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SONIDOS DEL SOHO, UN PASO DE PEDRO MONTESINOS

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El experto en sonido Pedro Montesinos viaja hasta Nueva York para trasladarnos, a través de sus grabaciones, a uno de los barrios más famosos del mundo: el SoHo. Un nuevo artículo de nuestra sección Pasos.


La primera vez que visitas una ciudad como Nueva York sabes, de manera más o menos consciente, que estás pisando uno de los lugares más conocidos, filmados, dibujados, cantados y contados del mundo. Y por ese motivo, una infinidad de ideas preconcebidas, prejuicios y falsas impresiones se agolpan en la mente, por muy poco contacto que se tenga con la cultura norteamericana: música, teatro, retransmisiones deportivas, anuncios, noticias, películas, series, libros, cómics, arte, noticias… ¿A quién no le viene a la cabeza un estribillo como el de New York, New York de Frank Sinatra; alguna película de Woody Allen o la imagen de las Torres Gemelas desplomándose en directo en todos los informativos? Son simplemente ejemplos de la enorme cantidad de estímulos más o menos compartidos por personas de casi cualquier lugar del mundo. Además, hay que añadir a ese conjunto de impresiones otro puñado de referentes más personales, que se entrelazan con los primeros y que en mi caso vienen asociados a nombres como The Velvet Underground, Ramones, Sonic Youth o Beasty Boys… (cada cual podrá esgrimir los suyos).

Con ese amasijo informe de referencias generales y particulares, no siempre bien asimiladas, pasear por las calles de la ciudad de las ciudades es una experiencia intensa que entremezcla familiaridad engañosa, evocaciones fraccionadas, conexiones súbitas, contrastes abruptos y cotidianidad resbaladiza… En suma, una amalgama fluctuante y difusa de sensaciones que en buena medida satura, especialmente en las primeras exposiciones, pero que también destila instantes, más o menos duraderos, más o menos discretos, de belleza arrebatadora y fascinante.

La agenda que teníamos prevista para ese día nos llevó hasta el SoHo. El plan: pasear por las calles y hacer algunas compras inevitables. Lo de las compras no es mi fuerte, así que cargué conmigo, en una mochila ligera, el equipo para grabar. Lo llevaba todo montado para que en el momento que decidiese, «cremallera, auriculares, mango con soporte, micro con protección antiviento, grabadora, cremallera, on, probando, probando, rec…»; y a grabar.

Al salir del metro en la parada de Prince Street (en la esquina con la avenida Broadway), optamos por seguir la misma calle hacia el lado oeste para adentrarnos en este barrio reconocido por ser marco de series, películas, cómics, vídeos musicales, fotografías, publicidad, etc. Con la sensación de estar en un escenario, andamos con toda la calma en una mañana fría pero soleada y con poco viento. Cruzamos la avenida Broadway y las calles Mercer y Greene, hasta llegar a la calle Wooster donde, tras una breve incursión en una tienda de ropa y material deportivo (en la que tuve que contener ese latente impulso consumista), dimos la vuelta para volver, con la misma calma, por idéntico camino.

Pasear por Nueva York es una experiencia intensa que entremezcla familiaridad engañosa, evocaciones fraccionadas, conexiones súbitas, contrastes abruptos y cotidianidad resbaladiza

El ambiente general que nos encontramos era el de un barrio bastante tranquilo, con relativamente poco tráfico por la mayoría de las calles, edificios no demasiado altos (entre seis y ocho alturas con sus escaleras de incendios en la fachada), un carril bici por el que pasaron varios usuarios y hasta árboles, de mediano tamaño, en unas aceras no demasiado amplias pero suficiente para que pasen dos o tres personas. La verdad es que no había mucha gente por la calle, y el SoHo parecía un barrio amable en una ciudad relajada por la que tanto turistas como vecinos caminan de un sitio a otro sin demasiadas urgencias. Algo muy lejano de las referencias al «Distrito del hierro fundido» (Cast-Iron District), anterior a la presencia de una importante comunidad de artistas que transformaron las antiguas fábricas y almacenes en enormes lofts, en los que, finalmente, se han ido estableciendo clases más acomodadas.

Al llegar de nuevo a Broadway, decidimos continuar, avenida abajo, por un entorno menos amable pero lleno de comercios. Yo no estaba interesado en las compras, así que cuando mis acompañantes entraron en el primer comercio en busca de unos pantalones tejanos, les dejé ir y me quedé fuera, avisando de que me movería por esa acera hacia abajo, y que les esperaría a la altura de la calle Canal. En cuanto me quedé solo inicié la secuencia prevista (cremallera, auriculares, mango, grabadora, cremallera, on, rec) y me dispuse a escuchar.

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Los primeros instantes son siempre un poco confusos, hasta que te adaptas a escuchar los cambios de presión que producen los sonidos, transducidos por el micro a impulsos electromagnéticos, preamplificados, digitalizados y almacenados en la memoria de la grabadora, al tiempo que entregados para su retransducción en los auriculares. Siempre toca calibrar un poco tanto la intensidad de la señal de entrada como el volumen de la escucha, y confirmar que se está grabando la señal que se recibe… En un par de minutos estaba listo y me dispuse a caminar lentamente por la acera.

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