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Pikara/Altaïr Magazine. Un encuentro feliz

De: June Fernández – Pikara Magazine

A: Altaïr Magazine – Director

Hola, Pere:
He trasladado vuestra propuesta al colectivo editor de Pikara. Todas están entusiasmadas con la propuesta. En su lluvia de ideas han salido tres temas que nos parecen muy importantes y atractivos:

En realidad no es necesario desglosar esos tres temas que comentaba June Fernández, directora de Pikara Magazine, a Pere Ortin: podéis verlos vosotros mismos (esos temas y muchos más) en nuestro monográfico 360º especial «A bordo del género» dedicado a los viajes desde una perspectiva de género. Aquel e-mail fue enviado a principios de junio de 2015, y siete meses y pico después lo que fue un encuentro feliz en unas jornadas apenas unos días antes se ha concretado en uno de los 360º de los que nos sentimos más orgullosos en Altaïr Magazine.

Pere nos cuenta cómo empezó todo: «Me encontré con June en la Universidad de Zaragoza, en un acto sobre crónica periodística en el que también participaban otros medios amigos como Frontera D o El Estado Mental. Lo organizaba la profesora María Angulo y la revista Zero Grados. Nos entendimos rápidamente: comimos, intercambiamos ideas, análisis, correos, algún skype… al final nos vimos en junio en la librería Altaïr. Recuerdo que cuadramos el encuentro después de una reunión que tenía June con Oxfam y también de entrevistar a FEMEN. Ahí empezó a coger forma todo.»

Hablar de viajes y género no es solo hablar de mujeres viajeras: es cuestionarnos toda la cultura viajera en sí.

En la presentación del monográfico el sábado 13 de febrero en la librería Altaïr, June nos decía: «Una de las cosas que más me ha gustado de cómo hemos enfocado el monográfico ha sido que hablar de género no ha significado sólo hablar de mujeres. Nos hemos cuestionado toda la cultura viajera, vivida siempre desde un punto de vista masculino, de la conquista, de la hombría. Pero hemos ido más allá, y hemos conseguido también hacer un auto cuestionamiento sobre nosotras mismas, las mujeres viajeras, que nos recorremos el mundo desde nuestros propios privilegios de mujeres blancas occidentales. Y eso es un enfoque muy interesante.»

Mario Trigo, el redactor jefe de Altaïr Magazine, explicaba los contenidos del monográfico y el enfoque que, Pikara y Altaïr Magazine juntos, se le ha dado al 360º.

El editor del magazine, Pep Bernadas, califica este 360º como «atípico», y Pere va más allá y afirma sentirse «orgulloso de lo que hemos hecho. Creo que sus contenidos abordan unas perspectivas complejas y lo hacen construyendo un relato tan ágil, inteligente, divertido (o no), profundo y contradictorio como la vida misma.»

Y una conclusión del director de Altaïr Magazine: «Es un número que demuestra que los viajes (al menos como los entendemos en Altaïr Magazine y Pikara) también pueden servir para analizar y cambiar perspectivas, para mirar con unas gafas diferentes y para subvertir ideologías.»


Si quieres leer el 360º «A bordo del género» puedes comprarlo en nuestra tienda.

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Nuevo 360˚: cruzando las fronteras de los géneros

Editorial

(Editorial del 360º monográfico de Altaïr Magazine sobre viajes y género, por June Fernández, directora de Píkara Magazine, y Pere Ortín, director de Altaïr Magazine)

Cuando la artista estadounidense Judy Chicago estaba en la universidad, un profesor dijo que las mujeres no habían contribuido de forma significativa a la Historia. Su indignación le sirvió como motor para buscar referentes y constatar que esas mujeres no sólo existieron sino que su legado fue borrado del relato histórico patriarcal. Años después inauguró su instalación más emblemática, The dinner party, una gigantesca mesa triangular que convoca a 39 mujeres esenciales de la Historia: literatas como Virginia Woolf, gobernadoras como Teodora, emperatriz de Bizancio, o activistas por los derechos humanos como Sojourner Truth, afroamericana que luchó por la abolición de la esclavitud y que se preguntó qué es ser mujer.

En la cultura viajera ocurre otro tanto: la educación sexista anima más a los hombres que a las mujeres a viajar, es cierto, pero en todas las épocas ha habido mujeres que han desobedecido el mandato de quedarse en casa, de limitarse al rol de buenas esposas y madres abnegadas. Sin embargo, no han sido reconocidas y recordadas de igual manera que los hombres. Cuando sus compañeros sentimentales eran también compañeros de viaje, ellos eran los célebres y ellas las acompañantes, como en el caso de Marta Gellhorn y Ernest Hemingway.

El lenguaje no es inofensivo ni neutro. Cuando decimos «el viajero», nos imaginamos un arquetipo: varón, occidental, blanco, sin discapacidades visibles, presumiblemente heterosexual. Y con unas actitudes determinadas por adjetivos como: aventurero, intrépido, osado, atlético… Esto es, en parte, un reflejo de la realidad, pero también es un imaginario, una narración que se refuerza y que invisibiliza otras realidades, otros cuerpos.

Así, las jóvenes siguen creciendo con menos referentes de viajeras, y con mensajes como el famoso «No vayas sola, te puede pasar algo». Es cierto que puede pasar algo. Es cierto que muchas toparán con el acoso machista e incluso con agresiones sexuales. Y es cierto también porque a un nivel profundo, como dice el filósofo Paul B. Preciado, «el género mismo es la violencia (…) las normas de masculinidad y feminidad, tal y como las conocemos, producen violencia». Así, si ser una mujer libre en una sociedad patriarcal sigue pasando factura, las personas transgénero afrontan también las violencias normalizadas, la precariedad y la patologización con las que se castiga a quienes incumplen esa norma binaria.

Pero las viajeras afirman sin titubeos que compensa. Y que ellas entran en espacios vedados a los hombres y pueden relacionarse con toda la población local, y también que se pueden permitir libertades que a las mujeres locales se les niegan. Frente a ese vago «te puede pasar algo», ellas pueden contar cuáles son los riesgos, cómo se previenen, cuáles son sus herramientas y estrategias para moverse. Y, sobre todo, contagian su entusiasmo a otras mujeres para que viajar no sea un privilegio masculino.

Al mismo tiempo, el viaje, entendido a la manera en que lo hacemos en Altaïr Magazine y Píkara, puede ser un espacio de transgresión para modificar imaginarios y subvertir ideologías. Al igual que emigrar —el viaje más importante de todos— viajar ha sido una estrategia para que las personas que se salen de la norma puedan expresarse y respirar fuera de entornos opresivos que niegan sus cuerpos, deseos e identidades. Viajeras lesbianas y/o de aspecto andrógino como Annemarie Schwarzenbach, amparadas en el exotismo de la extranjera, encontraban mayor permisividad social en culturas supuestamente más rígidas respecto a los roles de género que en su propia familia de origen. Como la población autóctona te ve, de todas formas, como una extraterrestre, importa menos cuál es tu estado civil, el largo de tu cabello o si vistes falda o pantalón.

Las autoridades, claro está, no son tan permisivas. Cruzar una frontera no es cosa fácil cuando tu aspecto no coincide con el sexo que afirma tu pasaporte, bien lo saben las personas trans. Y la policía no siempre lleva uniforme: también ejerce como policía de género la encargada de un hotel que se niega a alojar o a ofrecer una habitación con cama doble a una pareja del mismo sexo. Para las personas LGTB, viajar puede ser tomarse un respiro del control social de su entorno o, al contrario, volver al armario para evitar agresiones, o bien las dos cosas al mismo tiempo o a ratos. Las normas que construyen los géneros no siempre nos limitan —hay momentos de ruptura, viajes libres— pero siempre nos condicionan, como recuerda en su obra la teórica Judith Butler.

En ese balance del riesgo y el atrevimiento entran en juego los privilegios. Viajar por placer tiene mucho que ver con en qué parte del mundo has nacido, de qué poder adquisitivo dispones, si tu país es de los que vive en guerra o de los que se enriquece con la venta de armas, cuántas semanas de vacaciones pagadas tienes, si tu piel es blanca o de una tonalidad que llamará la atención de la policía de extranjería…

A ese respecto, hablar de la disolución de los géneros como los hemos entendido hasta ahora implica reconocer muchas otras relaciones de poder y privilegio. Siguiendo a la investigadora colombiana Ochy Curiel, hay que ver otras historias de lucha feminista más allá de la occidental blanca y romper con una historia lineal para aterrizar la expresión del género incorporando las variables de clase y raza, por ejemplo.

Esos privilegios también determinarán tu relación con la población local, y a veces las dudas y contradicciones son interesantes: si yo, mujer, me beso con mi novia en Uganda o en Rusia, ¿estoy haciendo activismo o estoy valiéndome de mi privilegio de europea al ejercer un derecho negado para la población LGTB local? Si me pongo a beber cervezas con los hombres del pueblo indio por el que paso como mochilera, ¿qué supone eso para las mujeres del pueblo? ¿Es mi papel intervenir ante una agresión machista que no sorprende a nadie porque se encuentra normalizada? ¿Qué siente una chica indígena casada a los 15 años por acuerdo de sus padres si le cuento que yo decido si me emparejo o no, si tengo hijos o no? ¿En qué lugar me sitúo? ¿En qué lugar la sitúo?

Si en la visión clásica, en cierto modo, viajar es plantar banderas más alto que tu competidor mientras te atusas el mostacho… ¿existe una forma femenina de viajar? Siguiendo con la propuesta de los feminismos latinoamericanos, tal vez no se trata de feminizar la cultura viajera, sino de despatriarcalizarla. Despojarla de estereotipos, nutrirla con narrativas distintas a la que se nos ha vendido como heroica. La montañera y escritora Eider Elizegi nos lo explica así: «Ahora que lo pienso… puede que en la manera lenta e improvisada de viajar, como permitiendo que el viaje se teja a sí mismo sin dirigirlo demasiado, haya una actitud que tenga que ver con el género, y que huye del viaje como conquista, como marca de “aquí he estado yo”, como consumo capitalista de destinos y lugares y monumentos y… personas».

Se trata, más que de genitales, de actitudes. Algunas espontáneas, otras reflexionadas o aprendidas: observar cómo me relaciono con las ciudades, con las montañas, con las fronteras, y sobre todo, lo más importante, con los otros seres humanos que me encuentro cuando viajo. Observar qué riesgos y qué ventajas entraña cómo el otro y la otra leen mi cuerpo, cómo me perciben. Observar cuál es mi mirada, cuál es el diálogo que establezco con cada lugar y con sus gentes, y qué poso queda en mí cuando parto, si es que tiene que quedar alguno.

Para volver de los viajes, como nos enseñan varios de los textos de este 360˚, con más preguntas que certezas. Habiéndonos puesto en duda. Dejando que se diluyan las categorías o redefiniéndolas. Aprovechando —también para nuestros géneros— la novedad llena de posibilidades que sentimos al contemplar un paisaje nuevo y una ciudad extranjera. Conscientes, coincidiendo con las palabras de Preciado, de que «de la nación, como del género, hay que empezar por dimitir» y que esa renuncia, esa posibilidad del experimento, nos ayudará a «proponer otros mapas» y llenar nuestras maletas con «ficciones que nos permitan fabricar la libertad».

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Hacer crónica periodística bajando al barro

Eso decía en un tuit la cuenta de la revista Zero Grados, organizadora de la I Jornada Periodístico-Literaria de ZeroGrados en Zaragoza, y que se dedicó a contar por Twitter cada cosa que ocurrió durante toda la jornada. Allí ALTAÏR MAGAZINE estuvo presente junto con medios amigos como Pikara Magazine, FronteraD o El Estado Mental. Cuando le tocó hablar a nuestro director, Pere Ortín, a los treinta segundos ya no podía estar sentado y agarró el micro para bajar junto al público. Porque es rigurosamente cierto, a Pere le va mucho más el barro que la oficina.

¿Pero cómo explicar a un auditorio lo que hace Altaïr Magazine?

Cultura viajera y crónica periodística en un sentido amplio, les dice Pere. Lo que entendemos por «crónica periodística» es, como dice Juan Villoro en sus textos para uno de nuestros especiales 360º, el dedicado a México: «el arte de entender y hacérselo saber a los lectores». Y como añade Villoro, tratamos de «contar historias singulares» y «meternos donde no debemos» para «hablar de lo que otros no hablan».

«No queremos tus clics, queremos tu tiempo. Queremos tu respeto», dice Pere, y para ello el trabajo de la revista ha de ser lento, artesano y cuidado. Y respetuoso con los autores, y curioso y deseoso de saber, y con todas las perspectivas posibles, cuanto más diversas y más lejanas a nuestro «ombligocentrismo», mejor.

Queremos marcar la diferencia, dice Pere, pero no por la mera voluntad de ser «diferentes», sino intentando construir una aproximación novedosa al periodismo, buscando un nuevo tipo de lector que se sienta identificado con nosotros. Ya no es sólo texto, ni sólo foto, no hay una jerarquía o un orden de importancia. Nuestros artículos son un conjunto de texto, vídeo, fotos, sonidos, edición, diseño, dirección de arte… Un conjunto humanista y atractivo, propio del momento en el que nos encontramos.

Claro que se puede, pero es fundamental quererlo, sobre todas las cosas. Y con un mantra en la cabeza, algo que repetir en voz alta una y otra vez: «Well done is not enough». No basta con hacerlo bien; tiene que ser mejor.