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NUEVA YORK: HISTORIAS DE DOS (DE TANTAS) CIUDADES

Por Marina Hernández

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Solo algunas de nuestras metrópolis mundiales han recibido el privilegio de convertirse en espejismo y entre todas ellas Nueva York es única: a ninguna se le han atribuido tantos mitos porque ninguna (tal vez, excepto París) ha tenido agencia de comunicación más poderosa: películas, telefilmes, series, canciones, proyecciones, libros, poemas, causas y muestras de arte que retratan la ciudad de Nueva York siempre del lado de los individuos de éxito. En esta imagen pre-diseñada, los ciudadanos notan que falta algo: la ciudad real que experimentan, con todas sus complejidades, día tras día.

La Nueva York de las desigualdades, la de los problemas de la vivienda, la de la frustración, la de los individuos cada vez más alienados: ésta. Hay una versión de la ciudad (mentira: hay cientos de miles de versiones de una ciudad) que no se expone porque es fea. Solo algunos escritores y cineastas han prestado atención al zumbido detrás del espectáculo y han sabido reinterpretarlo en sus obras.

Los poemas de Lorca fueron sangrientos y metálicos: la alegoría de Nueva York como una máquina que fagocita a todo aquel que se atreve a jugar al sueño americano. Por ahí aún se encuentran algunas películas de homeless superdotados pero locos que recogen basura en las calles y la cargan allí donde van, como si los sin techo fueran una raza aparte y no nuestros hermanos, primos o colegas de la infancia.

Toda ciudad es una reinterpretación de lo que sus ciudadanos y visitantes dicen de ella. John Freeman, compilador de esta antología de historias de la Nueva York de los barrios (olvídese el lector de verse transportado a Wall Street, Central Park, Times Square, que hace tiempo dejaron de ser lugares para convertirse en entes con vida propia), sabe buscar debajo del maquillaje y le encarga testimonios a una red de escritores diversos que comparten solo una cosa: el sentimiento de contradicción perenne con el espacio que habitan. Nueva York es lo contrario de la ciudad indiferente.

Nueva York: Historias de dos ciudades trata sobre lo que nunca se dice cuando hablamos de espejismos: que Nueva York es la ciudad más desigual de los Estados Unidos y que la paradoja se hace evidente cuando se habla de cifras: en el Bronx, uno de los barrios más pobres y conflictivos (estos adjetivos también nos los han enseñado las agencias de comunicación de la ciudad) es donde mayor porcentaje de los ingresos per cápita utilizan sus habitantes para pagar el alquiler. La clase media desaparece a pasos agigantados y la ciudad muta a gran velocidad: los pobres buscan nuevos barrios que ocupar y los ocupan, pero no da tiempo a que se formen comunidades como se formaban antaño. El destino de la ciudad contemporánea es hacia el aislamiento y la soledad: hablamos de los acorazados de veinte pisos donde los ricos viven sin ver a los inmigrantes vestidos de chaqué que les abren la puerta cada tarde, pero también de la sensación generalizada de que los edificios se han convertido en sistemas de aislamiento donde cada cuál se ocupa de sus asuntos y de nada más, de descubrir, como descubre Hannah Tinto, que su vecino recién fallecido guarda kilos de dinamita en el apartamento de abajo. Conviene preguntarnos si eso buscábamos los seres humanos creando megaciudades como ésta: hacinarnos a la vez que nos aislamos cada vez más de aquellos con quienes compartimos edificio, barrio o paisaje. 

La historia de las dos ciudades que dice ser Nueva York es la historia, en resumen, de la riqueza y la pobreza. La ligereza de una contrasta con la densidad de la otra y ambas no pueden coexistir, sino resbalarse una sobre la otra, como el aceite y el agua.

Pero no nos engañemos: es que Nueva York no es un paisaje. Eso sería reducirla. Claro que hay ciudades que aparentan serlo (ciudades tranquilas donde todo es tan ordenado que parece un patrón), pero ella no es de ese tipo, sino que se asemeja más a un súper cuerpo donde no solo hay cerebro y corazón (lo que nos ha mostrado la cultura popular de la ciudad: inteligencia y pasiones, Woody Allen y Sexo en Nueva York) sino intestinos, apéndices y órganos olvidados que nadie cuida ni de los que nadie se preocupa. Y puede que la ciudad también tenga un laberinto inconsciente. Colum McCann lo ha encontrado en las alcantarillas: «la ciudad subterránea que se esconde para el ciudadano que ni siquiera imagina que bajo sus pies existe ese Nueva York subordinado a la oscuridad». Incluso hasta aquí llega el espejismo: la vida en los túneles como un estado de exotismo local. Otro mito.

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La historia de las dos ciudades que dice ser Nueva York es la historia, en resumen, de la riqueza y la pobreza. La ligereza de una contrasta con la densidad de la otra y ambas no pueden coexistir, sino resbalarse una sobre la otra, como el aceite y el agua. Garnette Cadogan relata su historia, la de un inmigrante caribeño que decide integrarse en la ciudad caminándola y hablando con sus habitantes, y se da cuenta en sus paseos de que la renta hace que incluso los barrios vecinos parezcan sacados de mundos radicalmente distintos. «Andar de uno a otro es ser testigo de un paisaje asimétrico», explica. Pasea la ciudad de sur a norte, atravesando el Upper East Side («un barrio equipado con todos los recursos para alcanzar el éxito mundial») hasta llegar a Hunts Points, un barrio industrial y castigado, donde «casi nadie anda por el barrio por el simple placer de andar». De este modo la ciudad va mostrándole su propia gramática al inmigrante, le va enseñando su idioma y él comienza a hablarlo, también con sus silencios: «me recordarían que yo solo podía habitar esas calles hasta cierto punto».

Los textos de esta antología se acercan: por fin la frontera entre realidad y ficción deja de tener interés porque la verdad tiene muchas formas de ser contada.

La historia de Cadogan es solo uno de los treinta y tres puentes a la ciudad real que nos presenta este libro, donde prolifera, para variar, la mirada de los que nunca cuentan la historia: de los que han carecido de voz oficial en los diarios si no es para hablar de cifras de pobreza, inmigración y violencia: las víctimas. Si la ciudad es una bestia, su alimento son estos ciudadanos que lo dan todo y a cambio no reciben nada, si acaso unos dólares y dosis de frustración constantes porque la ciudad va más rápido, siempre exige más, y los deja extenuados. Estos protagonistas mudos son los mantenedores de la perfección superficial que también dice ser Nueva York: niños educados por madres dominicanas de alquiler, jardines moldeados, escaleras intachables, pomos dorados brillando como si ni una sola mano sin guantes se hubiera posado sobre ellos. Esa Nueva York también existe, pero solo se accede a ella con invitación, como a una fiesta.

Contar una ciudad no es fácil porque existen tantas versiones de ella como de bocas que la explican. No sé si hay un género posmoderno (¿qué es posmoderno?) o una forma de contar la realidad que nos pertenezca solo a los que vivimos este presente, pero sin duda los textos de esta antología se acercan: por fin la frontera entre realidad y ficción deja de tener interés porque la verdad tiene muchas formas de ser contada. El cuento, la crónica, el poema, el testimonio como confesión de lo puertas hacia adentro, la noticia, el reportaje, e incluso el tweet (un neologismo: tres líneas que se esfuerzan en contarlo todo) se desligan de su forma para servir, en última instancia, a la construcción abstracta de la ciudad habitada.

Entre todas esas versiones, incluso yo tengo la mía: la ciudad lejana que nunca voy a conocer porque con el espejismo me basta. Su cultura popular es tan amplia que nutre de sobra mi curiosidad y también, de algún modo, alienta mis ganas de ir a lugares donde las imágenes son menos pesadas y tangibles. Por eso, si tengo que estar de acuerdo con alguno de los autores de Nueva York: Historia de dos ciudades, es con Tim Freeman, hermano del editor de este volumen y habitante de los verdaderos templos de Nueva York: los albergues para sin techo. Dice: «Creo que la ciudad que siempre me atrajo fue la Nueva York inalcanzable». Ni siquiera él, nos relata, quería terminar en la calle, pero así fue como ocurrió. Tal vez eso es Nueva York más que ninguna otra cosa: una gran metrópoli que nos arrastra, una gran ola, una bestia: una máquina. Y nosotros, su alimento.

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Lieve Joris en El Cairo, por Marina Hernández

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En nuestro 360º «A bordo del género», Marina Hernández comenta A room in Cairo, un texto aún no traducido al español de la escritora belga Lieve Joris, donde relata su experiencia personal en la capital egipcia, una etapa de su vida de un profundo vacío existencial. Afectada de un desarraigo crónico, lejos ya de un pueblo natal irrecuperable, viaja para descubrir en los lugares imaginados una identidad propia. Aquí dejamos un adelanto.


El oficio de contar el mundo no es para todos. Para atreverse a devenir el canal a través del que otros escriben la historia no oficial del mundo hace falta algo. No es un abultado bolsillo ni un gadget tecnológico. Sí es curiosidad, sí es pasión, pero a todo esto le falta una especia que no todos poseemos. Parece ínfima, pero marca la diferencia. Es lo que hace que unos comprendan y otros no, la superestructura del detalle.

Esa falla existencial se encuentra en la piel y en los zapatos y se llama incomodidad.

Lieve Joris, osada escritora en el ámbito del periodismo literario —sus obras de no ficción han sido reconocidas con premios literarios en Francia, Holanda y Bélgica— ha escrito en A room in Cairo una carta para sí misma en la que nos muestra esa piel incorrecta que le ha llevado alrededor del mundo en busca de su lugar de pertenencia. En esta recapitulación del self encontramos por primera vez en su obra que el motivo de la escritura no es otra cosa que el nombre propio: por fin, persona y personaje se desdoblan y el viaje interior se nos muestra como tapiz de los hechos y encuentros que han marcado cada decisión tomada. Después de haber cedido su voz a cientos de personas para construir países enteros en palabras, Joris emprende un viaje expiatorio a través de sus recuerdos para entender los acontecimientos que han hecho de ella una de las mejores reporteras y escritoras de no ficción de la actualidad. Una escritora cuyo trabajo se amerita por sí mismo, sin necesidad de aditivos.

Su trabajo literario ha sido desarrollado en diversos países de África, Oriente Medio y recientemente en China. Es probable que Lieve no quiera ser una experta en el mundo árabe (ella misma dice: «Yo no iba a ser una experta en Oriente Medio. El lenguaje duro de los boletines de noticias no era el mío») pero lo que sí es seguro es que se recibió con matrícula en contar las historias de todos aquellos que se sintieron alguna vez fuera de su lugar, sin importar si ese lugar es un país, una región o una metáfora para nombrar el ostracismo. En A room in Cairo (Ámsterdam, 1991) Lieve reconoce en cada marca de su cuerpo las trazas de su periplo vital, intelectual y casi siempre siguiendo el rastro que dejaron sus sueños de infancia.

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En su libro experimental Agua Viva, la escritora brasilera Clarice Lispector escribe: «¿Mi tema es el instante?, mi tema de vida». Esta es la pregunta muda aunque evidente a través de la que Lieve Joris deshilvana, nudo por nudo, los principales fracasos y crisis de su trayectoria como mujer, estudiante, escritora, aventurera: persona. Las imágenes de infancia, los sueños postadolescentes, las primeras decepciones y tropiezos se convierten en los hitos de los que extrae su paradoja y su enseñanza. Sólo al final del relato se adivinan por fin todos los intentos de hacernos conocer el nombre de esa incomodidad secreta: el desarraigo. Uno tan enorme que en él se puede habitar.

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Los impasibles. Un paso de Marina Hernández

Menonitas

VIAJERA, FOTÓGRAFA Y, SOBRE TODO, CRONISTA, MARINA HERNÁNDEZ NARRA EN PRIMERA PERSONA Y SIN FILTROS SU ENCUENTRO CON UN GRUPO DE MENONITAS EN EL MUNICIPIO DE AGUAS CALIENTES, EN BOLIVIA. EN UN DELICIOSO PASO QUE NOS TRAE A ALTAÏR MAGAZINE, MARINA NOS CUENTA SUS INTENTOS POR RELACIONARSE CON ELLOS, SU HISTORIA EN EUROPA Y LUEGO EN BOLIVIA, Y LO QUE PIENSAN SUS VECINOS DE ESTA SINGULAR COMUNIDAD RELIGIOSA QUE, COMO LA PROPIA AUTORA DICE, ANDAN CON LA ROPA MOJADA, PUESTO QUE SE BAÑAN VESTIDOS EN EL RÍO. AQUÍ DEJAMOS EL COMIENZO DE UN ARTÍCULO APASIONANTE:


Cuando he abierto los ojos esta mañana he encontrado a un grupo de personas mirándome fijamente. Impasibles. No he podido ni levantarme del suelo donde estaba durmiendo. La rigidez de sus expresiones me ha asustado: creí que pasaba algo grave, pero alrededor todo parecía normal. Ningún alboroto. Aún siguen mirándome y no sé cómo reaccionar. ¿Les saludo? Les saludo. Ni una sonrisa o gesto de haber comprendido. Duros. Me fijo en que todos ellos parecen sospechosamente iguales. Tienen la piel rosada y las orejas grandes. Me observan y yo a ellos. Más allá, las mujeres que se afanan con el desayuno, también me miran. ¿Quiénes son? Y, ¿quién soy yo para ellos? A juzgar por su curiosidad ilimitada, un elemento extraño. Me levanto y paso junto a ellos. Siguen mis pasos con la mirada, en silencio absoluto. Empiezo a pensar que durante la noche me he hundido en un agujero cuántico. Parecen amish pero el río de agua hirviendo y los tucanes recién amanecidos me indican que estoy en el pequeño municipio de Aguas Calientes, en la provincia de Roboré, Santa Cruz, Bolivia, y no en una granja de Ohio. Le pregunto a la chica que recoge las hojas caídas de los árboles:

– Oye, y todos estos, ¿quiénes son?

– Los menonos.

La sorpresa de encontrarme en un campamento menonita se va reemplazando por una curiosidad extrema. Quiero sentarme a hablar con ellos pero sé que algo así es impensable. Muchos ni siquiera hablan español, sino un alemán que se ha mantenido puro desde la fundación de sus colonias; la lengua que los grupos menonitas que huyeron de sus tierras en el antiguo Sacro Imperio Romano Germánico llevaron consigo a todas partes. Su extremo aislamiento para con el resto de las comunidades con las que conviven, junto al rechazo a la tecnología y el bautismo adulto, forma parte de los pilares iniciales de las comunidades menonitas. Son cristianos y —me dice Mati más tarde, cuando cruzo el río y me establezco en la orilla opuesta a modo de observatorio— quieren vivir del modo en que se vivía en tiempos de Jesús. Sin embargo, yo encuentro que sus ropas, todas iguales, se asemejan más a las vestimentas de la Europa rural del siglo XVI, cuando abandonaron sus tierras y emigraron a Ucrania. Vestidos largos, por debajo de la rodilla, faldas plisadas o lisas, colores uniformados: grises, azules oscuros, malvas, con estampados de flores, muy tenues. Algunas mujeres se cubren el cabello con un pañuelo. Los hombres visten pantalón negro, a veces peto o sujeto con tirantes, camisas a cuadros y gorra negra. Un ejército. Intento quitarme de la cabeza la idea de que son una extraña secta, no quiero juzgarlos sin conocerlos en absoluto. Pero no puedo.

Un grupo de hombres que pasa junto a mí carga algo que de primeras me parece insólito: cada uno lleva una sandwichera bajo el brazo. Después entiendo que también han traído consigo una cocina completa, dos docenas de sillas de plástico, baldes, vajilla y ollas de sobra para alimentarlos a todos. El carromato tirado por un tractor que está aparcado en uno de los extremos del camping les pertenece: con él han recorrido los casi 350 kilómetros que separan la comunidad de Tres Cruces —donde viven— de Roboré y Aguas Calientes. Allí se dedican al cultivo de la tierra y al ganado, principalmente a los productos lácteos y el grano. El fin de las cosechas marca el comienzo de las vacaciones. Entonces enfilan la carretera y conducen hasta la selva para pasar unos días adentro de los pozos termales del río Aguas Calientes. Mujeres y hombres por separado: ni siquiera se mezclan durante el desayuno. Los sándwiches humean y son los hombres los custodios, mientras las mujeres preparan los huevos y las bebidas. Un gallo y dos gallinas corretean por el pasto: un despertador y dos proveedoras de huevos matutinos. El silencio es el protagonista principal de la velada, opacado a veces por el ruido de platos y vasos chocándose. Tres o cuatro intentos de conversar con los menonitas les obliga por fin a indicarme en un español con marcado acento alemán:

– No hablamos español. Dutch.– y los señala a todos con ademán abarcador con el resto y exclusivo conmigo.

En el año 1537, el sacerdote católico Menno Simons, originario de la zona de Frisia, Holanda, se unió a los anabaptistas, una corriente del protestantismo que niega la validez del bautismo infantil y sostiene la necesidad de un segundo bautismo a partir de una experiencia religiosa adulta. Como líder y gracias a sus escritos pro-pacíficos, Menno Simons consiguió muchos adeptos en Holanda, que fueron llamados «menonitas». Más tarde tomarían ese nombre otras comunidades en Suiza, Francia y Alemania compartiendo el rechazo a adoptar la religión del gobernante en turno. Los menonitas se constituyeron como una comunidad de creyentes libres y contrarios a la máxima «Cuius regio, eius religio», que significa literalmente «a tal rey, tal religión».

Algunos de estos grupos emigraron, empujados por las fuertes represiones y las ejecuciones en sus tierras, a Ucrania, que por entonces pertenecía al Imperio Ruso, donde la emperatriz Catalina la Grande los eximió de prestar servicio militar y les permitió tener escuelas sólo para ellos. Cuando estos privilegios fueron abolidos en 1870, partieron hacia Canadá y los Estados Unidos, donde ya existían otros grupos amish desde hacía dos siglos. La primera comunidad sudamericana se fundó en Argentina en 1877, pero sus miembros acabaron fundiéndose con otras iglesias luteranas de la época. Entre este año y 1945 se sucedieron varias olas migratorias, que se establecieron en Paraguay, México, Uruguay, Belice y Brasil. La primera oleada de menonitas en Bolivia se registró en 1954 cuando once familias de la colonia Fernheim y una familia de la Colonia Menno, ambas del Paraguay, se asentaron en las cercanías de la próspera ciudad de Santa Cruz.

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