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El sexto continente, por Mattia Insolera

Dos estudiantes de Alejandría, en Egipto, ensayan una obra de teatro para la escuela junto al astillero tradicional.
Los mapas cambian de significado, las fronteras cambian de significado. También los espacios que son casi todo a la vez, patio de juegos de todas las culturas, lugares de tránsito, de evocación… Como el Mediterráneo. En nuestro 360º sobre Cartografías incluimos un mapa digital con el reportaje que el fotógrafo italiano Mattia Insolera realizó durante varios años, viajando de una punta a otra del antiguo Mare Nostrum para entender que, efectivamente, lejos de ser un negativo, un vacío entre Asia, África y Europa, era de pleno derecho un sexto continente.

Este proyecto tiene origen en un viaje abortado que dio lugar a muchos otros. En 2007, zarpé de Italia con un amigo que quería cruzar el Atlántico a vela. Tras dos semanas de navegación me di cuenta de que me interesaba más la vida en la costa que en alta mar, y bajé a tierra en el estrecho de Gibraltar, donde pude ver por primera vez un entorno verdaderamente mediterráneo, un mundo habitado por marineros y estibadores, contrabandistas y migrantes.Durante los siguientes años, me dediqué a llevar adelante un proyecto fotográfico completo sobre la cultura mediterránea. Viví en Barcelona —bien conectada con todas las costas de este mar— y desde allí pude visitar 13 países del mediterráneo, viajando en barcos de todo tipo, desde veleros hasta cargueros, y recorriendo 25.000 kilómetros en moto.

Hoy en día, para mucha gente el Mediterráneo es sinónimo de un paraíso de mar, sol y cielos azules. Pero es necesario rascar la superficie del cliché turístico y capturar la esencia de este espacio. El Mediterráneo del siglo XXI se ha convertido en una división: una valla de alambre entre el Norte y el Sur del mundo.

También es la cuenca donde se están produciendo algunos de los mayores conflictos del mundo, una zona de paso peligrosa para quienes huyen de la miseria y la guerra y un cementerio para los 20.000 migrantes que se ahogaron en sus aguas en los últimos 20 años.

Melilla: Sufien, un joven migrante marroquí, espera en el puerto una oportunidad para colarse en un ferry hacia España.

Hoy en día, para mucha gente el Mediterráneo es sinónimo de un paraíso de mar, sol y cielos azules. Pero es necesario rascar la superficie del cliché turístico y capturar la esencia de este espacio. El Mediterráneo del siglo XXI se ha convertido en una división: una valla de alambre entre el Norte y el Sur del mundo.

También es la cuenca donde se están produciendo algunos de los mayores conflictos del mundo, una zona de paso peligrosa para quienes huyen de la miseria y la guerra y un cementerio para los 20.000 migrantes que se ahogaron en sus aguas en los últimos 20 años.

No siempre fue así. En el pasado, este mar interior era incluyente: un puente entre costas y culturas diferentes, un campo fértil para las primeras civilizaciones. Según el Pescador de Halicarnaso (seudónimo del influyente escritor turco Cevat Sakir) se trataba de un sexto continente, diferente de los cinco continentes arbitrarios de los geógrafos. Uno que asimilaba a gentes provenientes de las antípodas de la Tierra, convirtiéndolos en mediterráneos.

Con mi labor fotográfica, quería buscar si quedaba algo de ese tiempo. Y así centré mi cámara en quienes aún utilizan el mar como superficie de transporte, lugar de trabajo, zona de intercambio… En otras palabras, la gente que aún vive el mar como un sexto continente.

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