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BARRIOS, CALLES, NOCHES DE BUENOS AIRES. UN PASO DE MARC CAELLAS

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Marc Caellas vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine con esta crónica en la que recorre —y recorremos con él— las calles de Buenos Aires a ritmo frenético. Un monólogo interno de alta intensidad que puedes leer completo Aquí. 


nsas en tu primera calle en Buenos Aires. O en ella, si quieres. Pues es lo mismo. La calle donde una frase suya cobró tanta vida como ninguna que hubieras escuchado antes: que todo viaje, para que realmente se pueda contar, debe devanarse en torno de una mujer, al menos de un nombre de mujer. Pues ese sería el sostén que precisa el hilo rojo de lo vivido para pasar de una mano a la otra.

Piensas en tu primer día en Buenos Aires. Un sol peronista te recibe. Ella te espera en Palermo Hollywood, en la calle El Salvador, entre Humboldt y Juan B. Justo. ¿Lo recuerdas? Espero que no hayas olvidado como hicisteis el amor apresurados, en la ducha, sin tiempo a terminar de enjabonarnos. Teníais tres meses sin veros. Os tocabais, os mirabais, os reconocíais después de todo ese tiempo. «Me pones la piel de pollo», te dijo. Te habló de su hermana y de los fuertes piropos que reciben cuando caminan juntas por Buenos Aires. «Mamita, estás tan buena que te pongo una manzana en la boca y te chupo la concha hasta que te salga sidra». Piropos que en algún momento perdieron su matiz trovadoresco para convertirse en otro desafortunado modo de ejercer la violencia machista. ¿Lo recuerdas? Espero que no hayas olvidado que volvisteis a hacer el amor seguido. Tomasteis otra ducha, esta vez separados, y salisteis a la calle a desayunar. Era muy temprano, apenas las ocho, y pocos lugares estaban abiertos. Un café y una medialuna. Ella andaba en modo ejecutivo. Tenía varias citas concertadas. A algunas la acompañaste, a otras no. La primera en el Malba, ese museo al que siempre regresas para ver las obras de Oscar Bony. La familia obrera, sí, pero, sobre todo, El triunfo de la muerte, ese autorretrato disparado que siempre te interpela. La segunda en su galería, por la calle Arenales, la mítica calle Arenales, ese desfile permanente de personajes. Después de comer caminasteis hacia Recoleta y os sentasteis en un banco en ese parque asimétrico que está delante del cementerio. Frente a vosotros, en otro banco, tres señoras brasileñas conversaban. Parecían testigos de Jehová. Vosotros os besabais como dos adolescentes. Tuviste entonces la sensación de llevar tiempo en Buenos Aires, años quizás, cuando en realidad no hacía ni diez horas que habías aterrizado en Ezeiza con dos maletas con sobrepeso.

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Piensas en ese contra-frente de la calle El Salvador, desde el que veías una cuádruple altura, toda vidriada, que emergía sobre la calle Costa Rica, sobre la que ella escribió un breve texto poético que empezaba así: «Barugel Azulay impone su deriva con la siguiente fórmula: fucsia muy fucsia, rojo, naranja, verde, verde esmeralda, azul, violeta, celeste, violeta rojo, ámbar, blanco violeta, azul, y todas las luces juntas. Negro de oscuridad. Rojo, ámbar, fucsia es el ritmo de esa vidriera que te hace pensar en la posibilidad de instalarte en ese circo aditivo que es la luz. Sólo escribes sobre paisajes interiores, y la mayoría de la gente no lo ve porque dentro no ve casi nada. Cree siempre que dentro está oscuro, y no ve nada. Crees que nunca has descrito, en ningún texto, un paisaje. Escribes siempre únicamente sobre montañas o una ciudad o calles, pero tal como aparecen frente a ti».

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