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LA RUTA DE LOS MIL ROSTROS

Por María Angulo Egea

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Patricia Almarcegui viaja orgullosa por Uzbekistán y Kirguistán según nos cuenta en su último libro de viajes: Una viajera por Asia Central. Lo que queda de mundo (Edicions Universitat de Barcelona, 2016). Orgullosa de su autonomía; de su libertad de movimientos; de su soledad y de su condición viajera.

Orgullosa de viajar sola. De haber conseguido algo grande: llegar hasta Asia Central. Y por ello se muestra contenta, a veces hasta exultante en este viaje. Pero sobre todo se siente orgullosa de sus pequeñas conquistas personales. Cuestiones sencillas que va superando. Objetivos que cuando una viaja sola tiene que solventar y sortear, pero que no siempre es fácil: lograr que no te timen y no digamos ya un buen precio por un taxi que nos traslade de una ciudad a otra; conseguir el visado para entrar en otro país en un montaje funcionarial cerril y encorsetado de los de «vuelva usted mañana» o mejor «no vuelva». Y otros logros mayores como alcanzar la alta montaña de Song Kul.

Patricia se nos presenta en el prólogo como una viajera avezada. Ha estado en Marruecos, Egipto, Siria, Líbano, Jordania, Túnez, Yemen e Irán. (Acabamos de leer su Escuchar Irán (New Castle Ediciones, marzo 2016). Países de mayoría musulmana que trazan la imaginaria línea del deseo de esta peculiar viajera. Sin embargo, en este viaje por Uzbekistán y Kirguistán (dos países, como saben, escindidos de la antigua Unión Soviética, ¡¡que fueron URSS durante 70 años!!), Almarcegui emerge como una viajera poderosa (empoderada) que solventa situaciones críticas en entornos no especialmente receptivos. Entornos en los que aún extraña que sea una mujer la que organice y decida; la que camina y avanza sola en una soledad deseada. Se lo dice y repite al comienzo de su diario de viaje:

«Tengo que pensar en mí. No tanto en la gente que quiero cuando veo cosas que me emocionan, sino en mí. No disolverme o repartirme en nada ni en nadie. Hacer las cosas solo para mí. Cuidarme».

Solo hará una excepción a esta máxima: su madre. Es en ella en quien piensa y a quien le compra regalos, sedas.

Orgullosa de su autonomía; de su libertad de movimientos; de su soledad y de su condición viajera.

Patricia sigue los pasos autónomos y empoderados de dos escritoras viajeras también poderosas: la suiza Annamarie Schwarzenbach (1908-1942) y la inglesa Vita Sackville West (1892-1962). Dos viajeras enamoradas también de estos territorios y a quienes Almarcegui alude en distintas ocasiones. Sigue algunos de sus consejos viajeros pero también parece invocar (imitar) su actitud vital, «su deseo de ser otro, de aprehender el otro». Dos mujeres que se enfrentaron al montaje patriarcal establecido, desde su bisexualidad, entre otras muchas cosas, y que apostaron por vivir bajo unos parámetros más abiertos.

La cuestión de género está presente en este viaje por Uzbekistán y Kirguistán. Espacios híbridos, de mucha mezcla racial, que revelan el entorno soviético en el que se han desenvuelto durante tantos años, pero que también muestran una poderosa huella musulmana. Tanto en Uzbekistán, donde le rodea un mundo urbanita, como en Kirguistán, donde se impone la naturaleza, Almarcegui repara en su condición de mujer como mujer que mira y lo explicita. También desde su mundano pragmatismo (la decisión de comprarse o no un abrigo por el hecho de cargar con él desde casi el inicio del viaje y de si ocupará todo el espacio de su pequeña maleta); su preocupación por la moda, por la estética, su coquetería; su atención a los hombres, hombres que le atraen, en los que repara y con los que imagina y proyecta un viaje, un encuentro más prolongado. Uno de los capítulos se titula «Los hombres hermosos».

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En su primera negociación con los hombres del hotel de Jiva también es muy consciente de su fisicidad: «Se ríen de mí mientras discuto. No sé por qué. Quizás si fuera un hombre no lo harían. Una mujer gritando en un espacio más o menos público (…) al salir del comedor escucho sus carcajadas». También está presente su conciencia del peligro ante el posible acoso sexual «Vuelvo hacia el hotel. Las calles no tienen iluminación. No se ve nada. Me descubro caminando cada vez más deprisa. ¿Miedo? ¿miedo a viajar sola? ¿miedo de viajar sola por ser mujer?» Sobre este asunto hay un excelente artículo en el monográfico A bordo del género de Altäir Magazine realizado por June Fernández y Cristina Lozano. La mirada de Almarcegui se empapa de los entornos que la habitan y se detiene en el retrato del otro, le presta especial atención a «ese otro mujer o niña»:

Nada más llegar a la ciudad de Taskent:

«De camino al metro, me crucé con mil rostros diferentes. Mi primera visión del país. Las caras redondas y planas de ojos achinados se mezclaban con pieles cetrinas y secas. La mujeres, jóvenes, bellas, rubias, con minifaldas y maravillosamente arregladas, se confundían con otras mucho mayores, quizás de zonas rurales, cubiertas con pañuelos negros de flores, enjutas y de piel oscura» (p. 27)

«De nuevo me cruzo con mujeres de tacones de aguja y minifaldas extremas, casi siempre jóvenes, y otras vestidas de largo de rostros cetrinos afilados» (pp.31-32)

Almarcegui emerge como una viajera poderosa (empoderada) que solventa situaciones críticas en entornos no especialmente receptivos.

En Bujara, que fue el enclave comercial de la Ruta de la Seda, nuestra viajera se ve rodeada de muchachas y niños y juega con ellos a preguntarse cuestiones sencillas: ¿Cómo te llamas? ¿Qué años tienes? ¿Dónde vives? Almarcegui se sorprende de las respuestas que dan las niñas a la pregunta de ¿Qué años tienes? Las niñas de aspecto adolescente responden 9, 10, 11 y las mujeres algo mayores contestan: 15, 16 años. «Me doy cuenta que sus rostros no corresponden a la edad que dicen o, al menos, no la edad que tendrían en España. Mientras allí las mujeres tienen más edad de la que aparentan, en Uzbekistán son mayores de lo que parecen. Otra vida, otras cargas, otra expresión» (p. 48).

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Esta escena termina con una foto de Patricia rodeada por estas mujeres y niños al atardecer de Bujara. No, no termina con «esta estampa» ni con el sentimiento autocomplaciente de nuestra Almarcegui, que se describe en este momento feliz por estar «como si fuera una viajera muy antigua y algo romántica, rodeada por ellos». Nuestra viajera hiperconsciente de lo que le sucede cierra el cuadro con estas palabras de Vita Sackville-West: «decidimos ser bien cínicos; decidimos sin cortapisas ser románticos mientras podamos» (p. 49).

Es consciente de su romanticismo y de su «mala conciencia de viajera postcolonial», tal y como ella lo define, al no saber si tiene que darle dinero o no al hombre que le ha llevado en coche desde Osh hasta la capital kirguisa Biskek (300 km).

Transita por Samarcanda, Taskent, Jiva, Fergana, Bujara, parte esencial del imaginario nominal que ha venido poblando sus sueños de juventud, sus lecturas y estudios. Su deseo viajero se proyecta en estos territorios que construyen un relato; una crónica de viaje a la que suma reflexiones extraídas de su diario, poemas y fragmentos de novelas y comentarios de otros escritores. Viajeras y cronistas como las citadas, pero también se sirve de Ruy González de Clavijo, ¿cómo no?, cuando llega a Samarcanda. La calle que conduce al mausoleo del Gran Tamorlán lleva el nombre de este viajero español del siglo XV que Almarcegui ha estudiado como nos demostró en su ensayo El sentido del viaje (Junta de Castilla y León, 2014).

Repara en su condición de mujer como mujer que mira y lo explicita.

La narradora se mueve entre contrastes y viaja a dos velocidades. Una, rauda y liviana, que muestra su periplo por los paisajes rurales y urbanos. Sus descripciones nutren los cinco sentidos del lector con imágenes, sabores, sonidos, olores y texturas. Casi podemos percibir la gama de colores de la seda de Marguilán; casi rozamos su suavidad. Otra, lenta y difícil, con tiempos de espera interminables, hasta que se llena el taxi o el autobús, y con funcionarios entorpecedores que obstaculizan el tránsito.

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Almarcegui nos hace volar, cabalgar por Song Kul, el fin del mundo o el comienzo de un nuevo mundo, donde fuera de todo pronóstico se canta una alegría gaditana. Pero también nos hace caminar mucho, pasar mucho calor y cruzar fronteras con la incertidumbre y los nervios de antaño de si nos dejan o no pasar al otro lado. Sentimos físicamente el viaje y participamos de sus emociones, de sus cambios de ánimo, de su irritación y de su calma.

En este viaje encontramos una narradora en comunión con el territorio. Almarcegui está y quiere estar sola con este paisaje. Una viajera solitaria por Asia Central que constata que sin viaje, no hay vida.

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Libros: Escuchar Irán, de Patricia Almarcegui

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Por Ana Belén Herrera

Escuchar Irán (Newcastle Ediciones, 2016) es escuchar a Patricia Almarcegui, conocerla mientras se conoce (y se reconoce) ella misma, conociendo Irán. Un país que la fascina a la vez que la cohíbe por extraño, esta vez, porque volverá a Irán varias veces tras este viaje y cada vez conocerá un Irán diferente, y ella será diferente también. Pero esta es su primera vez, siete semanas sola en Irán en 2005 que recogió en dos diarios y ahora ha transformado en esta crónica. Dice Patricia que las experiencias no finalizan cuando se escriben sino cuando se leen. De esta forma cada uno reescribe de nuevo la historia a su manera al leerla, la recibe y la filtra según su propia experiencia. Cada uno escucha su propio Irán.

El Irán que yo he escuchado huele a polvo y pimienta, sabe a sandía y melón recién cortados, y es de color azul, amarillo, blanco, encarnado. He escuchado a Irán con todos los sentidos, a gritos provenientes de las mezquitas y entre susurros de mujeres curiosas. He sentido los pasos acechantes de un hombre en la oscuridad y he disfrutado de una comida hospitalaria. He visto palacios fastuosos, alfombras que representan jardines y jardines creados a semejanza del paraíso. Y todo esto al son de estados de asombro, éxtasis, miedo, tristeza, placidez, soledad. Siempre acompañada de las voces de otra viajeras a las que ha leído (escuchado) Patricia, que le han servido de guía igual que ella me sirve de guía ahora, como Lady Mary Wortley Montagu y Annemarie Schwarzenbach.

Cada uno reescribe de nuevo la historia a su manera al leerla, la recibe y la filtra según su propia experiencia. Cada uno escucha su propio Irán.

Cuando Patricia Almarcegui pisa por primera vez suelo iraní, en el aeropuerto de Teherán, acaba de ganar las elecciones el conservador Mahmud Ahmadineyad, que será recordado como uno de los presidentes más desastrosos desde la revolución islamista de 1979. Ahmadineyad no consiguió sacar de la pobreza a su país, además de ganarse la enemistad generalizada fuera de su país. El Irán que se encuentra Patricia Almarcegui es pobre pero tiene esperanzas en que sus condiciones de vida mejorarán, sobre todo la gente joven, que suma más del 60% de la población. Acoge a muy pocos visitantes extranjeros, aunque son multitud los viajeros iraníes que se mueven entre sus provincias. Y si hay pocos viajeros extranjeros, las mujeres que viajan solas por el país se reducen prácticamente a la autora de Escuchar Irán.

Patricia Almarcegui experimenta en Irán aquello que ya expresara en el siglo XVIII Lady Montagu en sus Cartas desde Estambul, que la mujer occidental que viaja a Oriente es una privilegiada porque tiene la oportunidad de acceder al espacio íntimo y doméstico femenino, y así logra tener una visión completa del lugar. Montagu en sus escritos se reía de los viajeros que hablaban en sus crónica de las mujeres, sin que probablemente hubieran visto a ninguna. Tres siglos después, a la mujer en Oriente se le sigue vetando en el espacio público, por lo que ellas transforman el espacio privado en su espacio público.

«De allí que en Irán y en otros países musulmanes, el espacio privado acaba integrando las características del público. Se traslada al interior de las casas lo que no se puede hacer en la calle (…). El ocio se desarrolla en los grandes salones rodeados de amigos y familiares. Allí la mujer es la dueña del espacio privado y público, pues en el interior de las casas ha sido casi siempre dueña y señora.»

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Los espacios públicos los transita la viajera Almarcegui con prudencia, también lo hace con modestia, siendo consciente de su triple condición de mujer, extranjera y occidental, que condiciona su mirada sobre el mundo, y la mirada del mundo sobre ella. No tiene la cualidad etérea de las mujeres iraníes, que se confunden con el paisaje, y siente temor por ser demasiado visible, lo que le lleva a reflexionar sobre las diferencias entre los hombre viajeros y las mujeres viajeras:

«Aún existen muchas diferencias entre lo que un hombre  y una mujer pueden hacer en el viaje. La más significativa sigue siendo que la mujer no puede visitar los mismos lugares que un hombre. Si lo hace, expone su cuerpo y lo pone en peligro. El cuerpo, siempre el cuerpo (…). Cuánto tiene que viajar todavía la mujer para que la vean transitar por el mundo y se acostumbren a que forme parte del espacio público. A pesar de lo que nos contaron, la mujer que viaja no es peligrosa.»

Durante la última etapa del viaje, Patricia Almarcegui sueña con que no se sabe los pasos de ballet, en ráfagas a su pasado como bailarina, también sueña con que entra como una aparición en su casa o que se queda paralizada frente a una maleta. El viaje empieza a perturbarle. Está llegando a su fin. Se le aclaran alguna dudas personales, sentimentales. Es la distancia. El viaje cumpliendo su función. Sus últimas mañanas en Irán las dedica a reflexionar sobre su estancia.

Escucho los pensamientos que Patricia deja en su cuaderno.

«De este viaje

-Aprendo a estar conmigo y a convivir con mis fantasmas.

-No deseo volver a pasar tantos días sola: no tiene sentido.

-No pensar nunca más que la gente de otros países vive de forma ajena, extraña a mí por la noche. Yo soy la extraña.

-El odio a la gran ciudad: la necesidad de la naturaleza y el paisaje, verde o no. En este caso, el de las montañas iraníes y sus sombras.

-El intento por conocerme, saber por qué actúo así, qué elementos pudieron determinarme.

-Hablar con el corazón, dejarle hablar. Como escribiría Hafez: ‘la rebelión del corazón’.

-El mundo se parece entre sí cada vez más: diferentes tradiciones y culturas pero las mismas necesidades.

-Ir de viaje: salir del medio para relativizar lo pequeño, nimio y estúpido. En definitiva: ver de otra manera.»

Reflexiva, sensible, sincera hasta ser seca, a veces, melancólica, entusiasta, fuerte. Mujer de pocas palabras y honda escritura. Así pienso que es Patricia Almarcegui. No la conozco, pero tras mi lectura embelesada de su Escuchar Irán tengo la sensación de que sí, de que tal vez la conozco un poco.


Escuchar Irán
Patricia Almarcegui
Newcastle, 2016. 140 páginas.

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Oriente de mujer, por Patricia Almarcegui

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Acosadores, interpretaciones machistas, juicios familiares. Autoprotección y reflexión sobre las barreras culturales. A una viajera le pasan estas cosas. Con estas tres estampas, Patricia Almarcegui aterriza en su propia experiencia personal muchas de las vivencias que afrontan las mujeres que deciden desplazarse solas por el mundo. Un texto para nuestro 360º «A bordo del género» del que dejamos un adelanto aquí.


(…)

Me gustan las noches en los viajes. Ver las ciudades iluminadas y descubrir por las ventanas el interior de las casas. Elegir un sitio para cenar y pasear después en el silencio y la oscuridad para recordar y fijar el día. No recuerdo qué cené aquella noche, probablemente raviolis o mantis, almendras tiernas y albaricoques perfumados naranja oscuro, pero sí recuerdo que fui después a un pequeño parque detrás de la Mezquita Azul. La cúpula irisada se recortaba espléndida en el cielo. Busqué un banco donde hubiera mujeres —quién sabe si consciente o inconscientemente— y me senté a su lado. No sé cuándo pasó. Debí de quedarme escribiendo en mi cuaderno o mirando el mapa y, al levantar la cabeza para ver de nuevo la cúpula, me di cuenta de que las mujeres ya no estaban y que, en su lugar, se habían sentado un padre con su hijo. El joven se puso a mi lado y el padre en el extremo izquierdo del banco. Me preguntaron de dónde venía. Con cierta parquedad, casi descortesía, contesté y centré de nuevo la mirada en el cuaderno.

—¿Tiene un mapa?— preguntó el hijo.

Extendí la mano y se lo di. Se puso a mirarlo dándole vueltas y buscando la luz de las farolas para iluminarlo. Seguí con la vista fija en el cuaderno. El joven se levantó y se acercó a la luz para verlo mejor. En un segundo, el padre le quitó el puesto y se apostó a mi lado. El hijo volvió a sentarse. Noté que un brazo me rodeaba por los hombros y me abrazaba por detrás.

—¿Qué hace?— pregunté al padre.

Sonrió y continuó con su brazo.

—¡No!— exclamé y empujé mi cuerpo hacia adelante.

Me preguntó con suavidad.

—¿No quieres?

No contesté. Me levanté y volví al hotel. Durante varios años seguí saliendo después de cenar a dar un paseo. Si no me equivoco, la decisión la tomé en Isfahán. Fue allí donde opté por recogerme en el hotel tras la cena. Es más, cenar en el hotel en el que me alojara para no tener que andar sola por la noche. Tengo recuerdos de los pasos huecos de un hombre en Damasco; los ojos desmesuradamente abiertos de un demente en la estación central de Bruselas; los gritos de dos bárbaros extramuros del Coliseo. Aunque no hace falta irse muy lejos, también ocurre en el parque de la Ciutadella de Barcelona. A una viajera le pasan estas cosas.

(…)


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Las Voces y los Pasos de 2015

Se nos acaba el año 2015 y es buen momento para echar un vistazo a todas las Voces y los Pasos que hemos publicado en estos doce meses para saber cuáles han sido los textos de Altaïr Magazine que más han leído nuestros lectores. ¡Allá vamos!


 

VOCES

 Di por casualidad con Monzo en una isla cerca de Bodo, una pequeña aldea en el este de Nigeria, porque vi las redes desde nuestra barca. Junto a él, dos chicos jóvenes reparaban unas largas redes blancas que colgaban de los árboles y que parecían telarañas gigantes. Detrás de ellos, otro hombre —Baribo Saathi, sabríamos después, también cincuentón como Monzo—, remendaba otra red mientras escuchaba un pequeño transistor. Paramos el motor de la embarcación y giramos hacia la orilla. El aire olía a gasolina. La punta de la barca se clavó en la arena como una cuchara en una mousse de chocolate. La tierra er a una pasta de color negro que se pegaba a la piel y picaba. Cuando Monzo vio mis esfuerzos para sacarme ese veneno de entre los dedos de los pies desnudos, me regaló un consejo.
—Te acostumbras, después de los años la piel se endurece y te deja de molestar.
«Maldita buena suerte», Xavier Aldekoa

Caparrós---Los-viajes-del-hambre---Biraul-(baja)Me decían que acá el hambre era distinto. Es distinto porque a veces no mata. En la India, el hambre no suele ser agudo: millones de personas llevan muchas generaciones acostumbrándose a no comer lo suficiente, desarrollando, a lo largo de generaciones, la habilidad de sobrevivir comiendo casi nada, demostrando las virtudes adaptativas de la especie. Los humanos sobrevivieron, conquistaron la tierra porque saben adaptarse a tantas cosas: aquí se adaptaron a casi no comer y, por eso, millones son bajos, flacos, módicos, cuerpos que saben subsistir con poco.

«Los viajes del hambre: Biraul», Martín Caparrós


Entroido1Si el Entroido —carnaval— de Galicia (España) tiene un epicentro, éste está sin duda en la plaza de La Picota del pueblo de Laza, en las faldas del macizo central orensano. Esta población de apenas 700 habitantes forma, junto con Verín y Xinzo da Limia, el llamado «triángulo mágico del carnaval gallego».

Galicia es tierra de símbolos y esta es la fiesta pagana que inaugura el año y despierta a la naturaleza. O Entroido da la bienvenida a la primavera desde el medievo, burlándose de forma grotesca de todas las normas establecidas: las del decoro, la justicia o la política. Todas ellas son blanco fácil en muchos pueblos gallegos durante los días de Entroido.

«El carnaval más salvaje», Víctor Barro


PASOS

Marruecos1Agadir no cuenta con una parte antigua, el terremoto la destruyó. Sin embargo, su zoco es todo lo oriental que un viajero documentado puede desear. A pesar de ello, hay algo diferente. Otros volúmenes. Montones afilados de frutos pequeños. Pirámides rojas que sobresalen por el skyline de los puestos de frutas y verduras. La retina es atraída irremediablemente hacia ellos. El sol de la tarde atraviesa los huecos del techo y cae desafiándolos y apuntando hacia las cumbres incendiadas. Fresas descomunales y exageradas. Me invitan a probarlas, pero me producen cierto temor. Prefiero un zumo de los frutos naranjas. Mientras los exprimen con fruición, me doy cuenta de su tamaño: enorme. Entre los puestos, caminan algunos vendedores que ofrecen cajetillas de frutos rojos, grosellas, moras: de nuevo generosísimos. No los había visto antes en otro mercado. Como si sospechara de algo, lo recorro de nuevo rápidamente. Todo es muy grande, como si se hubiera hinchado, es más, como si se hubiera «anabolizado».

«Esto no es Marruecos», Patricia Almarcegui


CAbecera-Así-nace-viajeroQuienes viajan se definen por su profesión, por la intención con la que parten, la época, sus cualidades o el resultado de su transitar. Viajeros fueron los primeros hombres que salieron de África y cruzaron el estrecho de Bering, Darwin a bordo del Beagle y los que caminaron en la luna. Hay viajeros psicotrópicos, imaginarios, espirituales, oníricos e interiores. Viajero es el peregrino, el marinero, el pirata e incluso el muerto que va «al más allá». O puede ser un héroe como Don Quijote o Ulises: protagonistas de travesías épicas, gestas de caballería, aventuras en alta mar o en los confines del mundo. Viajero es el peregrino que visita lugares sagrados, el misionero y el creyente que viaja para expiar sus pecados. Y hay peregrinos laicos: aquellos que recorren los pasos de un artista o figura histórica y sus escenarios —a Kafka lo buscamos en Praga, a Joyce en Dublín y a García Márquez en Aracataca. Pessoa es un espíritu que todavía se sienta en el café A Brasileira en Lisboa—.

«Nace un viajero», Juliana González Rivera


Paso-Carrión-Burton-Holmes-bajaUno de los primeros en explorar esa hibridación entre la figura del viajero y la del cuentacuentos fue Edward L. Wilson, autor de Wilson’s Lantern Journeys y editor de Philadelphia Photographer, quien empezó uno de sus shows con las siguientes palabras: «Podremos viajar por arte de magia desde Havre hasta París». Durante sus desplazamientos, el viajero persigue escenografías desconocidas, nuevos trucos, sorpresas inesperadas; en escena, todo lo ensayado en la inquietud se convierte en un espectáculo de magia. A finales del siglo XIX, el gran mago de las conferencias de viaje era John L. Stoddard, quien —gracias al mérito de haber creado un público masivo— recorría incansablemente América del Norte con sus monólogos ilustrados por instantáneas de los cinco continentes. La necesidad de archivo que su éxito reclamaba se expresó en la publicación de sus conferencias en formato libro; pero no hay duda de que el valor no estaba en la letra escrita, sino en la hablada. En la actuación. Así lo entendió un niño de nueve años, que quería ser mago y entretenía a su familia con trucos de cartas, cuando su abuela lo llevó a ver una conferencia de Stoddard. El niño se llamaba Burton Holmes e iba a ser el mayor travel lecturer de la historia.

«Burton Holmes», Jorge Carrión


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Galle. Varar en Sri Lanka. Un paso de Patricia Almarcegui

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Imagen de Bárbara M. Díez

COMPARTIMOS EN ABIERTO UN ADELANTO DEL NUEVO PASO DE ALTAÏR, EN EL QUE PATRICIA ALMARCEGUI HACE UN BOSQUEJO DE GALLE, UNA CIUDAD DE SRI LANKA QUE MIRA AL OCÉANO ÍNDICO Y DE LA QUE ES DIFÍCIL SALIR, EN PARTICULAR SI ERES ESCRITOR Y VIAJERO.


Galle es uno de los lugares más hermosos del mundo. Como diría Nicolás Bouvier, un derroche de belleza inútil y un lugar que no se parece a nada de lo conocido. Allí pasó el autor de El pez escorpión (Altaïr, 2011), posiblemente el escritor más interesante de libros de viajes del siglo XX, ocho meses en 1951. Una experiencia que tardó 25 años en poner por escrito pues hay viajes cuyo destino es el infierno. Viaje en negativo o un no viaje se les ha llamado, recorren el mundo en una lógica mítica o iniciática, como escribe Friedrich Wolfzettel, en la que los viajeros se «descubren a sí mismos». La «transgresión»de los límites, afirma Dennis Porter, se produce «descendiendo» simbólicamente al infierno o inframundo, un viaje al interior del que los viajeros salen «reconocidos». Así  ocurre con muchos viajeros. Arthur Rimbaud en Adén; Annemarie Schwarzenbach en Teherán; Federico García Lorca en Nueva York o Rainer María Rilke en París.

Bouvier acababa de cruzar Turquía, Irán, Pakistán, Afganistán e India en un Fiat Topolino; el mismo itinerario que una década después se convirtió en la vía mítica de los hippies. Sin embargo su viaje no terminó allí y continuó hacia el Sur hasta llegar a Sri Lanka, donde contrajo la fiebre amarilla. De su experiencia surge una escritura claustrofóbica, dura, aristada, de la que saldrá renovado.

A pesar de que son varios los escritores que residen en Sri Lanka a lo largo del siglo XX, muy pocos la hacen objeto de sus libros, Paul Theroux y Leonard Woolf principalmente. Pablo Neruda, Paul Bowles, D. H. Lawrence y Arthur C. Clarke aprovechan su estancia en la isla para redactar algunos de sus libros más conocidos. Son los llamados escritores de despacho, quienes escriben del mundo fuera del mundo. El caso más significativo es el de Paul Bowles. En 1954, seis años después de la independencia de Sri Lanka, compra la isla de Taprobane en Welligama, a unos 20 km de Galle. Apartado de tierra firme, apartado de Sri Lanka, ajeno a Galle, continúa y finaliza su magna obra La casa de la araña que transcurre en Marruecos. Entre los grises del océano Índico, la seguridad de una isla situada a sólo unos metros de tierra y utilizando el inglés, lengua administrativa de la isla desde 1802, Paul y su mujer Jane (que sólo se queda ocho meses pues no soporta la humedad) consiguen uno de los hitos buscados consciente o inconscientemente por los viajeros. Ser exóticos. Invertir el objeto de la mirada y, en vez de observar a los otros como exóticos, serlo ellos frente a los cingaleses.

En mi primer viaje a Sri Lanka, cuatro años después del tsunami, un pescador de Welligama me contó cómo había visto brotar del mar montañas y cordilleras. Mientras lo contaba, el agua enfrente de mí pareció retirarse y, antes de tomar impulso en una ola gigante, del horizonte surgió la montaña de la isla mínima de Taprobane. Welligama, junto con Galle, fue uno de los lugares más azotados por el tsunami en el año 2004.

¿Qué se puede esperar de un país en el que los días de luna llena son fiesta nacional?

(…)


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