Publicado el

Toda la noche en la sangre

Por Jordi de Miguel Capell

fue el estado

 

Lo que dice Lolita Bosch en el epílogo es que, más allá de los vergonzosos resúmenes de la realidad (porque decir «200.000 asesinatos en diez años, 98% de impunidad, 54% de pobreza» omite el dolor y la brutalidad) y más allá de interesados estereotipos del narco, hay dos elementos fundamentales para tratar de entender lo que pasa en México: Uno, que ese es el lugar donde se ha producido el principal colapso del capitalismo que todo lo vende y trafica (personas, drogas, armas); y dos, que la locura social desatada en los últimos años puede suceder en cualquier país del mundo y en cualquier momento, pues México es tan sólo el epicentro de un problema global.

Fue el estado. Los ataques contra los estudiantes de Ayotzinapa (Pepitas de Calabaza, 2016) es la brutal sacudida de ese epicentro.

En la noche del 26 al 27 de septiembre de 2014, decenas de estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa fueron atacados en Iguala por distintos cuerpos de las fuerzas de seguridad cuando se disponían a tomar unos autobuses para conmemorar en el D.F. la matanza de Tlatelolco (1968). Como hiciera Elena Poniatowska entonces, John Gibler (Texas, 1973) viaja a Iguala para reconstruir una historia oral de la infamia. Aquella fue saldada con doscientos o trescientos jóvenes muertos (todavía no hay seguridad); ésta, con 6 asesinados, un estudiante en coma y 43 desaparecidos (todavía sin paradero, pues el estado bloquea toda investigación fehaciente). No esperen una crónica al uso ni una primera voz imponente: Como La noche de Tlatelolco (1971), Fue el estado es una investigación hilvanada con decenas de testimonios. ¿De qué otra manera se puede llegar a lo más hondo?

Las primeras páginas aportan contexto sobre las víctimas directas del ataque: ¿Quiénes son los estudiantes de Ayotzinapa? ¿Cómo funciona una Escuela Normal? ¿Qué valores promueve? En primera persona, se nos cuenta que la mayoría son hijos de campesinos pobres y familias rotas, de pueblos «jodidos» donde «nomás hay primaria, secundaria y colegio», si es que en realidad hay algo. «Yo me decidí a entrar a esta escuela, a venir a estudiar, a ser alguien, para ir a mi pueblo y ser maestro allá, dar clases a los chavos», dice uno de ellos. Muchos entraron a la Normal para ser maestros, todos lo hicieron para demostrar que los nadies también podían.

Aunque la introducción sea breve, por sus palabras podemos intuir que la Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa no es sólo una escuela gratuita de pizarra y cartabón, sino, ante todo, una forja de compromiso político y solidaridad. «Si es que unos ya no podían correr nos decían: “Ayúdense entre ustedes, ayúdense, nunca dejen a un compa solo, nunca se tiene que quedar nadie, cuando acaben de correr nadie se tiene que quedar”. Si se quedaba uno se quedaban todos». Para hablar con Gibler, los que la noche del 26 no se pudieron quedar, los sobrevivientes, pidieron proteger sus identidades con el uso de seudónimos. Poco importa. La edad (19, 20, 21) y el curso al que pertenecían acompañan a todos los testimonios, como un martilleo constante que repite: «Eran sólo unos chamacos. Eran tan sólo unos chamacos».

Es por eso que nosotros venimos a Ayotzinapa, porque somos hijos de campesinos. No tenemos recursos necesarios para irnos a estudiar a otra escuela. Y esta es una escuela de lucha, donde nos inculcan valores para seguir luchando por tener un buen futuro más adelante, para poder apoyar a nuestras familias. ¿Y qué hace el Gobierno? Mata estudiantes.

Luego viene el lento descenso hacia el horror. El cese de las actividades culturales y agrícolas para ir a tomar los autobuses, el viaje a Iguala, el cerco policial. La masacre. Gibler reconstruye la acción desde múltiples voces: Cada peldaño es descrito de forma repetida por cada uno de los entrevistados. Así, no sólo se apuntala una verdad levantada desde ángulos disímiles; también se va amasando un sólido coro de incredulidad ante los hechos: los policías disparando a matar, primero, y recogiendo los casquillos, después; las ambulancias demorándose; el ejército, ausentándose.

En su laborioso trabajo de edición, el periodista estadounidense conserva, en la justa medida, la frescura del registro oral: se mantienen tanto giros y muletas como deícticos («aquí, así de grande»), de modo que entre acción y escena se puede visualizar el momento del testimonio y la escucha política.

No es hasta la página 65 que esa escucha trasciende el espacio de los estudiantes. Gibler habla con el corresponsal de la Jornada Sergio Ocampo, uno de los periodistas que acude al lugar de los hechos y que transcribe, atónito, la respuesta del alcalde de Iguala ante sus preguntas: «No, hombre, no hay nada. Todo está tranquilo. No hay ningún herido, no hay ningún muerto. Está en paz aquí Iguala».

Página a página, Fue el estado va dejando al descubierto la locura social mencionada por Lolita Bosch. La sed de muerte de las autoridades, el miedo atenazador en gran parte de la población, la solidaridad de los maestros, el racismo en las instituciones que debieran sanar.

Cuando llegué al hospital, el director del hospital de Iguala me preguntó mi nombre. Yo le di mi nombre. Después me preguntó de dónde venía. Le contesté que soy de la Normal de Ayotzinapa. Lo que él me contestó, lo que me dijo fue: «Te hubieran matado, maldito ayotzinapo»

En Fue el estado se dan varios desplazamientos: del testimonio directo al indirecto, de los hechos a la (no)investigación, de la tortura baleada a la tortura administrativa. El libro se despliega como una flor de papel en el tramo final. Aparecen más testimonios: padres de desaparecidos que escarban la tierra sin ayuda, periodistas que relatan lo que vieron, incluso trabajadores del basurero donde, según las autoridades, habrían sido incinerados los estudiantes (y no). Todos contradicen la versión oficial. No hace falta conocer de antemano los detalles de los hechos ni los intentos por esclarecerlos, una única verdad se levanta incólume: Hay una maquinaria del olvido al servicio del gobierno.

Gibler no fue a Iguala a sostener el llanto, fue a investigar. Sus pesquisas ayudaron a desentramar una parte de lo sucedido: gracias a ellas se pudo saber que fueron cinco los autobuses atacados y que el ataque y la posterior desaparición de estudiantes no fue un asunto confuso de mecha corta, sino un operativo de casi diez horas, necesariamente planificado.

Como un círculo, el libro se cierra con el deseo de los estudiantes de estudiar. De resistir. De no ceder. «Hay una frase que muchos dicen aquí», dice uno de ellos: «Quien ve una injusticia y no la combate, la comete».

Fue el estado sirve para ver y no olvidar.

Publicado el

APRENDE A AMAR EL PLÁSTICO, UN PASO DE CARLOS VELÁZQUEZ

cabecera.plastico

Hoy Carlos Velázquez se estrena en los Pasos de Altaïr Magazine con una crónica en primera persona sobre los teibols de Monterrey. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Sé que nadie me quiere por cabrón. Pero soy un cabrón sensible. Y aunque les cueste creerlo, en ocasiones he querido hacer las cosas bien. Pero siempre que un hombre desea enderezar su destino aparece un teibol para conducirlo por el camino del mal. Me encontraba en Monterrey. Y en dicha ciudad está uno de mis lugares favoritos del mundo: El Matehuala. La capital del table dance del noreste de México. Visitar Monterrey y no pisar El Mate es como ir al Vaticano y no besarle la mano al Papa. Meses atrás habría acampado sin miramientos en la pista con una cubeta de Indio. Pero trataba de enmendarme. Tenía morra. Presumo que me quería. Sí, a este cabrón que nadie quiere. Y ese día era su cumple. Mi plan consistía en comer en La Nacional y después treparme a un autobús que me llevara a Torreón, para asistir a la fiesta de cumpleaños de mi chica.

Sufro de un mal extremo, soy incapaz de negarme a acudir a un teibol. Un par de compas me rogaron, literal, para que  los acompañara a uno. Te mamas un par de chelas, pides un taxi, pasas por tus chivas al hotel y te tiendes hacia la central camionera.

El plan sonaba bastante inofensivo. Honestamente, no se me antojaba. Mi corazón me dictaba otra cosa. Pero me derrotó el mal consejo. Total, qué podía pasar. Estaba convencido de que no me dejaría tentar. Podía huir a medio cubetazo. La clásica voy al baño (desaparezca aquí). Salí de La Nacional embarazado de mollejas, atropellado y chicharrón de Rib Eye. No es el mejor estado para entrar al teibol, de acuerdo, pero la necedad es como el deporte. Siempre hay que exigirle más al cuerpo. Llevarlo a sus límites. 

Dios estaba de mi lado. Caminé por Madero acompañado por dos matalotes, cuya identidad protegeré para no afectarlos en su relación sentimental, pero por no dejar agregaré que me sacan más de quince centímetros de altura y como cuarenta y cinco de cintura. A unas calles divisamos el letrero del Mango, nuestra primera parada.

Existió un tiempo en que la sola mención de Monterrey me inducía visiones. Cada vez que yo escuchaba a alguien pronunciarlo me veía a mi mismo sentado en la pista del Infinito con los billetes apretujados en ambas manos, algunos cayéndoseme al piso, con una morra encajada en mis piernas. Ocurrió durante la era paleolítica. Traducción: antes de la guerra vs el narco. Cuando MonteHell era el paraíso de la tabla. El Infinito siempre fue mi animal de poder. Mi animal fantástico. Pero tenía mi puti tour. Entre mis preferidos también destacaba el Givenchy. Qué tiempos Señor del Rincón. Mi juventud la repartí entre la lectura y el deambulaje por la calle Villagrán. Cómo extraño ese Monterrey. En el Mango nos aplastamos alejados del tubo. Pero así nos hubiéramos sentado en la pista estaba a salvo. Nada me quebraría. Era un hombre enamorado. Los dos matalotes se sentaron viejas en las piernas. Típico. Cuándo se ha visto que la vaca no lama el terrón de sal.

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE

Publicado el

Libros: Borderlands/La frontera, de Gloria Anzaldúa

GloriaAnzaldua_BorderlandsLaFrontera

Por Esther Miguel Trula

En la entrevista que Karin Ikas le hizo a Gloria Anzaldúa en 2001 (tres años antes de la muerte de la escritora) y que se incluye como coda en el volumen de Borderlands que edita ahora Capitán Swing, la chicana dice que en sus escritos se refiere a un nos-otras, así, con guión, porque todo intercambio funciona siempre de dos direcciones. Nos, We, sería el colonizador, y otras el grupo colonizado. Serrar la palabra es necesario porque todas las divisiones sociales están desde hace tiempo diluidas, pero no por ello deja de haber un nexo común, una identidad compartida a la que ella apela directamente en este libro: la Nueva Mestiza.

El público de Borderlands/La Frontera es híbrido y mutante como también lo es su fondo y su forma. Como esos comecocos de papel con los que juegan en las escuelas los más pequeños, este volumen puede devolverte múltiples respuestas según las preguntas que tú le hagas y la zona del libreto en la que te interese detenerte. Esta obra de referencia la literatura pos-colonial de finales de los 80 abre sus primeros capítulos en prosa describiendo la historia de una conquista estadounidense de diversos territorios indígenas, sin borrar su notable rabia ni edulcorando el grado de responsabilidad de los propios nativos en este proceso; también narrando la destrucción ideológica de la comunidad chicana por parte de los españoles y su religión católica, que vistieron a la diosa Coatlicue como Guadalupe, copia local de la Virgen María cristiana, y amasaron el resto de cultura náhuatl para que desprendiese valores blancos y heteropatriarcales, cosa que, como esta feminista no se olvida de decir, ya llevaban tiempo implantando diversos dirigentes dentro de su propia cultura.

Serrar la palabra es necesario porque todas las divisiones sociales están desde hace tiempo diluidas, pero no por ello deja de haber un nexo común, una identidad compartida a la que ella apela directamente en este libro: la Nueva Mestiza

Estos dos puntos, la apropiación territorial y la imposición cultural, son según dice ella, los más predicados en las aulas gringas, a las que esta autora hispana llegó como teórica a la que estudiar no sin pocas dificultades. Borderlands/La Frontera describe sin embargo una realidad mucho más amplia, que ocupa ideas como la lucha obrera, el feminismo, la crítica chicana y la reivindicación queer. Lo hace en un texto-invocación que mezcla poesía, ensayo, diario activista y exploración espiritual; y con tantas lenguas y dialectos como la propia Anzaldúa domina, a saber: español, inglés, náhuatl, mexicano norteño, tex-mex, chicano y pachuco.

CTA-premium-con-precio

Es comprensible, como se lamenta Anzaldúa, que no se haya profundizado en otras partes del libro, tal vez más incómodas, desde las instituciones. Las que desafían el orden masculino son buen ejemplo, pero también las que abordan la dimensión chamánica del asunto, las que defienden que la rígida metodología del discurso funcional y descriptivo a la europea no es capaz de explicar la problemática de la mestiza identidad chicana, emociones incluidas, que ella analiza en toda su dimensión. Lo cuenta Carmen Valle, traductora al castellano de este libro, en una nota introductoria: «¿Cómo se traduce un libro escrito sobre todo en inglés, con amplios fragmentos o palabras y frases intercaladas en español y con términos en náhuatl? (…) ¿Qué hacer con un texto lleno de bodoques, calados, cenefas, fruncidos y volantes?». Valle sale del paso con astucia y ánimo despatriacalizador, manteniendo en la traducción ese aliento híbrido y dejándonos en muchos casos con la sensación de estar escuchando a cualquier persona chicana de la zona, donde frases como «jijo’ela chingada we struggled man, piel a piel me escupieron en la cara» desafían la mente pero precisan en su tiro lingüístico.

«Indígena como el maíz, como él, la mestiza es el producto de la hibridación, diseñada para sobrevivir en condiciones variadas. Como una mazorca de maíz – un órgano femenino portador de semillas –, la mestiza es tenaz, envuelta bien apretada en las cáscaras de su cultura. Como los granos, se aferra a la mazorca; con los gruesos tallos y las fuertes raíces de anclaje, se aferra a la tierra – sobrevivirá a la encrucijada–.»

Como recuerda esta académica, mujer de raíces mexicanas de séptima generación, es su uso del code switching de Borderlands lo que atrajo a las mismas chicanas jóvenes, que vieron por primera vez en un texto que contaba con el beneplácito de la academia a un referente latino y femenino que usaba sus mismos registros. Se escribe sobre y con la Llorona, el cash, las serpientes y los greasers, así como permitiéndoles dar rienda suelta a sus contradictorias identidades, esas a las que desde cada vertiente se les achacaba no esforzarse más por mantener sus costumbres íntegras, por no renunciar en cada foro a ciertas partes de sí mismas. «Es difícil distinguir entre lo heredado, lo adquirido y lo impuesto», dice la chicana que rompió la idea del binarismo cultural desde todos sus frentes. «Es un estado de nepantlismo mental, una palabra azteca que significa “desgarrada entre opciones”».

Y esa es la misión de Anzaldúa, glosar los atropellos que han sufrido y sufren las mestizas de ambos lados de la frontera, pero también de orientar esa nueva conciencia, de mostrarle a las suyas con orgullo las raíces étnicas que la cultura blanca les ha hecho olvidar. De que ser conscientes de la pluralidad de sus subjetividades permite ese estado de resistencia que necesitan especialmente ellas, aún hoy las más repudiadas del sistema (del mexicano o el estadounidense, cualquiera de ellos). «Lo que yo quiero es una rendición de cuentas con las tres culturas (la blanca, la mejicana y la indígena). Quiero la libertad para tallar y esculpir mi propia cara, restañar la hemorragia con mis cenizas, fabricarme mis propios dioses con mis entrañas». Los poemas de la autora, que se revelan como cuchillas que rajan de tanto en cuanto los muros de prosa del ensayo, hablan con agencia de espalderos, violadas e hijos de la chingada, pero dos de ellos, los últimos y los más optimistas, van dedicados a su hermana, Missy Anzaldúa. Un fragmento dice así:


«Sí, se me hace que en unos cuantos años o siglos
La Raza se levantará, lengua intacta
Cargando lo mejor de todas las culturas.
Esa víbora dormida, la rebeldía saltará.
Como cuero viejo caerá la esclavitud
De obedecer, de callar, de aceptar.
Como víbora relampagueando nos moveremos, mujercita.
¡Ya verás!»


Borderlands / La frontera
Gloria Anzaldúa
Capitán Swing, 2016. 302 páginas.

 

Publicado el

Libros: Un mundo infiel, de Julián Herbert

UN MUNDO INFIEL - JULIAN HERBERT

La vida mancha y las palabras pesan

Por Pere Ortín

 «Soy alguien que escribe viciosamente, de manera compulsiva. Escribo como para derrotar a la ficción. Escribo porque no soy buena persona.»

El olor a mierda estaba llenándolo todo

(pag. 80)

La vida mancha y las palabras pesan. Un mundo infiel fue el inicio de la carrera novelística de Julián Herbert. Se trata de una «novela impactante, descarnada y violenta» que sucede en un decorado fronterizo perfecto para conocer «las desventuras de psicópatas, putas, adictos al porno y las drogas con historias que corren paralelas y se cruzan para construir una sola». Es también un «viaje por una noche delirante en compañía de unos personajes casi siempre a la deriva». Todo eso es lo que aseguran sus editores de Malpaso, pero Un mundo infiel es bastante más que eso…

¿Sientes ese olor, hijo? Hierba fresca

(pag. 127)

Un mundo infiel es un primer trabajo novelístico de un creador mayúsculo que sabe que las palabras esdrújulas son venenosas. La escritura de Julián Herbert es áspera y atractiva, como el exoesqueleto de los escorpiones que se pueden ver entre las tumbas del literario cementerio de Agua Prieta (Sonora).

No mi reina —dijo Plutarco— aquí no hay joterías

(pag.23)

La escritura de Julián Herbert es un drama mexicano repleto de miserias humanas y tragos cortos de una garrafa de Tequila «El relicario de Tonaya» comprado de oferta por sólo 20 pesos en el Walmart del Paseo de la Reforma en Saltillo (Coahuila). Regusto salvaje, perfume poético.

Se amaron con rencor y dulzura

(pag. 133)

La escritura de Julián Herbert es un tren rigurosamente desprotegido camino de Nuevo Laredo (Tamaulipas), en un país donde los trenes hace años que dejaron de estar presentes en el imaginario cotidiano.

CTA-premium-con-precio

Entró al baño, se sujetó de los bordes de la taza con ambas manos y vomitó

(pag. 102)

La escritura de Julián Herbert es de atmósferas sórdidas, como los lavabos de la cantina Pluma Blanca de Hermosillo (Sonora) o de esos aguajes cercanos donde cualquiera de las 390 policías diferentes que hay en el norte de México sabe que te sirven cervezas con regusto a orín y drogas adulteradas en medio de bacanales matinales de sexo swinger.

Entonces se desmayó

(pag. 118)

La escritura de Herbert es como esas sucias cantinas de Torreón (Coahuila) que retrata Nazareno Vidales en su Calibre 45 y donde la vida es una aventura con tan poco futuro como un programa de promoción turística internacional con el lema «Visite Tamaulipas».

 Ni tú ni ningún otro pendejo me echa a perder una noche perfecta

(pag. 110)

La escritura de Herbert está poblada de personajes que te incomodan pero que de una extraña manera te ayudan a entender, también en Mexicali o Monterrey, que lo más sorprendente del mal es que siempre tiene una razón.

En el fondo de aquellas imágenes yacía la más cruda crueldad, aguardándolo con la misma euforia con la que Satán aguarda a las almas perdidas

(pag. 50)

A Julián Herbert la muerte le obsesionó desde chavito. Hace unos años, con su segunda novela Canción de tumba, ganó premios y sorprendió a todo el mundo con la terrible, descarnada y alucinante narración alrededor del fallecimiento de su madre que se dedicó a la prostitución. Con esta dolorosa historia personal, Herbert se hizo todo lo famoso que puede ser un escritor indie en un país donde casi nadie lee.

La mañana lucía como una vista proyectada por un Sony de pantalla plana

(pag. 13)

Julián Herbert es un escritor preocupado por las formas poéticas, que se nota muy bien dotado como lector. Un creador arriesgado con esa poesía que cada vez practica menos, y que se despliega —cada vez más y con buena mano— en el ensayo y la crónica: acaba de publicar La casa del dolor ajeno, la historia perdida de los 303 chinos masacrados en Torreón (Coahuila) durante la revolución mexicana.

Ahora va a resultar que este hijo de puta siempre sí tiene razón

(pag. 147)

Poeta, novelista, cuentista, cronista, ensayista, Julián Herbert llegó a la escena literaria con el cambio de siglo para renovar la poesía mexicana. Ha sido editor, gestor cultural, adicto a la cocaína, rockero y papá de Leo: tiene paisaje, vidalogía y, sobre todo, actitud frente a ese lenguaje de la existencia llamado literatura.

Un mundo infiel fue su primera novela y hoy es un libro relevante. Una historia potente escrita por el «hijo de una prostituta que acabó de escritor gracias a las lecciones de coherencia, miseria y fingimiento que tuve en la infancia». O sea, algo parecido a levantarse con resaca después de haberse bebido un litro de after shave Floïd Blue mezclado con Coca-Cola y sin hielo.

Un mundo infiel
Julián Herbert
Malpaso, 2016. 156 páginas.

Publicado el

La era de la bestia. Un paso de Carolina Reymúndez

Fotografía – (CC) Davide D’Amico

A PESAR DEL TERRORISMO, LOS ACCIDENTES AÉREOS, LAS EPIDEMIAS Y LAS CRISIS ECONÓMICAS, EL NÚMERO DE TURISTAS QUE SE DESPLAZA POR EL MUNDO ESTÁ EN ASCENSO. EL PLACER Y LA EXPERIENCIA; EL CONSUMO EFÍMERO Y LA «SOBRETURISTIFICACIÓN», LOS RASGOS DEL NUEVO TURISMO. CAROLINA REYMÚNDEZ REFLEXIONA SOBRE ELLO EN SU PASO DE ESTA SEMANA PARA ALTAÏR MAGAZINE. AQUÍ DEJAMOS UN ADELANTO.


En los últimos ocho años hubo más de setenta mil muertos por el narcotráfico en México. Michoacán es uno de los estados devastados. Hace unos meses la policía capturó a Servando Gómez Martínez, alias La Tuta, líder del narco en ese estado, primero a través de la Familia Michoacana y luego de los Caballeros Templarios. Muchas muertes fueron en Morelia, la hermosa capital michoacana donde poco después de la captura de La Tuta se celebró el Festival Internacional de Gastronomía y Vino de México.

Hubo mariachis, chefs de renombre internacional y platos tradicionales de un país donde la comida es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Llegaron visitantes que comieron tacos con chile y limón, y brindaron con tequila.

El turismo es una industria millonaria, en millones de personas y de dólares. En 2014 se movilizaron 1.138 millones de turistas, 51 millones más que en 2013, y se gastaron 1,4 billones de dólares.

A pesar de las crisis globales, la violencia del narco, los actos terroristas, las catástrofes aéreas, las guerras y las epidemias, el turismo no deja de crecer. Eso dice el último informe de Tendencias de la feria de turismo más importante del mundo, la ITB de Berlín. Según la Organización Mundial del Turismo, la tasa de crecimiento de los últimos años supera el 4% anual. Crece más que la economía global. Hace seis décadas que el turismo está en expansión y genera uno de cada once trabajos en el mundo. Crece, como un monstruo omnívoro que produce ganancias y se alimenta de lo que sea, incluida la desgracia. O como un prodigio que se recupera de todos los reveses y vuelve a levantar la cabeza. Y sigue vivo. Igual que los malos en las películas norteamericanas. Están en el suelo, los creemos muertos, hasta que los vuelven a enfocar y todavía respiran, se paran y dan pelea.

Guerrero, el estado donde desaparecieron los 43 estudiantes y donde está el balneario en el que en los años cincuenta veraneaban y filmaban películas Liz Taylor y Elvis Presley, se vio afectado por la violencia del crimen organizado. Los hoteles de veinte pisos y miles de habitaciones están medio vacíos en un territorio donde las balaceras y las ejecuciones son parte de la agenda del día.

Cae Acapulco, pero el turismo no muere. Se fortalece el Caribe: Cancún, Playa del Carmen, Cozumel; Puerto Vallarta y Rivera Nayarit. En marzo último llegaron más de cincuenta mil springbreakers, los estadounidenses de diecisiete años que se van una semana de vacaciones y toman margaritas hasta emborracharse, hacen concursos de remeras mojadas y dejan más de setenta millones de dólares. Según los análisis estadísticos de la Subsecretaría de Planeación y Política Turística de México, en 2014 hubo más de 29 millones de turistas internacionales, un 20,5 % más que el año anterior. Y el ingreso de divisas por visitantes extranjeros registró un récord histórico: más de 16.000 millones de dólares. Sigue la fiesta, sigue el show. ¡Viva el turismo!

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE.

 

Publicado el

El viaje improbable, por Paty Godoy

La publicación de la Mirada de la Semana sobre el fotógrafo José Luis Vidal Coy nos ha llevado a recordar el cortometraje documental y el texto que escribió Paty Godoy para nuestro 360º monográfico sobre México, siguiendo el rastro de los protagonistas de la novela de Roberto Bolaño: «El viaje improbable. Cruzar México tras el rastro de Los detectives salvajes». Un documento que ahora compartimos en abierto y para todos nuestros lectores.


 

Aseguran los que conocieron bien al escritor chileno Roberto Bolaño que nunca admitía el menor comentario en contra de México, un lugar dónde vivió, estudió y se convirtió en escritor antes de su viaje a Europa, que le acabaría conduciendo a la villa de Blanes, en la costa catalana.

Cuentan sus amigos que Bolaño había «idealizado» México hasta tal punto que, incluso, y de alguna manera, tenía miedo a volver. México le brindó los escenarios ideales —tanto reales como ficticios— para sus novelas más extensas: Los detectives salvajes y 2666; una historia que, por cierto, acaba con la palabra «México».

El escritor recibió muchas invitaciones para volver a este país, pero nunca aceptó. Puede que se debiera a sus habituales ganas de llevar la contraria o porque, según confesó, tenía miedo de morir allí. O, simplemente, puede que fuera para no sentirse decepcionado al no encontrar en aquel país la alucinatoria fuerza que él había recreado en la distancia con la ayuda de su prodigiosa e imaginativa memoria y unos cuantos mapas.

CTA-premium-sin-precio

Sus allegados reconocen que muchos de los episodios que aparecen en Los detectives salvajes eran bien conocidos por sus amigos mucho antes de formar parte de la historia de la literatura en español: en muchos casos, les habían sucedido a conocidos o amigos comunes. Bolaño, eso sí, supo dotarlos de unas dimensiones dramáticas muy poderosas, casi  épicas.

Uno de los momentos literarios más impresionantes de la trayectoria de Bolaño es precisamente el capítulo final de Los detectives salvajes y la videoperiodista mexicana Paty Godoy lo recrea de manera poética en un ensayo visual que sigue esa línea creativa que el escritor español Jorge Carrión ha definido como del «metaviajero»: un tipo de viajero que persigue fantasmas, rastros de otros viajeros. Godoy, en este caso, persigue los fantasmas de los personajes de Roberto Bolaño en un viaje por carretera de dos mil kilómetros desde la Ciudad de México a Hermosillo, la capital de «los desiertos de Sonora».

Publicado el

Mirada de la semana: José Luis Vidal Coy

Coy 1

«He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así.»

Con esta declaración, fechada un 2 de noviembre de 1975, comienza la primera parte de Los detectives salvajes, donde Roberto Bolaño narra las andanzas en primera persona del poeta Juan García Madero por la Ciudad de México. Recorre bares y se emborracha, pierde la virginidad, escribe, se enamora cada veinte minutos y otorga a la ciudad y a su vagabundeo casi flâneur por ella la categoría de co protagonista de ese primer apartado del libro.

Cuando a José Luis Vidal Coy le cayó en las manos Los detectives salvajes estaba a punto de llegar al DF. El libro le indicó el camino que seguir una vez que pisó la capital: armado con su cámara, Vidal Coy se dedicó a seguir el rastro del poeta realvisceralista por las calles de la ciudad, ampliando los límites que la novela de Bolaño marcaba con descripciones e insinuaciones, generando un marco visual concreto en el que invocar a los espíritus de García Madero y también de los demás: por supuesto de Belano y Lima, de las hermanas Font y del resto de habitantes y encuentros que aparecen o desaparecen durante las primeras ciento y pico de páginas que componen la novela.

Coy2

Del mismo modo que Arturo Belano y Ulises Lima persiguen al fantasma de Cesárea Tinajero, José Luis Vidal Coy va detrás de las huellas de los dos protagonistas de Los detectives salvajes, buscando el rastro del Ford Impala recorriendo el desierto de Sonora, utilizando la fotografía como un modo de alargar el momento de la literatura, de hacer confluir dos mundos —realidad y ficción— que quizás nunca han estado separados del todo. Si Vidal Coy logró fotografiar a alguno de ellos de verdad es algo que se queda para el fotógrafo. Para los demás, volver a leer Los detectives salvajes cambia de densidad después de haber visto las fotografías de José Luis Vidal Coy.

CTA-premium-con-precio

Catálogo de la exposición fotográfica «Con los Detectives Salvajes», de José Luis Vidal Coy (pdf)

Blog «Planeta herido», de José Luis Vidal Coy

Cuenta twitter del autor: @VidalCoy

Publicado el

LIBROS: Palabras mayores. Veinte autores mexicanos.

libro palabras mayores_02

Palabras mayores. Nueva narrativa mexicana
VV.AA.
Editorial Malpaso, 2015. 304 páginas.

Por Patricia Godoy

«Ventanas desde las cuales es posible ver las distintas maneras en que ciertas escritoras y escritores han decidido enfrentar su quehacer en el aquí y el ahora». Así es como explica Cristina Rivera Garza en el prólogo de Palabras mayores, la idea con que fue concebida esta antología que reúne a 20 nuevos narradores mexicanos menores de 40 años.

El libro, versión en español de Mexico 20. New Voices, Old Traditions (Pushkin Press), llega ahora a España y se presentará próximamente en México de la mano de Malpaso Editores en colaboración con Conaculta y Hay Festival, con una edición marcada —como es norma de esa casa literaria— por un lomo con las hojas tintadas, en este caso, color verde bandera.

La idea de los editores de esta compilación es la de compartir con el mundo las letras de los «nuevos valores» de la narrativa mexicana actual que, más allá de la tradición, amplían sus fronteras literarias con muchas influencias exteriores.

Como casi todas las antologías, y como también ya le sucedió a un intento similar en 2008, Grandes Hits. Nueva generación de narradores mexicanos, editado por Tryno Maldonado para Almadía, la propuesta de Palabras mayores es difusa e irregular. El libro —ingenioso, por momentos— reúne los relatos de jóvenes autores mexicanos que representan una nueva generación de nuestras letras y que transitan por los caminos del mundo sin dejarse amedrentar por las pesadas sombras de Rulfo, Paz y Fuentes.

La escritora Cristina Rivera Garza que, junto a Juan Villoro y Guadalupe Nettel, ha sido una de los «tres jueces con mucho juicio» que han seleccionado a estos 20 autores y sus textos, comenta que, aunque todos pertenecen a eso que se podría llamar «cuentos», algunos de los escritos son de «difícil clasificación».

En el prólogo de la edición británica definieron a estos 20 jóvenes escritores como «camaradas, cómplices, confidentes: hermanos en la emoción o la aventura», pero tras la lectura de Palabras mayores esa supuesta complicidad no es tan evidente entre la «estupenda cuadrilla» que forman: Verónica Gerber, Laia Jufresa, Luis Felipe Lomelí, Brenda Lozano, Valeria Luiselli, Fernanda Melchor, Emiliano Monge, Eduardo Montagner Anguiano, Antonio Ortuño, José Pergentino, Eduardo Rabasa, Antonio Ramos Revillas, Eduardo Ruiz Sosa, Daniel Saldaña París, Ximena Sánchez Echenique, Carlos Velázquez, Nadia Villafuerte, Juan Pablo Anaya, Nicolás Cabral y Gerardo Arana. La diversidad de estas 20 voces es el gran atractivo del volumen ya que, como explica uno de los escritores, Emiliano Monge: «Todos somos cazadores y son tantas las bestias y es tan grande el paraje que no tenemos que encontrarnos ni compartir presas ni armas».

En el libro, un poco “patituerto” —al estilo del vocho destartalado del que habla Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) en su simpático cuento «Porque cayó la noche y los Bárbaros»— destaca por encima de los demás el surreal universo norteño, destroyer y sicotrópico de Carlos Velázquez (Torreón, Coahuila, 1978). El autor de La Biblia Vaquera y el libro de crónicas El karma de vivir al norte (ambas en Sexto Piso Editores) nos cuenta una especie de telenovela porcina protagonizada por una promiscua cerdita llamada Leonor, autora de geniales novelas de literatura rosa, que está en busca del amor: «Se busca chancho fino para complacer a cochinita sexy». Velazquez aporta, además de buen humor, un gran valor diferencial con respecto a sus coetáneos: su particular uso del lenguaje, un español con marcado acento norteño, fronterizo, y que en nada se parece al de la mayoría de los otros escritores de esta antología.

Otra de las voces que sobresalen en el volumen es la de Antonio Ortuño (Guadalajara, Jalisco, 1976) que con su relato «Historia» nos muestra una invasión extranjera de soldados «pálidos, altos y estúpidos» a un país (¿será México?) «al que le gusta pensar que vive al margen de la historia del planeta. Nuestros libros apenas hablan de otra cosa que no sea nuestra vieja y desastrosa Historia».

Aunque no abundan, no es la única referencia más o menos directa a la situación del país. Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, Sinaloa, 1983) incide en ello en un precioso e imaginativo cuento sobre cuerpos sin cabezas titulado «Madame Jazmine o noticia de la decapitación»: «Nosotros, hoy (…), seguimos acunando en los brazos un cuerpo sin cabeza: lo llamamos país. La cabeza sigue sin aparecer».

El resto de los relatos son fogonazos de autoficción, retazos de —casi— crítica de arte experimental (Gerber), clavados en albercas vacías de descreimiento (Jufresa); invocaciones a re-re-lecturas de Baudelaire (Sánchez Echenique), algunas liturgias corporales más o menos interesantes (Rabasa), vivencias en casas —literarias— prestadas (Villafuerte) e incursiones por esos territorios fronterizos de la ficción en los que casi se difuminan las barreras entre la literatura y la casi crónica periodística (Melchor).

Escribe Juan Villoro que el libro, más allá del encargo institucional, es un intento por «invitar a leer a escritores de una generación extraordinaria. Si estos autores gustan, el principal efecto será que también se busque a otros». Y esa es, en resumen, la gran utilidad de este volumen de Palabras mayores que prueba, como escribe Rivera Garza, que la narrativa sigue siendo «una práctica viva, no una lección» y una invitación a un viaje que, como todos los viajes, es una conversación, en este caso, con algunos de los habitantes actuales de una parte de ese universo literario llamado México.

Publicado el

Un año de 360º

«Monografías de viajes desde otros ángulos»
La obsesión constante que ha guiado nuestra andadura por este primer año de Altaïr Magazine ha sido la de observar la realidad siempre desde un prisma diferente al habitual, desde otro punto de vista. Para ello hemos tirado siempre de una de nuestras bases más firmes ideológicamente, en nuestro periodismo: para poder contar primero es necesario escuchar. No se trata de que nosotros, occidentales, vayamos a «descubrir» otros lugares del mundo a nuestros lectores. Se trata de que los habitantes de esos otros lugares sean los que nos cuenten cómo es el sitio en el que viven. Periodismo de viajes de dentro hacia fuera, y no al contrario.
Han sido cinco monográficos 360º durante este año que nos han llevado por México, Cerdeña, Dakar —donde además todos los artículos han sido hechos por senegaleses, habitantes de la capital—, Paraguay y, finalmente, ese triple salto mortal sin red que hemos dado con nuestro último monográfico sobre Cartografías.
Es difícil para nosotros, la Redacción, no mirar con especial orgullo las entrevistas que hemos incluido en nuestros monográficos. Cómo olvidar aquella conversación con Juan Villoro donde se preguntaba sobre qué sería de México si fuese un país normal; o la fascinante entrevista con la afropolita Taiye Selasi, novelista oriunda de muchos sitios a la vez; o la charla enérgica y a ratos delirantemente divertida, a ratos dolorosamente seria, con el gran Jon Lee Anderson; o esa conversación pausada e inolvidable con el escritor senegalés Boubacar Boris Diop, que además hizo para el monográfico sobre Dakar un formidable artículo político-lingüístico que, como dice Mario Trigo, nuestro redactor jefe, «hablando de dos figuras clave habla de toda la descolonización, de su propia generación africana y permite ver varias dimensiones extra de Senegal».
Belén Herrera, responsable de administración editorial, se queda con esa «caja que cambió el mundo», el texto sobre los contenedores de carga que escribió Jaime López para el monográfico sobre Cartografías. «Me leí el artículo con la boca abierta como una niña flipando con la historia de la cajita culpable de la globalización, y de cómo el aburrimiento dio origen a un invento tan simple como trascendental», confiesa Belén.
No podemos despedirnos de este repaso por los 360º sin volver al texto preferido de muchos en la redacción. Ese en el que Simon Sellars habla de Google Earth y nos muestra exactamente el tipo de reflexión que  buscamos cuando pensamos en el viaje y sus alrededores:
[Google Earth] Es la expresión definitiva de lo que los cartógrafos llaman el punto de vista de Dios: el deseo de una objetividad visual absoluta en los mapas, presentando cada región del globo en su lugar correcto.
Esos son nuestros 360º: un deseo de objetividad que se componga de la suma de las subjetividades de los habitantes de los lugares a los que vamos. Un relato sobre qué significa SER de un lugar, mucho más que simplemente visitarlo.
Publicado el

Luchadores del polvo, por Lizeth Arauz

Lizeth1

Pocas cosas tan simbólicas como la lucha libre mexicana, pocas objetos son tan icónicos como las máscaras de sus luchadores, pocos nombres reverberan tanto en la cultura popular de todo el mundo como el de El Santo. La fotógrafa documental mexicana Lizeth Arauz nos muestra parte de las fotografías de su proyecto «Luchadores del polvo» en nuestro monográfico 360º sobre México. Trabajadores durante el día y héroes del barrio por la noche, aquí os dejamos un adelanto de este magnífico reportaje.


En la periferia de la Ciudad de México, un grupo de hombres que trabaja en diferentes oficios ―hay albañiles, electricistas, guardias de seguridad o vendedores ambulantes―y algunos jubilados entrenan por las tardes en un improvisado cuadrilátero. La meta: convertirse, al menos los fines de semana, en héroes de su comunidad, en verdaderos gladiadores de lucha libre.

Una vez terminada su jornada laboral, se reúnen religiosamente durante una hora en la casa de Raúl Trejo, el Teacher, quien es el hombre que los guía en el entrenamiento. En el patio de su vivienda montó un ring, justo al lado de donde estaciona su auto y debajo de los tendederos de ropa.

A pesar de ser un espacio pequeño y sencillo, la voluntad del entrenador y los participantes llena el ambiente vespertino. Risas, gritos y golpes duros contra la lona son el sonido característico.

La colonia José López Portillo, que debe su nombre a un expresidente mexicano que se distinguió por enriquecer a su familia y a sus colaboradores, irónicamente logró sólo hace pocos años tener banquetas, pavimentación y luz eléctrica. Se ubica en la delegación Iztapalapa, la más poblada de la ciudad y la que más problemas de acceso a servicios públicos ha tenido por décadas.

Lizeth2

La tradición de la lucha libre en México es legendaria. Se conoce orgullosamente como «la mejor lucha libre del mundo» y reúne muchos elementos de la cultura mexicana: el gran colorido en los trajes de los luchadores, la música que los acompaña al momento de subirse al ring y el arte de la simbología en el diseño de sus máscaras.

De este deporte-espectáculo han surgido grandes figuras de la cultura mexicana como El Santo, Blue Demon y Mil Máscaras, conocidos mundialmente y revalorizados en los últimos años, convirtiéndose, al menos en el caso de El Santo, en una imagen icónica de la estética pop contemporánea.

Paradójicamente, en este ring es poco el glamour. Por el contrario, los movimientos de los inexpertos luchadores son torpes, lentos. Y es comprensible: muchos de ellos no han practicado este deporte de manera constante y algunos ya sobrepasan los treinta años.

(…)


PARA LEER ESTE ARTÍCULO ENTERO, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE O BUSCA NUESTROS MONOGRÁFICOS 360º EN LOS QUIOSCOS DIGITALES MAGZTER Y ZTORY.