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Libros: La España vacía, de Sergio del Molino

Por Silvia Cruz Lapeña

«Escribo desde la ignorancia feliz del diletante», dice Sergio del Molino y parece excusarse. Viene de escribir La hora violeta, una carta de despedida a su hijo antes de que éste muriera a causa de la leucemia; No habrá más enemigo, donde se inauguró con la novela; y Lo que a nadie le importa, su primer coqueteo con el ensayo. Ahora vuelve con La España vacía. Viaje por un país que nunca fue, un libro que a ratos es ensayo, a ratos informe y, en otros, una crónica cálida de una España inexistente.

Del Molino se documenta con la Historia y las hemerotecas pero también bebe de su propia experiencia como periodista y habitante de esa España fantasma. El resultado es una mezcla de impresiones, emociones y datos donde hay muchas referencias al cine, al arte y a la literatura que han retratado el campo español, sus gentes y sus espectros. Y el resultado es tan bueno que no hace falta que nadie pida disculpas.

«La España vacía es, sobre todo, un mapa imaginario, un territorio literario, un estado (no siempre alterado) de la conciencia.»

El libro se divide en tres partes y lo que propone el autor es un viaje por el tiempo y el espacio a un lugar dentro de otro. La España vacía es la de los pueblos de la Meseta que abarcan las comunidades de Castilla La Mancha, Castilla León, La Rioja, y Extremadura con un Madrid omnipotente en el centro.

En la primera parte, Del Molino habla del Gran Trauma: el éxodo del campo a la ciudad que se produjo entre las décadas de 1950 y 1960. La mayoría se fueron a Madrid, pero Barcelona y Vizcaya también recibieron a buena parte de una población que dejó aún más peladas las tierras del interior. Habla de un territorio que ocupa el 53% del suelo español, aunque algunos de esos lugares apenas alcanzan las tasas de población del Polo Norte. Y no rememora un pasado mejor porque no lo hubo: esos pueblos de postal siempre estuvieron mal atendidos. El dictador Francisco Franco prometió dignificarlos, pero su política de construir pantanos arrasando pueblos para abastecer a las ciudades en los años del desarrollismo contradijo sus promesas.

Los alcaldes de la democracia no han hecho mucho más por esas tierras, dice el autor. La diferencia es que ahora el dinero para intentar mejorarlos se le pide a Europa, no al Gobierno español.

«Cuando las aldeas vacías de la España vacía salen en los periódicos nacionales siempre es en la sección de sucesos.»

En la segunda parte, el esfuerzo se centra en romper los mitos que pesan sobre la España vacía. Como nunca se ha explicado a sí misma, dice el periodista, lo han hecho los de fuera con ojos extranjeros. Porque esa España nada tiene que ver con la urbana, apenas se conocen. En esa mirada lejana y fría se gesta el lugar común, las alabanzas sin sentido a la vida del campo, los sambenitos que pesan sobre sus habitantes. Y, por supuesto, el desprecio.

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Del Molino intenta reescribir el relato con la mirada del cronista que no está ni dando las noticias, ni pontificando. Sólo enfoca y emplea su bagaje para explicarle a una gente lo que le pasa a otra que tiene cerca pero no conoce. Eso es un periodista.

Su mirada, ni dura ni condescendiente, es amorosa. Conoce las particularidades del suelo que explica porque ha vivido en él. Y desbarata los tópicos sobre la no tan buena gente del campo, como diría Flannery O’Connor, a la vez que le quita morbo a los crímenes rurales, porque no dicen nada peor del ser humano que un navajazo de ciudad.

«La construcción romántica del paisaje es uno de los ejemplos más bellos y acabados de profecía autocumplida que tenemos en España.»

Hay otro maleficio sobre estas tierras: el romanticismo de algunos autores como Gustavo Adolfo Bécquer, de quien dice que construyó un paisaje plagado de señales que convirtieron la España vacía en un lugar tenebroso. Dice el autor que, a fuerza de leerse de ese modo, los habitantes se acabaron creyendo que así era su tierra y así eran ellos.

Un día decidieron usar ese retrato para atraer a los turistas. El periodista zarandea a los políticos pero también al viajero que contribuye a la visión morbosa del lugar que visita como si no quisiera ver la realidad y prefiriera el cuento. «Hay que tomar con precaución las estadísticas de los países que tienen muchos problemas», dice el autor a modo de advertencia.

La parte mala de llamar la atención es que no siempre se acerca quien uno espera. Y a estos lugares, explica el periodista, se han acercado muchas veces lobos disfrazados de empresario chino o británico que les prometen casinos y parques temáticos, proyectos que mueren antes de nacer. Espectro sobre espectro para esas tierras.

«El barrio periférico sustituye al pueblo como fuente de identidad.»

En la tercera parte, «El orgullo», Sergio del Molino habla de quienes quieren recuperar las formas y la cultura del lugar donde nacieron sus abuelos. Los llama «viejóvenes» y él se incluye en ese grupo. Es gente que escribe, pinta, canta. Artistas de más de treinta años que ya no se avergüenzan del origen de sus abuelos. Presumen y lo reclaman. Jenn Díaz o Lara Moreno son algunos nombres, gente que nunca vivió en las tierras de sus antepasados pero conocen los barrios a donde emigraron y a donde se llevaron parte de sus pueblos en forma de recuerdos, palabras y canciones.

Pero no todos los rescatadores tienen buenas intenciones. Del Molino explica como el más querido de los alcaldes de Madrid, Enrique Tierno Galván, se inventó una infancia en Soria para atraer al electorado de la capital, hijo de mil leches. También apunta a una parte de los neorrurales que se compran casa en la montaña bajo el tópico del beatus ille y al nuevo provincianismo, que sitúa en los jóvenes que conocen Ámsterdam, Nueva York o São Paulo sin saber poner en el mapa Zamora o Burgos.

El libro pone nombre a males y defectos de los españoles pero no es agrio, ni triste. Tampoco es nostálgico. Le da voz a una parte silenciada y desconocida de España que supone más de la mitad del territorio. Más que un ajuste de cuentas parece una compensación. Y al hacérsela a una parte, Del Molino alivia al todo, a una España «incluso valiente» que «ha aprendido a no matarse».


La España vacía
Sergio del Molino
Turner, 2016. 296 páginas.

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Expiación sureña, un Paso de Silvia Cruz Lapeña

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«Viaje a la infancia en tiempo de cuaresma», dice el subtítulo de este Paso de Silvia Cruz Lapeña, un viaje personal, a medio camino entre lo histórico, lo sociológico y lo sentimental, por la infancia, la tradición y la religión tal y como se vive en ciertas zonas del sur de la Península. Aquí dejamos el comienzo de este espléndido texto en abierto.


Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.

Alma extraña de mi hueco de venas,


te he de buscar pequeña y sin raíces.

¡Amor de siempre, amor, amor de nunca!

Federico García Lorca

Me acerco a Andalucía a punto de cumplir 38 inviernos. El frío del sur de España nunca se narra y en todos los relatos es más fácil encontrar sol, cal, calor y cielos garzos que la cellisca que maltrata al olivo o la humedad que engorda sus frutos. Este lugar es para mí como un gerundio: ni se va de mí ni me deja marchar, y aunque me frote fuerte cuando me baño, lo llevo siempre incrustado en la nuca. Esa marca, mancha, muesca o lo que sea me dice y le dice a todos de dónde vengo. No me avergüenzo, sólo reniego del Sur cuando no puedo explicarlo, algo que cada vez me pasa menos.

No nací en este lugar, nació mi padre. Y yo me acerco en Cuaresma anhelando ser turista. Mi madre no me parió en esta tierra, pero fue aquí donde me dolieron tres veces las rodillas, una por cada ocasión en que mi cuerpo se estiró hasta alcanzar los 172 centímetros que hoy me definen. Nací en Cataluña pero no olvido que aquí crecí y perdí los dientes.

«Barcelona-Córdoba», dice el billete de un tren que va a tal velocidad que aborta cualquier nostalgia. «Cuaresma – Caminos de Pasión» reza en la invitación de un viaje que me llevará por ocho pueblos, lugares que conocí con otros ojos, paisajes sobre los que mis pies de niña desearon, a ratos huir, a ratos hendirse como si fueran raíz. «Cuaresma», repito, y recuerdo su significado: tiempo de revisión y purificación antes de Semana Santa. Vuelvo al programa: Alcalá la Real, Priego de Córdoba, Cabra, Baena, Lucena, Osuna, Puente Genil y Carmona.

No puedo frenar el tiritar de mis labios.

«La vida en la frontera, siempre alerta». Lo dice la voz en off de un vídeo en el que se explica la historia de Alcalá La Real en la Fortaleza de la Mota. Este pueblo pertenece a Jaén pero por la proximidad a la provincia vecina y el acento de sus gentes bien podría ser Granada. Desde la fortaleza detecto la primera estampa familiar: olivos en abundancia esperando una lluvia que en Andalucía se pide para el campo pero se maldice si impide sacar en procesión a los santos.

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«Tierra de frontera», repite Lola, la guía que nos acompaña, y me transporta a mis 16 inviernos. Entonces, Alcalá también era para mi un límite, el pueblo más alejado de casa hasta el que llegaba sin guía y sin permiso. Lo hacíamos en feria y en grupo para buscar diversión, y aunque nadie lo decía, también amor, pues es sabido que los chicos del pueblo vecino son más bellos que los de la casa de al lado.

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Gente de bar, un Paso de Silvia Cruz Lapeña

altair españa desde el bar-7COMPARTIMOS EN ABIERTO UN ADELANTO DEL NUEVO PASO DE ALTAÏR, EN EL QUE LA PERIODISTA SILVIA CRUZ LAPEÑA NOS HABLA DEL LIBRO DE JOAN PLANAS ESPAÑA DESDE EL BAR, QUE RECOPILA 100 ENTREVISTAS SOBRE QUÉ PIENSAN Y SIENTEN LOS ESPAÑOLES SOBRE ESPAÑA… DESDE LA BARRA DE UN BAR.


En España hay 280.526 bares, es decir, uno por cada 176 habitantes. Es el país de la Unión Europea con más establecimientos destinados a beber y comer. De media, los españoles van al bar tres veces por semana, frecuencia que no ha variado en siete años de crisis económica. Es cierto que gastan menos, pero también que un tercio de los 100.000 millones de euros que invierten al año en alimentarse los emplean fuera de casa, porcentaje invariable desde hace años a pesar de las dificultades por las que pasa el país. Lo dice el informe sobre datos de consumo alimentario que publicó en 2014 el Ministerio de Agricultura. Pero sólo son números, datos que confirman lo que cualquier turista comprueba al rato de estar en España: que los españoles son gente de bar. Las estadísticas hacen lo de siempre: sumar lo suyo y lo mío y dividirlo por dos. Nada dicen de las personas ni sus motivos, ni de si ese vino que se tomó usted y recogen los sondeos lo pidió para olvidar una pena o para celebrar la vida.

Tampoco dicen las encuestas que en los bares hablamos ni sobre qué temas lo hacemos. Con ánimo de contrarrestar la frialdad del dato y disolver tópicos, Joan Planas se ha pasado 55 días recorriendo bares de veinte ciudades españolas para averiguarlo. Sus cien entrevistas a personas en establecimientos de toda España han permitido a este cineasta y fotógrafo de 33 años entrar en los anhelos, opiniones y temores de sus entrevistados y concluir que a todos nos iría mejor si nos conociéramos más. Todos los testimonios y las fotos recopiladas durante su viaje estarán en España desde el bar, un libro para el que Planas tiene en marcha una campaña de crowdfunding.

España desde el bar es, en realidad, el proceso de documentación de una película que a Planas se le ocurrió al volver de un largo viaje por Asia. Cuando llegó a España, se percató de que el tema preferido de los medios eran las malas relaciones entre España y Cataluña, territorio este último en el que parte de la población aspira desde hace un tiempo a la independencia. El cruce de acusaciones entre políticos y no políticos llevó a Planas a preguntarse si ese odio que transmitían muchos titulares era compartido por los ciudadanos.

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