla también del itinerario que emprendió Thomas Roscoe en el otoño de 1835, que le  sirvió al autor para redactar la serie The Tourist in Spain (1835-1838), que cosechó un amplio éxito comercial, una vasta difusión entre el público interesado por nuestro país y un importante prestigio en el plano artístico. «Dicho reconocimiento se debió en gran parte a los espléndidos grabados de David Roberts que aderezaban la obra» (321). Apuntes, bosquejos y dibujos de los enclaves más llamativos de la Península y, en definitiva, en un repertorio de vistas y escenas de nuestro país cuyo éxito convirtió a Roberts en uno de los más destacados, y también plagiados, difusores de la imagen romántica de España.

Esto nos lleva a un asunto crucial ya señalado por Jesús Rubio en El viaje artístico-literario: una modalidad literaria romántica (1992): el viajero romántico, aunque siente una inquietud por conocer de primera mano la realidad para descubrir los restos y las huellas del pasado, en realidad busca conocer ese mundo exterior para conocerse a sí mismo. «Y cuando se dirige al mundo exterior lo hace interesado tanto en su superficie como en su historia, tanto a su estado presente como a la reconstrucción del pasado que lo explica. Busca su alma y su esencia» (24). La historia se construye y reconstruye siguiendo un ideal. Se falseará y tipificará la imagen de España en función de los nuevos patrones románticos y esto, al contrario de lo sucedido anteriormente, servirá para que los extranjeros comiencen a ver a España como reclamo turístico.

Ana Mª Freire en España y la literatura de viajes del siglo XIX habla de Teofilo Gautier como el viajero francés más denostado porque a él se le culpa de la «imagen deformada de nuestro país que, gracias a Voyage en Espagne (1845), tan lleno de color local y de tipismo, tuvieron muchos» (2012: 71). Esta manipulación de la «España real» no fue inocente ni puntual, sino una constante incluso con el desarrollo de la fotografía. Un ejemplo singularísimo lo aporta Jesusa Vega en Viajar a España en la primera mitad del siglo XIX: Una aventura lejos de la civilización (2004): se trata de «la sesión fotográfica que organizó Clifford entre el 10 y el 13 de octubre de 1862 en Granada con motivo del viaje oficial de la reina Isabel II. Contrató a una familia de gitanos y la hizo posar en el Patio de los Leones de la Alhambra. Evidentemente todo esto se hizo con el beneplácito de la reina, ya que el destino era el álbum fotográfico oficial de las jornadas reales. Testigo de los hechos fue Christian Andersen» (101). Los españoles aprendimos a mirar, a querer y valorar España también desde estos tópicos e imágenes pintorescas que nos alimentaban y que nos daban de comer. Aún siguen dándonos de comer en esta tierra dedicada al turismo. Compramos esa imagen de España y de los españoles, y la hemos exprimido y vendido tanto que hasta estamos convencidos de su existencia.

(…)


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El reportaje no ha muerto

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Hace apenas un par de décadas, menos quizás, Le Monde, The New York Times, El País o Sueddeutsche Zeitung llevaban a gala su capacidad de informar y contar el mundo, con corresponsales y enviados especiales en cada zona clave del planeta. Hace ya tiempo que eso no es así.

El reportaje ha sido abandonado en una esquina del periodismo del siglo XXI. Cuenta David Simon, ex periodista y guionista de la aclamada serie The Wire: «Empecé mi carrera como reportero del gran diario de Baltimore, el Sun. Siempre me sentí destinado a ejercer el periodismo y habría continuado este camino si la prensa americana no hubiera caído en una crisis que ha transformado completamente la idea que me había hecho de esta profesión. Como muchos diarios americanos, el Baltimore Sun fue comprado por grandes empresas mediáticas que decidieron reducir los costes de su funcionamiento para mejorar su rentabilidad. De los primeros de quienes se deshicieron fue de los reporteros».

El reportaje está enfrentado frontalmente con el periodismo rápido, la producción automatizada, los contenidos azucarados y de contenido inmediato. Requiere tiempo, conocimiento, paciencia, inversión. Lo dice María Angulo Egea en su Paso publicado en ALTAÏR MAGAZINE esta semana, «Ir allá, de donde no se regresa. Genealogía del viajero».

Turismo slow, también lo llaman, al amparo de una filosofía de la lentitud que trata de sosegar el tiempo del consumo. Y esta opción pausada me remite también al periodismo; al también denominado Slow Journalism, periodismo narrativo o crónica, como el que potenciamos y disfrutamos frente al periodismo urgente, monocromo y acelerado de algunos medios convencionales.

Habla María pero hacemos nuestras sus palabras. El reportaje no debe morir y en ALTAÏR eso es un compromiso con el lector y con el propio periodismo que vamos a llevar hasta el final. Palabra de reporteros.