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CRÓNICAS DE EL HAMBRE, DE MARTÍN CAPARRÓS

Por Esteban Ordóñez

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El Hambre arranca dejando claro que si podemos seguir viviendo con la conciencia tranquila ante la miseria de millones de personas es por indiferencia voluntaria o por ignorancia. Una cita marca el camino. La producción agrícola mundial de hoy podría alimentar casi al doble de la población que vive sobre la tierra: «No es una fatalidad. Un chico que se muere es un chico asesinado». Lo dijo Jean Ziegler, de las Naciones Unidas. Martín Caparrós empieza lanzando preguntas y quemando esos conceptos que solemos usar para disimular nuestra parte en la tragedia global.

El objetivo del autor, un objetivo fracasado de antemano, como reconoce en las primeras páginas, es desvelar las perversiones del sistema que posibilitan la existencia de decenas de miles de fallecimientos diarios vinculados a la falta de comida. Caparrós busca una revelación teórica y emocional, intenta que la pobreza cale en el lector. Escribe para resucitar en nosotros una empatía embotada por tantas imágenes y campañas que dan lugar a una idea del hambre manejable a través de apadrinamiento o lagrimitas ante el televisor, un hambre casi irreal, lejana, que nos permite, además, concedernos dosis de bondad y comprar muy barata la sensación de solidaridad.

Un reto casi inasumible para el que hacen falta 700 páginas soberbias, y ni aun así. La batalla contra el hambre es, también, una batalla contra la abstracción léxica. Porque la solución está en nosotros, en los ricos del mundo, y nuestra conciencia se prende a través de las palabras.«Los términos técnicos suelen tener una ventaja: no producen efectos emotivos.» Se refiere a expresiones que hacen muertos porque ralentizan el ritmo de la cooperación, expresiones como «seguridad alimentaria»: un ejemplo de ese idioma tramposo que Martín Caparrós denomina burocratés.

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El libro no se encajona en ningún género: es crónica y ensayo y poesía. Prueba diferentes vehículos expresivos para propagarse por todos los niveles de la percepción y de la comprensión. El Hambre pugna por ser una experiencia completa. Por un lado, la meta es que vivamos la miseria y, por otro, que detectemos con nitidez nuestra parte de responsabilidad en esa miseria. Colaboramos con la pobreza, por ejemplo, al gastar euros en cosas inútiles —«la conquista del derecho a lo inútil, lo contrario al hambre»— o al comer sin medida —«una persona que come carne se apropia de recursos que, repartidos, alcanzarían para cinco o diez personas»—. Y todo se articula por medio de la pulsación rítmica habitual del autor: su trabajo del silencio, de los párrafos ínfimos, su dominio de la tosquedad y de los brotes de dulzura imprevisibles.

Escribe para resucitar en nosotros una empatía embotada por tantas imágenes y campañas que dan lugar a una idea del hambre manejable a través de apadrinamiento o lagrimitas ante el televisor, un hambre casi irreal

El volumen se arma con decenas de entrevistas sobre el terreno, de casos de hambrientos y malnutridos. Caparrós transcribe diálogos que evidencian que la pobreza no es sólo un agujero en el estómago, sino la ausencia de expectativas, el desconocimiento absoluto del concepto «expectativa».

—¿Cuál es tu plato favorito, el que más te gusta comer?
—La bola de mijo.
—¿Sí?¿Es mejor que el pollo?
—¿Pollo? Pollo no puedo comer nunca. ¿Para qué quiero que me guste?

Los relatos dan muchas excusas para caer en la irracionalidad o en la facilidad de un dogma ideológico. En la exaltación, en el condenarlo todo. Sin embargo, el autor consigue sortear los prejuicios —tanto los condenatorios como los benevolentes— acerca de la gente pobre: expone la cerrazón de las sociedades, el machismo, la ignorancia y la violencia sin perdonar un gramo de crudeza y, por supuesto, sin dejar de explicar por qué sucede todo esto. Tampoco se pliega al primitivismo de quienes repudian y demonizan el progreso técnico. Deja claro que, en el fondo, todo es cosa de codicia y no de falta de recursos.

«Seguridad alimentaria» es un ejemplo de ese idioma tramposo que Martín Caparrós denomina burocratés

No sólo sufren malnutrición los niños de África o la India que mueven su barriga hinchada como una bola, también hay carencias nutricionales en el Primer Mundo. El periodista viaja a EE.UU. Allí los desheredados son obsesos, adictos a la comida basura porque es más barata. En ese rodeo por la nación más rica del mundo, acude a la Bolsa de Chicago para detallar cómo los tratantes de acciones, futuros y derivados del mercado bursátil matan de hambre, desde lejos y —algunos— sin saberlo, a centenas de miles de seres humanos.

Martín Caparrós no vende el libro desde un atrincheramiento en la pureza, él no se excluye del sistema; se inculpa. Se cuestiona a sí mismo continuamente en un ejercicio ya clásico en el periodismo narrativo, aunque no consigue sacudirse del todo ciertos asomos de superioridad moral.

El Hambre trabaja en la retaguardia, a la espalda de las grandes catástrofes; busca la tragedia diaria. La mayoría de muertes por esta lacra no suceden a causa de hambrunas, sino del hambre perpetuada. Las hambrunas sí mueven la solidaridad de Occidente, pero «en la sociedad del espectáculo, la malnutrición no tiene cómo ponerse en escena». Eso intenta Caparrós, ponernos ante las narices la película interminable del hambre.