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CRÓNICAS DE EL HAMBRE, DE MARTÍN CAPARRÓS

Por Esteban Ordóñez

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El Hambre arranca dejando claro que si podemos seguir viviendo con la conciencia tranquila ante la miseria de millones de personas es por indiferencia voluntaria o por ignorancia. Una cita marca el camino. La producción agrícola mundial de hoy podría alimentar casi al doble de la población que vive sobre la tierra: «No es una fatalidad. Un chico que se muere es un chico asesinado». Lo dijo Jean Ziegler, de las Naciones Unidas. Martín Caparrós empieza lanzando preguntas y quemando esos conceptos que solemos usar para disimular nuestra parte en la tragedia global.

El objetivo del autor, un objetivo fracasado de antemano, como reconoce en las primeras páginas, es desvelar las perversiones del sistema que posibilitan la existencia de decenas de miles de fallecimientos diarios vinculados a la falta de comida. Caparrós busca una revelación teórica y emocional, intenta que la pobreza cale en el lector. Escribe para resucitar en nosotros una empatía embotada por tantas imágenes y campañas que dan lugar a una idea del hambre manejable a través de apadrinamiento o lagrimitas ante el televisor, un hambre casi irreal, lejana, que nos permite, además, concedernos dosis de bondad y comprar muy barata la sensación de solidaridad.

Un reto casi inasumible para el que hacen falta 700 páginas soberbias, y ni aun así. La batalla contra el hambre es, también, una batalla contra la abstracción léxica. Porque la solución está en nosotros, en los ricos del mundo, y nuestra conciencia se prende a través de las palabras.«Los términos técnicos suelen tener una ventaja: no producen efectos emotivos.» Se refiere a expresiones que hacen muertos porque ralentizan el ritmo de la cooperación, expresiones como «seguridad alimentaria»: un ejemplo de ese idioma tramposo que Martín Caparrós denomina burocratés.

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El libro no se encajona en ningún género: es crónica y ensayo y poesía. Prueba diferentes vehículos expresivos para propagarse por todos los niveles de la percepción y de la comprensión. El Hambre pugna por ser una experiencia completa. Por un lado, la meta es que vivamos la miseria y, por otro, que detectemos con nitidez nuestra parte de responsabilidad en esa miseria. Colaboramos con la pobreza, por ejemplo, al gastar euros en cosas inútiles —«la conquista del derecho a lo inútil, lo contrario al hambre»— o al comer sin medida —«una persona que come carne se apropia de recursos que, repartidos, alcanzarían para cinco o diez personas»—. Y todo se articula por medio de la pulsación rítmica habitual del autor: su trabajo del silencio, de los párrafos ínfimos, su dominio de la tosquedad y de los brotes de dulzura imprevisibles.

Escribe para resucitar en nosotros una empatía embotada por tantas imágenes y campañas que dan lugar a una idea del hambre manejable a través de apadrinamiento o lagrimitas ante el televisor, un hambre casi irreal

El volumen se arma con decenas de entrevistas sobre el terreno, de casos de hambrientos y malnutridos. Caparrós transcribe diálogos que evidencian que la pobreza no es sólo un agujero en el estómago, sino la ausencia de expectativas, el desconocimiento absoluto del concepto «expectativa».

—¿Cuál es tu plato favorito, el que más te gusta comer?
—La bola de mijo.
—¿Sí?¿Es mejor que el pollo?
—¿Pollo? Pollo no puedo comer nunca. ¿Para qué quiero que me guste?

Los relatos dan muchas excusas para caer en la irracionalidad o en la facilidad de un dogma ideológico. En la exaltación, en el condenarlo todo. Sin embargo, el autor consigue sortear los prejuicios —tanto los condenatorios como los benevolentes— acerca de la gente pobre: expone la cerrazón de las sociedades, el machismo, la ignorancia y la violencia sin perdonar un gramo de crudeza y, por supuesto, sin dejar de explicar por qué sucede todo esto. Tampoco se pliega al primitivismo de quienes repudian y demonizan el progreso técnico. Deja claro que, en el fondo, todo es cosa de codicia y no de falta de recursos.

«Seguridad alimentaria» es un ejemplo de ese idioma tramposo que Martín Caparrós denomina burocratés

No sólo sufren malnutrición los niños de África o la India que mueven su barriga hinchada como una bola, también hay carencias nutricionales en el Primer Mundo. El periodista viaja a EE.UU. Allí los desheredados son obsesos, adictos a la comida basura porque es más barata. En ese rodeo por la nación más rica del mundo, acude a la Bolsa de Chicago para detallar cómo los tratantes de acciones, futuros y derivados del mercado bursátil matan de hambre, desde lejos y —algunos— sin saberlo, a centenas de miles de seres humanos.

Martín Caparrós no vende el libro desde un atrincheramiento en la pureza, él no se excluye del sistema; se inculpa. Se cuestiona a sí mismo continuamente en un ejercicio ya clásico en el periodismo narrativo, aunque no consigue sacudirse del todo ciertos asomos de superioridad moral.

El Hambre trabaja en la retaguardia, a la espalda de las grandes catástrofes; busca la tragedia diaria. La mayoría de muertes por esta lacra no suceden a causa de hambrunas, sino del hambre perpetuada. Las hambrunas sí mueven la solidaridad de Occidente, pero «en la sociedad del espectáculo, la malnutrición no tiene cómo ponerse en escena». Eso intenta Caparrós, ponernos ante las narices la película interminable del hambre.

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La misión

Por Ana Belén Herrera

 

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Dice Martín Caparrós sobre Esteban Echeverría que fue el primer cronista argentino y el primer antiperonista, antes de que Perón existiera y antes, casi, de que existiera la misma Argentina. En Echeverría (Anagrama, 2016) el periodista porteño retrocede un par de siglos en la historia para calzarse la personalidad del poeta que se autoadjundicó la misión de sentar las bases de la tradición literaria de su país. De paso, reflexiona sobre el origen de la identidad argentina y el uso de la literatura como arma política.

Echeverría lo tenía: siempre pendiente, siempre algún combate. Fundar una literatura, por ejemplo, o un país o, por lo menos, el hueco de su ausencia.

En la actualidad, Echeverría es conocido por ser el autor de una obra de lectura obligada en los colegios argentinos, El matadero, y por dar nombre a una calle de Buenos Aires donde, por cierto, vivió Caparrós. Poco más. Se le considera un personaje extravagante (querer crear la literatura de un país), del que nos ha llegado el retrato de un hombre de apariencia remilgada y barba un poco ridícula. Barba, por otro lado, que llevaba como símbolo de su posición política.

320px-EstebanEcheverriaEl bigote fue el primer estandarte federal (…). Nunca fue tan elocuente, tan gritón, tan potente prepotente un bigote. La manera de decir yo soy de ésos; para ellos, los de la barba en U, la manera de decir que yo no soy.

Echeverría era un niño cuando las provincias argentinas se independizaron de España. El Partido Unitario, defensor de un gobierno centralizado en Buenos Aires, y el Partido Federal, que luchaba por mantener la autonomía de las provincias, andaban a la greña por el gobierno de la joven nación. En tiempos de Echeverría gobernaba el federal Juan Manuel de Rosas, precedente feroz del estilo de gobierno de Perón, que mejoró las condiciones de vida del pueblo a cambio de un poder ilimitado que acabó en tiranía. Mientras, los indígenas que habían dejado vivos los españoles morían a manos de argentinos que limpiaban de obstáculos sus nuevas tierras.

Le costaba mucho soportar que el gobierno de don Juan Manuel obligara a todo el mundo a practicar la santa religión, (…) a llevar la divisa punzó (…), que obligara a todos a encabezar sus cartas privadas con un Viva la Santa Federación Mueran los Salvajes Unitarios.

Caparrós recrea una Buenos Aires sucia, envuelta en barro y conspiraciones, a la que un joven poeta Echeverría vuelve después de unos años de formación en París. Tanto sus modales como sus trajes a la moda europea desentonan con la mugre de su alrededor. En su mente se va perfilando un objetivo, el de crear una literatura en un país sin literatura propia. ¿Y cómo se hace eso?, nos lanza la pregunta Caparrós. En un contrasentido lógico, Echeverría toma como arranque de esa literatura propia una literatura ajena: el romanticismo europeo. Siguiendo este movimiento publica sus primeros poemas. Su nombre comienza a ser conocido y le piden que use su escritura para ensalzar al gobernador Rosas. Echeverría se niega, sus amigos le recriminan. Echevarría nunca cederá. Su postura contra el régimen le acabará costando el exilio.

Ellos (sus amigos) no están contra Rosas ni con Rosas. Que ésas son disyuntivas antiguas (…) que les importa hacer un país grande y moderno, que no tenga nada que envidiar a ninguno del mundo.

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En El matadero, Echeverría compara el gobierno de Rosas con la matanza de animales en un matadero. Esta obra destaca, además de por su contenido político, por la descripción del ambiente popular y del habla porteño, algo innovador en su época.  El autor siempre subestimó la calidad literaria de este relato y no fue publicado hasta veinte años después de su muerte. Sin embargo, es el único de sus textos que sigue vigente en nuestros días. El rechazo del escritor por esta narración da pie a Caparrós a discurrir sobre el binomio creador-creación, y la visión no necesariamente objetiva, ni afectuosa, de un artista por su obra.

Piensa en el matadero: ese mundo que conoce tan bien (…): los gritos, los olores, los gestos sin espejo. Piensa si ese mundo no es una especie de resumen del país que no quiere: un teatro de la tragicomedia patria.

A lo largo de Echeverría, la voz de Martín Caparrós se siente vigorosa, ligeramente poética, en las distintas capas que componen el relato. Por un lado, se siente su voz en el poeta Echeverría, personaje solitario que más que habla piensa: sobre su actos, sus querencias, sobre la situación que le rodea. Por otro lado, está la voz narradora de Caparrós, que guía al protagonista por los espacios que ocupó el Echeverría real, y por los que no ocupó, porque no hay que olvidar que el Echeverría de Caparrós no deja de ser una invención del propio Caparrós. Por último, está el Caparrós que habla en su propio nombre en acotaciones, que detiene la acción para explicar a los lectores algunos detalles de la construcción de la historia, o para interpretar los hechos que está narrando, haciendo de cronista de su propia creación.

Aquella patria era violentamente nueva: no tenía treinta años. Digamos: para un lector contemporáneo, el gol de Maradona a los ingleses o el surgimiento de internet no son más viejos que la Argentina para Echeverría.

Argentina acabó siendo una República Federal con un gobierno centralizado en Buenos Aires, en una fusión de las propuestas de federales y unitarios. La figura de Echeverría se fue perdiendo en la memoria colectiva conforme sus poemas se oxidaban, a excepción de El matadero. El rechazo a los españoles ha mutado en una sarta de chistes sobre gallegos tontos. Y los indígenas siguen llevando una mísera existencia. Todo nos lo cuenta Caparrós, en una crónica del ayer que le sirve para explicarse como argentino. Si para Caparrós Echeverría fue el primer cronista argentino, para mí Caparrós es el cronista cuántico, ya que toma una historia individual, la pasa por los hilos del espacio-tiempo, la pule con el dominio de la palabra, y de ello surge un pedazo puro de compleja realidad como es Echeverría.

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Las postales de Martín Caparrós

«Postales» es la nueva serie de artículos de Martín Caparrós en Altaïr Magazine. Un viaje, una imagen, un concepto para escribir con libertad y hacer periodismo que reflexiona contra el público, con honestidad y hondura. Y comienza con un texto, «El Asco», acompañado por una foto tomada en Sri Lanka. Una foto que es un puñetazo seco directamente en el estómago.


Dice Martín Caparrós que es un fotógrafo frustado, en la conversación que tuvo con nosotros hace poco en la librería Altaïr. Lo cuenta con humor, dice eso de que para cuando él tiene que empezar a escribir una crónica, el fotógrafo ya ha terminado su trabajo. Que él siempre habría querido dedicarse, al menos en parte, a la fotografía.

Quizás Caparrós no lo sepa, pero ya se dedica en parte a la fotografía. No es la primera vez que las imágenes que ve y retrata con su cámara son el eje de sus artículos para Altaïr Magazine, no es la primera vez que las palabras que escribe están indisolublemente ligadas a sus fotos. La frustración es difícil de medir, pero Martín Caparrós es, también, fotógrafo. Aunque sea en menor medida.

En esta nueva serie, «Postales», Caparrós hace un ejercicio de «behind the curtains», una suerte de texto que hace referencia a otro texto, un retrato de los bastidores, la tramoya, los cables y los hilos que están detrás de algún artículo anterior. Estuve allí, conté una historia… pero hice esta foto que habla de la historia que se esconde detrás de aquella que conté. Y en esta primera postal, «El asco», no duda en colocarse en el ojo del huracán, en hacer un ejercicio complejo y doloroso de confesión, de duda. De visceralidad de cronista, en suma.

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Tal vez lo que suceda es que Martín Caparrós ha decidido enviarse esas postales a sí mismo para intentar contar cosas que son casi imposibles de decir en voz alta.

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Las Voces y los Pasos de 2015

Se nos acaba el año 2015 y es buen momento para echar un vistazo a todas las Voces y los Pasos que hemos publicado en estos doce meses para saber cuáles han sido los textos de Altaïr Magazine que más han leído nuestros lectores. ¡Allá vamos!


 

VOCES

 Di por casualidad con Monzo en una isla cerca de Bodo, una pequeña aldea en el este de Nigeria, porque vi las redes desde nuestra barca. Junto a él, dos chicos jóvenes reparaban unas largas redes blancas que colgaban de los árboles y que parecían telarañas gigantes. Detrás de ellos, otro hombre —Baribo Saathi, sabríamos después, también cincuentón como Monzo—, remendaba otra red mientras escuchaba un pequeño transistor. Paramos el motor de la embarcación y giramos hacia la orilla. El aire olía a gasolina. La punta de la barca se clavó en la arena como una cuchara en una mousse de chocolate. La tierra er a una pasta de color negro que se pegaba a la piel y picaba. Cuando Monzo vio mis esfuerzos para sacarme ese veneno de entre los dedos de los pies desnudos, me regaló un consejo.
—Te acostumbras, después de los años la piel se endurece y te deja de molestar.
«Maldita buena suerte», Xavier Aldekoa

Caparrós---Los-viajes-del-hambre---Biraul-(baja)Me decían que acá el hambre era distinto. Es distinto porque a veces no mata. En la India, el hambre no suele ser agudo: millones de personas llevan muchas generaciones acostumbrándose a no comer lo suficiente, desarrollando, a lo largo de generaciones, la habilidad de sobrevivir comiendo casi nada, demostrando las virtudes adaptativas de la especie. Los humanos sobrevivieron, conquistaron la tierra porque saben adaptarse a tantas cosas: aquí se adaptaron a casi no comer y, por eso, millones son bajos, flacos, módicos, cuerpos que saben subsistir con poco.

«Los viajes del hambre: Biraul», Martín Caparrós


Entroido1Si el Entroido —carnaval— de Galicia (España) tiene un epicentro, éste está sin duda en la plaza de La Picota del pueblo de Laza, en las faldas del macizo central orensano. Esta población de apenas 700 habitantes forma, junto con Verín y Xinzo da Limia, el llamado «triángulo mágico del carnaval gallego».

Galicia es tierra de símbolos y esta es la fiesta pagana que inaugura el año y despierta a la naturaleza. O Entroido da la bienvenida a la primavera desde el medievo, burlándose de forma grotesca de todas las normas establecidas: las del decoro, la justicia o la política. Todas ellas son blanco fácil en muchos pueblos gallegos durante los días de Entroido.

«El carnaval más salvaje», Víctor Barro


PASOS

Marruecos1Agadir no cuenta con una parte antigua, el terremoto la destruyó. Sin embargo, su zoco es todo lo oriental que un viajero documentado puede desear. A pesar de ello, hay algo diferente. Otros volúmenes. Montones afilados de frutos pequeños. Pirámides rojas que sobresalen por el skyline de los puestos de frutas y verduras. La retina es atraída irremediablemente hacia ellos. El sol de la tarde atraviesa los huecos del techo y cae desafiándolos y apuntando hacia las cumbres incendiadas. Fresas descomunales y exageradas. Me invitan a probarlas, pero me producen cierto temor. Prefiero un zumo de los frutos naranjas. Mientras los exprimen con fruición, me doy cuenta de su tamaño: enorme. Entre los puestos, caminan algunos vendedores que ofrecen cajetillas de frutos rojos, grosellas, moras: de nuevo generosísimos. No los había visto antes en otro mercado. Como si sospechara de algo, lo recorro de nuevo rápidamente. Todo es muy grande, como si se hubiera hinchado, es más, como si se hubiera «anabolizado».

«Esto no es Marruecos», Patricia Almarcegui


CAbecera-Así-nace-viajeroQuienes viajan se definen por su profesión, por la intención con la que parten, la época, sus cualidades o el resultado de su transitar. Viajeros fueron los primeros hombres que salieron de África y cruzaron el estrecho de Bering, Darwin a bordo del Beagle y los que caminaron en la luna. Hay viajeros psicotrópicos, imaginarios, espirituales, oníricos e interiores. Viajero es el peregrino, el marinero, el pirata e incluso el muerto que va «al más allá». O puede ser un héroe como Don Quijote o Ulises: protagonistas de travesías épicas, gestas de caballería, aventuras en alta mar o en los confines del mundo. Viajero es el peregrino que visita lugares sagrados, el misionero y el creyente que viaja para expiar sus pecados. Y hay peregrinos laicos: aquellos que recorren los pasos de un artista o figura histórica y sus escenarios —a Kafka lo buscamos en Praga, a Joyce en Dublín y a García Márquez en Aracataca. Pessoa es un espíritu que todavía se sienta en el café A Brasileira en Lisboa—.

«Nace un viajero», Juliana González Rivera


Paso-Carrión-Burton-Holmes-bajaUno de los primeros en explorar esa hibridación entre la figura del viajero y la del cuentacuentos fue Edward L. Wilson, autor de Wilson’s Lantern Journeys y editor de Philadelphia Photographer, quien empezó uno de sus shows con las siguientes palabras: «Podremos viajar por arte de magia desde Havre hasta París». Durante sus desplazamientos, el viajero persigue escenografías desconocidas, nuevos trucos, sorpresas inesperadas; en escena, todo lo ensayado en la inquietud se convierte en un espectáculo de magia. A finales del siglo XIX, el gran mago de las conferencias de viaje era John L. Stoddard, quien —gracias al mérito de haber creado un público masivo— recorría incansablemente América del Norte con sus monólogos ilustrados por instantáneas de los cinco continentes. La necesidad de archivo que su éxito reclamaba se expresó en la publicación de sus conferencias en formato libro; pero no hay duda de que el valor no estaba en la letra escrita, sino en la hablada. En la actuación. Así lo entendió un niño de nueve años, que quería ser mago y entretenía a su familia con trucos de cartas, cuando su abuela lo llevó a ver una conferencia de Stoddard. El niño se llamaba Burton Holmes e iba a ser el mayor travel lecturer de la historia.

«Burton Holmes», Jorge Carrión


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Los libros de la Redacción: Diciembre 2015

Desde la Redacción de Altaïr Magazine, ofrecemos periódicamente una selección de las novedades más interesantes que llegan a la Librería Altaïr.


El árbol

El árbol, un ensayo sobre la naturaleza, John Fowles. Impedimenta

La conexión entre naturaleza salvaje y creación humana es el tema central de esta obra, uno de los pocos ensayos que publicó el novelista John Fowles, autor de La mujer del teniente francés y El mago. Fowles recurre a su infancia en un pequeño pueblo inglés para mostrar la oposición entre la naturaleza modificada para fines de explotación y el mundo natural puro que es fuente de inspiración y genio creativo.

 

ZorbaZorba el griego. Vida y andanzas de Alexis Zorba, Nikos Kazantzakis. Acantilado

Anthony Quinn le puso cara en 1964, pero Alexis Zorba ya andaba dando vueltas por la mente de millones de lectores desde que Nikos Kazantzakis le diera vida entre 1941 y 1943. Zorba el griego es la personificación de la vitalidad y el gozo de vivir, un personaje de costumbres primitivas que ejerce gran influencia sobre todo aquel que se le acerca y reivindica la trascendencia de elementos primordiales como la comida, el mar, el fuego o el tacto de una piel suave.

 © www.megustaleer.com
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La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexiévich. Debate

La ganadora del Nobel de literatura 2015 reconstruye la vida del millón de mujeres que combatieron en el ejército soviético durante la segunda guerra mundial. Mujeres que fueron francotiradoras, condujeron tanques o trabajaron en hospitales de campaña. Un libro que la autora reescribió en 2002 para introducir fragmentos eliminados por la censura y usar material que no se había atrevido a usar en su primera versión.

 

 

 

Cuentos de la periferia, Shaun Tan. Barbara Fiore EditoraCuentos de la periferia mitad

Quince historias ilustradas sobre hechos extraños que ponen a prueba la capacidad de reacción de la gente común antes situaciones inesperadas. Shaun Tan profundiza en su universo personal de fantasía y realidad llevándonos en esta ocasión hasta la periferia de lo razonable, hasta los límites de lo corriente. Una nueva habitación que aparece en la casa de una familia, una máquina siniestra instalada en un parque, un búfalo sabio que vive en un solar…y así hasta quince bellas miniaturas para deleite y desconcierto de lectores de todas las edades.

Portada-Tristeza-de-la-tierra-350x538Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill, Eric Vuillard. Errata Naturae

William Frederick Cody, «Buffalo Bill», se había convertido en una leyenda viva de la conquista del Oeste. Había sido rastreador, buscador de oro, explorador del Quinto de Caballería contra la resistencia india y cazador de búfalos, de ahí su seudónimo. Su nombre salía a menudo en los periódicos y las novelas de la época, y las clases acomodadas lo reclamaban para que participara en sus partidas de caza. El escritor y cineasta francés Eric Vuillard nos presenta a este personaje en la cumbre de su mito, cuando decidió sacar rentabilidad de su figura y creó un espectáculo en el que se representaba a sí mismo matando con balas de fogueo a los indios a los que había matado de verdad. Los indios supervivientes de las matanzas, ya sea por necesidad o por la fuerza, participaban en este circo, en el que revivían, día tras día, su dolor.

LacrónicaLacrónica, Martín Caparrós. Círculo de Tiza

El periodista y premiado escritor argentino Martín Caparrós utiliza en esta obra herramientas del relato, la novela, el ensayo o la poesía para contarnos el mundo de nuevas maneras. El autor va saltando de la selva boliviana a Sri Lanka, de Belgrado a La Habana pasando por Hong Kong, para construir la crónica o “lacrónica”, a la que alude el título, de cada particularidad, a partir de observaciones certeras y una honda comprensión de la humanidad.

 

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aquetación 1Mañanas en Florencia, John Ruskin. Pre-Textos

John Ruskin, una de las figuras más importantes de la crítica de arte en la Inglaterra del siglo xix, elabora una suerte de «guía de interpretación artística» de la capital de la Toscana. El autor une de forma indisoluble el arte con el momento del día en el que se aprecia, ya sea por el estado del cuerpo que por la particular luz que se desprende al despuntar el alba. Mucho más que un mero recorrido artístico, este texto enseña un modo concreto de mirar Florencia.

 

cansasuelosCansasuelos. Seis días a pie por los ApeninosAnder Izagirre. Libros del K.O.

Nadie como Ander Izagirre para hacernos creer que estamos cruzando los Apeninos a pie junto a él, desde la Emilia-Romagna a la Toscana, de Bolonia a Florencia. Con su habitual prosa ligera y divertido como pocos, el autor aprovecha para contar una historia de Italia (y hasta del Mundo) a base del anecdotario y de las personas que surgen por el camino, en un puñado de páginas en los que parece no pasar nada pero en realidad ocurre casi todo, con el paisaje de montaña del norte de Italia al fondo.

Madrid Cochabamba3Madrid-Cochabamba, Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Ediciones Lupercalia

Un cruce de crónicas entre dos ciudades, Madrid (casa de Pablo Cerezal) y Cochabamba (hogar de Claudio Ferrufino-Coqueugniot), donde los temas, al final, acaban siendo los mismos en cada extremo del mundo: el amor, la soledad, la muerte y la comida; coronado con un encuentro entre los dos autores que hablan de sus ciudades desde el punto de vista de los expatriados. Todo ello subrayado por la música que escuchan, la banda sonora de dos relatos puramente personales sobre dos ciudades que no se diferencian tanto.

Atlas de la españa imaginariaAtlas de la España imaginariaJulio Llamazares. Nórdica Libros

Acompañado por el fotógrafo José Manuel Navia, Julio Llamazares escribió durante algunas semanas para La Vanguardia un texto sobre un lugar mítico de la Península Ibérica. Jauja, los Cerros de Úbeda o Babia son alguno de los lugares míticos que visita y que coloca en la realidad, poniendo rostro y nombre a sus habitantes. Ahora, en esta recopilación que hace Nórdica de esos artículos, se les unen las ilustraciones de David de las Heras para componer un volumen a medio camino entre el mito y la realidad.

 

Ver oir y callarVer, oír y callar. Un año con la Mara Salvatrucha 13, Juan José Martínez D’aubuisson. Pepitas de Calabaza

A través de una colección de relatos engarzados de forma cronológica, el antropólogo salvadoreño Juan José Martínez D’aubuisson se adentra en una de las ramificaciones de la «Mara Salvatrucha», banda de pandilleros jóvenes que, en este caso, operan en una de las zonas más conflictivas de El Salvador. Narrado desde dentro de la célula pandillera, el libro es un fresco crudo y directo sobre el funcionamiento de esta banda y las relaciones entre sus miembros y con el resto de la comunidad.

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Martín Caparrós y su incorfomismo

Caparros

Por María Angulo Egea

Martín Caparrós es un cronista y escritor argentino destacado: como su bigote, como su acentazo porteño. Es un escritor y periodista ambicioso y prolijo. Solo en este 2015 ha publicado El Hambre (Anagrama, 652 páginas), las serie de «Los viajes del Hambre» y «Argentinas que desaparecen» en Altäir Magazine, numerosos artículos y crónicas en El País, colaboraciones futboleras en Olé, y acaba de editar, para cerrar el año a lo grande, un nuevo volumen, Lacronica (Círculo de Tiza, 620 páginas); porque con Caparrós parece que el tamaño importa y lo del «largo aliento» deja de ser una metáfora. Por si fuera poco, parece que ya tiene en la nevera otro libro de ficción. Martín es un cronista abarcador que desde siempre se ha embarcado en grandes empresas.

Ahora, que se cumplen 40 años desde que publicara su primer artículo, rescatemos brevemente tres ejemplos de su trayectoria:

1) La Voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1978, junto con el periodista Eduardo Anguita. Se publicó a finales de los noventa y fue reeditada en tres voluminosos tomos en 2007-2008; y ahora en el 2013 de nuevo por Planeta. Es una obra definitiva, atenta a la exactitud de la cronología y contextualización de aquel período en Argentina, con toda la información sobre los movimientos sociales de aquella época. Es un libro de referencia hasta para la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner.

2) La Historia (Norma, 1999). Un libro que intenta la creación de un mundo y que según ha declarado Caparrós en algunas entrevistas prácticamente no ha leído nadie. En La Historia y en sus notas se recoge la vida de una civilización imaginaria. Se despliegan sus costumbres sexuales, su gastronomía, sus ritos mortuorios, su historia, su idioma, su literatura, sus amores, enfermedades, comercio, sus formas de guerra, su música, su industria, sus relaciones familiares, su políticas, sus viajes, sus crisis… y su final. En 880 páginas, Caparrós se inventa una civilización.

3) El Interior (2005. Editado el año pasado por Malpaso en España). Otro ambicioso libro de crónicas que recoge sus viajes por el norte y oeste de Argentina, que es como se entiende a esa parte geográfica que no es Buenos Aires. Una inmensidad de territorio. Algo tan difícil de contar como tu propio país, tratando de buscar en el interior de los otros y de uno mismo; buscando la idea de patria que ya obsesionaba a Caparrós en Larga Distancia. Con una apuesta formal brutal también para el periodismo, con la incorporación incluso de poemas. Casi 700 páginas de argentinidad.

Y entre estos libros un montón de obras singulares y fundamentales. De manera muy relevante para lo que al periodismo y la crónica se refiere: Larga distancia, Una Luna y Contra el Cambio. Por no hablar de todo lo escrito y publicado en diversidad de medios de aquí y de allá.

Y ahora, en 2014-2015, El Hambre, un libro sobre el hambre en el mundo. Tampoco parece una tarea chiquita. Un trabajo de 5 años con una documentación abrumadora. Un libro que nació de un momento epifánico, como denomina la cronista colombiana Patricia Nieto a estos reconocimientos de los periodistas. Su encuentro con una mujer en Niger, Aisha, a quien le pidió que formulase un deseo, que imaginase algo que un mago le pudiera conceder para que todo cambiase, para que mejorase. Y Aisha no fue más allá de concebir como máximo sueño que le tocasen dos vacas, con dos vacas todas sus necesidades quedaban cubiertas. El hambre, un problema antiguo de difícil solución.

Vengo denominando al estilo caparrosiano como realismo intransigente. Y este realismo intransigente se sustenta en tres ejes que se encuentran tanto en su trabajo de campo, como en su proceso narrativo. Pueden sistematizarse en: 1) compromiso político, 2) conciencia histórica y 3) voluntad literaria. Tres pilares que se combinan en su producción, pero que siempre están presentes articulando su voz y el ethos de este cronista poco complaciente con los discursos oficiales. Inconformista con dar por válida la realidad que encuentra en sus viajes; y con permanecer pasivo ante las desigualdades sociales.

Inconformista también narrativamente; porque siempre está explorando nuevas formas discursivas: aquellas que mejor sirvan a su propósito, en los últimos tiempos, incluso de denuncia.

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Argentinas que desaparecen

Fotografía de Dani Yako en la primera entrega de la serie.
Las minas de carbón en Rio Turbio, en Santa Cruz

(En la primera década del siglo XXI, la economía argentina cambió drásticamente y para siempre. Antiguos oficios y profesiones desaparecían y así los lugares donde se realizaban esos trabajos dejaban de tener sentido por sí mismos. Cada lunes, Martín Caparrós y el fotógrafo Dani Yako buscarán, entre otras cosas, la respuesta a la pregunta de qué queda de un lugar cuando la razón que todos tenían para ir allí ya no existe. «Argentinas que desaparecen», una nueva serie de Voces en Altaïr Magazine. Aquí debajo la introducción de Martín Caparrós al proyecto.)

Primero trabajaron; después, si acaso, los hombres empezaron a narrarlo. Y sus relatos fueron cambiando con los días.

Hubo tiempos en que el trabajo fue la condena que el hombre recibió por su soberbia: por su ambición desmesurada. El fulano se pasó de listo; para disciplinarlo –para ponerlo en su lugar– un tal Dios lo condenó a ganarse el pan con el sudor de su frente. Sólo así podía justificarse semejante castigo. Y así nos fue, durante siglos: trabajar era algo que quien podía despreciaba. Después, hace quinientos años, otros religiosos del mismo Dios imaginaron que, en realidad, la labor era una oportunidad que nos daba su Señor para vindicar nuestro paso por esta vida de pesares: de ahí en más, para muchos, el trabajo se volvió el espacio donde escribir sus propias vidas. Había sido condena; se volvió, por un tiempo, salvación.

En esos días empezaron a aparecer las máquinas, las fábricas, el hombre maquinita, los obreros: las nuevas formas de producir moldeaban el crecimiento de ciudades, el establecimiento de un sistema mundial, la formación de una clase que se definía por su relación con el trabajo y que, por ella, imaginó que merecía el poder. Mientras no lo conseguía intentó limitar su dependencia de esa carga que la determinaba: los obreros, entonces, luchaban para trabajar menos y, un par de veces, esas luchas desbordaron lo suficiente como para producir nuevos estados, ensayos desastrosos.

Parecen tiempos muy lejanos. Ahora aquel trabajo de los hombres maquinitas está por acabarse: las máquinas ya no necesitan fulanos a su vera. Y aparecen nuevas formas que, en algunos lugares, no aparecen. En la Argentina actual, sin ir más lejos, el trabajo se ha convertido en un bien raro: los trabajos perdidos, superados por el avance técnico o por el nuevo reparto global de los roles económicos, no son reemplazados por otros y hacen, sobre todo, falta.

El trabajo es un desaparecido del proceso democrático. Y se ha convertido en una aspiración: millones de argentinos desesperan por conseguir el privilegio de entregar, todos los días, ocho, diez o trece horas de sus vidas a cambio de una cantidad de plata apenas suficiente para pagarse lo más básico. El trabajo, ahora, se ha convertido en el objeto del deseo. No es poco: Dios, en su omnipotencia, sólo se había atrevido a justificarlo con aquella historia turbia de crimen y castigo.

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Un año de Voces

Fotografía de la Voz «Mimando la tierra», de Gary Manrique
Fotografía de la Voz «Mimando la tierra», de Gary Manrique

«Una sección abierta para un mundo polifónico»

Con esa frase recibimos en Altaïr Magazine a los lectores que llegan a la sección gratuita y en abierto, la que funciona como cara más visible e inmediata de nuestra publicación. Los lectores fieles, los veteranos, los que lo primero que hacen por la mañana al levantarse es prepararse un café pero lo segundo es entrar en www.altairmagazine.com… todos ellos se cruzan en las Voces con los lectores y lectoras primerizos, los que entran por casualidad, los que buscaban algo diferente en Google y acabaron dando con nosotros, los que entran por un tuit o por un enlace de Facebook, los que pinchan el enlace ese que ha puesto una en el grupo de WhatsApp de la oficina.

Una sección abierta, para todos los lectores, y en un mundo polifónico, porque sólo hay que echar un vistazo a las Voces para darse cuenta de que hemos convertido la sección en un «Gran Magazine sobre el Mundo», donde recorremos cada punto del globo buscando, principalmente, conocer y comprender, no poner nuestros ojos allí sino pedir prestadas las miradas de los habitantes de cada uno de esos lugares, llevando a los lectores una visión anti-paternal, no occidental, ex-céntrica en el sentido más etimológico de la palabra.

Hemos preguntado en la redacción por las Voces preferidas de nuestro equipo editorial y la discusión ha subido de tono, han volado cuchillos, se han declarado guerras. Porque, de manera inevitable, cada uno tiene sus Voces favoritas, a las que tiene un cariño especial, o le parece la mejor en este o aquel aspecto, por algo puramente personal o defendiéndolo como elección objetiva.

El director, Pere Ortín, apunta enseguida a la primera entrega de la serie de Voces «Los viajes del hambre» que hizo para nosotros Martín Caparrós, con sus fotografías personales tomadas en el proceso de documentación de su libro El hambre. El primer texto es sobre Níger y marca el estilo de su autor: «Corto, concreto, conciso. Las palabras, como la madera, cuanto más secas, mejor arden…», dice Pere. También recuerda la entrevista que hizo Paty Godoy a nuestro editor, Pep Bernadas, por la profundidad en el retrato del personaje a partir de un diálogo que era mucho más una conversación que una entrevista. «¡Qué difícil hacer una entrevista así!», dice Pere, y luego se reafirma en que ese, y no otro, es el mejor modo de hacerlo. «La máquina de hacer preguntas» se llama ese diálogo con Bernadas, uno de nuestros textos más leídos.

También apunta Pere aquel «Narrar el conflicto», la crónica dibujada que hizo Pedro Strukelj del encuentro que tuvieron en la librería Altaïr las periodistas Marcela Turati y Patricia Nieto. Una forma diferente de contar las cosas, una aproximación gráfica innovadora y muy atractiva, algo que funciona también como «marca de la casa» en Altaïr Magazine y en sus Voces. De las crónicas dibujadas que ha hecho para nosotros Strukelj, a Alberto Haj-Saleh, de las redes sociales de Altaïr le gustó aún más aquel encuentro en el Forum Altaïr con el escritor sardo Marcello Fois, tremendamente expresivo.

Aquel encuentro lo condujo Mario Trigo, redactor jefe, que cuando le preguntamos señala inmediatamente una de las Voces que ha escrito Xavier Aldekoa para Altaïr Magazine durante este verano, concretamente la llamada «Tigres», que transcurre en Johannesburgo. «Es una Voz cercana y medida», dice Mario, dentro de esa asombrosa habilidad que tiene Aldekoa para narrar lo general desde las historias más pequeñas y particulares. En cambio a Bárbara M. Díez, responsable de nuestra edición visual, le gusta más otra de las «Historias africanas» de Aldekoa, «Maldita buena suerte», que tiene lugar en Nigeria, que, según dice ella misma, es una de esas Voces que «deja el corazón encogido».

Bárbara también recuerda la fascinación que le produjo la Voz que Intan Cheria nos escribió sobre el batik indonesio, una de esas artes que ha pasado a realizarse de forma completamente informatizada en Occidente «pero que en Asia todavía se elaboran de manera artesanal dejando al ordenador como actor secundario, como mera herramienta para que la tradición perdure, pero no para malearla». En cambio Belén Herrera, responsable de administración editorial, elige rápidamente las diez horas que pasaron Jordi de Miguel Capell y Fran Afonso con el Padre Rogelio en la República Dominicana. Y además lo hace con todo el entusiasmo: «Quiero pasar YA 10 horas con el Padre Rogelio para que me cuente en primera persona todas sus aventuras y despropósitos de cura punki».

Aunque hay una de las Voces en la que concidimos todos: «La soledad del Sobrepuerto», la primera gran producción propia de Altaïr Magazine, un texto que quizás nos defina más que ningún otro, que funciona como declaración de intenciones y principios de cómo queremos y sentimos que tenemos que contar las historias. Y aquí citaremos al jefe de nuevo, que dice:

«Un compendio de lo que -como conceptos y desarrollo- me gustaría leer siempre en una publicación digital: crónica periodística sobre el terreno apoyada en una propuesta audiovisual y estética con interés. 

O sea: una producción de Altaïr Magazine»
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Turista y viajero, ¿dos categorías diferentes?

Fotografía de la serie Sardinian Postcards, de Alessandro Toscano, incluida en el 360º de Altaïr Magazine sobre Cerdeña.

¿Quién no ha estado nunca en una playa atestada, en una piscina abarrotada y gritona, tomando plácidamente el sol, animado por el bullicio y la vitalidad?

Se lo pregunta María Angulo en su Paso «Ir allá, de donde no se regresa», una reflexión sobre la genealogía del viajero: caminantes, flâneurs, expedicionarios, científicos, descubridores, corresponsales… y, finalmente, turistas. Y a estos últimos nunca nos queremos parecer, queremos mantenerlos al margen, mirarlos desde fuera y repetirnos que nosotros no somos como ellos. A nosotros nos gusta ir, no estar, el trayecto y no el destino, ser los únicos en el lugar y no parte de una manada. Y sin embargo Angulo se cuestiona, con todo el sentido del mundo: ¿existe realmente una distinción, hoy día, entre viajero y turista, o no es más que la reminiscencia del viajero que fue y que ya nunca podremos ser?

La cronista Carolina Reymundez, en El mejor trabajo del mundo (Südpol, 2013), es taxativa: viajero y turista es lo mismo. Todo forma parte de una industria que mueve millones. Son la misma cosa y hasta la misma persona. Ciertas fórmulas, nos dice Reymundez, envejecen mal y ésta de los que se jactan de ser viajeros en lugar de turistas le chirría demasiado: «El mundo no es una novela de Bowles, mucho menos sesenta años después, donde cada uno viaja como puede». Se refiere, ya saben, a Paul Bowles y El cielo protector (1949) esa obra emblemática que, convertida en película por Bertolucci a finales de los ochenta, consiguió un enamoramiento generalizado por el mundo árabe en aquellos que, por edad o circunstancias, no habían sido cautivados en los sesenta por otro gran filme: Lawrence de Arabia (1962). Oriente como emblema de libertad para los occidentales, para practicar el arte de la fuga, el viaje dislocante frente a la racionalidad del viaje a Europa, señala María Sonia Cristoff en su prólogo a Pasaje a Oriente (FCE, 2009), una antología de cronistas que emprendieron viajes por aquellas tierras.

(…) Un turista piensa desde el momento de su partida en regresar a casa, mientras que un viajero puede no regresar nunca. O algo así decía Bowles, y le creímos, y seguimos sus pasos, o fabulamos con seguirlos. Como Carolina Reymundez. En «Deconstructing Paul», el escritor Jorge Carrión nos cuenta con detalle cómo y por qué se configuró el «mito Bowles» (en Viaje contra espacio. Juan Goytisolo y W. G. Sebald, Iberoamericana, 2009). «A partir de cierto punto no hay retorno posible. Ése es el punto al que hay que llegar», recoge Reymundez de Bowles, que a su vez lo tomó de Kafka. Y soñamos con que así sea (a veces); con que la vida nos permitiese no regresar, pero solemos ser más pragmáticos. En función de nuestra economía, administramos con prudencia nuestras dosis viajeras y deseos escapistas. El viaje como un lugar sin tiempo, o con un tiempo encapsulado en el espacio y, por lo tanto, sin conflicto. Justamente lo opuesto a la idea de vacaciones como lugar familiar problemático, punto donde confluyen las tensiones que no llegan a ebullición durante los meses de ritmo laboral o escolar.

En realidad, a mitad de segunda década del siglo XXI es complicado encontrar esa exclusividad y singularidad del viajero admirado de finales del siglo XIX y primera mitad del XX. El corresponsal ya no es el único conocedor de las costumbres y realidades del sitio ignoto al que su director le ha mandado, ya no hay zonas en el mapa donde se advierta de la existencia de dragones a la espera de la llegada de un explorador occidental y lo cierto es que en la cima del Everest hay, casi siempre, una multitud de personas tomando fotos. El viajero como Bowles o como Conrad se ha convertido en una quimera, y sus viajes son una Arcadia soñada e inalcanzable.

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Lo cierto es que ahora el viajero-turista no abre una senda, sino que sigue la de otros. Un viajero anterior a nosotros que escribió una guía o una crónica o un reportaje y nos ha dibujado un camino de autenticidad y de experiencia única, como si fuésemos sus únicos lectores, un trayecto que nos llevará a los lugares que de verdad hay que conocer. Es una experiencia postergada: no seremos los primeros pero sí seremos los siguientes. Insiste Angulo:

El turismo aparece vendido como «experiencia», en la línea de lo que planteó Rolf Jensen con su «sociedad del ensueño» y los cambios que se han producido en la actividad turística  (Dream Society, 1999) o Erik Cohen en «Principales tendencias del turismo contemporáneo» (Política y Sociedad, 2005, Vol. 42 Núm. 1), que apunta grandes tendencias en la evolución del turismo, marcadas por la modernidad y la postmodernidad, que han ido acompañadas por diversos sistemas teóricos que destacaban alternativamente la búsqueda de la autenticidad, la distinción, la fantasía y las emociones fuertes. Se trata de una racionalización y desmaterialización de la experiencia. Una vuelta de tuerca más. Vender y comprar sensaciones y emociones. Cuestiones poco tangibles, nada físicas, como sí son las opciones turísticas menos sofisticadas de los bañistas de Parr. Este «turismo experiencial» que define Rubio Gil busca vivencias innovadoras, memoriales y sensoriales que suponen un beneficio para el consumidor y una transformación personal. Un mercado emocional que también tiene sus modalidades (aventura, amor y amistad, atención, identidad, paz mental y creencias). ¿Qué experiencia suele comprar usted? ¿Por qué emociones transita y anhela adquirir en vacaciones?

Turismo slow, también lo llaman, al amparo de una filosofía de la lentitud que trata de sosegar el tiempo del consumo. Y esta opción pausada me remite también al periodismo; al también denominado Slow Journalism, periodismo narrativo o crónica, como el que potenciamos y disfrutamos frente al periodismo urgente, monocromo y acelerado de algunos medios convencionales. Y puede que también se pudiera explorar ese sentido de «experiencia» asociada a una cierta emergencia de la crónica viajera que participa del hecho de «vender» experiencias personalizadas y únicas. Se abre un posible campo interesante y fecundo de análisis: ¿Hasta qué punto el interés por los cronistas viajeros se ha visto apoyado, influido, potenciado por el marketing de customer experience que desarrolla —destinos, lugares, experiencias, narraciones, publicaciones— la potente y global industria del turismo? El cronista de viajes como una suerte de coach, de tour operator, de intermediario cultural, si se prefiere, involucrado en la industria del turismo. ¿Y quién no está involucrado en el mercado? ¿Y qué tiene de malo si el trabajo se realiza con rigor y nos ayuda a comprender, a vivir mejor, a facilitarnos la experiencia de vida que merecemos?

Es entonces donde toma sentido pensar en el viaje como un proceso de conocimiento y reflexión sobre el ser humano y no como un mero desplazamiento entre los puntos A y B. Una suerte de persecución constante de la ruptura de las expectativas; lo que nos motiva a viajar no debe ser lo que esperamos encontrar, sino exactamente lo contrario. Así lo expresaba el editor de ALTAÏR MAGAZINE, Pep Bernadas, en la entrevista que le hacía Paty Godoy, cuando él confesaba que su manera de entender el viaje venía de cuando fue muy joven a Florencia en busca del arte renacentista y acabó sumergido en las fiestas locales de los pequeños pueblos de la Toscana: «Si vas por el mundo obligado a cumplir los planes, te perderás prácticamente todo». Es un buen resumen de esa forma diferente de entender el turismo.

Como recordaba Juliana González-Rivera en su Paso «Nace un viajero», sobre eso incide aún más Martín Caparrós en Contra el cambio: «Al turista le ofrecen un menú con dos opciones: visitar restos del pasado humano —ruinas, museos, monumentos varios— o escenarios actuales de la naturaleza —vistas, playas, paisajes—; me gustaría creer que los viajeros quieren saber qué hacen, aquí y ahora, los hombres. El viajero, caramba, sería un humanista». Y la conclusión es esa y no otra: tal vez el viajero y el turista hayan acabado fusionándose en la misma cosa en este siglo XXI. Y tal vez la diferencia entre ellos radique, esta vez, en la posición del propio viajero, que ya no depende del lugar al que va sino de su propia relación con el viaje que ha emprendido.

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Martín Caparrós y los viajes del hambre

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«Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre —y, al mismo tiempo, para muchos de nosotros, nada más lejano que el hambre verdadera—.»

Si algo señala constantemente Martín Caparrós en su ensayo El hambre (Ed. Anagrama) es el hecho de que la palabra «hambre» ha perdido su significado. Es un conjunto vacío, dos sílabas sin contenido, un vocablo que no provoca reacción alguna cuando se pronuncia o se escucha. Y sin embargo el hambre es la mayor lacra de la humanidad, la que más enfermedades provoca, la que más muertos se cobra. El de Caparrós es un libro profundamente incómodo porque nos dice a todos, sin excepción, que aunque no queramos saberlo, el hambre está junto a nosotros y destruyendo todo lo que encuentra a su paso.

Los viajes del hambre es la serie de artículos que Martín Caparrós ha escrito para nuestas Voces en ALTAÏR MAGAZINE. Es una especie de cuaderno breve de notas donde el autor ha apuntado algunas de las cosas que se ha encontrado mientras viajaba por todo el mundo para documentarse para su ensayo, acompañado de las fotografías que él mismo tomó con su cámara personal. Esta semana hemos llegado al sexto y último capítulo de la serie y queríamos recordar, con apenas una o dos frases por capítulo, lo que Martín nos ha contado a lo largo de este último mes y medio.

1. Níger: «Para decirlo más o menos claro: comer la bola de mijo todos los días es vivir a pan y agua. Pasar hambre.»

2. Calcuta: «En un puesto escondido un hombre vende pescaditos rojos: en una pecera con adornos de plástico, los pescaditos rojos. Hambre es comerse los pescaditos rojos.»

3. Biraul: «Los humanos sobrevivieron, conquistaron la tierra porque saben adaptarse a tantas cosas: aquí se adaptaron a casi no comer y, por eso, millones son bajos, flacos, módicos, cuerpos que saben subsistir con poco.»

4. Chicago: «Ahora en la Bolsa de Chicago se negocia cada año una cantidad de trigo igual a cincuenta veces la producción mundial de trigo. Dicho de otro modo: la especulación con el trigo mueve cincuenta veces más dinero que la producción de trigo.»

5. Daca: «En Daca, como en tantas ciudades, el agua que los pobres deben comprarle al aguatero que pasa con un carro cuesta mucho más —cuatro, cinco veces más— que el agua corriente de los que tienen agua corriente.»

6. Bentiu: «Hay quienes dicen que el Plumpy es un típico producto de la época del sucedáneo: dulzura sin azúcar, café sin cafeína, manteca sin colesterol, bicicletas sin desplazamiento, cigarrillos sin humo, sexo sin contacto, alimentación sin comida: un modo de simular que esos chicos que no comen comen, que esos millones de paupérrimos van a seguir viviendo.»