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Ritmo de memoria y lucha, por P. Godoy y B. Jiménez Luesma

CandombeEl candombe es la música afro de Uruguay. Hoy día, en el desfile de «llamadas», inunda las calles de alegría, pero en sus orígenes fue el canto de la lucha, el ritmo de los negros esclavizados. Paty Godoy y Berta Jiménez Luesma hablan con algunas de las figuras claves de la cultura afro-uruguaya en Montevideo en nuestro 360º. Aquí, un adelanto.


El candombe es la música afro-uruguaya por excelencia, surgida en la época colonial en las zonas montevideanas en las que vivían los negros esclavizados: Barrio Sur y Palermo. En sus orígenes, las comparsas de candombe estaban formadas solo por tamboriles —una cuerda de tambores—, pero con el paso de los años se han sumado otros personajes como el Escobillero, la Mama Vieja o la Vedette. En la actualidad, el desfile de Llamadas, que se celebra en febrero con motivo del carnaval, reúne a todas las comparsas de la ciudad; es la mayor convocatoria candombera de todo el año.

Pasear por Barrio Sur y Palermo, los barrios candomberos históricos, es en parte trasladarse al Montevideo más colonial: casas bajas, con murales o pintadas, siempre coloridas, se intercalan como marcando un camino. Encauzan el paseo que las comparsas —oficialmente, desde el siglo XIX— recorren cuando salen a llenar las calles no sólo de músicas, bailes y ambiente festivo, sino, sobre todo, de raíces africanas y respeto por los ancestros. El candombe se define como la música afro-uruguaya, el alma del carnaval —que todos los montevideanos anuncian orgullosos, no como el más importante, pero sí el más largo del mundo—; una pieza clave de la vida cultural de la urbe.
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Domingo en Montevideo. La tarde está cayendo. Algunas comparsas, cada una en su barrio, salen a ensayar. Tambores al hombro —chico, repique y piano—, encienden hogueras en cualquier esquina de la calle para calentarlos. Aunque es por una mera cuestión técnica —el material tiene que templarse para alcanzar el sonido genuino para el que fue creado—, que decenas de personas se reúnan en torno a una hoguera cómplices de lo que está a punto de pasar tiene algo, mucho, de ritual. Calientan durante unas horas, cada cual en su cuadra. Mientras, ríen, fuman y algunos hasta beben vino de la botella. Finalmente arrancan, y con ellos muchos de los vecinos del barrio, que llamados por la música, salen de sus casas para unirse. Otros, desde sus balcones, apoyan la manifestación artística con sus movimientos más sinuosos. Los niños bailan, los perros pasean de un lado a otro más rápidos e inquietos de lo normal —o eso parece—. El candombe es muchas cosas, pero una, quizás la más importante, es la mayor expresión de memoria histórica de un pueblo, el afro-uruguayo, estigmatizado durante siglos, que todavía hoy lucha contra el racismo estructural. Cada serie, cada ritmo, parecen romper las barreras raciales.

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Puro verso, por P. Godoy y B. Jiménez Luesma

Puro.VersoUna librería puede ser muchas cosas, entre ellas el retrato de una ciudad, y cada uno de sus libros, un trocito del alma de sus habitantes. La librería Puro Verso habla mucho de Montevideo y de los uruguayos y su dueña Nefeli Forni nos habla de cómo es el oficio de librero. Paty Godoy y Berta Jiménen Luesma estuvieron allí y lo cuentan en nuestro 360º montevideano. Dejamos aquí un fragmento.


Estamos en la Ciudad Vieja. A nuestras espaldas dejamos el Palacio Salvo y su misticismo. Atravesamos la Puerta de la Ciudadela. Elevando la vista, ese edificio que, de tan feo, es bello. Su estilo años 70 choca con el art déco de Palanti. Decenas y decenas de grises cajas de aire acondicionado se agrupan, sin orden, configurando junto al cielo azul un ajedrezado: arquitectura casual, infraestructura matemática. El centro de Montevideo es sólo un aperitivo del eclecticismo que se extiende por toda la ciudad. La peatonal de Sarandí, ya en su comienzo, se ve muy transitada. Ejecutivas de traje, puestos de venta de cuero, paseantes con el termo de mate bajo el brazo. Y, a pesar del frío, jóvenes que almuerzan al aire libre.

En una localización tan privilegiada como esta se encuentra la librería Puro Verso, alojada en el edificio Pablo Ferrando, de 1917, de estilo industrial, con grandes ventanales de espejo y columnas de hierro. El escaparate es curvado, la entrada de simetría kubrickiana y la escalera art nouveau se encuentra junto a uno de los ascensores más viejos en uso en todo Montevideo. Pero sobre todo… huele a libro. En Puro Verso huele a libro más que en cualquier otra librería.

Encontramos a Nefeli Forni, su dueña, entre Sarajevo de Alfonso Armada y El Hambre de Martín Caparrós, bajo la atenta mirada de Gay Talese y las cínicas hojas de Kapuściński. Envuelta por la cultura japonesa, la literatura rusa y, sobre todo, el ensayo transfronterizo. Ella nos explica que el ensayo es la lectura nacional. También el libro técnico, el de psicología, el de filosofía… Tal vez por eso los uruguayos son tan buenos narradores, tan reflexivos y teóricos. Esa sensación de que la cultura está en el aire, y con solo respirar, ya eres medio sabio.

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Forni reflexiona sobre su profesión. Ha tomado el relevo de su padre, jefe histórico de la empresa. No sólo trabaja en una librería: es librera. Y, como tal, conoce el contenido y el continente de su tienda. Según apunta Jorge Carrión en su ensayo Librerías, Puro Verso es una de las mejores librerías del mundo:

«Muchas tardes de domingo me dedico a vagar por la red en busca de librerías que aún no existen para mí, pero que ahí están, esperándome. (…) La mayoría son claramente espectaculares, como Tropismes de Bruselas o como Puro Verso de Montevideo. La cita que preside la página web de ésta pertenece a Ferlinghetti: “He dormido en cien islas donde los libros eran árboles”. El espacio físico está a su vez presidido por una cristalera art déco, en lo alto de unas bellísimas escaleras. Puro retroespectáculo».

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Una ciudad diversa, por P. Godoy y B. Jiménez Luesma

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A través de Caín, el primer boliche gay de todo Montevideo, Paty Godoy y Berta Jiménez Luesma se adentran en los últimos 20 años de la ciudad: cómo ha pasado a convertirse en «la isla» latinoamericana en lo que a diversidad sexual se refiere. Una urbe LGTBIQ, abierta y friendly no sólo en el ámbito institucional, sino también en el social. Dejamos aquí un adelanto de este texto de nuestro 360º sobre Montevideo.


Un día más, Gerardo Palabés se dirige hacia el barrio Cordón, a unos 40 minutos de la Ciudad Vieja. Baja por Arenal Grande y tuerce la esquina al llegar a Cerro Largo. Ahí está su negocio, Caín, el primer boliche gay que abrió en la ciudad, y que todavía hoy ameniza las noches montevideanas. La fachada, cubierta de un grafiti en tonos fríos, plasma la dualidad que ha representado Caín: el yo público y el yo privado, el libre o el liberado, y el oculto o enclosetado. Un rostro dividido: una mitad tradicional y otra mitad, transformada, maquillada y con una larga y furiosa melena azul que se enreda por toda la pared: la normatividad y lo queer. El transformismo, la performance del género y la textualidad de los cuerpos. Parece que Montevideo es una ciudad LGTBIQ (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans, Intersexuales y Queer), diversa y abierta, pero un día todo fue marginal, minoritario. Todo fue secreto.

En estos últimos años, Uruguay —y en concreto Montevideo— ha (re)aparecido en el mapa. El ahora expresidente Mujica, o el Pepe, como lo conocen los uruguayos, ha convertido al país en uno de los punteros en lo que a derechos sociales se refiere. Unas reformas que buscan la diversidad interseccional: por etnia, clase, género y sexualidad. En 2013 se aprobó la ley que permitía el matrimonio igualitario, coronándose así Uruguay entre los 12 países mundiales en tenerla —y siendo el segundo país en Latinoamérica en hacerlo, después de Argentina—. Pero no se trata sólo de una diversidad oficial e institucionalizada. La sociedad uruguaya parece haberlo interiorizado: en pocos años, la LGTBIQfobia ha dejado paso a generaciones inclusivas. Jóvenes abiertos, que no temen y que trascienden la norma heterosexual y cisgénero (cuando la identidad de género de una persona concuerda con la que le asignaron al nacer) y que acogen todas las opciones. La esfera social ha crecido y evolucionado, y con ella (¿qué fue antes, el huevo o la gallina?) la legal. Y, cuando lo social y lo legal van de la mano, todo se armoniza para que lo económico también encuentre su nicho.

Gerardo levanta la persiana metálica de Caín; un gesto que repite desde hace 19 años, jornada tras jornada, y cuyo significado ha pasado del activismo y la clandestinidad a la modernidad y la reinvención.

La localización de Caín no es casual. Como el homónimo bíblico, expulsado al este del Edén por homicida, el boliche se instaló en el extrarradio. Fruto del pecado, que no podía sino ser origen de más pecado, Caín fue condenado a vagar eternamente por la Tierra. Dice Gerardo: «En aquel momento nadie quería que lo vieran entrar a una disco gay, por eso estamos aquí, en un barrio que no está dentro de la movida de fiesta de la noche».

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En ese momento, como nos cuentan sus propietarios, se trataba de un lugar underground, escondido; recuerdan que hasta había gente que, para no ser reconocida, llevaba ropa para cambiarse dentro de Caín.

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Rubén Rada, por Paty Godoy y Berta Jiménez Luesma

radaAbanderado del candombe, aunque ha trabajado múltiples estilos —pop, rock, hip-hop, plena…— fue el primer Grammy Uruguayo, el orgullo de un país y de una ciudad. El Negro Rada cuenta a Paty Godoy y Berta Jiménez Luesma cuándo empezó a cantar, cuál era su verdadera vocación y cómo es posible luchar con el ritmo. Un texto de nuestro 360º dedicado a Montevideo, del que dejamos aquí un adelanto para nuestros lectores.


Apoyado en el marco de la puerta de su pequeño estudio de música, próximo a la Ciudad Vieja, en el centro de Montevideo, Rubén Rada nos recibe agitando el brazo. Pasan apenas unos segundos —ni siquiera llega a pisar la calle, está con un pie dentro y el otro fuera— cuando desde una camioneta en marcha se oye el chillido de dos voces extáticas, entre el asombro y la admiración:

—¡Rada! ¡Rada!

No son necesariamente fans, seguidores de esos que, enfurecidos, meten codazos en primera fila. Es más que probable que no hayan escuchado todos los discos que tiene en el mercado —produce en torno a dos al año desde hace más de 40—. Y seguro que siempre discuten al enmarcarlo en un estilo: desde la cumbia hasta el candombe, el espectáculo infantil y el pop, el jazz y la murga, Rubén Rada lo ha tocado todo. Pero no importa. Cuando se trata de Rada y de los uruguayos todo se traslada a otro plano: con solo nombrarlo se enternecen, se les achinan los ojos y se les hincha el pecho. Rada trasciende el fenómeno del ídolo. No es sólo un cantante, un gran músico, o el primer Grammy de Uruguay. Es su voz, su raíz, su pase internacional (junto a Luis Suárez y a Pepe Mujica). Es el Negro Rada.

Nos acoge en su estudio, alegre pero sin ostentaciones ni aspavientos o excesos. Y como si nuestra visita fuese algo cotidiano, de inmediato nos inserta en su rutina. La primera impresión de Rubén Rada es poderosa: es alto, muy grande, de barba cana, lo que inevitablemente le hace tener un aire al promotor de boxeo Don King —pero en una versión gaucha y socialista—. Dos pendientes largos de madera cuelgan rozando su cara a la altura de la sonrisa. Pantalón de camuflaje, chaqueta ancha y zapatos pop-art. Se sienta en la caja rumbera, en la zona de grabación, la del «on air», la del barro y la acción.

—Este lugar, para grabar… —clap,clap,clap,clap; da cuatro palmas para demostrar la buena acústica— ¡Es bárbaro!

Rada hoy es músico, pero hasta los 17 años quiso ser futbolista. «El plan uno era el fútbol, el plan b, la música». Una tuberculosis le tuvo dos años en el hospital y le dejó fuera de juego: «Un día le dije a Dios —tuve una época en la que era muy católico— que me diera otra oportunidad para poder jugar». Pero nada. Así que empezó a cantar, y más tarde se hizo judío.

—Yo era de una familia pobre. Aunque para «hacer paquete» y ser fino ahora se diga «humilde», yo era de una familia pobre, pobre. Yo vivía muy cerca del estadio. Yo pedía plata en el estadio. Yo abría la puerta de los taxis… El fútbol estaba ahí.

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Siempre formó parte de su entorno y lo tenía in mente aún cuando «de muy chiquito», ya empezó a hacer imitaciones sobre una mesa: «¡Cuando salí de mi Españaaa!», canta poniendo voz de Juanito Valderrama. Rada asegura que interpretaba cualquier cosa, que era un showman… ¡Era un pájaro! Hasta que aparecieron los Beatles.

—Con ellos me morí, ¡me emocioné tanto..! Y a partir de ahí empecé a componer.

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Graffiti contra balas, por Paty Godoy y Juan Camilo Castañeda

Entre los años 2001 y 2003 la zona de la Comuna 13 en Medellín, se convirtió en escenario de una guerra que tuvo como protagonistas a milicias, guerrillas, paramilitares y Fuerza Pública. Década y pico después, la Comuna 13 ha cambiado de aspecto a partir de la iniciativa de sus propios habitantes. Paty Godoy y Juan Camilo Castañeda siguen la ruta del «Graffitour», un recorrido urbano grafitero por el barrio, en un reportaje para el 360º sobre Medellín, del que dejamos aquí un pequeño adelanto.


A finales del siglo pasado Medellín era una de las ciudades más violentas del mundo. De entre todos las zonas calientes de la capital paisa, una destacaba por encima del resto: la Comuna 13.

En las laderas de los cerros del sur de Medellín se localizaba una de las zonas más violentas que durante años había quedado abandonada por el Estado y en la que, a principios del siglo XXI, los distintos grupos armados legales e ilegales campaban a sus anchas en un casi estado de excepción perpétuo con una cuota diaria de sangre. Poco más de un decenio después de aquellos lúgubres días y, aunque no se puede decir que los problemas de esta parte de Medellín hayan desaparecido, la situación es radicalmente diferente.

Los grandes esfuerzos de los movimientos ciudadanos y también de las últimas corporaciones municipales han logrado cambios muy significativos en la Comuna 13 y no sólo de carácter urbanístico, educativo y sociosanitario. También hay un destacable y nada despreciable cambio de apariencia, de aspecto, en las calles del barrio: la piel de estas rúas luce diferente, lozana, atractiva.

Hoy la Comuna 13 presenta ufana y orgullosa muchos de sus cambios en un recorrido urbano llamado «Graffitour» organizado por los artistas y músicos de Casa Kolacho, un centro cultural comunitario del barrio. A partir del trabajo cotidiano de, entre otros, Jeihhco —del grupo de rap C15—, de su compañero Daniel Felipe Quiceno (artista grafitero con alias «El Perro») y de Kabala, músico, profesor y guía del «Graffitour», este recorrido por la Comuna 13 nos demuestra cómo la cultura hip-hop es más fuerte que las balas y como el arte es, siempre, un motor de cambio, un motivo de esperanza.

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Hector Abad Faciolince. La memoria sin rencor

Escritor y periodista, novelista, poeta, Héctor Abad Faciolince es una de las voces más reconocidas y prestigiosas de las letras colombianas. Paty Godoy lo ha entrevistado para nuestro 360º sobre Medellín en una conversación en la que han hablado de literatura, de libros, de lectores y, por supuesto, de Colombia, un país del que no se puede dejar de hablar.

Aquí dejamos un pequeño adelanto de esa entrevista, que puede leerse completa en el magazine.

«Yo creo que nunca escribo ficción, parto siempre de mi experiencia y de mi memoria, y de mi observación, de mis orejas y de mis ojos. Lo que pasa es que lo reconstruyo dentro de mi cabeza, con mi memoria. El problema es que tengo mala memoria. La mala memoria es para mí una especie de fantasía.»


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El viaje improbable, por Paty Godoy

La publicación de la Mirada de la Semana sobre el fotógrafo José Luis Vidal Coy nos ha llevado a recordar el cortometraje documental y el texto que escribió Paty Godoy para nuestro 360º monográfico sobre México, siguiendo el rastro de los protagonistas de la novela de Roberto Bolaño: «El viaje improbable. Cruzar México tras el rastro de Los detectives salvajes». Un documento que ahora compartimos en abierto y para todos nuestros lectores.


 

Aseguran los que conocieron bien al escritor chileno Roberto Bolaño que nunca admitía el menor comentario en contra de México, un lugar dónde vivió, estudió y se convirtió en escritor antes de su viaje a Europa, que le acabaría conduciendo a la villa de Blanes, en la costa catalana.

Cuentan sus amigos que Bolaño había «idealizado» México hasta tal punto que, incluso, y de alguna manera, tenía miedo a volver. México le brindó los escenarios ideales —tanto reales como ficticios— para sus novelas más extensas: Los detectives salvajes y 2666; una historia que, por cierto, acaba con la palabra «México».

El escritor recibió muchas invitaciones para volver a este país, pero nunca aceptó. Puede que se debiera a sus habituales ganas de llevar la contraria o porque, según confesó, tenía miedo de morir allí. O, simplemente, puede que fuera para no sentirse decepcionado al no encontrar en aquel país la alucinatoria fuerza que él había recreado en la distancia con la ayuda de su prodigiosa e imaginativa memoria y unos cuantos mapas.

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Sus allegados reconocen que muchos de los episodios que aparecen en Los detectives salvajes eran bien conocidos por sus amigos mucho antes de formar parte de la historia de la literatura en español: en muchos casos, les habían sucedido a conocidos o amigos comunes. Bolaño, eso sí, supo dotarlos de unas dimensiones dramáticas muy poderosas, casi  épicas.

Uno de los momentos literarios más impresionantes de la trayectoria de Bolaño es precisamente el capítulo final de Los detectives salvajes y la videoperiodista mexicana Paty Godoy lo recrea de manera poética en un ensayo visual que sigue esa línea creativa que el escritor español Jorge Carrión ha definido como del «metaviajero»: un tipo de viajero que persigue fantasmas, rastros de otros viajeros. Godoy, en este caso, persigue los fantasmas de los personajes de Roberto Bolaño en un viaje por carretera de dos mil kilómetros desde la Ciudad de México a Hermosillo, la capital de «los desiertos de Sonora».

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Lejos de Ghana, cerca del mundo, por Mario Trigo y Paty Godoy

Taiye Selasi con el libro en el que aparece el poema de su padre

¿Cómo se pueden mapear las identidades, los afectos y las pertenencias en un mundo de movimiento, de confluencias, de migraciones? En el 360º sobre Cartografías incluimos una entrevista con la novelista «afropolita» (explicaciones más adelante) Taiye Selasi, realizada en el marco del pasado festival Kosmópolis del CCCB de Barcelona, en la que nos habla de la suerte del término que contribuyó a popularizar y de su primera novela, Lejos de Ghana.


Cuando, en marzo de 2005, Taiye Selasi compartió en un artículo lo que para ella era un afropolita, la escena por la que iniciaba su descripción no podía ser más específica: medianoche en el Medicine Bar de Londres, suena un remix de Fela Kuti y la pisa de baile está llena de chicas con enormes afros; se viste kente ghanés y jeans caídos, un sampleado de Sweet Mother —inolvidable hit de Prince Nico Mbarga— hace bailar a una concurrencia en la que Londres se encuentra con Lagos, con Durban y con Dakar.

El nivel de detalle no era casualidad. Bye Bye Babar (referencia al edulcorado elefantito de Jean de Brunhoff) era un ejemplo del esfuerzo de una joven Selasi por describir un fenómeno que la incluía en primera persona. Nacida en Londres, criada en Massachussets, de origen mixto ghanés y nigeriano, ella era esa afropolita que «no pertenece a una única geografía» y lleva en su crianza vagabunda una voluntad de «complicar África» y «redefinir lo que quiere decir ser africano». Se trataba, como señala en la entrevista con Altaïr Magazine, de afirmar lo que sí era (afropolita) después de haber soportado muchas veces que le dijeran qué no era (ni inglesa, ni americana, ni ghanesa ni nigeriana).

Por aquel entonces, Selasi estudiaba un máster en Relaciones Internacionales en Oxford. Poco después, un encuentro memorable con la premio Nobel Toni Morrison le daría el combustible de moral necesaria para lanzarse de cabeza a algo que siempre había querido hacer: escribir. Pero, mientras todo esto ocurría, la fortuna del término que había rescatado/propuesto en Bye Bye Babar, ese afropolitismo empoderador, iba creciendo en relevancia y dimensiones hasta convertirse en una suerte de palabra de moda, utilizada, defendida, revisada y criticada.

De revistas de tendencias a ensayos filosóficos, de propuestas comerciales a reflexiones históricas, el término «afropolita» ha inspirado, entusiasmado y generado debate. Ha habido una época en que (como sustantivo o adjetivo) ha estado presente en muchísimas reflexiones sobre el África contemporánea. Era el antídoto perfecto, en ánimos y esperanzas, al «afropesimismo» que ve sólo las desgracias del continente. Para el filósofo camerunés Achille Mbembe, representa la oportunidad de repensar la fluidez de las identidades africanas, un enfoque de la pertenencia y la identidad que antecede con mucho la época colonial, y ofrece también un posible sustituto a un panafricanismo en cierto modo osificado. Para otros, como el escritor keniata Binyavanga Wainaina, pasada una década, se podría decir que el término poseía un gran potencial subversivo —la posibilidad de rechazar cualquier forma de identidad victimista— pero se ha vaciado y comercializado en multitud de usos banales.

Más allá de usos y potenciales, la descripción (que no definición, como ella señala) de Selasi sigue siendo una instantánea precisa de un grupo humano: los hijos de una diáspora africana que dejó su tierra de origen alrededor de los años 60 y 70 para formarse en el extranjero, tanto en Occidente como en los países del bloque soviético.

Los padres de la propia Selasi se conocieron en Zambia, formándose como médicos, aunque después se separasen y la madre llevase a Taiye y su gemela a vivir a EE.UU. Selasi no conoció en persona a su padre, Lade Wosornu —con quien mantiene una buena relación— hasta los 15 años de edad; la fluidez identitaria del afropolitismo se puede traducir a una familia múltiple, de padres, madres, exmaridos y nuevos hermanos y hermanas, dispersa por todo el globo.

Lade Wosornu, además de cirujano, es uno de los poetas más prominentes de Ghana. De su poema Desert Rivers: «También los desiertos tienen ríos / sepultados desde su nacimiento bajo la tierra / (…) / Que no puedas ver nuestras lágrimas / no quiere decir que no lloremos». La metáfora del río escondido da de lleno en los que quizás sean los temas fundamentales del afropolitismo: la fluidez (de la identidad) y la visibilidad (de un grupo humano). Y explica su éxito: con independencia de la utilidad sociológica o la precisión del término, la palabra «afropolita» ayudó a enriquecer el ecosistema del imaginario, permitiendo pensar Áfricas más amplias.

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Cartografías: un mapa para leer el 360º de Altaïr Magazine (I)

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Collage de Mario Trigo para el artículo sobre cartografía imaginaria de Gabi Martínez

 

Cuenta Pep Bernadas en el editorial con el que se abre nuestro 360º monográfico sobre Cartografías:

«En 1375, cuando Abraham y Jafudá Cresques dibujaron el primer Atlas conocido, sacudieron en un pispás gran parte de las convenciones de su época. Los innumerables relatos de marineros y comerciantes, cartas, informes, pesquisas y trabajos acumulados durante años se condensaban allí, en minuciosas ilustraciones que mostraban a simple vista la superficie y el contorno de tierras y mares. Era una revelación al alcance de todos, fuesen letrados, iletrados, o hablaran otros idiomas, venía en un lenguaje cartográfico diáfano, en imágenes, cuya asimilación y retención eran inmediatas.»

Ahí empezó todo. El mundo entero metido en un pequeño espacio, reconocible de un vistazo, aprehensible. El mapa como instrumento para comprender lo que nos rodea, pero no sólo las distancias o los espacios, sino también el pensamiento o al propio ser humano. Decidimos hacer un monográfico sobre cartografía para hablar de nosotros mismos, para entendernos mejor. Y estos son algunos de los temas que tratamos:

VIAJE AL CENTRO DE GOOGLE EARTHSimon Sellars hace un recorrido filosófico y hasta melancólico por la herramienta cartográfica más popular del mundo, Google Earth, una aplicación que nos coloca en la perspectiva divina (miramos la Tierra desde 11.000 kilómetros de altura) para luego hacernos descender a los pequeños detalles que nos enseñan un mundo que es extremadamente parecido al nuestro, pero que en realidad es otro.

CARTÓGRAFOS DEL CIELO – Un paseo por la historia del mapeado de las estrellas contada por Natalia Ruiz Zelmanovitch, desde los griegos antiguos hasta los instrumentos que hoy nos permiten buscar exoplanetas donde soñar con una futura Tierra-2 poblada por seres humanos. La obsesión por la cartografía de la realidad llevada a cada extremo del universo.

MAPAMUNDI DE FICCIONESGabi Martínez transita por los territorios de las ficciones ideadas por escritores, cineastas, artistas y filósofos. Espacios imaginarios tan delimitados como los reales, con sus accidentes, su geografía política y sus zonas oscuras donde, tal vez, habiten dragones.

LOS AFGANOS AMAN LAS FLORES – No digas que crees conocer Afganistán si no la has vivido como Jon Lee Anderson, quien detalla con profusión la personalidad, psicología, relaciones, sociedad y espacialidad de una región del mundo fascinante y aterradora para Occidente a partes iguales.

EL GRINGO MÁS RARO DEL MUNDO – Y para conocer al gringo Jon Lee Anderson, reportero de The New Yorker y persona que habla todos los idiomas con acento, no queda más remedio que hacer lo que hicieron Paty Godoy y Pere Ortín: hablar con él durante horas y, sobre todo, escucharle sin perder ni un solo detalle. Y luego contarlo.

UN PASEO POR TURÍN – Buscando el breve recorrido que hizo Nietzsche desde su casa hasta el encuentro con aquel caballo de Turín que lo conmovió hasta enmudecerlo, Agustín Fernández Mallo viaja a la capital del Piamonte para tratar de unir los puntos que van desde el suicido de Cesare Pavese hasta el silencio de una década del filósofo alemán.

LOS EXPULSADOS DE LA TIERRASaskia Sassen, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2013, dibuja la destrucción de la condición natural de las tierras compradas por capitales extranjeros y de la expulsión de los habitantes tradicionales de su lugar en el mapa.

Y esto es solo una parte de todo lo que ofrece nuestro 360º sobre Cartografía. Pero no se queda aquí. Los mapas y las cartografías, en fin, tienen siempre la misma extensión que tiene la imaginación de los seres humanos…

360º de ALTAÏR MAGAZINE, monográfico sobre Cartografías.

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Cartografías: mapas con perspectivas novedosas

Editorial cartografías
(Editorial del 360º monográfico de Altaïr Magazine sobre Cartografías, por nuestro editor, Pep Bernadas)
¿Nos sirven los mapas habituales para mostrar las nuevas geografías que conforman el mundo de hoy? Tal vez no. O, por lo menos, no suficientemente.
En 1375, cuando Abraham y Jafudá Cresques dibujaron el primer Atlas conocido, sacudieron en un pispás gran parte de las convenciones de su época. Los innumerables relatos de marineros y comerciantes, cartas, informes, pesquisas y trabajos acumulados durante años se condensaban allí, en minuciosas ilustraciones que mostraban a simple vista la superficie y el contorno de tierras y mares. Era una revelación al alcance de todos, fuesen letrados, iletrados, o hablaran otros idiomas, venía en un lenguaje cartográfico diáfano, en imágenes, cuya asimilación y retención eran inmediatas.  Sus mapas reproducían  el escenario completo del orbe entonces conocido, observado desde su isla de Mallorca, en el corazón del Mediterráneo, para ellos el centro de la humanidad.

Siglos más tarde reencontramos el espíritu innovador de los Cresques en el esfuerzo de otros creadores que pugnan por entender y explicar con eficacia la complejidad de nuestro mundo, zarandeando conciencias y mostrando a quien quiera percatarse de ello que todo está cambiando a velocidad de vértigo y como nunca antes en la historia y requiere, hoy más que nunca y como reclama el gran ensayista mexicano Sergio González, de un esfuerzo por (re)humanizar los mapas desde un cosmopolitismo de la diferencia. Es lo que hace con sus historias uno de los más grandes reporteros de la actualidad, El gringo más raro del mundo, Jon Lee Anderson que, entre pausas de su ajetreada vida para The new Yorker, inicia sus colaboraciones con Altaïr Magazine y también es entrevistado por nuestro director Pere Ortín y Paty Godoy.

El experto en comercio internacional Jaime López, amparado en su dilatada experiencia en transportes marítimos, traza en La caja que cambió el mundo un mapa expresivo de los puertos y las rutas comerciales consagrados al intenso tráfico de contenedores, reflejando fielmente el croquis de la ordenación económica global; muestra un nuevo equilibrio cuyo centro ya no está, ni mucho menos, en aquel Mare Nostrum que un día fue el ombligo de la antigüedad. Y ni siquiera gravita sobre una Europa desposeída del que fue su rol dirigente. De nuevo la crudeza de la imagen supera la eficacia de la palabra y esculpe la evidencia: el Viejo Continente ya es periferia, Mediterráneo – El sexto continente – es una valla que separa el Norte del Sur, tal y como lo retrata el fotógrafo italiano Mattia Insolera

¿Nos damos cuenta de lo que significa?

Podemos pergeñar otras muchas cartografías que nos inyecten visualmente realidades nada abstractas con mayor contundencia que la lectura de un texto, sobran las posibilidades de elección: la socióloga estadounidense Saskia Sassen nos regala un texto exclusivo basado en su reciente libro Expulsiones (Ed. Katz) en el que reflexiona sobre la mecánica de los cambios globales asociados a las adquisiciones de tierras de cultivo en zonas empobrecidas; en Mapamundi de ficciones el escritor Gabi Martínez rescata lugares, imaginarios o no, inseparables de la literatura universal: de la Atlántida y Utopía a las andanzas de Marco Polo o las narraciones de Faulkner y Macondo; la periodista Natalia Ruiz, en Cartógrafos del cielo, transita por el firmamento estrellado apoyada en los últimos avances que nos dan a entender la posición del punto azul que es la tierra en el cosmos interminable; o el también periodista australiano Simon Sellars, en Viaje al centro de Google Earth, nos lleva a visitar los fantasmas escondidos en la herramienta cartográfica más usada de nuestro tiempo, tanto que parece, por momentos, sustituir a la realidad. Esa misma realidad a la que se enfrenta, de manera deslocalizada, Taiye Selasi, la inspirada inventora del exitoso término «afropolita» y que en Lejos de Ghana, cerca del mundo conversa con Mario Trigo y Paty Godoy sobre las nuevas (ya no tan nuevas) áfricas. Todo un número de cartografías en las que también nos acercamos a la ficción basada en hechos reales de Agustín Fernández Mallo, en su Paseo por Turín siguiendo la historia de Nietzsche, una frase susurrada y un caballo maltratado.

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Un número muy completo, con perspectivas novedosas, que también contiene las historias viajeras de Eva Cid -que nos lleva a las tierras ignotas de los videojuegos-, Bárbara M. Díez – que nos acerca a Las islas Diómedes, en el estrecho de Bering, a partir del trabajo documental de la mexicana Lourdes Grobet, y que supone un nuevo refuerzo en la apuesta vital de Altaïr Magazine: aprehender la realidad del mundo desde una mirada propia, nos empuja a hacerlo desde estas perspectivas novedosas, sobre el terreno y mochila al hombro o maleta en ristre, en complicidad  con nuestros autores que, juntos, nos ofrecen un nuevo 360º dedicado a visualizar las cartografías que necesitamos para tratar de entender algo de lo que nos sucede en este complejo y convulso s. xxi.