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Los nuevos corresponsales

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(c) CCCB
Por Jordi Brescó

El auditorio del CCCB de Barcelona reunió en un mismo escenario a Xavier Aldekoa, Tania Adam, Pere Ortín, Samuel Aranda y Gemma Parellada. O lo que es lo mismo: un poco de La Vanguardia, de 5W, de Radio África Magazine, de Altaïr Magazine, del New York Times, de Catalunya Ràdio, de CNN o de El País. Así escrito no queda nada mal.

Presentes y futuros periodistas, lectores críticos y otros interesados por África no dejaron pasar esta oportunidad y abarrotaron la sala para escuchar a diversas caras visibles de una nueva y brillante generación de corresponsales.

Ortín actuaba como mediador y abrió fuego sacando al trapo un tema muy espinoso y bastante tabú: el de la ayuda en África. Aldekoa la calificó como «un riesgo», un ámbito dónde «todos los involucrados no tienen por qué tener buenas intenciones». Más tajante fue Samuel Aranda, quién no tuvo reparos en criticar muchas de las organizaciones (teóricamente) humanitarias; fue especialmente duro con Naciones Unidas, que salía perdiendo incluso al ser comparada con los colonos: «Al menos ellos construían cosas». Sin rodeos.

Más tajante fue Samuel Aranda, quién no tuvo reparos en criticar muchas de las organizaciones (teóricamente) humanitarias; fue especialmente duro con Naciones Unidas

El debate empezó fuerte y Gemma Parellada cogió el testigo para hacer una de las autocríticas más compartidas: los medios explican mal los conflictos sobre África, y las historia positivas no aparecen jamás. «Nunca se colocan buenos relatos y así es imposible hacer que el lector conecte —destacó—. Los conflictos olvidados, lo son porque están mal contados».

En ese punto llegó una de las aclaraciones más necesarias: ¿Qué entendemos por «los medios»? Tania Adam se encargó de recordar que hay medios donde las historias positivas en África sí tienen cabida. Las tienen en el medio que dirige, Radio África Magazine, como también las tienen en nuestra revista. Lo que sigo sin entender (y esto es ya una reflexión personal) es por qué la mayoría del público critica los medios de comunicación clásicos pero aun así se mantienen esperando inútilmente a que estos se transformen. ¿No sería más fácil para ellos cambiar sus hábitos y acudir a los medios que SÍ cumplen con sus demandas?

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Xavier Aldekoa, Tania Adam, Pere Ortín, Samuel Aranda y Gemma Parellada. (c) CCCB

La intervención del público asistente dinamizó aún más (si cabía) el debate, dando lugar a reflexiones muy interesantes. Parellada destacó que al tratar África siempre se va de un extremo al otro: «Parece que sólo haya monstruos o Mandelas»; Adam insistió en la capacidad del arte y la cultura africana para transmitir otra imagen del continente al mundo; Aldekoa invitó a convertir aparentes problemas como la falta de presupuesto en una oportunidad para conocer mejor la realidad de un país; y Aranda despertó de su aparente estado de pajareo para abordar un tema delicado en el fotoperiodismo: qué podemos/debemos mostrar. Samuel (cómo no) fue tajante: él transmite la realidad sin tapujos, representa la historia tal y cómo es.

Las dudas de algunos estudiantes de periodismo trasladaron el debate del continente africano al oficio de corresponsal. Qué profesión tan bonita, tan complicada… y me da la sensación que, a veces, tan mal comprendida. Parellada tuvo que aclarar que, al contrario de lo que muchos creen, en la mayoría de ocasiones (y especialmente en África) es el corresponsal quien presiona a sus editores para publicar sobre un tema, y no al revés. Por su parte, Aldekoa desmitificó la figura del corresponsal intrépido que sólo puede vivir buscando historias extraordinarias: «Debemos tener la capacidad de convertir lo mundano en interesante».

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Fue inevitable que llegase el final que tantas veces se ha repetido en todos los coloquios sobre periodismo a los que he asistido últimamente en Barcelona: algunos de los presentes tienen que guardarse sus preguntas para otra ocasión y la sala —llena— se vacía a regañadientes tras el cierre forzado de la sesión. El horario mandaba, pero si hubiera sido por el público, la sesión se hubiera alargado durante mucho más. Así que al menos nos quedamos con la confirmación de la mejor noticia: África y el buen periodismo interesan. Aún hay esperanza.

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Nuevo 360˚: cruzando las fronteras de los géneros

Editorial

(Editorial del 360º monográfico de Altaïr Magazine sobre viajes y género, por June Fernández, directora de Píkara Magazine, y Pere Ortín, director de Altaïr Magazine)

Cuando la artista estadounidense Judy Chicago estaba en la universidad, un profesor dijo que las mujeres no habían contribuido de forma significativa a la Historia. Su indignación le sirvió como motor para buscar referentes y constatar que esas mujeres no sólo existieron sino que su legado fue borrado del relato histórico patriarcal. Años después inauguró su instalación más emblemática, The dinner party, una gigantesca mesa triangular que convoca a 39 mujeres esenciales de la Historia: literatas como Virginia Woolf, gobernadoras como Teodora, emperatriz de Bizancio, o activistas por los derechos humanos como Sojourner Truth, afroamericana que luchó por la abolición de la esclavitud y que se preguntó qué es ser mujer.

En la cultura viajera ocurre otro tanto: la educación sexista anima más a los hombres que a las mujeres a viajar, es cierto, pero en todas las épocas ha habido mujeres que han desobedecido el mandato de quedarse en casa, de limitarse al rol de buenas esposas y madres abnegadas. Sin embargo, no han sido reconocidas y recordadas de igual manera que los hombres. Cuando sus compañeros sentimentales eran también compañeros de viaje, ellos eran los célebres y ellas las acompañantes, como en el caso de Marta Gellhorn y Ernest Hemingway.

El lenguaje no es inofensivo ni neutro. Cuando decimos «el viajero», nos imaginamos un arquetipo: varón, occidental, blanco, sin discapacidades visibles, presumiblemente heterosexual. Y con unas actitudes determinadas por adjetivos como: aventurero, intrépido, osado, atlético… Esto es, en parte, un reflejo de la realidad, pero también es un imaginario, una narración que se refuerza y que invisibiliza otras realidades, otros cuerpos.

Así, las jóvenes siguen creciendo con menos referentes de viajeras, y con mensajes como el famoso «No vayas sola, te puede pasar algo». Es cierto que puede pasar algo. Es cierto que muchas toparán con el acoso machista e incluso con agresiones sexuales. Y es cierto también porque a un nivel profundo, como dice el filósofo Paul B. Preciado, «el género mismo es la violencia (…) las normas de masculinidad y feminidad, tal y como las conocemos, producen violencia». Así, si ser una mujer libre en una sociedad patriarcal sigue pasando factura, las personas transgénero afrontan también las violencias normalizadas, la precariedad y la patologización con las que se castiga a quienes incumplen esa norma binaria.

Pero las viajeras afirman sin titubeos que compensa. Y que ellas entran en espacios vedados a los hombres y pueden relacionarse con toda la población local, y también que se pueden permitir libertades que a las mujeres locales se les niegan. Frente a ese vago «te puede pasar algo», ellas pueden contar cuáles son los riesgos, cómo se previenen, cuáles son sus herramientas y estrategias para moverse. Y, sobre todo, contagian su entusiasmo a otras mujeres para que viajar no sea un privilegio masculino.

Al mismo tiempo, el viaje, entendido a la manera en que lo hacemos en Altaïr Magazine y Píkara, puede ser un espacio de transgresión para modificar imaginarios y subvertir ideologías. Al igual que emigrar —el viaje más importante de todos— viajar ha sido una estrategia para que las personas que se salen de la norma puedan expresarse y respirar fuera de entornos opresivos que niegan sus cuerpos, deseos e identidades. Viajeras lesbianas y/o de aspecto andrógino como Annemarie Schwarzenbach, amparadas en el exotismo de la extranjera, encontraban mayor permisividad social en culturas supuestamente más rígidas respecto a los roles de género que en su propia familia de origen. Como la población autóctona te ve, de todas formas, como una extraterrestre, importa menos cuál es tu estado civil, el largo de tu cabello o si vistes falda o pantalón.

Las autoridades, claro está, no son tan permisivas. Cruzar una frontera no es cosa fácil cuando tu aspecto no coincide con el sexo que afirma tu pasaporte, bien lo saben las personas trans. Y la policía no siempre lleva uniforme: también ejerce como policía de género la encargada de un hotel que se niega a alojar o a ofrecer una habitación con cama doble a una pareja del mismo sexo. Para las personas LGTB, viajar puede ser tomarse un respiro del control social de su entorno o, al contrario, volver al armario para evitar agresiones, o bien las dos cosas al mismo tiempo o a ratos. Las normas que construyen los géneros no siempre nos limitan —hay momentos de ruptura, viajes libres— pero siempre nos condicionan, como recuerda en su obra la teórica Judith Butler.

En ese balance del riesgo y el atrevimiento entran en juego los privilegios. Viajar por placer tiene mucho que ver con en qué parte del mundo has nacido, de qué poder adquisitivo dispones, si tu país es de los que vive en guerra o de los que se enriquece con la venta de armas, cuántas semanas de vacaciones pagadas tienes, si tu piel es blanca o de una tonalidad que llamará la atención de la policía de extranjería…

A ese respecto, hablar de la disolución de los géneros como los hemos entendido hasta ahora implica reconocer muchas otras relaciones de poder y privilegio. Siguiendo a la investigadora colombiana Ochy Curiel, hay que ver otras historias de lucha feminista más allá de la occidental blanca y romper con una historia lineal para aterrizar la expresión del género incorporando las variables de clase y raza, por ejemplo.

Esos privilegios también determinarán tu relación con la población local, y a veces las dudas y contradicciones son interesantes: si yo, mujer, me beso con mi novia en Uganda o en Rusia, ¿estoy haciendo activismo o estoy valiéndome de mi privilegio de europea al ejercer un derecho negado para la población LGTB local? Si me pongo a beber cervezas con los hombres del pueblo indio por el que paso como mochilera, ¿qué supone eso para las mujeres del pueblo? ¿Es mi papel intervenir ante una agresión machista que no sorprende a nadie porque se encuentra normalizada? ¿Qué siente una chica indígena casada a los 15 años por acuerdo de sus padres si le cuento que yo decido si me emparejo o no, si tengo hijos o no? ¿En qué lugar me sitúo? ¿En qué lugar la sitúo?

Si en la visión clásica, en cierto modo, viajar es plantar banderas más alto que tu competidor mientras te atusas el mostacho… ¿existe una forma femenina de viajar? Siguiendo con la propuesta de los feminismos latinoamericanos, tal vez no se trata de feminizar la cultura viajera, sino de despatriarcalizarla. Despojarla de estereotipos, nutrirla con narrativas distintas a la que se nos ha vendido como heroica. La montañera y escritora Eider Elizegi nos lo explica así: «Ahora que lo pienso… puede que en la manera lenta e improvisada de viajar, como permitiendo que el viaje se teja a sí mismo sin dirigirlo demasiado, haya una actitud que tenga que ver con el género, y que huye del viaje como conquista, como marca de “aquí he estado yo”, como consumo capitalista de destinos y lugares y monumentos y… personas».

Se trata, más que de genitales, de actitudes. Algunas espontáneas, otras reflexionadas o aprendidas: observar cómo me relaciono con las ciudades, con las montañas, con las fronteras, y sobre todo, lo más importante, con los otros seres humanos que me encuentro cuando viajo. Observar qué riesgos y qué ventajas entraña cómo el otro y la otra leen mi cuerpo, cómo me perciben. Observar cuál es mi mirada, cuál es el diálogo que establezco con cada lugar y con sus gentes, y qué poso queda en mí cuando parto, si es que tiene que quedar alguno.

Para volver de los viajes, como nos enseñan varios de los textos de este 360˚, con más preguntas que certezas. Habiéndonos puesto en duda. Dejando que se diluyan las categorías o redefiniéndolas. Aprovechando —también para nuestros géneros— la novedad llena de posibilidades que sentimos al contemplar un paisaje nuevo y una ciudad extranjera. Conscientes, coincidiendo con las palabras de Preciado, de que «de la nación, como del género, hay que empezar por dimitir» y que esa renuncia, esa posibilidad del experimento, nos ayudará a «proponer otros mapas» y llenar nuestras maletas con «ficciones que nos permitan fabricar la libertad».

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LIBROS: Taksim, de Andrzej Stasiuk

Taksim portada

Por Pere Ortín

«En otoño se nota que la ciudad va a morir.»

Un libro que empieza con una frase así, no puede ser una pérdida de tiempo.

Andrzej Stasiuk (Varsovia, 1960), el autor de esa brillante sucesión de palabras al inicio de Taksim (Ed. Acantilado, 2015), era no hace muchos años un perfecto desconocido. Su vida parece tan dura como debió ser aguantar un discurso de seis horas pronunciado por Wojciech Jaruzelski, primer ministro de la Polonia «comunista» (1981 a 1985) y jefe de Estado (1985 y 1990): Stasiuk fue expulsado de la escuela secundaria; fue soldado de primera y también desertor del ejército; estuvo encarcelado en una prisión militar y en otra civil, se convirtió en escritor clandestino en los últimos años del gris pseudo marxismo polaco…

Hoy Andrzej Stasiuk es ya, con veinte obras en su haber, entre ellas cuatro de teatro, un gran referente de la nueva narrativa europea, aunque nunca ha olvidado que entró en la literatura «por la puerta trasera».

Gran amante de contradicciones y contrastes, vive en el campo desde 1986, en un entorno de novela bucólica y pastoril donde escribe libros en los entretiempos en los que no viaja con su esposa. En una ocasión en Siberia un desconocido lo llamó «turista extremo» y Stasiuk lo consideró una descripción precisa de ese arte que maneja al viajar, como máximo durante tres meses, casi siempre por carretera, y siempre a lugares remotos. Apasionado y apasionante contador de historias, Andrzej Stasiuk aprendió a relatar cuentos en las frías cárceles polacas en las que, a falta de televisores que vendieran imágenes, se consumían palabras.

Taksim

Taksim es la historia de dos viejos amigos y socios polacos. Pawel y Wladek viajan por los antiguos estados comunistas de Europa del Este en una furgoneta que, como los pueblos por los que transita, vivió mejores tiempos.

—Con gafas no puedo conducir. Además, el mapa es viejo. De hace treinta años.

—¿Y qué? ¿Es que aquí también han tenido comunismo y le han cambiado los nombres a las calles?

Transitan por un mundo que se desmorona y donde la vida humana también parece reducida a escombros, mientras hablan del pasado y del presente de una Europa inexistente.

«Bebíamos sin prisa, despacio y tranquilamente. Como ahorrando fuerzas para lo que aún está por venir. Ellos charlaban y yo escuchaba. (…) Se hizo de noche y se enfrascaron en la historia de una muerte. Era la historia del asesinato de una mujer y había en ella amor y celos, como en una vieja novela romántica de las de verdad, de cuando las cosas aún estaban en su sitio.»

Pawel y Wladek viven un cuento tan lírico como simbólico, tan brillante como sórdido en esa Europa que hace sólo unas cuantas décadas se escondía tras un telón de acero y que hoy aparece más o menos reducida a un gran vertedero de escombros con anuncios de hamburguesas en medio de sucios bloques de hormigón donde, cómo no, se esconden también referencias al horror más clásico de la literatura de otros tiempos.

Unas decenas de pasos más allá

me envolvieron las tinieblas.

Andrzej Stasiuk

Andrzej Stasiuk demuestra en Taksim que es un maestro creando personajes, describiendo paisajes de color gris petróleo bajo atmósferas pesadas donde surgen situaciones e historias que creíamos olvidadas o parecen imposibles.

«Dios mío, me daba la impresión de que había recorrido todo el continente al este del Elba y se lo había aprendido de memoria. Nunca llevaba mapa.»

Su pasión por los viajes largos, su capacidad para describir de manera precisa y minuciosa personajes y lugares, su predilección por las carreteras secundarias y los encuentros furtivos en lugares extraños donde se cuentan historias, le ha llevado a ser comparado con Kerouak y los grandes narradores «on the road».

«Pronto nevará y todo se volverá más negro. El río, el asfalto, los árboles y los arrabales con sus casetas de perro y su desbarajuste. El aire huele a frío y a humo de carbón.»

Viaje, paisaje y el Este (así se titula su último libro editado en Polonia) son los grandes temas de sus libros repletos de mapas, coches y caminos, en una literatura de tiempos muertos y momentos fugaces.

«Sopla un viento helado. Pasan chavales con la capucha puesta en busca de botín o de refugio.»

Andrzej Stasiuk es un narrador sobresaliente que con Taksim ha construido una obra imprescindible a la hora de entender esa turbia atmósfera que cubre los cielos del Este de Europa.

Oía la ciudad, pero no la veía.

Andrzej Stasiuk es un agrimensor de geografías y personajes que describe con la precisión microscópica de su lúcida mirada.

El arte de contar

Taksim es un libro brillante sobre «el arte de contar»; un libro repleto de «hombres que vencen en la charla»; un homenaje a todos esos hombres «que se sientan a la mesa de algún bar y cuentan» historias. Taksim es un libro sobre los «reyes del bar» que, gracias a sus cuentos, sobreviven en cualquier sucia taberna Taksim un pueblucho perdido de esa Europa que un día fue el Este y que hoy es poco más que vacío.

—¿Has encontrado Taksim?

—Si, pero hay un agujero en el mapa.


 

Taksim
Andrzej Stasiuk
Acantilado, 2015. 352 páginas.

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Kaplan y los mapas que mienten

—¿Qué es la geografía?

—Un punto de partida, un telón de fondo en el que se desarrolla el drama humano de las ideas, la voluntad y el azar.

Que la geografía no es ciencia exacta es algo que sabe muy bien Robert D. Kaplan. Que los mapas mienten todo el tiempo también, a pesar de que los miremos como si hubiesen sido creados por alguna mano divina e infalible. La larga conversación que tuvieron nuestro director, Pere Ortín, y Robert D. Kaplan para nuestras Voces en Altaïr Magazine giró sobre muchos de los lugares y aspectos decisivos en la situación geopolítica actual, pero con una idea que sobrevuela constantemente: la globalización no ha acabado con los mapas. En absoluto.

El propio Kaplan invitaba a una relectura de los mapas, a dejar de tomar por verdad inmutable el dibujo geográfico que llevamos adorando desde hace más de un siglo y a volver a revisar las fronteras para poner el ojo en los puntos que marcarán la geografía de los próximos años. Alemania, Rusia, Kazajistán, China, Taiwán, India, México, Afganistán, Irán, Turquía, Grecia… Son las nuevas chinchetas grandes y de colores que nos indican dónde mirar más allá de las viejas grandes potencias europeas, Japón o los Estados Unidos.

La globalización no ha acabado con los mapas. En absoluto.

Convencidos de la importancia capital de las cartografías para entender no solo la geografía del planeta, sino también su política, sus relaciones humanas, su economía, su sociedad o su psicología, desde Altaïr Magazine propusimos hace unos meses un 360º conceptual, dedicado íntegramente a las cartografías, a los mapas, a la manera que el ser humano ha tenido de ordenar y comprender el funcionamiento del globo terráqueo. Los nuevos mapas del siglo xxi sometidos al análisis y el excrutinio de los autores más prestigiososo y más lúcidos y agudos.

Desde la deificación de Google Earth, en su imperfección, como poseedor de la verdad geográfica del planeta a la necesidad imperiosa de cartografiar los cielos para extender la comprensión del propio universo; de los mapas imaginados en la ficción y en los libros a las regiones cuasi infinitas creadas para videojuegos y realidades virtuales; de los renovados trayectos turísticos en el milenio que empieza a los mapas creados por el comercio marítimo, con rutas dibujadas sobre el agua; desde, en fin, la geografía de los afectos y las relaciones con la patria a la humanización de los propios mapas.

Como dice el propio Robert D. Kaplan: «Especialmente si eres periodista, cuanta más geografía sepas y más la respetes, mejor reportero serás.»


La venganza de la geografía, una conversación entre Robert D. Kaplan y Pere Ortín. Voces en Altaïr Magazine.

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Un año de Pasos

«Reflexiones creativas sobre el hecho de viajar»

Una de las obsesiones más frecuentes del periodismo contemporáneo es la fijación por el «aquí y ahora». La actualidad ha pasado de elemento importante a único factor a tener en cuenta por los medios de comunicación, un fenómeno que además se ha visto acentuado por la aparición de Internet primero y de las redes sociales a continuación. Los medios corren desaforadamente en busca de ser los primeros en poner un tuit que dé una noticia, aunque para ello sea irrelevante si es una noticia real o no, si está verificada, si tiene alguna importancia. Se olvida, pues, una máxima que una vez marcó la diferencia entre el periodismo de calidad y el tabloide: No me lo cuentes primero, cuéntamelo bien.

En Altaïr Magazine estamos en contra del «aquí» casi por principios. Nuestras Voces lo demuestran, que son siempre «allí», es decir, siempre un lugar diferente al que estamos, siempre con la intención de mirar más allá de las cuatro paredes a las que llamamos «casa». Y no estamos en contra del «ahora», pero sí sabemos y defendemos que no es el único momento temporal posible. Nuestros Pasos, esas «reflexiones creativas sobre el hecho de viajar», huyen del aquí y ahora para rastrear otros caminos físicos y temporales del viaje. La historia, la antropología, las huellas de los primeros viajeros, las reflexiones sobre el mismo acto de viajar… También un vistazo a aquellos y aquellas que han viajado desde la literatura, o la música, o el cine, o el cómic. Viajar a través de los sonidos, de los ruidos de cada lugar, de las melodías cantadas por otros hombres y mujeres. Más que ninguna otra sección de Altaïr Magazine, los Pasos son una reflexión que deja de lado el dónde viajar por el cómo hacer ese viaje.

A Pere Ortín, nuestro director, en seguida le viene a la cabeza el viaje por los sonidos del océano que hace Pedro Montesinos, usando el oído como otro modo de narrar. «Es el atrevimiento de hacer lo que nadie más hace con mirada y oído propio», dice Pere, y es verdad, porque el autor consigue hacernos entender de forma cristalina cómo se oye el mar embravecido del Perú.

En la redacción, al preguntar por los Pasos favoritos, hay quien rápidamente se muestra fan de la serie «La tradición inquieta» de Jorge Carrión, ese recorrido tan peculiar que hace por los grandes viajeros literarios. El nombre que más se repite es el de Burton Holmes y sus travelogues, porque en el fondo todos añoramos un poco un pasado en el que los viajeros contaban sus hazañas en teatros abarrotados, sacando objetos increíbles de un baúl. Otros apuntan más a los textos de Gabi Martínez, como esa defensa suya tan peculiar de la aventura, como palabra, como concepto y casi como ideología. «Yo soy friki», se confiesa, y nos sentimos identificados con él.

Mario Trigo, redactor jefe de Altaïr Magazine, interviene para recordar uno de los Pasos más impactantes que hemos tenido: «Un imperio pobre», de Ralph Zapata Ruiz, un reportaje sobre la vida dura en el valle peruano de Lares. Periodismo de sensaciones, más de sangre y carne que de epidermis. Dice Mario: «Me gusta porque consigue transmitir el cansancio físico sin que sudemos una gota y la situación de lucha y pobreza de la región sin que sintamos la mínima condescendencia o dramatismo».

Sin embargo todos recuerdan con especial cariño el texto de Carolina Reymúndez sobre la primera vez que se atraviesa una frontera. Es uno de los Pasos más recordados y del que más hablamos a menudo porque apela directamente a las primeras sensaciones viajeras, irrepetibles, la primera carretera larga, el primer avión, el primer tren, el primer lugar donde al llegar la gente hablaba una lengua extraña. La esencia de los Pasos, la sección de Altaïr Magazine que más que hablar del viaje, piensa el viaje.

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Un año de Voces

Fotografía de la Voz «Mimando la tierra», de Gary Manrique
Fotografía de la Voz «Mimando la tierra», de Gary Manrique

«Una sección abierta para un mundo polifónico»

Con esa frase recibimos en Altaïr Magazine a los lectores que llegan a la sección gratuita y en abierto, la que funciona como cara más visible e inmediata de nuestra publicación. Los lectores fieles, los veteranos, los que lo primero que hacen por la mañana al levantarse es prepararse un café pero lo segundo es entrar en www.altairmagazine.com… todos ellos se cruzan en las Voces con los lectores y lectoras primerizos, los que entran por casualidad, los que buscaban algo diferente en Google y acabaron dando con nosotros, los que entran por un tuit o por un enlace de Facebook, los que pinchan el enlace ese que ha puesto una en el grupo de WhatsApp de la oficina.

Una sección abierta, para todos los lectores, y en un mundo polifónico, porque sólo hay que echar un vistazo a las Voces para darse cuenta de que hemos convertido la sección en un «Gran Magazine sobre el Mundo», donde recorremos cada punto del globo buscando, principalmente, conocer y comprender, no poner nuestros ojos allí sino pedir prestadas las miradas de los habitantes de cada uno de esos lugares, llevando a los lectores una visión anti-paternal, no occidental, ex-céntrica en el sentido más etimológico de la palabra.

Hemos preguntado en la redacción por las Voces preferidas de nuestro equipo editorial y la discusión ha subido de tono, han volado cuchillos, se han declarado guerras. Porque, de manera inevitable, cada uno tiene sus Voces favoritas, a las que tiene un cariño especial, o le parece la mejor en este o aquel aspecto, por algo puramente personal o defendiéndolo como elección objetiva.

El director, Pere Ortín, apunta enseguida a la primera entrega de la serie de Voces «Los viajes del hambre» que hizo para nosotros Martín Caparrós, con sus fotografías personales tomadas en el proceso de documentación de su libro El hambre. El primer texto es sobre Níger y marca el estilo de su autor: «Corto, concreto, conciso. Las palabras, como la madera, cuanto más secas, mejor arden…», dice Pere. También recuerda la entrevista que hizo Paty Godoy a nuestro editor, Pep Bernadas, por la profundidad en el retrato del personaje a partir de un diálogo que era mucho más una conversación que una entrevista. «¡Qué difícil hacer una entrevista así!», dice Pere, y luego se reafirma en que ese, y no otro, es el mejor modo de hacerlo. «La máquina de hacer preguntas» se llama ese diálogo con Bernadas, uno de nuestros textos más leídos.

También apunta Pere aquel «Narrar el conflicto», la crónica dibujada que hizo Pedro Strukelj del encuentro que tuvieron en la librería Altaïr las periodistas Marcela Turati y Patricia Nieto. Una forma diferente de contar las cosas, una aproximación gráfica innovadora y muy atractiva, algo que funciona también como «marca de la casa» en Altaïr Magazine y en sus Voces. De las crónicas dibujadas que ha hecho para nosotros Strukelj, a Alberto Haj-Saleh, de las redes sociales de Altaïr le gustó aún más aquel encuentro en el Forum Altaïr con el escritor sardo Marcello Fois, tremendamente expresivo.

Aquel encuentro lo condujo Mario Trigo, redactor jefe, que cuando le preguntamos señala inmediatamente una de las Voces que ha escrito Xavier Aldekoa para Altaïr Magazine durante este verano, concretamente la llamada «Tigres», que transcurre en Johannesburgo. «Es una Voz cercana y medida», dice Mario, dentro de esa asombrosa habilidad que tiene Aldekoa para narrar lo general desde las historias más pequeñas y particulares. En cambio a Bárbara M. Díez, responsable de nuestra edición visual, le gusta más otra de las «Historias africanas» de Aldekoa, «Maldita buena suerte», que tiene lugar en Nigeria, que, según dice ella misma, es una de esas Voces que «deja el corazón encogido».

Bárbara también recuerda la fascinación que le produjo la Voz que Intan Cheria nos escribió sobre el batik indonesio, una de esas artes que ha pasado a realizarse de forma completamente informatizada en Occidente «pero que en Asia todavía se elaboran de manera artesanal dejando al ordenador como actor secundario, como mera herramienta para que la tradición perdure, pero no para malearla». En cambio Belén Herrera, responsable de administración editorial, elige rápidamente las diez horas que pasaron Jordi de Miguel Capell y Fran Afonso con el Padre Rogelio en la República Dominicana. Y además lo hace con todo el entusiasmo: «Quiero pasar YA 10 horas con el Padre Rogelio para que me cuente en primera persona todas sus aventuras y despropósitos de cura punki».

Aunque hay una de las Voces en la que concidimos todos: «La soledad del Sobrepuerto», la primera gran producción propia de Altaïr Magazine, un texto que quizás nos defina más que ningún otro, que funciona como declaración de intenciones y principios de cómo queremos y sentimos que tenemos que contar las historias. Y aquí citaremos al jefe de nuevo, que dice:

«Un compendio de lo que -como conceptos y desarrollo- me gustaría leer siempre en una publicación digital: crónica periodística sobre el terreno apoyada en una propuesta audiovisual y estética con interés. 

O sea: una producción de Altaïr Magazine»
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Entrevista a Boubacar Boris Diop, por Pere Ortín

Boubacar-Boris-Diop

Novelista, ensayista, dramaturgo, articulista, guionista, conferenciante y profesor universitario, Boubacar Boris Diop es uno de los intelectuales más importantes de África. Nació en 1946 en la Medina de Dakar y, según él, este hecho define su inconformismo perpetuo. Pere Ortín habló con él para el monográfico 360º dedicado a Dakar y ahora ofrecemos en abierto un fragmento de dicha entrevista.


(…)

Aunque no podemos vernos las caras —la cámara de su ordenador no funciona— la conversación empieza a fluir: comentamos su autoexilio voluntario en la tranquila cuidad de Saint Louis, donde se dedica a la docencia y en la que «aún se puede ver el mar»; detalles casi inconfesables relacionados con nuestra pasión común por el fútbol; la admiración compartida por la ironía de Borges; y, entre risas, de una antigua portada del número 16 de la ya desaparecida revista francesa Sépia que tengo en mis manos y dónde hace 20 años se le veía «muy joven» bajo un titular que sirve de inicio a esta larga conversación y preguntaba: «Qui êtes-vous, Boubacar Boris Diop?» 

—¿Quién es usted, Boubacar Boris Diop?

—Soy la suma de los libros que he escrito, de las vidas que he vivido, de toda gente que he conocido y de las muchas experiencias que he tenido y que me cambiaron. Soy ese itinerario vital. Soy también un niño de la Medina de Dakar y eso es una forma de rebelión. Ser un niño de la Medina es, de algún modo, estar en disidencia perpetua.

Boris Diop es un senegalés del mundo: vivió dos años en México, cuatro años en Túnez, un año en Suiza y otro en Sudáfrica. Nunca ha dejado de viajar, de desplazarse allá donde sus conocimientos han sido requeridos para enseñar, en África, Europa o EE.UU., pero cuando hace unos años le ofrecieron volver a Senegal para enseñar en la universidad le gustó la idea de instalarse en Saint Louis, cerca del mar, y no en Dakar, que es su ciudad, pero que, dadas sus inhumanas dimensiones, «hoy se le escapa de las manos entre recuerdos nostálgicos». Imparte su saber en la Universidad Gaston Berger de Saint Louis y trata de transmitir «experiencias vitales» a unos estudiantes que poco o nada tienen que ver con la época en la que él estudió Letras, Filosofía y Periodismo.

Influenciado por las obras de Cheikh Hamidou Kane, autor de Los guardianes del templo y La aventura ambigua —«un texto capital», según Boris Diop— y también por trabajos como La plaie de Malick Fall, Boris Diop tiene muy clara la respuesta a una pregunta clave:

—¿Cuál es tu autor y atmósfera senegalesa de referencia?

—Sembéne. Para mí, de todo lo que creó Sembéne, como cineasta y escritor, lo más importante es Les bouts de bois de Dieu (Las astillas de Dios). Es un libro que nos acompañó a toda una generación y que contiene una gran idea de justicia basada en una especie de respeto de uno mismo. Creo que Sembéne piensa, realmente, en nuestro espíritu y en nuestro corazón. Si sólo hubiese escrito ese libro, si no hubiese dirigido sus magníficas películas o escrito sus otros libros, creo que ya hubiese merecido seguir presente en nuestra memoria.

En las novelas de Boris Diop casi nada es lo que parece ya que, como ha escrito Alioune Badara Diane, profesor de letras de la UCAD de Dakar, «la polisemia, el polimorfismo, la polifonía, la paradoja y la ambigüedad» son términos muy importantes a la hora de descifrar las obras de un narrador al servicio de su pueblo y cuya obra, realista y, al tiempo, ensoñadora, involucra el enigma. Y es sabido que, como asegura poéticamente el personaje Fartamio Andra en Las Siete Soledades de Lorna López de Sony Labou Tansi, «el enigma es la mejor y más bonita explicación del mundo».

Enigmas, polimorfismos, paradojas, polisemias. Boubacar Boris Diop comparte la idea de Milan Kundera de que «El espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela le dice al lector: “Las cosas son más complicadas de lo que piensas”. Esta es la verdad eterna de una novela». Y puede que también sea la verdad eterna de la vida.

(…)


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Entrevista con Juan Villoro: si México fuera un país normal

Villoro_retrato_entrevistaEscritor, ensayista, cronista, guionista, cuentista: Juan Villoro (Ciudad de México, 1956). Pere Ortín charló en nuestro 360º monográfico sobre México con el escritor mexicano sobre su país, la literatura y los viajes. El hombre orquesta de las letras mexicanas fue, además, una de las firmas invitadas en ese 360˚, el primero que publicamos en esta nueva etapa de Altaïr Magazine. Aquí va un adelanto en abierto de la entrevista.


«No caeré en el abuso de decir escribe Juan Villoroque el mexicano está obligado a ser feliz hasta el vómito, pero no hay duda de que se le exige notoriedad. Los que llevan su dicha en calma suelen ser vistos como pobres aguados o como pinches conspiradores».

Al fondo del Café Topolino, donde nos hemos citado en la calle Francisco Sosa y a pocos pasos del Instituto Italiano de Cultura, no muy lejos de su casa, en el barrio de Coyoacán, al sur de la Ciudad de México— arman barullo unos chamacos que acaban de salir de la escuela. Parecen felices y lo demuestran.

Juan Villoro parece acostumbrado al ruido de fondo. Lleva años, en la prensa o con sus libros, tratando de desentrañar algunos de los muchos misterios que esconde ese ruido oculto tras el carácter mexicano. Transitando sin dificultad aparente de lo culto a lo popular, Villoro ha encontrado una manera, tan lúdica como inteligente, de acercarse a esa «articuladora fuerza de lo que no ocurre» que, según el escritor, forja lo mexicano.

—¿Cómo sería México si fuera un país «normal»?

—Si fuera un país «normal» no sería México.

Villoro es un  malabarista de las palabras. Las maneja con la misma facilidad que esos chicos que entretienen a los automovilistas en el semáforo del cruce de Eje 5 Sur con la calle Vertiz por donde pasé hace un rato de camino a mi encuentro con él.

Maestro cercano y entrañable de toda una generación de jóvenes cronistas mexicanos, construye pensamientos poderosos con la seguridad innata que tienen los inventores de aforismos. Sus sentencias resumen toda una experiencia telúrica: «Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma».

Su mamá le avisó: «México es un país raro», y la realidad del paso de los años sólo ha confirmado aquella sentencia materna. El escritor no la ha olvidado nunca desde que empezó a escribir seducido por la novela De perfil del escritor mexicano José Agustín. Desde aquel momento ha hecho casi de todo: novelas, crónicas, columnas de opinión, teatro, guiones de cómic, televisión sobre fútbol, cuentos infantiles y programas de radio sobre rock. En la creación de todas esas ficciones más o menos basadas en hechos reales, Villoro ha llegado a una conclusión, tentativa, parcial y doble, sobre México:

a) la verdad nunca ha circulado con mucha claridad en el país de Cantinflas;

b) muchos mexicanos parecen «cansados de soluciones y solo quieren promesas».

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Durante una charla con Juan Villoro se cumple aquello que escribió Italo Calvino de que «no es la voz sino el oído lo que guía una conversación». Y la nuestra, como sus crónicas, fluye fácil y se estructura como una trama hablada a partir de rápidos desplazamientos por su vasta cultura. De su boca y sus textos surgen reflexiones profundas: «La veracidad de los textos no importa en un sentido social o político, sino como retrato íntimo de lo que ocurre». Y aún más profundas: «El papel del escritor consiste en preguntar para que otros respondan».

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Un diálogo con Jon Lee Anderson, por Paty Godoy y Pere Ortín

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Cuando una persona tiene a las espaldas los años y las experiencias como reportero de Jon Lee Anderson, con tan sólo hablar con ella ya podemos trazar un mapa de la profesión. Que, en este caso, es como trazar un mapa de muchos conflictos patentes y secretos de los últimos veinte años de la historia internacional. Paty Godoy y Pere Ortín se sentaron precisamente a eso, a hablar con el maestro de reporteros y colaborador de The New Yorker, y aquí podéis empezar a leer el resultado, parte de nuestro 360º sobre Cartografías.


«Negociemos… ¿Cuál es el precio de mi ausencia?»

Entre risas, mientras sorbe su habitual café americano y recién llegado de Madrid maleta en ristre, el escritor argentino Martín Caparrós discute con nosotros «el precio de su ausencia» en el encuentro que tendremos al rato con su colega Jon Lee Anderson, el reportero de la revista norteamericana The New Yorker.

Sin cerrar ningún trato y poco antes de las once y media de la mañana, dejamos a Caparrós apurando su café y de camino a un encuentro sobre «periodismo de datos» (sic) y buscamos a Jon Lee Anderson. No ha llegado…

Cuando aparece —casi una hora después y a pesar de que su reloj de muñeca, de correa de cuero roja bien desgastada, parece en hora— nos explica la «confusión»: nos esperaba en su hotel y no en el museo de Barcelona donde, por fin, nos hemos encontrado.

Aclarada la situación entre sonrisas, y tras pelear por otro café con una de esas infernales máquinas suizas que han encapsulado el sabor de la infusión con nombre de antiguo reino etíope (Kaffa), nos sentamos a charlar en un amplio despacho con sillones cómodos que nos presta el director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

Cinco Viajes al infierno

Aunque no hay necesidad de romper ningún hielo, le hemos traído a Jon Lee Anderson un regalo que sabemos apreciará: Cinco Viajes al infierno, un libro de la gran cronista norteamericana Martha Gellhorn que, junto a su marido Ernest Hemingway y George Orwell, es una de esas referencias clásicas admiradas por Anderson. Anderson recibe el libro —un ejemplar de la edición en español de la colección Heterodoxos de Altaïr que no conocía— con una sonrisa agradecida. Lo hojea con detenimiento y, aunque tanto él como nosotros sabemos que no dispondrá de demasiado tiempo libre para leerlo, todos ponemos cara de satisfechos.

«Saki»

Jon Lee Anderson, como Gellhorn, también ha descendido a unos cuantos infiernos. Y, como la gran cronista norteamericana, lo ha hecho sin perder una predisposición innata para la sonrisa cómplice. Se siente bien en cualquier lugar del mundo y tiene «por instinto» esa maravillosa facultad humana «de la adaptación».

Alto y fuerte —de joven, en Liberia, le pusieron el sobrenombre de Saki («hombre alto» en lengua kpelle)—, en su conversación se nota que conserva aquella misma actitud curiosa que, según recuerda, tenía cuando, con dos años, empezó a escudriñar el mundo «desde su caja de arena». A pesar de todo lo que ha visto y oído, sigue siendo aquel niño que nunca se ha dejado vencer por esos momentos de la vida en los que el cinismo y la depresión parecen ser las únicas salidas posibles. Perfeccionista, pero sin alardes retóricos, reconoce que sólo necesita «café y una silla cómoda» para escribir y que lo más importante en su trabajo es «tener muy claras cuáles son tus prioridades».

Rigor y veracidad

Hace años —preparando un retrato sobre Gabriel García Márquez— que Jon Lee Anderson dejó de utilizar grabadora y libreta de notas frente a sus entrevistados. No se trataba de imitar el método de Truman Capote en su proceso de creación de A sangre fría, sino de no «intimidar» a las personas con las que hablaba. ¿Método? Pues el más exitoso de todos los que existen: no tenerlo. Su estrategia, reconoce, no es muy ortodoxa. Se trata de entrenamiento y oficio para, primero, propiciar conversaciones con enjundia, diálogos vivos y situaciones coloquiales que, luego, se desarrollarán en un periodismo que usa las herramientas de la literatura para contar historias basadas en hechos reales, explicados con rigor y veracidad.

White chink

Aunque no le gusta que le pregunten por su vida personal, el asunto surge de manera natural. Jon Lee Anderson es fruto de una pareja que lloró cuando se enteró por la radio del asesinato de John F. Kennedy en Dallas. Su madre era una «extrovertida y multitalentosa» escritora de cuentos juveniles que también bailaba y pintaba (y a la que Anderson le debe el amor por los libros). Su papá era «un nómada» que se definía como un «socialista de corazón» que se amoldó a la categoría de los «liberales» norteamericanos. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, navegó por los mares del sur antes de trabajar para el servicio exterior norteamericano y construir, junto a su esposa, una familia en mudanza constante.

Jon Lee Anderson vivió en ocho países distintos hasta los 18 años (Taiwan, Colombia y Corea del Sur, entre otros) y eso marca. Nunca ha olvidado, por ejemplo, cómo a los doce años, instalado temporalmente en Estados Unidos, lo llamaban «white chink» («el chino blanco») en el colegio por haber interiorizado tanto sus vivencias asiáticas.

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Cartografías: un mapa para leer el 360º de Altaïr Magazine (I)

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Collage de Mario Trigo para el artículo sobre cartografía imaginaria de Gabi Martínez

 

Cuenta Pep Bernadas en el editorial con el que se abre nuestro 360º monográfico sobre Cartografías:

«En 1375, cuando Abraham y Jafudá Cresques dibujaron el primer Atlas conocido, sacudieron en un pispás gran parte de las convenciones de su época. Los innumerables relatos de marineros y comerciantes, cartas, informes, pesquisas y trabajos acumulados durante años se condensaban allí, en minuciosas ilustraciones que mostraban a simple vista la superficie y el contorno de tierras y mares. Era una revelación al alcance de todos, fuesen letrados, iletrados, o hablaran otros idiomas, venía en un lenguaje cartográfico diáfano, en imágenes, cuya asimilación y retención eran inmediatas.»

Ahí empezó todo. El mundo entero metido en un pequeño espacio, reconocible de un vistazo, aprehensible. El mapa como instrumento para comprender lo que nos rodea, pero no sólo las distancias o los espacios, sino también el pensamiento o al propio ser humano. Decidimos hacer un monográfico sobre cartografía para hablar de nosotros mismos, para entendernos mejor. Y estos son algunos de los temas que tratamos:

VIAJE AL CENTRO DE GOOGLE EARTHSimon Sellars hace un recorrido filosófico y hasta melancólico por la herramienta cartográfica más popular del mundo, Google Earth, una aplicación que nos coloca en la perspectiva divina (miramos la Tierra desde 11.000 kilómetros de altura) para luego hacernos descender a los pequeños detalles que nos enseñan un mundo que es extremadamente parecido al nuestro, pero que en realidad es otro.

CARTÓGRAFOS DEL CIELO – Un paseo por la historia del mapeado de las estrellas contada por Natalia Ruiz Zelmanovitch, desde los griegos antiguos hasta los instrumentos que hoy nos permiten buscar exoplanetas donde soñar con una futura Tierra-2 poblada por seres humanos. La obsesión por la cartografía de la realidad llevada a cada extremo del universo.

MAPAMUNDI DE FICCIONESGabi Martínez transita por los territorios de las ficciones ideadas por escritores, cineastas, artistas y filósofos. Espacios imaginarios tan delimitados como los reales, con sus accidentes, su geografía política y sus zonas oscuras donde, tal vez, habiten dragones.

LOS AFGANOS AMAN LAS FLORES – No digas que crees conocer Afganistán si no la has vivido como Jon Lee Anderson, quien detalla con profusión la personalidad, psicología, relaciones, sociedad y espacialidad de una región del mundo fascinante y aterradora para Occidente a partes iguales.

EL GRINGO MÁS RARO DEL MUNDO – Y para conocer al gringo Jon Lee Anderson, reportero de The New Yorker y persona que habla todos los idiomas con acento, no queda más remedio que hacer lo que hicieron Paty Godoy y Pere Ortín: hablar con él durante horas y, sobre todo, escucharle sin perder ni un solo detalle. Y luego contarlo.

UN PASEO POR TURÍN – Buscando el breve recorrido que hizo Nietzsche desde su casa hasta el encuentro con aquel caballo de Turín que lo conmovió hasta enmudecerlo, Agustín Fernández Mallo viaja a la capital del Piamonte para tratar de unir los puntos que van desde el suicido de Cesare Pavese hasta el silencio de una década del filósofo alemán.

LOS EXPULSADOS DE LA TIERRASaskia Sassen, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2013, dibuja la destrucción de la condición natural de las tierras compradas por capitales extranjeros y de la expulsión de los habitantes tradicionales de su lugar en el mapa.

Y esto es solo una parte de todo lo que ofrece nuestro 360º sobre Cartografía. Pero no se queda aquí. Los mapas y las cartografías, en fin, tienen siempre la misma extensión que tiene la imaginación de los seres humanos…

360º de ALTAÏR MAGAZINE, monográfico sobre Cartografías.