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SEIS DÍAS, TODOS ENVUELTOS EN LA SANGRE

Seis dias Ryan Gattis

Por Jordi de Miguel

seis dias

Ryan Gattis sabe cómo suena un hueso al partirse. Conoce el mecanismo por el que una nariz se hunde bajo el peso de la astilla y la sangre. A Ryan Gattis (Illinois, 1978) le desfiguraron la cara cuando tenía 17 años. Entonces, cuando aquel jugador de fútbol americano animado por el ácido le apartó de golpe de la carrera militar, no podía saber que, lejos de aislarlo, la caravana del dolor le abriría las puertas de mucha gente. Tampoco podía saber que, tras meses de lecturas postradas en la cama, un día lograría convertir el dolor ajeno en el corazón de una historia. 

Basta una somera lectura para comprenderlo: Si HBO ha comprado los derechos televisivos de Seis días es porque su última novela retrata de forma trepidante, eléctrica, por momentos asfixiante, siempre cinematográfica, las 121 horas de violencia que en 1992 convulsionaron Los Ángeles. Gattis resume los hechos en la introducción del libro: El 29 de abril de ese año, a las 15:15h, un jurado absuelve a los agentes de policía que apalizaron salvajemente al taxista negro Rodney King. Los disturbios empiezan alrededor de las cinco de la tarde y terminan seis días después con un balance elocuente: 60 muertos, 2.383 heridos, 10.904 detenciones y 11.113 incendios. Esos son los datos. Luego viene la sacudida. El golpe de sangre, la descarga brutal.

Yo necesito mirar a los ojos a quien haya hecho esto. ¿Qué otra cosa puede hacer una hermana? Y antes de matarlo, tiene que saber que lo sé. Así se hace justicia.

El relato empieza en el deprimido barrio de Lynwood, lejos del gran foco de los disturbios. Gattis toma como punto de partida el asesinato atroz de Ernesto Vera, un humilde cocinero que vive al margen de los negocios turbios de su familia. Como él y su hermana Lupe, otros quince testimonios (narcos, pandilleros, bomberos, enfermeras…) traman con sus monólogos la espiral de venganza que la ausencia de policía ha desatado entre las bandas latinas de la zona. Allí donde una bala cuesta 25 centavos y «el crimen es una salida fiable a falta de otras». Seis días dan para saldar muchas cuentas.

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Tal vez si se tratara de un ensayo, el título original del libro, All involved, hubiera sido más apropiado. Porque sí, Seis días es una crónica estricta, un indetenible goteo de sangre y horas por los atajos de una vendetta infinita, pero lo que hay de fondo es la aceptación de que, de un modo u otro, todos están envueltos en el devenir de la ciudad. Por eso, las historias de los 17 protagonistas se cruzan continuamente. Todos habitan una ciudad levantada sobre memorias inflamables. Los nadie hacen recuento diario de los asesinatos que vengarán. Los blancos hacen acopio de desmemoria: no importan las palizas a los pachucos de mediados de los 40, ni los 34 afroamericanos asesinados en Watts veinte años después. Así es Los Ángeles, una zona privada de guerra con el termostato al límite. Hace tiempo que los médicos de la Marina aprenden allí sobre heridas de combate.

Cuando esas cosas ya han pasado, todo el mundo mira atrás y dice (con mi mejor voz de presentador blanco de noticias): «Uf, fue terrible, espantoso, no tiene que volver a pasar nunca». Pero luego se olvidan, y hasta se olvidan de que les parecía mal […]. Si Los Ángeles se muere alguna vez, si la gente tira la toalla y se marcha, grabadle esto en la puta lápida… Los Ángeles tiene memoria de pez. Nunca aprende nada. Y eso es lo que va a matar a esta ciudad. Ya veréis. En 2022 volverá a haber disturbios raciales. O antes, no sé.

«Mierda. Un momento», se interrumpe Antonio Delgado, alias Bicho, alias Diabluras. Todos los personajes de la novela interpelan a un «nosotros» que parece adormilado frente a la pantalla. Cuando no tratas de salvar el pellejo junto a ellos por las calles del barrio, te los imaginas hablando a cámara mientras arde la ciudad (plano tres cuartos, mirada nerviosa). Su relato, a caballo de un presente percutido y vivaz, es tan volátil como la llama que anima el incendio: Puede ser interrumpido por un pensamiento fugaz, el avistamiento del enemigo o el borbotón de su propia muerte.

Aún así, todos los capítulos comparten cierta homogeneidad (por momentos, atonal y excesiva, como la misma violencia que describe). En ellos, Gattis despliega un moderado sistema de verificación de su ficción. Los relatos están minados de referencias a la cultura de masas de ese 92, sobre todo cuando hablan los pandilleros (desde Corrupción en Miami y Cypress Hill hasta el último partido de los Lakers en pleno estado de sitio). A eso hay que sumarle los epígrafes sobre fondo negro que encabezan las seis partes en que se divide la novela: citas del comandante de las fuerzas de la guardia nacional James D. Delk, del forense del condado Dean Gilmor, del escritor Thomas Pynchon o del mismo Rodney King, que al mismo tiempo que legitiman el relato acotan el marco de interpretación de los hechos.

Voy a incendiar la ciudad entera yo solo. Quemarla hasta los cimientos para poder construirla con materiales mejores. Para que podamos empezar de nuevo.

Con todo, que nadie espere encontrar en el libro la respuesta a todos los interrogantes que emergen de los hechos. Seis días no es un ensayo oculto en las entrelíneas de un thriller de acción. Lo trascendente, en todo caso, es la voluntad de comprender a una población que ha sido marginada sistemáticamente por el poder. Gattis conoció sus historias mientras grafiteaba las calles de Los Ángeles con el colectivo Uglar Works. Luego recreó «un escenario de libertad» para mostrar cómo y hasta dónde se activan los resortes del margen oprimido y violentado. Esa es la idea. El resto es el ruido de los huesos chapoteando en la sangre.

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SONIDOS DEL SOHO, UN PASO DE PEDRO MONTESINOS

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El experto en sonido Pedro Montesinos viaja hasta Nueva York para trasladarnos, a través de sus grabaciones, a uno de los barrios más famosos del mundo: el SoHo. Un nuevo artículo de nuestra sección Pasos.


La primera vez que visitas una ciudad como Nueva York sabes, de manera más o menos consciente, que estás pisando uno de los lugares más conocidos, filmados, dibujados, cantados y contados del mundo. Y por ese motivo, una infinidad de ideas preconcebidas, prejuicios y falsas impresiones se agolpan en la mente, por muy poco contacto que se tenga con la cultura norteamericana: música, teatro, retransmisiones deportivas, anuncios, noticias, películas, series, libros, cómics, arte, noticias… ¿A quién no le viene a la cabeza un estribillo como el de New York, New York de Frank Sinatra; alguna película de Woody Allen o la imagen de las Torres Gemelas desplomándose en directo en todos los informativos? Son simplemente ejemplos de la enorme cantidad de estímulos más o menos compartidos por personas de casi cualquier lugar del mundo. Además, hay que añadir a ese conjunto de impresiones otro puñado de referentes más personales, que se entrelazan con los primeros y que en mi caso vienen asociados a nombres como The Velvet Underground, Ramones, Sonic Youth o Beasty Boys… (cada cual podrá esgrimir los suyos).

Con ese amasijo informe de referencias generales y particulares, no siempre bien asimiladas, pasear por las calles de la ciudad de las ciudades es una experiencia intensa que entremezcla familiaridad engañosa, evocaciones fraccionadas, conexiones súbitas, contrastes abruptos y cotidianidad resbaladiza… En suma, una amalgama fluctuante y difusa de sensaciones que en buena medida satura, especialmente en las primeras exposiciones, pero que también destila instantes, más o menos duraderos, más o menos discretos, de belleza arrebatadora y fascinante.

La agenda que teníamos prevista para ese día nos llevó hasta el SoHo. El plan: pasear por las calles y hacer algunas compras inevitables. Lo de las compras no es mi fuerte, así que cargué conmigo, en una mochila ligera, el equipo para grabar. Lo llevaba todo montado para que en el momento que decidiese, «cremallera, auriculares, mango con soporte, micro con protección antiviento, grabadora, cremallera, on, probando, probando, rec…»; y a grabar.

Al salir del metro en la parada de Prince Street (en la esquina con la avenida Broadway), optamos por seguir la misma calle hacia el lado oeste para adentrarnos en este barrio reconocido por ser marco de series, películas, cómics, vídeos musicales, fotografías, publicidad, etc. Con la sensación de estar en un escenario, andamos con toda la calma en una mañana fría pero soleada y con poco viento. Cruzamos la avenida Broadway y las calles Mercer y Greene, hasta llegar a la calle Wooster donde, tras una breve incursión en una tienda de ropa y material deportivo (en la que tuve que contener ese latente impulso consumista), dimos la vuelta para volver, con la misma calma, por idéntico camino.

Pasear por Nueva York es una experiencia intensa que entremezcla familiaridad engañosa, evocaciones fraccionadas, conexiones súbitas, contrastes abruptos y cotidianidad resbaladiza

El ambiente general que nos encontramos era el de un barrio bastante tranquilo, con relativamente poco tráfico por la mayoría de las calles, edificios no demasiado altos (entre seis y ocho alturas con sus escaleras de incendios en la fachada), un carril bici por el que pasaron varios usuarios y hasta árboles, de mediano tamaño, en unas aceras no demasiado amplias pero suficiente para que pasen dos o tres personas. La verdad es que no había mucha gente por la calle, y el SoHo parecía un barrio amable en una ciudad relajada por la que tanto turistas como vecinos caminan de un sitio a otro sin demasiadas urgencias. Algo muy lejano de las referencias al «Distrito del hierro fundido» (Cast-Iron District), anterior a la presencia de una importante comunidad de artistas que transformaron las antiguas fábricas y almacenes en enormes lofts, en los que, finalmente, se han ido estableciendo clases más acomodadas.

Al llegar de nuevo a Broadway, decidimos continuar, avenida abajo, por un entorno menos amable pero lleno de comercios. Yo no estaba interesado en las compras, así que cuando mis acompañantes entraron en el primer comercio en busca de unos pantalones tejanos, les dejé ir y me quedé fuera, avisando de que me movería por esa acera hacia abajo, y que les esperaría a la altura de la calle Canal. En cuanto me quedé solo inicié la secuencia prevista (cremallera, auriculares, mango, grabadora, cremallera, on, rec) y me dispuse a escuchar.

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Los primeros instantes son siempre un poco confusos, hasta que te adaptas a escuchar los cambios de presión que producen los sonidos, transducidos por el micro a impulsos electromagnéticos, preamplificados, digitalizados y almacenados en la memoria de la grabadora, al tiempo que entregados para su retransducción en los auriculares. Siempre toca calibrar un poco tanto la intensidad de la señal de entrada como el volumen de la escucha, y confirmar que se está grabando la señal que se recibe… En un par de minutos estaba listo y me dispuse a caminar lentamente por la acera.

(…)


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Una mapa de voces

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«¿Habremos recorrido ya todo el mundo?»

La pregunta se formula en la redacción de ALTAÏR MAGAZINE casi por casualidad, pero es pertinente: llevamos diez meses en marcha en esta nueva andadura digital del magazine y tenemos la sensación de haber estado en casi todas partes. Vamos al ordenador y abrimos nuestra sección de Voces y un mapa del mundo al lado y nos ponemos, como se hacía antes, a clavar chinchetas en él.

«Lo que más ha sido Sudamérica, ¿no?»

Esa sensación da, aunque hemos prestado especial atención a México, que después de todo fue el material de nuestro primer 360º monográfico. Pero también hemos recorrido lugares como El Salvador, a veces para hablar de feminismo, a veces para hablar de cementerios habitados; o Colombia, asistiendo a la ceremonia de los espíritus, o Bolivia, aprendiendo medicina indígena. «¿Y Norteamérica?» La hemos visto menos, pero nos ha dado tiempo de recorrer las llanuras de Utah o de buscar oro en Klondike, por ejemplo.

«¿Estás apuntando los países africanos?»

Siempre nos ha importado mucho conocer el continente más desconocido, dejar de acercarnos a él con paternalismo o desde un punto de vista pesimista, o colonial, y tratar de conocer a sus gentes y sus ciudades tal y como son, no como las dibujamos desde los prejuicios. Y para ello hemos buscado los temas de los que nunca se habla cuando se mira hacia el sur desde Europa. De la literatura de las mujeres del norte de África hasta la situación de la comunidad LGTB en el continente; desde la comida y la cocina en Senegal hasta los sonidos y las músicas que vienen de Mali.

«Lo más difícil ha sido siempre llegar a Asia.»

Todos decimos que sí con la cabeza, porque Asia está lejos geográfica y culturalmente, porque no tenemos el agarre del idioma ni los pasados comunes. Y a lo mejor por eso nos resultan fascinantes de un modo particular Japón o Indonesia, o Birmania. Para llegar a ellas tenemos las extensiones infinitas de Siberia —y hay quien hace escala viviendo tres días en la URSS—. Y aún más lejos nos queda Oceanía, donde nos hemos acercado a conocer la lengua de signos de los aborígenes de Australia.

«El problema de Europa es que todos creemos ya conocerla.»

Uno de nosotros dice que de eso nada, que aún nos queda muchísimo por conocer. ¿O es que acaso todo el mundo cree conocer los volcanes de Islandia y cada barrio de París? Si ni siquiera en España podemos decir eso, donde nos hemos recorrido la meseta con los pastores trashumantes, la marina gallega más salvaje o los pirineos en mulas, como se hacía antes.

Y sí. Echando un vistazo al mapa lleno de chinchetas nos damos cuenta de que hemos estado incluso en el profundo océano. Entonces, ¿habremos recorrido ya todo el mundo?

Nos reímos. No. Apenas acabamos de empezar.