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Libros: De viaje por Europa del Este, de Gabriel García Márquez

Garcia Marquez

Por Virginia Mendoza

Comenzaba el verano de 1957. Plinio Apuleyo Mendoza (Franco) compró un coche de segunda mano en París para emprender un viaje con su hermana Soledad (Jacqueline) y su amigo Gabriel García Márquez. Juntos partieron con una pregunta: ¿Qué era realmente el socialismo con el que tan familiarizados se sentían? Durante aquel verano recorrieron varios países. A algunos de los que aparecen en De viaje por Europa del Este, en realidad, llegó García Márquez un año después en solitario, aunque en el libro que conformaron sus crónicas, el conjunto adquiere el aspecto de un continuo en el que, por un momento, Franco y Jacqueline dejaron de figurar.

Estas crónicas fueron apareciendo en periódicos de Venezuela y Colombia, pero no tomaron forma de libro hasta 1978. De viaje por los países socialistas es el resultado de aquel recorrido por Alemania, Checoslovaquia, Hungría, Polonia y la URSS; y ahora Random House acaba de rescatarlo con ese nuevo título, más acorde a nuestros tiempos: De viaje por Europa del Este.

El escritor y periodista colombiano llega a Berlín sin comprender dónde estaba Berlín. Tras una mañana «buscando la ciudad, dando vueltas dentro de ella sin encontrarla», al fin la ve: «Es asimétrica, sin pies ni cabeza, pero sobre todo carece todavía de un centro donde se experimente la emoción de haber llegado».

Sin pies ni cabeza era casi todo lo que iba encontrando el colombiano a lo largo de su periplo soviético, donde llega a comparar el lugar a «haber ido al cine para matar el tiempo y haberse encontrado con una película de locos». Como si hubiese sido ideado por Dalí, aquel argumento, dedujo el colombiano, solo tenía el objetivo de desconcertar.

«La cortina de hierro no es una cortina ni es de hierro» (pag. 9)

«Los extranjeros vienen con la ilusión y a nosotros nos cuesta trabajo hacerles entender la realidad: aquí la vida es un drama de cada minuto», le explicó uno de sus intérpretes. La primera decepción se la lleva nada más llegar a Alemania Oriental. Acababan de cruzar el telón de acero y empezaba un día nuevo. «La cortina de hierro no es una cortina ni es de hierro. Es un palo pintado de rojo y blanco como las peluquerías», escribe. Esta percepción no solo muestra el desencanto prematuro: es una bienvenida al esperpento.

Ese mal gusto soviético lo achaca más adelante a Stalin, un personaje tan lúgubre como contradictorio del que una de las fuentes llega a decir que, por un momento, dudó de su existencia, puesto que parecía gobernar a través de carteles y retratos y casi nadie lo vio vivo.

«La tarde en que me explicaron en qué consistía el sistema de Stalin, yo no encontré un detalle que no tuviera un antecedente en la obra de Kafka.» (pag. 120)

En cambio, para verlo muerto, en la Plaza roja de Moscú se formaban colas kilométricas a diario. Tras varios intentos y una larga espera, García Márquez consigue ver el cadáver de Stalin, no sin sorpresa: no solo descubre un rostro amigable que nada tenía que ver con las denuncias de Kruschev que, en cierto modo, habían motivado ese viaje. Lo que García Márquez descubre es que el hombre que se hizo llamar «puño de hierro» tenía manos de mujer.

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García Marquez habla con cierto cariño de la gente, especialmente de los polacos. Es la política y el mal gusto contra lo que arremete. En los polacos, de los que destaca su voracidad lectora, descubre «una dignidad que infunde respeto». Lo que los hace tan dignos a sus ojos es su obstinación por «seguir vivos con cierta nobleza», a pesar de todas las privaciones, la guerra y los errores de sus gobernantes. «Están remendados, pero no rotos», escribe.

Con los alemanes es distinto. ¿Cómo aquella gente que le recibe con tanta alegría, cordialidad y hospitalidad, pudo idear y llevar a cabo el holocausto? «En los campos de concentración me rompí la cabeza sin poder entender a los alemanes

«Uno tiene la sensación de estar viajando hacia un horizonte inalcanzable, en un mundo diferente donde las cosas no están hechas a la medida humana[…]» (pag. 92/93)

A lo largo del libro, García Márquez muestra una contradicción tras otra de esa extraña película de argumento desconcertante que expone al principio. Casi al final descubre el gran disparate: «Un país donde los trabajadores viven amontonados en un cuarto y sólo tienen derecho a comprar dos vestidos al año mientras engordan con la satisfacción de saber que un proyectil soviético ha llegado a la Luna». Mientras creaban el avión más grande del mundo, el pueblo no tenía zapatos. Todas las paradojas que encontró en el camino quedan resumidas en una: la obsesión por las alturas les hizo olvidarse de poner los pies en la tierra.

Tal como construían sus estatuas, así eran sus anhelos: colosales e inabarcables. «Un mundo diferente donde las cosas no están hechas a la medida humana, donde hay que cambiar por completo el sentido de las proporciones para tratar de entender el país». Moscú, esa ciudad que describe como la aldea más grande del mundo, «no estaba hecha a medida humana». El sentido de lo colosal estaba tan arraigado en los rusos que el periodista deduce que los descomunales retratos no habían sido un invento de Stalin, sino que había, en el fondo, algo cultural que lo propició.

«Yo no quería conocer una Unión Soviética peinada para recibir una visita» (pag. 43)

Durante el viaje, García Márquez llega a la conclusión de que Checoslovaquia era la única democracia popular sólida, la más alejada de aquel esperpento rematado con armiño desde Alemania hasta Rusia. Aun así, no deja de tomarse el viaje con humor. Por momentos, sus vivencias llevan al lector a la irremediable carcajada. Pero la risa es anecdótica. La desilusión es lo que sobrevuela las páginas en las que se convierte el viaje.

Su decepción es constante durante aquel verano en el que se adentra en el lugar idealizado. Aquel interlocutor que lamentaba que la realidad fuese un drama ajeno a los extranjeros a los que se les había mostrado un paraíso, no necesitó demasiadas explicaciones porque estaba ante un hombre con los ojos muy abiertos. García Márquez escribe que «a los países, como a las mujeres, hay que conocerlos acabados de levantar». Bajo el maquillaje, logró verle las ojeras a la Unión Soviética.


 

De viaje por Europa del Este
Gabriel García Márquez
Random House, 2015. 147 páginas.

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Los libros que lee la redacción

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Fotografía de Jorge Mejía Peralta (CC-BY 2.0)

Es una pregunta común, miles de personas la hacen cada día en todo el mundo. «¿Qué estás leyendo ahora mismo?» Y en seguida te cuentan lo que leen pero también lo que rodea a lo que leen. «Yo no leo ficción, me aburre», dice uno; «Yo al contrario, sólo me engancho a novelas, los ensayos no son para mí», contesta otra. «Apenas tengo tiempo para leer, sobrevivo con lo que leo en el metro y cinco minutos antes de dormir.» «Yo me levanto a las seis y media para poder leer un rato antes de empezar la jornada.» «Yo soy de noches en vela sin poder parar de leer y luego, claro, al día siguiente voy a trabajar dando tumbos.» Porque leer es a veces mucho más un «cómo» que un «qué».

Así que hemos cogido a parte de la redacción de ALTAÏR MAGAZINE y les hemos preguntado qué están leyendo. Y con sus respuestas hemos elaborado un catálogo de lecturas recomendadas para el día del libro. ¡Que las disfrutéis!

Mario: El espíritu viajero impregna sus lecturas, y navega desde el recorrido sentimental y emocional que hace John Berger por Europa en Aquí nos vemos (Alfaguara, 2005) hasta el crudo ensayo gráfico sobre la turbia Rusia actual que hace Igort en Cuadernos rusos (Salamandra, 2011. Aquí sus primeras páginas), pasando por la Nigeria inmersa en la guerra civil en los años sesenta en Medio sol amarillo (Random House, 2014) de la gran Chimamanda Ngozi Adichie. Aunque dice que el próximo que le apetece leer es la autobiografía de Lemmy, fundador y alma de Motörhead, que acaba de sacar Es Pop (aquí su primer capítulo).

Bárbara: Historia y antropología, esos son los dos temas por los que navega en sus lecturas, sean del género que sean: en ensayo, con La sociedad de castas (Kairos, 2014) de Agustín Pániker, sobre la india; o Las mujeres en el antiguo Egipto (AKAL, 1996), de Gay Robins. En novela histórica, con El cátaro imperfecto (Ediciones B, 2013) de Víctor Amela. E incluso en poesía, con los muy fálicos poemas dedicados al dios Príamo, Poemes priapeus (Adresiara, 205, edición catalana).

Pere: El periodismo entrelazado con el viaje, esa es la obsesión de Pere, que no puede dejar de ser las dos cosas todo el tiempo: periodista y viajero. Por eso sus libros de estos últimos meses giran en torno a esas dos facetas, y de ahí que sus recomendaciones pasen por Martín Caparrós y la dupla El interior (Malpaso, 2014) y El hambre (Anagrama, 2015), por la crónica asombrada del Levante español de Íñigo Domínguez en su Mediterráneo descapotable (Libros del KO, 2015), o las reflexiones sobre el oficio de escribir que hace Leila Guerreiro en Zona de obras (Círculo de Tiza, 2014), entre otras muchas cosas.

Belén: Como lectora, Belén «come de todo», y mezcla ensayo con ficción y con cómic sin ningún problema. Acaba de terminar de leer Sin ti no hay nosotros (Blackie Books, 2015), el testimonio sobrecogedor de la profesora Suki Kim en su afán por enseñar valores prohibidos a un grupo de estudiantes norcoreanos; pero recomienda encarecidamente El quinto en discordia (Libros del Asteroide, 2006), una muestra magnífica de la espléndida prosa del canadiense Robertson Davies. Su próximo objetivo es el último cómic de la serie «Love & Rockets» de Jaime Hernández, Chapuzas de amor (La Cúpula, 2015).