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Una África diferente

Llega el segundo número en papel de Altaïr Magazine. 200 páginas de un nuevo monográfico que nos invita a visitar una ciudad «recorrida por una corriente subterránea de amor y odio», adorada en la nostalgia, llena de fuerza vital y de entropía y abierta al mundo: Dakar, la capital de Senegal.

Lo dice claro nuestro director, Pere Ortín, en el editorial del monográfico: «las grandes ciudades africanas no existen para formar una suerte de segunda división o liga B de los destinos mundiales. De Ciudad del Cabo a Nairobi o Maputo y de Lagos a Dakar o Douala, existen, también, para ser vividas y disfrutadas más allá de las postales turísticas estandarizadas».Y en este número vivimos y disfrutamos Dakar con la mirada de sus escritores (Boubacar Boris Diop o Ken Bugul), sus activistas (Fadel Barro y Cheikh Fall), sus animadores culturales (Sy Ken Aicha), sus diseñadoras de moda (Adama París)… Repasando la historia de barrios únicos como la Medina de Yossou Ndour y las biografías de líderes que hicieron del Senegal moderno lo que es: Leopold Sédar Senghor y Cheikh Anta Diop. La Dakar, en fin, de la comida tradicional, de la lucha senegalesa que llena estadios, de las fotografías de Mamadou Gomis, que ilustran en exclusiva este número y nos llevan a pie de calle, entre los dakareses.

Dakar, un océano «donde nada millones de personas» y que, por encima de «los clichés del afropesimismo» se levanta como una ciudad fascinante y contradictoria como la propia vida.

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Islas Feroe, el archipiélago secreto en Altaïr Magazine

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Nos vamos a las islas Feroe. ¿No sabes donde están? ¿Nunca habías oído hablar de ellas? Sin problemas. ¡Mucho mejor! Prepárate para la aventura de descubrir uno de los territorios más remotos y menos conocidos de la Europa actual.

Si te gustan las aves, los paisajes imposibles, el surf, la gastronomía, navegar en barco, la música, el fútbol, la moda, las historias de vikingos; si quieres conocer pueblos pintorescos con menos de diez habitantes…Estás en el lugar adecuado.

Las Feroe son 18 islas, 50.000 personas, 70.000 ovejas y solo 1.400 kilómetros cuadrados. las Feroe son sinuosas carreteras, algo más que estrechas y casi infinitas, con túneles subterráneos bajo el mar. Ferries y helicópteros que hacen de transporte urbano.

Cuenta Birgir Enni, uno de los protagonistas locales de nuestro monográfico 360º alrededor de este archipiélago secreto que es «un lugar sin árboles donde solo hay rocas y hierba» y añade que «hay que ser duro para sobrevivir aquí». Pero sin embargo, las Feroe tienen mucho encanto y, tal como lo expresa en nuestro especial el escritor local Gunnar Hoydal, las islas Feroe son una tierra con “duende” ya que guardan en su interior los recuerdos de un tiempo situado antes del tiempo, «de antiguas experiencias y viejas historias». 

Sjurdur Skaale, parlamentario y humorista feroés, nos comenta en su historia que el hecho que las Islas Feroe sean, al mismo tiempo, un país «completo» y un Estado «microscópico», las convierte en un perfecto «laboratorio social, político, económico y vital».

Las Feroe son sobre todo paisaje, calma y naturaleza pero también, como nos explia Elin Brimheim, modernidad: «La comunidad feroesa está, a la vez, tan pasada de moda como extremadamente modernizada, lo que crea una sinergia que inspira a la gente y aumenta su creatividad».

Las Feroe están repletas de nuevos proyectos que desde lo más local y aislado de este archipíelago situado rumbo al Círculo Polar Ártico, se han hecho un hueco en el panorama internacional. Es el caso de las diseñadoras de moda Gudrun & Gudrun, que salvaron la lana feroesa y reinventaron su uso. Es también el caso de Koks, dirigido por el cocinero Poul Andrias Ziska -Nordic Prize 2015-, otro ejemplo de joven feroés que ha revolucionado la cocina local con un estilo muy particular que comprobamos en nuestro reportaje con él y en su restaurante en el que, como nos cuenta: «Damos cosas que no se pueden encontrar en ningún otro lugar del mundo».

Sjurdur Skaale: El hecho que las Islas Feroe sean, al mismo tiempo, un país “completo” y un Estado microscópico, las convierte en un laboratorio social, político, económico y vital.

Pero en las Feroe también hay un factor «pasado». Esto se refleja por ejemplo, en los avances en igualdad de género, que aunque han sido muchos en muy poco tiempo, que documenta la historia que nos escribe la periodista local Eydna Skaale que, a pesar de los avances realizados, denuncia como «las mujeres feroesas necesitan roles femeninos de referencia», concluye Eydna Skaale.

El aislamiento del archipiélago, el hecho de que la costa más cercana esté, más o menos, a 500 kilómetros de distancia, influye en la llegada de algunos avances tecnológicos. Por ejemplo, las Feroe no tienen Google Street View, pero para no ser menos han puesto a algunos de sus miles de borregos a trabajar. Sin GPS, pero con equipadas con cámaras las ovejas locales mapean las islas con su caminar y construyen una visión alternativa: Feroe Sheep View.

Ovejas que ejercen de cartógrafos en unas islas que, al fin y al cabo, son suyas ya que el nombre de las islas significa en danés antiguo «la isla de las ovejas», como explica el especialista en la cultura y literatura de las Feroe, Mariano García. Y es que la población ovina duplica la de humanos en una islas repletas de rincones maravillosos, como la remota, en la isla de Mykines en la que los frailecillos, aves simbólicas del archipiélago, conviven con los alcatraces en los acantilados que nos descubre el biólogo local Finnur Lutzen. Acantilados de impresión y montañas muy grandes y al lado del mar. Una naturaleza de impresión que nos describen con precisión las geólogas feroesas Jana Ólavsdóttir y Óluva Reginsdóttir que coinciden en descubrirnos el hecho natural más destacado de estas islas: «La falta de árboles».

Elin Brimheim: La comunidad feroesa está a la vez tan pasada de moda como extremadamente modernizada, lo que crea una sinergia que inspira a la gente y aumenta su creatividad.

Aislamiento y lejanía no tiene por que ser aspectos negativos como demuestran los miembros de la banda feroesa de Viking Metal feroés Tyr con los que hablamos y que se confiesan «descendientes de los vikingos venidos de Noruega» e hijos de un pasado «real, (…) auténtico». Algo parecido le ocurre a Jens Martins, ex portero de la Selección de fútbol de las islas Feroe y orgulloso de ser «el portero es al que más veces han chutado en todo el mundo». Eso sí, si vienes de fuera, el regalo del aislamiento y la soledad que ofrecen estas islas en invierno no tiene parangón y es por ello que Sergio Villalba, un surfista canario, se fue a las Feroe en busca de la ola perfecta y huyendo de los surfistas. Nos lo cuenta en una crónica ilustrada con unas imágenes espectaculares.

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«A lo lejos, en un océano brillando radiante como el mercurio, se encuentra un poco de tierra solitaria de color plomo. La pequeña costa rocosa es al vasto océano casi lo mismo que un grano de arena en el suelo de un salón de baile. Pero visto bajo una lupa, este grano de arena es, sin embargo, todo un mundo de montañas y valles, sonidos y fiordos, y casas con gente pequeña. De hecho, en un sólo lugar hay incluso una pequeña ciudad antigua completa, con muelles y almacenes, plazas, calles y callejones empinados, jardines, plazas y cementerios. También hay una pequeña iglesia, situada en lo alto, desde cuya torre hay una vista de los tejados de la ciudad y, más lejos, de todo el océano poderoso».

Nos quedamos, para acabar, con este retrato de las Islas Feroe que Heinesen incluye en Los músicos perdidos (1950) y que como explica el especialista local Bergur Ronne es «uno de los mapas literarios más famosos del Atlántico Norte».

Las Feroe, un universo especial, atractivo y único, áspero y duro. Un archipiélago casi secreto con cierta mística irreal, un lugar melancólico y muy hermoso que es el protagonista de nuestro nuevo monográfico 360º.

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Una isla en movimiento

«Si yo no pensase que puedo cambiar el mundo, no haría este trabajo», dice el escritor sardo Marcello Fois en la larga conversación que incluimos en nuestra vuelta al papel con Cerdeña, una isla en movimiento. Modestamente, también nosotros creemos que podemos cambiar un poco el mundo con nuestro trabajo. Descubriendo, sorprendiendo, ayudando a profundizar, como hace Fois cuando nos explica qué significo la Iª Guerra Mundial para la isla o cómo son los habitantes de Nuoro, su ciudad natal.

Este ha sido uno de los principales objetivos con el número sobre Cerdeña: dar la vuelta a una visión turística que, con su reduccionismo habitual, ha simplificado a veces la segunda isla más grande del Mediterráneo en la fórmula «sol y playa», añadiendo —en el mejor de los casos— algunas ruinas arqueológicas y algo de gastronomía.

Y es cierto: Cerdeña tiene un mar casi perfecto (junto al que viven pastores como Luisa y Eros, a quienes entrevistamos: testigos inmejorables de los cambios que trae el turismo masivo). Sus nuraghi son fascinantes (casi tanto como la lengua sarda, recuperada por autores modernos, como nos cuenta el poeta Omar Ghiani). Su comida es suculenta (pero es mucho mejor que una experta gastrónoma nos explique por qué en la isla la hospitalidad es sagrada). La Cerdeña que a nosotros nos cuentan y contamos es también una isla que reelabora su pasado y discute con su presente y futuro. El mejor ejemplo son las Sardinian Postcards del fotógrafo Alessandro Toscano, que nos muestran el reverso del tópico. Otro de los beneficios de trabajar con colaboradores locales: nos descubren el territorio y, a la vez, su panorama cultural.

Porque las historias de viaje son ante todo historias de personas. La de Simona Manna, que nos lleva de la mano al archipiélago de La Maddalena. La de Enrico Lixia paseando sin rumbo por Cagliari, la capital de la isla. La de Maria Lai, entrevistada por Elena Ledda: una artista contemporánea que fue capaz de atar un pueblo a una montaña.

Bienvenidos a Cerdeña, una isla que es un continente, una isla que no tiene playa, una isla a la vez contemporánea y antigua. Una isla en movimiento.

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Lejos de Ghana, cerca del mundo, por Mario Trigo y Paty Godoy

Taiye Selasi con el libro en el que aparece el poema de su padre

¿Cómo se pueden mapear las identidades, los afectos y las pertenencias en un mundo de movimiento, de confluencias, de migraciones? En el 360º sobre Cartografías incluimos una entrevista con la novelista «afropolita» (explicaciones más adelante) Taiye Selasi, realizada en el marco del pasado festival Kosmópolis del CCCB de Barcelona, en la que nos habla de la suerte del término que contribuyó a popularizar y de su primera novela, Lejos de Ghana.


Cuando, en marzo de 2005, Taiye Selasi compartió en un artículo lo que para ella era un afropolita, la escena por la que iniciaba su descripción no podía ser más específica: medianoche en el Medicine Bar de Londres, suena un remix de Fela Kuti y la pisa de baile está llena de chicas con enormes afros; se viste kente ghanés y jeans caídos, un sampleado de Sweet Mother —inolvidable hit de Prince Nico Mbarga— hace bailar a una concurrencia en la que Londres se encuentra con Lagos, con Durban y con Dakar.

El nivel de detalle no era casualidad. Bye Bye Babar (referencia al edulcorado elefantito de Jean de Brunhoff) era un ejemplo del esfuerzo de una joven Selasi por describir un fenómeno que la incluía en primera persona. Nacida en Londres, criada en Massachussets, de origen mixto ghanés y nigeriano, ella era esa afropolita que «no pertenece a una única geografía» y lleva en su crianza vagabunda una voluntad de «complicar África» y «redefinir lo que quiere decir ser africano». Se trataba, como señala en la entrevista con Altaïr Magazine, de afirmar lo que sí era (afropolita) después de haber soportado muchas veces que le dijeran qué no era (ni inglesa, ni americana, ni ghanesa ni nigeriana).

Por aquel entonces, Selasi estudiaba un máster en Relaciones Internacionales en Oxford. Poco después, un encuentro memorable con la premio Nobel Toni Morrison le daría el combustible de moral necesaria para lanzarse de cabeza a algo que siempre había querido hacer: escribir. Pero, mientras todo esto ocurría, la fortuna del término que había rescatado/propuesto en Bye Bye Babar, ese afropolitismo empoderador, iba creciendo en relevancia y dimensiones hasta convertirse en una suerte de palabra de moda, utilizada, defendida, revisada y criticada.

De revistas de tendencias a ensayos filosóficos, de propuestas comerciales a reflexiones históricas, el término «afropolita» ha inspirado, entusiasmado y generado debate. Ha habido una época en que (como sustantivo o adjetivo) ha estado presente en muchísimas reflexiones sobre el África contemporánea. Era el antídoto perfecto, en ánimos y esperanzas, al «afropesimismo» que ve sólo las desgracias del continente. Para el filósofo camerunés Achille Mbembe, representa la oportunidad de repensar la fluidez de las identidades africanas, un enfoque de la pertenencia y la identidad que antecede con mucho la época colonial, y ofrece también un posible sustituto a un panafricanismo en cierto modo osificado. Para otros, como el escritor keniata Binyavanga Wainaina, pasada una década, se podría decir que el término poseía un gran potencial subversivo —la posibilidad de rechazar cualquier forma de identidad victimista— pero se ha vaciado y comercializado en multitud de usos banales.

Más allá de usos y potenciales, la descripción (que no definición, como ella señala) de Selasi sigue siendo una instantánea precisa de un grupo humano: los hijos de una diáspora africana que dejó su tierra de origen alrededor de los años 60 y 70 para formarse en el extranjero, tanto en Occidente como en los países del bloque soviético.

Los padres de la propia Selasi se conocieron en Zambia, formándose como médicos, aunque después se separasen y la madre llevase a Taiye y su gemela a vivir a EE.UU. Selasi no conoció en persona a su padre, Lade Wosornu —con quien mantiene una buena relación— hasta los 15 años de edad; la fluidez identitaria del afropolitismo se puede traducir a una familia múltiple, de padres, madres, exmaridos y nuevos hermanos y hermanas, dispersa por todo el globo.

Lade Wosornu, además de cirujano, es uno de los poetas más prominentes de Ghana. De su poema Desert Rivers: «También los desiertos tienen ríos / sepultados desde su nacimiento bajo la tierra / (…) / Que no puedas ver nuestras lágrimas / no quiere decir que no lloremos». La metáfora del río escondido da de lleno en los que quizás sean los temas fundamentales del afropolitismo: la fluidez (de la identidad) y la visibilidad (de un grupo humano). Y explica su éxito: con independencia de la utilidad sociológica o la precisión del término, la palabra «afropolita» ayudó a enriquecer el ecosistema del imaginario, permitiendo pensar Áfricas más amplias.

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Nuevos mundos de videojuego, por Eva Cid

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Paisaje del videojuego Skyrim (CC Elen Nivrae).

¿Cuando todo está explorado y cartografiado, dónde podemos vivir aún la sorpresa de lo desconocido? En el 360º sobre Cartografías, Eva Cid nos acompaña hasta el cruce de caminos del ocio, el viaje y la imaginación: los videojuegos. Mundos cada vez más amplios donde matar al dragón, rescatar a la princesa o hacerse con el tesoro han dejado de ser la clave y cada vez importa más vagabundear, como viajeros antiguos, más allá de las montañas y por las calles de ciudades nuevas e imposibles.


Aquellos que tengan vocación de exploradores o cartógrafos en la era Google se encontrarán con el vacío y la ausencia del misterio de un planeta radiografiado. La tecnología actual ha trazado una cartografía global y multidimensional gracias a herramientas de software como el DAO o el Sistema de Información Geográfica (SIG), que han facilitado la elaboración de mapas digitalizados masivos, cada vez más completos, interactivos, capaces incluso de ser manipulados digitalmente por cualquier persona desde la comodidad del sillón de su casa.

La globalización de los espacios ha desnudado el mundo en el que vivimos, reconfigurando la naturaleza misma de las distancias espacial y temporal —tradicionales ejes del viaje— en lenguaje funcional, accesible, universal, a la distancia de un simple clic, que permite la subida instantánea de imágenes, la geolocalización, el sharing, la difusión en todas las redes sociales de forma simultánea, en cualquier parte del globo.

Este despliegue de recursos, pese a su innegable utilidad, pese a la total dependencia que ha desarrollado en prácticamente todas las dimensiones de lo social y lo cultural, choca de frente con el tropo romántico del viaje hacia lo desconocido, el deseo de escudriñar espacios inexplorados, la necesidad de pisar terra incognita por primera vez. Un deseo que responde al impulso innato del descubrimiento y la comprensión del mundo que nos rodea, común a todos los seres humanos. Pero la digitalización cultural no sólo ha tomado formas instrumentales ni su único enfoque ha sido el pragmático; también el mundo del entretenimiento es hoy digital y, a su vez, lo digital ha parido nuevas formas de entretenimiento… Y, con ellas, nuevos mundos transitables.

El videojuego podría definirse, en esencia, como la reinterpretación digital del juego universal. La rayuela, los naipes o Super Mario comparten naturaleza, propiedades y objetivos. Según la definición que nos ofrece el filósofo holandés Johan Huizinga en su clásico Homo Ludens (1938) el juego es una actividad libre, enmarcada en una situación ficticia (que puede repetirse) y regulada por reglas específicas, que genera un cierto orden y una cierta tensión en el jugador, y posee una motivación intrínseca: pese a que desencadene una serie de efectos beneficiosos para el individuo, jugar es un fin en sí mismo.

Estas palabras se ajustan a la perfección al videojuego, excepto por su particular componente audiovisual. Juego y videojuego son interacción (entre una o más personas y elementos físicos o imaginarios). Tienen una serie de reglas más o menos estrictas (que pueden seguirse con mayor o menor rigor). Promueven un proceso de aprendizaje y ponen en funcionamiento diferentes procesos cognitivos.

Pero además, los videojuegos —o, más concretamente, su naturaleza digital y audiovisual— nos proporcionan otro emplazamiento donde jugar, más allá de los lugares imaginarios que evocamos en cualquier tipo de juego. Los videojuegos nos transportan a realidades alternativas construidas a imagen y semejanza de nuestro corpus cultural y ficcional, y nos brindan nuevos espacios transitables, mesurables e ignotos, en los que además de desarrollar una serie de interacciones lúdicas que se ajusten a esas reglas predefinidas, podemos asumir el rol de explorador.

Jugar y viajar son, en definitiva, dos actividades diferentes que persiguen los mismos objetivos: el placer de sí mismas y el conocimiento. Este nuevo punto de partida hacia lo desconocido que propone el videojuego como medio se ha convertido en un refugio íntimo, solitario, y un último reducto de los exploradores de la vieja escuela.

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La caja que cambió el mundo, por Jaime López

Carguero en el puerto de Rotterdam (CC Frans Berkelaar)

Seguimos desgranando nuestro 360º sobre Cartografías con el magnífico texto de Jaime López, experto del Port Community System del puerto de Valencia. Con él descubrimos la relevancia de esas otras vías —llenas de tráfico— que surcan los océanos y conforman nuestra economía y nuestros hábitos diarios, en un mapa de relaciones que une productores y consumidores, marineros y transportistas, el pasado y el futuro: el viaje del comercio marítimo.


Un ordenador. Un cuaderno. Una mesa. Una camisa. Un reloj. Una lata de refresco, un paquete de arroz, un frigorífico… Si echamos un vistazo alrededor de cualquier lugar en el que nos encontremos, todo lo que veamos o tengamos a mano habrá pasado algún tiempo dentro de un contenedor. El sesenta por ciento del comercio mundial, medido por el valor, viaja en contenedores marítimos. Y ese número es en realidad engañosamente bajo, porque las cifras generales incluyen muchas mercancías que no se pueden transportar en contenedor, como el gas, el petróleo, los productos a granel…. Si eliminamos esos productos podemos llegar a una estimación cercana al noventa por ciento.

Durante miles de años, la humanidad ha surcado los mares en busca de mercancías y tesoros que luego llevaba de un lugar a otro para comerciar, ofreciendo a las distintas poblaciones locales alimentos, joyas o materiales que nunca habían visto antes. Pero este proceso nunca fue fácil. La carga y descarga de las mercancías era un trabajo lento y complicado. Aun así, la carga a granel, muy intensiva en mano de obra, fue la única manera conocida para trasladar las mercancías por vía marítima hasta la mitad del siglo pasado. Un barco podía pasar más tiempo en el puerto que en la mar mientras los estibadores trabajaban cargándolo o descargándolo; los riesgos  de accidente, las perdidas de mercancía y los robos eran muy habituales.

Con el tiempo, se fueron desarrollando distintos sistemas de manipulación que hacían el proceso cada vez más eficiente: cuerdas para atar la madera, sacos o palés para agrupar la mercancía. También los medios de manipulación fueron avanzando. En los puertos del Mediterráneo, hasta los años cuarenta, se podía ver un ejemplo de ingenio para solucionar este problema: los tecles, unas grúas móviles que permitían aumentar la productividad de los puertos, pero con un coste mayor debido a que exigían pasos intermedios para manipular la mercancía (del barco a barcazas más pequeñas, de las gabarras al puerto).

Aunque la revolución industrial trajo barcos más grandes, eficientes y rápidos y el desarrollo del transporte marítimo de línea regular, los medios de carga solo evolucionaron en el uso de grúas mecánicas. Pero con la llegada del ferrocarril se evidenciaron las ineficiencias del transporte marítimo, pues transferir la carga entre trenes y barcos demostró muchos problemas prácticos. Y en el siglo XX, cuando surgió el transporte por carretera y aparecieron los camiones, el problema del tiempo perdido cargando y descargando pasó a ser de los conductores. La cadena de innovaciones tecnológicas para superar todos esos problemas cambiaría para siempre la configuración de los barcos, los puertos y ese sistema circulatorio del mundo que son las rutas de navegación de nuestros océanos.

Malcolm P. McLean (1914-2001) era un transportista de Carolina del Norte que se desesperaba en su camión esperando la mayor parte del día para entregar la mercancía. Veía a los estibadores coger cada caja del camión, que luego deslizaban en el cabestrillo con el que llevaban la caja hasta la bodega del barco, una y otra vez, caja por caja, en jornadas interminables. El sistema le hacía perder tiempo, y perder tiempo era perder dinero.

Pero no fue hasta la mitad de los años cincuenta cuando McLean, después de crear una gran compañía de transporte con más de 1.700 camiones, decidió hacer algo al respecto. Tenía una buena razón para ello: a medida que el negocio de transporte por carretera iba madurando, algunos estados de los EE.UU. adoptaban una nueva serie de restricciones de peso y tasas recaudatorias. Algunos camiones de McLean cruzaban el país de costa a costa, con lo que adaptar el peso de la carga a cada uno de los estados o pagar una tasa al cruzarlo era otro problema añadido.

McLean pensó en los barcos como el medio más eficiente para remediar la situación, pues, utilizándolos, eliminaba los problemas de restricción de pesos, los costes de combustible, ruedas o reparaciones y, también, los salarios de los camioneros. Después de algunas pruebas intentando cargar en los barcos camiones completos, pensó que era mejor enviar solo el tráiler, el remolque sin ruedas. Un «contenedor» rectangular y sencillo que pudiera ser manipulado sin trabas.

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Humanizar los mapas, por Sergio González Rodríguez

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El periodista y escritor mexicano Sergio González Rodríguez (Premio Anagrama de Ensayo 2014 con Campo de guerra) reflexiona para Altaïr Magazine sobre cómo en los mapas y el modo en que los utilizamos —en una nueva visión cartográfica del mundo— puede estar la clave para humanizar un presente lleno de retos económicos y tecnológicos. Un texto exclusivo para nuestro 360º sobre Cartografías.


 

Treinta años atrás, Fredric Jameson postuló la necesidad de replantear la cartografía del ser humano frente a lo que llamó la «lógica cultural del capitalismo tardío».

En esa época, y a pesar de que se atestiguaba ya el ascenso de las sociedades post-industriales, el avance de la conversión integral de lo analógico a lo digital en todas las actividades productivas —además de que ARPANET acababa de separarse de su origen militar y convertirse en un instrumento de uso civil que terminaría en Internet e iniciaba lo que sería el auge de los ordenadores personales— era inimaginable aún el mundo en el que ahora vivimos, donde la vida de las personas está inmersa en el ultracapitalismo de las máquinas. Aquí, la persona se ha convertido en una unidad más del sistema de sistemas que rige la vida planetaria.

Jameson (Postmodernism, or, the Cultural Logic of Late Capitalism, en New Left Review 1, 146, 1984), recuperaba la pertinencia del modelo pedagógico-didáctico de cariz marxista para lograr que cada individuo desarrollara su conciencia social sobre la base del saber, el arte y la cultura. Y proponía actualizar dicho modelo de acuerdo con las circunstancias de aquel contexto histórico, para lo cual subrayaba el papel determinante que la idea de espacio debía jugar en tal enfoque: «la concepción de espacio que hemos desarrollado aquí sugiere que un modelo de cultura política apropiado para nuestra situación tendrá por necesidad que plantear las cuestiones espaciales como sus preocupaciones organizativas fundamentales. Por ello, definiré provisionalmente la estética de esta forma cultural nueva (e hipotética) como una estética de trazado de mapas cognitivos».

Si el punto de reflexión al respecto, analizaba Jameson, se puede referir a la urbe en tanto paradigma de las actividades humanas, se impone detectar la función de la memoria, las actividades, las trayectorias de la persona en el tejido urbano y, a partir de allí, apreciar los vínculos entre la escala local, la nacional y la global.

 

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Jameson subrayaba que, debido a la complejidad de la civilización, el mapa cognitivo que emergía estaba lejos de ser un mapa «mimético», pues los problemas inherentes denotaban una posibilidad de representación distinta a la antigua, en particular, al implicar «la representación de la relación imaginaria del sujeto con sus reales condiciones de existencia».

En otras palabras, el mapa cognitivo que describía Jameson permitiría «una representación situacional por parte del sujeto individual de esa más vasta totalidad imposible de representar que es el conjunto de la estructura de la ciudad como un todo».

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Érase una vez en Dakar

Ya hace seis mil años que llegaron los primeros pescadores buscando alimento y hogar a sus costas. Guerras, conflictos y la colonización francesa acabaron configurando un lugar que hace apenas siglo y medio no era más que un puñado de chozas.

Decimos en nuestro editorial:

Una afirmación rotunda: las grandes ciudades africanas no existen para formar una suerte de segunda división o liga B de los destinos mundiales. De Ciudad del Cabo a Nairobi y de Lagos a Dakar, son uno de los antídotos frente a la mirada neocolonial que, conscientes o no, llevamos en nuestro equipaje. Existen, también, para ser vividas y disfrutadas más allá de las postales turísticas estandarizadas, que, en el caso del África negra, deben llevar siempre la preceptiva jirafa, el no menos importante baobab, el acostumbrado tambor ancestral y un destacado atardecer rojo.

Se llama Ndakaaru en la lengua wólof, la lengua mayoritaria de sus habitantes. En Occidente la conocemos como Dakar y es caótica, apasionante, extrema, ruidosa, llena de contrastes, de excesos, de aristas y de lugares y personas insólitas y fascinantes.

Veinte artículos, casi en su totalidad obra de autores locales, contados en primera persona, de primera mano. Música, filosofía, lengua, cine, gastronomía, fotografía, antropología, urbanismo, sociología, arte, política, un mapa interactivo, decenas de imágenes entre fotografía y dibujos.

Bienvenidos a Dakar, nuestro nuevo 360º en ALTAÏR MAGAZINE. Pasen y lean.

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360º alrededor de Dakar

Recuerdo como si fuera hoy la primera vez que fui a Dakar, en compañía de mi madre. La noche antes no había podido pegar ojo. Estaba ansiosa y emocionada. También tenía un poco de miedo. Miedo de no poder adaptarme, miedo de perderme. Para mí, que entonces tenía once años, Dakar no era una ciudad como las otras a las que ya había ido, siempre acompañada por mi madre. Creía que Dakar ni siquiera se encontraba en Senegal, ni en ninguna otra parte del mundo. Dakar tenía que estar en una región lejana en la que vivían seres extraordinarios, diferentes de los habitantes de mi pueblo. ¿Quizás Dakar estaba en otro planeta?

Así empieza el texto que nos ofrece la escritora Ken Bugul en el próximo monográfico 360º de ALTAÏR MAGAZINE. Bugul (seudónimo de Mariètou Mbaye Biléoma) venía de la provincia de Ndoucoumane, tierra de baobabs, y su idea de la capital senegalesa seguramente no era muy distinta de la que se puede tener en otros lugares: mítica, misteriosa, desconocida, caótica, frenética. Tan acertada o equivocada como cualquier idea preconcebida.

Dakar es el nuevo destino de los monográficos 360º de ALTAÏR MAGAZINE, como siempre lejos de la postal y de las guías al uso. La capital de Senegal es el gran polo urbano de África Occidental, una urbe en crecimiento, sometida a las mismas tensiones que se observan en todas las grandes ciudades del continente pero exhibiendo con orgullo una vida cultural en ebullición y nuevos fenómenos políticos y sociales. Una capital dinámica que nos lanza de lleno a la contemporaneidad africana.

Narraciones, crónicas, ensayos, entrevistas, fotografías… Contenidos hechos por autores locales, desde dentro: desde las imágenes del fotodocumentalista Mamadou Gomis hasta los textos de Ken Bugul, Boubacar Boris Diop, Saly Wade y muchos más que nos llevarán de viaje por Dakar como nunca antes habíamos visto.

Historias exclusivas, una visión diferente del viaje como máquina de hacer y hacerse preguntas. Este diciembre, Dakar en ALTAÏR MAGAZINE.