Publicado el

Primeras noticias del fin del mundo, un Paso de Rodrigo Fresán

Vista del Soda Lake desde Zzyzx, California (CC Mike Baird)
Vista del Soda Lake desde Zzyzx, California (CC Mike Baird)

¿A dónde ir cuando llega la oscuridad final? Un periodista de viajes podría plantearse así su último press trip, y encontraría al final de los atlas el pueblo más improbable: Zzyzx, en la nada del desierto de Mojave. Os proponemos el adelanto de un nuevo relato breve de ese viajero de palabras que es el genial Rodrigo Fresán y que, si sois suscriptores, podeis leer completo aquí.


Cuando era un niño, él siempre se negaba a la muerte de la luz. Entonces (en tiempos en que apenas habían cuatro canales de televisión, en blanco y negro, y las transmisiones terminaban apenas cruzada la línea de la medianoche luego de la emisión de diabólicas y torturadas películas como Sardonicus o Carnival of Souls y de que, a continuación, un sacerdote despidiera a todo y a todos predicando el creer en lo increíble sabiendo que la oscuridad nos vuelve más permeables a las ideas más locas, mucho más locas que lo que se había proyectado y emitido en Carnival of Souls o en Sardonicus) él se resistía a la hora de apagar las luces no con un click y no con un bang. No enfurecido, pero sí enfrentándose al sueño y, en esa camita baldía, buscando cualquier excusa para que nada acabara y que todo siguiese.

La oscuridad era el final de algo que —a pesar de todo y con todo en contra— se las había arreglado para llegar hasta allí y quién sabe si seguiría en su sitio y funcionando a la mañana siguiente.

Y la noche era un viaje sin mapa en el que resultaba tan fácil perderse.

Así, leer bajo las mantas con una pequeña linterna y pupilas dilatadas, o llevarse al oído y con el volumen muy bajo una radio cuyas larguísimas ondas cortas viajaban mejor por las noches de invierno. Y en las ondas, las voces flotantes, como de fantasmas demandantes de que se crea en ellos a ciegas. Voces en otros idiomas y, entre ellas, su favorita: la del locutor de la BBC que advertía despidiéndose, siempre, de que «This is the end of the world news». El fin de las noticias del mundo, sí, pero también, si se lo traducía literalmente, las noticias del fin del mundo. Sentencia como un mantra que él no podía evitar compaginar con las imágenes de otras películas en esos mismos ciclos de cine de antes de medianoche y de que los televisores se apagasen no sin antes aferrarse por unos minutos más a ese punto blanco en el centro de la pantalla ya oscura. Antes, esas radiactivas películas sci-fi de por entonces. Bajísimo presupuesto pero altísimo nivel de paranoia. En ellas, el planeta —al igual que su cataclísmica infancia, cortesía de padres que, como en varias de esos films, en más de una ocasión parecían haber sido suplantados y duplicados por aliens— siempre estaba a punto de sucumbir a una amenaza llegada desde los abismos del espacio o surgida de las profundidades de la Tierra. Bestias prehistóricas que alcanzaba la superficie para tomar el aire o meteoritos futuristas de puntería perfecta. Y, entonces, todos esos desconocidos extras y figurantes desfigurados y aplastados por patas gigantes o arrasados por olas de fuego.

Y él se recuerda a sí mismo entre sus siete y sus ocho años —recordándolo casi todo porque por entonces no hay demasiado para recordar— y pensando en que su vida podría acabarse en cualquier momento y en la paradoja de un amplio futuro con tan poco porvenir. Sí: en el principio de nuestras vidas es cuando más se piensa en la muerte mirándola de frente y no por eso dejando de temerla; mientras que es al final cuando más se intenta (en vano) pensar en cualquier cosa menos en el The End; en que lo poco que queda por vivir se vaya en la evocación de hechos nimios y cuanto más lejanos mejor. No es que uno ya no pueda recordar el presente inmediato. Es que no se quiere ser consciente de él y de su constante y tan pasajera brevedad.

En casi eso y ese sitio —pero aún no del todo— es donde está él ahora, sitiado.

A mitad de vida pero más cerca de lo último que de lo primero y contemplando junto a un médico una radiografía con los mismos modales con que otros observaron cielos estrellados o los cartas náuticas y líquidas de océanos donde, más allá de los bordes de lo desconocido y junto a los grabados de esas rosas de los vientos a despetalizar, siempre había monstruos esperando a que los marinos y su capitán callaran y cayeran por los bordes de un mundo plano. 

Ahora cae él. 

Mírenlo caer.

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE

Publicado el

EXPEDIENTE VN, UN PASO DE RODRIGO FRESÁN

nabokov_fresan_cabecera

Un renombrado escritor de origen ruso cruza los Estados Unidos con su esposa a la caza de mariposas. Un joven agente del FBI los sigue como si fuera su sombra; estamos en plena Guerra Fría, quizás el escritor es un elemento peligroso. El escritor es VN, Vladimir Nabokov; el agente, alguien que tiene por delante un viaje infinito. Un nuevo cuento de Rodrigo Fresán en esas «ficciones cortas» de nuestros Pasos que enlazan viaje y literatura.


Puede verlo porque puede imaginarlo. Se imagina que lo ve: acostado en su cama de motel, despierto y sin poder dormir por culpa de la voz ronca del aire acondicionado y, ah, tan cansado de seguir a VN y a VN2.

Aquí viene otra vez, como una película revelada por la cámara oscura de su mente, proyectándose en las sombras, atravesando esas cosas transparentes que son el tiempo y el espacio. Y sus ojos abiertos y como sin párpados, las persianas bajas, afuera ladra un perro; en la habitación de al lado, paredes de papel empapeladas con un motivo de arlequines, las carcajadas luminosas de él y la risa delicada de ella que, por momentos, siente y oye como si esos dos se riesen de él, malditos sean.

Por eso, entonces, la necesidad suya de no oírlos y de negar al presente y dar marcha atrás. El pasado que no pasa: la historia de sus antepasados llegando y fundando a la América Rusa (Русская Америка, trad. Russkaya Amerika) en nombre y por  voluntad de Pedro El Grande (Пётр Вели́кий, trad. Pyotr Velikiy), asentándose allí desde principios del siglo XVIII y hasta mediados del siglo XIX, antes de Alaska y de Hawaii y de California, adquiridas en 1867 por el gobierno norteamericano pagando a los colonos siete millones de dólares de entonces y más o menos ciento veintidós de ahora. Todos ellos, hombres corpulentos cubiertos de pieles animales XL, siguiendo la estela pionera de Semyon Dezhnev y su tripulación a la deriva y, más tarde, el curso de las velas crocantes de escarcha del Sv Petr y del Sv Pavel, proas al Este para ellos que pronto será el Lejanísimo Oeste para tantos otros. El vapor helado de esos hombres en llamas brotando de los pequeños volcanes de sus bocas barbadas y ortodoxas, letras cirílicas enganchándose como anzuelos en sus gargantas, arpones y focas y ballenas y osos de un blanco polar.

Ivan Nijinski —rebautizado y traducido como Johnny Dancer por sus compañeros del Bureau— cuenta y se cuenta todas esas cosas níveas y heladas mientras otros cuentan la blancura cálida de ovejas para guarecerse de los vientos del insomnio. No le sirve de nada, por supuesto; pero aún así le gusta imaginarlos. Apoyarse en su heroísmo antiguo para convencerse de que su presente misión —aunque menos épica— comparte algo de la grandeza del tránsito de sus antepasados.

CTA-premium-con-precio

Ivan Nijinski (a.k.a. Johnny Dancer, agente 0471 del Federal Bureau of Investigation, FBI) siguiendo y vigilando al escritor y profesor Vladimir Vladimirovich Nabokov (Влади́мир Влади́мирович Набо́ков, C-File 6556567, errata del agente John F. Noonan a enmendar en el expediente: Vladimar en lugar de Vladimir) y a su esposa Véra Yevseyevna Nabokov (Ве́ра Евсе́евна Набо́кова, C-File 6556566).

(…)


SIGUE AQUÍ. PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE.

Publicado el

Tintín no viaja. Un Paso de Rodrigo Fresán

Tintin-no-viaja-1
Cohete lunar de Tintín en Objetivo: La luna (CC Antonin)

La relación entre el relato de ficción y la cultura viajera se remonta a la antigüedad, donde los grandes viajeros mezclaban mito y realidad en sus crónicas, que perseguían, más allá de contar la realidad, atraer a lectores y oyentes para que siempre quisiesen saber «qué pasará después». ¿Puede la ficción llevarnos a un viaje que vaya más allá del mero desplazamiento físico? ¿No es acaso la literatura un método de viajar casi tan antiguo como el ser humano?

El cuento corto de ficción y la cultura viajera se unen en esta nueva serie de Pasos titulada Ficciones cortas, viajes largos. Relatos viajeros escritos por las mejores plumas de las letras en español que publicaremos mensualmente en Altaïr Magazine. Iniciamos a lo grande con el escritor argentino Rodrigo Fresán y una historia crepuscular protagonizada por el periodista más famoso del mundo: Tintín. Dejamos aquí el principio del relato para todos nuestros lectores.


Tintín no viaja. Tintín no se mueve. Tintín no sale de casa y hasta le cuesta, cada mañana, levantarse de la cama para emprender expedición hasta el baño y después llegar a ese otro continente que es la cocina a pedirle al mayordomo Néstor que le prepare el desayuno.

Superadas semejantes aventuras —Tintín y las frazadas asfixiantes, Tintín y el espejo de botiquín, Tintín y los croissants malditos— el joven periodista se derrumba en un sillón de la sala y, sí, Tintín y la odisea del día interminable. No pasa nada. No hace nada. No mira ningún mapa ni recibe ninguna visita inesperada con un encargo peligroso. Ningún bailecito de los suyos ni ningún «tra-la-lá» producto del alcohol ocasional o de respirar el tóxico aliento a whisky Loch Lomond del Capitán Haddock, porque Tintín no tiene fuerzas para descorchar botella o llamar a su compañero de camarote. Después, las sombras entrando lentas pero firmes por la ventana de su recámara en el ahora silencioso castillo de Moulinsart —Haddock, aburrido, se ha marchado quién sabe a dónde— y arrastrar los pies en pantuflas y el cuerpo en pijama y saltar sobre el colchón y, si hay suerte, volver a soñar en cómo todo era antes. Volver a soñar —a pesar de lo que dicen— en colores y sin olvidar un solo detalle de todo eso.

Un profesional del psicoanálisis (alguien recomendado por el Profesor Tornasol luego de que le resultase imposible aliviarlo con su jodido péndulo) diagnosticaría que la maladie que ahora aqueja a Tintín venía incubándose desde hace años; probablemente desde su complicada relación competitiva con su padre, a quien se le atribuyeron rasgos antisemitas y poca generosidad para con quienes contribuyeron a dibujar sus idas y vueltas y… Pero Tintín —siempre práctico y obsesivo en los detalles— tiene perfectamente claro cuando empezó a ser cubierto por esta depresión deprimida que lo deprime. Tintín conoce el día exacto y la hora justa del principio del huracán de su cafard.

CTA-premium-con-precio

Fue el 20 de julio de 1969 a las 20:18, hora central.

Tintín se sentó frente a su televisor con una copa de vino, se frotó las manos y, uno entre seiscientos millones de televidentes, se dispuso a contemplar en vivo y en directo la llegada del hombre a la Luna.

(…)


PARA LEER ENTEROS LOS ARTÍCULOS DE LA SECCIÓN PASOS, SUSCRÍBETE A ALTAÏR MAGAZINE.