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GUERRILLERO EN GRAZ, UN PASO DE MARC CAELLAS

Marc Caellas vuelve con una nueva crónica a los Pasos de Altaïr Magazine y en esta ocasión nos traslada hasta Graz, Austria y su mundo de teatro. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Llueve en Graz. Hace frío. Es de noche. Poca gente en la calle. Pregunto por mi hotel a un caminante solitario. Su primera actitud es la de guiarme, pero luego se lía, habla por teléfono mientras enciende un resto de porro, y terminamos en una calle sin salida, en otro hotel. Me alejo de él enfadado, como si tuviera la culpa del mal tiempo o incluso de mi mal humor.

Llego al hotel empapado. Es uno de estos hostels que han proliferado en paralelo a las aerolíneas low-cost y al inagotable deseo de viajar de los jóvenes europeos. El ambiente en la recepción es tranquilo, pero cuando me fijo más me entran ganas de largarme a la imperial Viena. White trash all aroundpienso, y sí, no soy diplomático cuando hablo conmigo mismo. White trash es un concepto acuñado en los USA y se refiere a personas que parecen en bancarrota cultural. Gente con modales brutos, mal gusto y peor pinta. La decadencia europea en su máximo esplendor. Si estoy aquí es que también formo parte de ella. 

Sobre esta decadencia trata Guerrilla, la pieza escénica de El Conde Torrefiel que vengo a interpretar y, sobre todo, a entender. Intuyo que esta Guerrilla es ese tipo de obras que marcan un punto de inflexión en el arte de una época. El proceso de creación de la obra genera una implicación con la ciudad donde se exhibe poco habitual. Es una cuestión de tempo. El teatro del siglo XXI es esto. Aunque aparecieron en escena antes, yo me atrevo a decir que El Conde de Torrefiel son una consecuencia del 15-M. Pocos creadores han logrado cristalizar en sus propuestas artísticas toda el malestar, cabreo, pero también la fuerza o energía que brotó en las plazas españolas la primavera del 2011. Sus trabajos son siempre colectivos. Gente de distintas disciplinas se juntan, se tocan y de ahí saltan chispas con las que los alquimistas Tanya Beyeler y Pablo Gisbert afinan sus piezas. 

En junio de 2016, Nico Chevallier y Pablo Gisbert estuvieron una semana en Graz. Montaron unworkshop. Seleccionaron a 12 jóvenes austríacos, de entre 25 y 40 años. Tras un par de días que transcurrieron entre conversaciones introductorias situadas en una zona de confort poco interesante, una de las jóvenes se levantó y dijo: bueno, ¿vamos a hablar en serio o no? Todos aquí tenemos un nazi en la familia, ¿vamos a hablar de eso o no? Resultó que sí, que hablaron, y que uno participó en la entrada en París, otro combatió en Normandía, y otro fue guardia en Auschwitz. Las doces personas presentes eran descendientes de abuelos nazis. La obra en la que iban a participar,Guerrilla, habla de la guerra, de la guerra que viene, aunque no lo parezca, en esta ordenada ciudad de provincias austríaca. El partido de extrema derecha FPÖ había perdido en mayo las elecciones presidenciales por muy poco, pero ciertas irregularidades con el voto por correo hicieron que el Tribunal Constitucional ordenara su repetición para diciembre. Dos generaciones después, un partido xenófobo estuvo a punto de llegar al poder por las urnas; finalmente venció una candidatura independiente vinculada a Los Verdes.

Algunas de estas historias personales se incluyen en la dramaturgia de la pieza. No sólo los cuerpos de los performers sino su alma, sus genes, su pasado. Pablo no tiene listo el texto definitivo de la obra hasta pocas horas antes de la primera función en cada ciudad que se presenta. Esa tensión, que repercute en el traductor, el dramaturgista y los técnicos, se vuelve a favor de la pieza, que se mantiene viva. No deja de ser una ficción, pero con grietas, agujeros por dónde se cuela la «realidad» de esta Europa que se desmorona entre festival y festival, entre anuncio de cerveza Estrella y anuncio de cava Freixenet.

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Graz es la segunda ciudad en tamaño de Austria. Menos pomposa que Viena, Graz tiene la atmósfera de una gran ciudad universitaria, y alberga en su seno comunidades turcas, albanesas y de todos los países de la ex Yugoslavia. El festival Steirischer Herbst se celebra cada año desde 1968 y durante un mes se toma la ciudad con una programación que salta por encima de las divisiones clásicas entre disciplinas artísticas.


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LEAVING CARACAS, UN PASO DE JUAN TREJO

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Hoy comienza a colaborar en Pasos de Altaïr Magazine el escritor Juan Trejo con «Leaving Caracas». Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Esto ocurrió antes de que Hugo Chávez muriera.

Las cosas en Venezuela no habían llegado todavía a convertirse en el trágico simulacro que son hoy en día, pero las circunstancias se desplazaban a toda velocidad hacia el desastre. Podía apreciarse a simple vista.

Caracas me había parecido, nada más llegar, una mole contrahecha y gris, agigantada como un mal presagio. Pasadas las colinas cubiertas de chabolas que flanquean la autopista que lleva a la ciudad, los sucios rascacielos que crecen entre las veloces rondas de circunvalación, apelotonados hasta formar una réplica irreverente al majestuoso Monte Ávila, eran un recordatorio atrofiado de lo que debieron ser los ya remotos años de bienestar económico. No tuve que esforzarme demasiado para entender que los tiempos de gloria de Caracas eran, a esas alturas, poco menos que un ensueño que nadie estaba en disposición de rescatar.

Durante mis días en la ciudad, por otra parte, me hablaron de las espeluznantes cifras de muertos durante los fines de semana, dándome a entender que, a pesar de lo que pudiera parecer, en realidad nos encontrábamos en una zona de guerra. Todos aquellos con lo que entablé relación a lo largo de mi estancia habían vivido directa o indirectamente las consecuencias de la violencia. Conocí al menos a seis personas que habían sido víctimas de robos, a punta de pistola o machete en mano, en los que habían temido por su vida. Dos de ellas, de hecho, habían sido secuestradas en busca de un rescate exprés y habían logrado salvar el pellejo de milagro, pues fueron abandonadas en medio de una de esas zonas suburbanas ajenas a cualquier ley establecida que allí denominan, curiosamente, «barrios».

El mero hecho de salir a cenar fuera de casa implicó durante esos días que tuviésemos que ajustarnos a rigurosos códigos de seguridad, atendiendo a zonas prohibidas y calles marcadas en rojo, propios de una película postapocalíptica de John Carpenter. Si dábamos un paso más allá de las invisibles fronteras, por lo visto, podíamos caer de pleno en el reino del terror.

Sin embargo, la gente seguía viviendo en aquella ciudad abominable. No solo se enamoraban o trabajaban o estudiaban en la universidad, adaptándose a todo tipo de restricciones y amenazas. Me sorprendía mucho más que aún siguiese importándoles comprarse teléfonos móviles de última generación o hacerse implantes mamarios. Ambas cosas podían conllevar una muerte absurda junto a un semáforo o en un descampado. Porque un móvil o unas tetas nuevas implicaban, a ojos de los malandros, un estatus social fatalmente envidiable; a pesar de tratarse de una situación por completo adulterada en la absoluta mayoría de los casos, sostenida en créditos asfixiantes incluso para asuntos de tan escasa relevancia.

Lo más angustiante, por lo que pude entender, era que día tras día aparecían nuevos indicios que llevaban a suponer que el tiempo por venir no iba a ser mejor

En pocas palabras, los caraqueños de a pie, entre los que podría haberme contado de vivir allí, me habían parecido mártires, más que héroes, de una guerra que nadie tenía la confirmación de estar librando. Aunque lo más angustiante, por lo que pude entender, era que día tras día aparecían nuevos indicios que llevaban a suponer que el tiempo por venir no iba a ser mejor.

Por todas esas razones, no pude evitar sentirme aliviado aquella mañana al llegar al aeropuerto Maiquetía Simón Bolívar. Me esperaba allí un moderno y confortable aparato de la compañía Lufthansa que pocas horas después habría de llevarme de vuelta a Europa; a Frankfurt concretamente, camino de Barcelona.

Eso no quiere decir que no hubiese estado a gusto durante mi estancia en Caracas, que no hubiese pasado buenos momentos dignos de ser recordados. Después de todo, me había dedicado básicamente a no hacer nada, a reponerme de los atribulados días que pasé en la Mérida andina, invitado a un estrambótico congreso literario. Había compartido mi tiempo con buenos amigos, entre ellos los que se habían ofrecido amablemente a alojarme en su apartamento de la capital, e incluso había disfrutado de varias de esas situaciones inesperadas que pueden llevar a que te sientas, debido a una afortunada alineación de elementos singulares, como la estrella invitada de una teleserie de éxito.

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Así pues, además de la sensación de fracaso y peligro y desasosiego que parecía haberse pegado a mi piel como una lámina de sudor, me llevaba conmigo un buen puñado de recuerdos; así como el CD de Jorge Drexler que me había regalado mi anfitriona y todos los inservibles bolívares que no había podido cambiar debido a las restricciones gubernamentales.

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