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LIBROS: FALSA CALMA, DE MARÍA SONIA CRISTOFF

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Por Silvia Cruz Lapeña

Cañadón Seco, El Caín, El Cuy, Maquinchao, Las Heras. María Sonia Christoff recorrió esos cinco pueblos y las vías que los enlazan para explicar la Patagonia que no ven los turistas. Falsa Calma (Alpha Decay, 2016) le brotó estando en Tierra de Fuego, donde traducía los diarios de Thomas Bridges, primer habitante blanco de la isla. La tierra que visita y narra Christoff no es nueva para ella. La escritora nació en Trelew y ya había compilado y prologado Patagonia, una selección de relatos en la que algunos escritores sureños del siglo XX retratan sus lugares de origen. Este es un viaje hecho tras veinte años de ausencia pero la autora no vuelve con ojos añorados, ni a explicar su vida allí, ni sus recuerdos. Hay detalles autobiográficos que la ayudan a avanzar, que acercan al lector a la viajera, pero su misión es poner la mirada, explicar lo visto. Y lo visto es una tierra fuera de las rutas turísticas, olvidada, de la que nadie se ocupa, a la que apenas va nadie y de la que nadie huye.

Cuento, embrujo y expulsión. Hay relatos en el libro de Christoff que parecen cuentos. Cuentos con peligro, como ella misma advierte: “Cuando uno realmente quiere llegar al fondo, el cuento completo se quiebra, quedan huecos, incógnitas, un sinsentido del que más vale hacerse amigo.” Dice también la autora que es inevitable sentirse embrujado en la Patagonia. Y también que ese encantamiento se acabe rompiendo: “Para el escritor no siempre es fácil determinar exactamente el instante en el que la malla que conforma al lugar empieza a cercarlo —como la piel que genera un pus alrededor del elemento extraño— antes de expulsarlo definitivamente”. En un lugar desértico, el visitante es bien recibido pero hay un momento, quizás cuando los del lugar descubren que se acabará marchando, en que le hacen el vacío y todos desean que se largue. Christoff se dio cuenta el día en que un perro callejero, hasta entonces parte de una manada tranquila y abúlica, le mordió en la pierna.

Saint-Exupéry, Borges, Thorau o T.S.Eliot. A esos autores y a otros muchos recurre Christoff para acompañar su prosa limpia. Todos ellos, ya sea en referencias o en citas enteras, la invitan a apartar los ojos de lo local y respirar. Y a sacar una lección universal de esos entornos enormes pero limitados. También hay referencias a best-sellers, como es el caso de los libros de Thomas Harris, donde reina el malvado Hannibal Lecter. El asesino se le aparece a Christoff en una pesadilla y le sirve para hablar, de manera ingeniosa y efectiva, del canibalismo que se atribuyó a algunas tribus indígenas de la Patagonia pero también para reflexionar sobre su viaje y su trabajo, con el que a ratos se siente como una invasora: “Que lo que hago metiéndome en la vida, en los cuentos y en la cabeza de la gente es igual a lo que él hace. Que lo que yo llamo una voz bifronte es en realidad canibalismo.”

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Cautiverio, supervivencia, invención. Las palabras también son paisaje en este libro. En la crónica de Christoff aparecen arvejas, mate, avionetas Pipers y lugares con nombres como Pico Truncado. “Pensar que volví por una semana y me quedé para siempre.” Habla un quiosquero que apenas vende unas chucherías cada día y un billete a la semana para un autobús que pasa siempre a una hora aproximada, jamás exacta. “Pensar que volví por una semana y me quedé para siempre.” Repite la frase como si fuera un conjuro, reflejo de una monotonía que provoca que tanto él como sus vecinos se sientan encarcelados. De esa prisión muy pocos huyen y Christoff refleja bien por qué sucede. La imposibilidad no está en las circunstancias, está en el alma. Y todos acaban inventando excusas, historias que justifican su inmovilismo. “Es el desencaje del punto de vista, la distorsión de la mirada que padece el cautivo. Una distorsión que, pareciera, es el precio que se paga en el encierro para no morir”. Esa deformación de la mirada engendra en casi todos los habitantes motivos para seguir allí, enloquece a unos cuantos y mata a otros pocos. “Los chicos de las Heras se ahorcan. A las estadísticas de ese informe citado, hay que agregar los ocho suicidios consumados y los ocho intentados durante el resto del 2003.”

Fantasmas, muertos, cadáveres. “Lo fantasmal no implica el vacío”, escribe Christoff, quien recurre a la Historia para explicar las matanzas de comerciantes a principios del siglo XX en el Paraje de Lagunitas. Es sólo un ejemplo de lo fácil que era desaparecer en la Patagonia no hace tanto. La Historia pone cuerpo, carne, materia a un relato lleno de silencios, de parajes huecos y de supersticiones. Y deja constancia de que a veces en los huecos lo que hay son cadáveres, no fantasmas. La Historia también dice que no hace tanto vivían en Cañadón Seco 2.300 trabajadores. Estaban contratados por Repsol YPF para extraer el petróleo que contiene la tierra. Cuando Christoff publica por primera vez este relato, en 2005, sólo quedan diez personas en ese pueblo. Tampoco esos que no ya viven allí son fantasmas, son despedidos, y reflejan el abuso que se ha hecho sobre una tierra de la que las autoridades, nacionales y extranjeras, han visto sólo el suelo y sus posibles. Casi nunca a sus hombres y mujeres, tampoco sus necesidades. “Tradición de reclamos no atendidos que la Patagonia siempre tuvo con el gobierno central”, escribe la autora sin aspavientos. Pero su calma, como la del título, es aparente. Porque detrás de ese fluir de anécdotas, datos, historias y rostros hay un aullido: el que lanza Christoff contra el olvido.

Falsa Calma. Un recorrido por los pueblos fantasmas de la Patagonia

María Sonia Cristoff

Alpha Decay, 2016. 256 páginas.

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Bruce Chatwin, un Paso de Jorge Carrión

COMPARTIMOS EN ABIERTO UN ADELANTO DEL NUEVO PASO DE ALTAÏR, OTRO EPISODIO DE «LA TRADICIÓN INQUIETA» DE JORGE CARRIÓN, DEDICADA A TRAZAR LA GENEALOGÍA SECRETA DE AUTORES Y AUTORAS CLAVES EN LA LITERATURA DE VIAJE DEL SIGLO XX. ESTA SEMANA HABLAMOS DE BRUCE CHATWIN Y LOS VIAJEROS QUE ESCRIBEN PARA LOS DEMÁS


«El nombre de Bruce Chatwin es un insulto en estas tierras, porque en su libro hay muchas mentiras», me dijo Tommy Goodball, bisnieto de Lucas Bridges, camisa a cuadros roja de leñador y pronunciación todavía imperfecta. «Yo no he leído el libro, pero por sus mentiras no se le menciona en el guión de la visita.» Nos encontrábamos en la confitería de la estancia Harberton, uno de los topónimos más importantes de En la Patagonia (publicado originalmente en 1977). Era octubre de 2003. Poco más de un año antes, en el norte de Australia, James me dijo: «Estás leyendo un libro sobre música, ¿no?», mientras señalaba con el índice Los trazos de la canción (1987). Algunos días más tarde, en un automóvil conducido por dos trabajadores sociales también aborígenes, comprobé que tampoco ellos habían leído la obra más conocida sobre los habitantes originarios de Australia. «Muchas mentiras», coincidieron. Por tanto la escena se repite: los locales no leen a los escritores viajeros. Pero los rechazan. La tradición inquieta se funda en esa paradoja: producimos relatos que hablan sobre unos pero están dirigidos exclusivamente a los otros. A todos los demás. Ese «todos», en fin, nos justifica.

La literatura de viajes ha sido tradicionalmente conformista. Como si le fueran ajenos los saltos cualitativos que marcan el desarrollo de las artes. El libro de Chatwin sobre la Patagonia, no obstante, constituye una escisión formal en la tradición anglosajona del libro de viajes. El único precedente importante de una obra fragmentaria y con elipsis radicales en esa lengua es precisamente el escogido por Chatwin como antecesor: The Road to Oxiana (1937), de Robert Byron. Pero no es la tradición en su propia lengua lo que formalmente le interesa, sino otras: la de Mandelstam, la de Benjamin, la de Cendrars —a quien pertenece el epígrafe que abre el libro—.

En la Patagonia tuvo una recepción fenomenal, no sólo debida a su factura y a su magnetismo. En el índice general de National Geographic de 1970, que comprende de 1947 a 1969, no aparece la voz «Patagonia» (sí «Tierra del Fuego» y se mencionan dos reportajes, uno de 1958 y otro de 1969). En el índice de 1977 (1947-1976), en cambio, sí está «Patagonia»: «Ballenas (Oct. 1972), Vida salvaje (mayo 1976), Magallanes, primer viaje alrededor del planeta, descubrimiento de la Patagonia (junio, 1976)». Por tanto: en los ocho años previos a la publicación de la ópera prima de Chatwin, la revista de viajes más importante del mundo había publicado cuatro artículos sobre esa región, dos de ellos en el año anterior a 1977. El contexto de recepción no podía ser más favorable. Sobre todo si se tiene en cuenta que la fragmentariedad, el trabajo en los bordes de lo testimonial o la recuperación de una lectura benjaminiana de la narración y del espacio sintonizaban a la perfección con el nacimiento de la posmodernidad estricta (en 1972 se había publicado Learning from Las Vegas, de Venturi, Izenour y Scott Brown).

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