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El sexto continente, por Mattia Insolera

Dos estudiantes de Alejandría, en Egipto, ensayan una obra de teatro para la escuela junto al astillero tradicional.
Los mapas cambian de significado, las fronteras cambian de significado. También los espacios que son casi todo a la vez, patio de juegos de todas las culturas, lugares de tránsito, de evocación… Como el Mediterráneo. En nuestro 360º sobre Cartografías incluimos un mapa digital con el reportaje que el fotógrafo italiano Mattia Insolera realizó durante varios años, viajando de una punta a otra del antiguo Mare Nostrum para entender que, efectivamente, lejos de ser un negativo, un vacío entre Asia, África y Europa, era de pleno derecho un sexto continente.

Este proyecto tiene origen en un viaje abortado que dio lugar a muchos otros. En 2007, zarpé de Italia con un amigo que quería cruzar el Atlántico a vela. Tras dos semanas de navegación me di cuenta de que me interesaba más la vida en la costa que en alta mar, y bajé a tierra en el estrecho de Gibraltar, donde pude ver por primera vez un entorno verdaderamente mediterráneo, un mundo habitado por marineros y estibadores, contrabandistas y migrantes.Durante los siguientes años, me dediqué a llevar adelante un proyecto fotográfico completo sobre la cultura mediterránea. Viví en Barcelona —bien conectada con todas las costas de este mar— y desde allí pude visitar 13 países del mediterráneo, viajando en barcos de todo tipo, desde veleros hasta cargueros, y recorriendo 25.000 kilómetros en moto.

Hoy en día, para mucha gente el Mediterráneo es sinónimo de un paraíso de mar, sol y cielos azules. Pero es necesario rascar la superficie del cliché turístico y capturar la esencia de este espacio. El Mediterráneo del siglo XXI se ha convertido en una división: una valla de alambre entre el Norte y el Sur del mundo.

También es la cuenca donde se están produciendo algunos de los mayores conflictos del mundo, una zona de paso peligrosa para quienes huyen de la miseria y la guerra y un cementerio para los 20.000 migrantes que se ahogaron en sus aguas en los últimos 20 años.

Melilla: Sufien, un joven migrante marroquí, espera en el puerto una oportunidad para colarse en un ferry hacia España.

Hoy en día, para mucha gente el Mediterráneo es sinónimo de un paraíso de mar, sol y cielos azules. Pero es necesario rascar la superficie del cliché turístico y capturar la esencia de este espacio. El Mediterráneo del siglo XXI se ha convertido en una división: una valla de alambre entre el Norte y el Sur del mundo.

También es la cuenca donde se están produciendo algunos de los mayores conflictos del mundo, una zona de paso peligrosa para quienes huyen de la miseria y la guerra y un cementerio para los 20.000 migrantes que se ahogaron en sus aguas en los últimos 20 años.

No siempre fue así. En el pasado, este mar interior era incluyente: un puente entre costas y culturas diferentes, un campo fértil para las primeras civilizaciones. Según el Pescador de Halicarnaso (seudónimo del influyente escritor turco Cevat Sakir) se trataba de un sexto continente, diferente de los cinco continentes arbitrarios de los geógrafos. Uno que asimilaba a gentes provenientes de las antípodas de la Tierra, convirtiéndolos en mediterráneos.

Con mi labor fotográfica, quería buscar si quedaba algo de ese tiempo. Y así centré mi cámara en quienes aún utilizan el mar como superficie de transporte, lugar de trabajo, zona de intercambio… En otras palabras, la gente que aún vive el mar como un sexto continente.

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Las primeras fronteras, un Paso de Carolina Reymúndez

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COMPARTIMOS EN ABIERTO UN ADELANTO DEL NUEVO PASO DE ALTAÏR, EN EL QUE LA PERIODISTA ARGENTINA CAROLINA REYMÚNDEZ NOS HABLA DE LA EMOCIÓN Y EL MIEDO DE CRUZAR POR PRIMERA VEZ LOS LÍMITES GEOGRÁFICOS Y POLÍTICOS QUE PONEN EN JUEGO OTRAS BARRERAS EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD.


Salir para emerger. Salir de la casa, salir del barrio, salir de la provincia, salir del país. Las primeras fronteras, las que uno cruza a los veinte o veinticinco años, con mochila y poca plata, funcionan como un rito de pasaje hacia el mundo adulto. Salir en un viaje de descubrimiento e iniciación. Salir para encontrar el camino propio. Las primeras fronteras son pruebas de responsabilidad, seguridad, éxito en la hazaña que es el viaje. Todos recordamos nuestras primeras fronteras como un hito. Salir como metáfora de la constitución personal.Para conocer sesenta países tuve que cruzar muchas fronteras. Alguna vez un empleado de migraciones hizo alguna broma, dijo «Maradona» o «Messi», pero la mayoría de las veces miraron con desconfianza mientras preguntaban: «Cuánto se va a quedar, dónde, ya vino, a qué viene, conoce a alguien». En Jamaica me invitaron a pasar a una cabina y me revisaron entera y en República Checa fue necesario explicar en lenguaje de gestos qué era la yerba mate. En Chile casi voy presa por un mango (fruta) que se había caído en el asiento del auto sin que lo advirtiera, y en Perú tuve que aclarar por qué viajaba con un cuchillo afilado. La explicación fue mentirosa porque si les decía que era para cortar el queso que llevaba en la mochila no hubiera podido pasar.

Desde que empecé a cruzarlas sola, a los veinte, las fronteras me intimidan. Tienen un factor incierto: el factor humano con poder. Son como un examen en el que algo puede fallar por causas que uno no controla. Aunque haya estudiado, aunque no lleve droga. A pesar de haber respondido bien, aún con los papeles en regla.

Las primeras fronteras, las que se cruzan a pie y en auto, son quizás las de sentido más amplio. Al cruzarlas, uno no sólo cambia de país, también toma consciencia en vivo y en directo —no por las pantallas— de la identidad colectiva, la historia común y las diferencias. Lo que nos separa nos legitima.

Después de años de viajes todavía me suelo sentir incómoda en las fronteras. Me vienen imágenes de películas, de cruces durante las guerras, de huidas y contrabando. Una vez del otro lado, libre y con el pasaporte sellado, es un alivio y quiero salir a festejar. Sí, vamos al bar, yo invito: ¡Crucé la frontera!

Viajábamos en auto por Europa en 1996, cuando cada país tenía su moneda. En España, las pesetas y en República Checa, las coronas. La globalización estaba en marcha, pero faltaba. También faltaba para la «sinfronterización» del continente. Praga todavía no era una de las preferidas del turismo internacional y se podía caminar por el Puente de Carlos sin agacharse para no ser parte de una selfie. La ciudad guardaba resabios de los años de comunismo y probablemente no había Mc Donald’s ni cola para comprar merchandising de Kafka.

Cruzamos por Alemania. Veníamos de Holanda y antes de Marruecos —la trazabilidad constaba en el pasaporte—, quizás por eso les resultamos sospechosos a los oficiales de migraciones que indicaron estacionar el auto a un costado y esperar. Con señas, nadie hablaba otro idioma que no fuera checo. Era un día gris y hacía frío. Después de un rato vino una brigada de cuatro uniformados altos y corpulentos vestidos de azul y con guantes. En el recuerdo son parecidos a SWAT. Sacaron las mochilas del baúl, sacudieron la ropa, palparon la suela de los borceguíes, observaron el termo por arriba y por abajo. Me acerqué para explicarles cómo se abría un bolsillo, pero me apartaron con una mirada de reprobación. Tenía que esperar al costado. Era una sensación extraña, como estar viendo los movimientos de un ladrón en tu propia casa. Estaban concentrados, atentos, perros con sed. No buscaban dinero, sino droga, pero la actitud era similar. Cuando terminaron, pasaron al interior del auto: levantaron las alfombras, corrieron los asientos, se agacharon y olieron. Hasta que llegaron a la guantera y encontraron una cucharita con yerba pegada. Entonces traté de explicarles con gestos y palabras sueltas, que en Argentina tomamos mate, que es más popular que el café, que la yerba es una planta como el té, que para tomarlo se usa una calabaza y una bombilla. Pero no me seguían. El módulo cultural no les interesó para nada. Busqué el paquete de yerba y se había terminado. Las explicaciones se hacían difíciles. Ellos se comportaban como si estuvieran seguros de haber encontrado a una pareja de narcotraficantes sudamericanos y no dejaban de hurgar la privacidad.

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Las islas Diómedes, por Bárbara M. Díez

Sol-hielo

A veces olvidamos que los accidentes geográficos de los mapas son más que líneas en un plano. Los grandes desiertos, las cadenas montañosas o estrechos de hielo y roca como el de Béring han constituido fronteras naturales para el movimiento de los humanos, pero también inesperados puentes. En este capítulo de nuestro 360º sobre Cartografías, Bárbara M. Díez nos habla del trabajo documental de la fotógrafa mexicana Lourdes Grobet en las pequeñas islas Diómedes, un extremo del mundo, una esquina del mapa entre América y Asia, entre EE.UU. y Rusia.


«Media noche de viernes aquí en el navío es media noche de jueves en la Isla. ¿Tú no sabes que cosa a los marineros de Magallanes ha sucedido cuando acabaron en su vuelta del mundo, como cuenta Pedro Mártir? Que son vueltos et pensaban que fuera un día antes et era en cambio un día después, y ellos creían que Dios había castigado ellos robándoles un día, porque no habían el ayuno del viernes santo observado. En cambio, era muy natural: habían hacia poniente viajado. Si desde la Amérika hacia la Asia viajas, pierdes un día, si en el sentido contrario viajas, ganas un día: he aquí el motivo que el Daphne ha facto la vía de la Asia, y vosotros estúpidos la vía de la Amérika. ¡Tú eres agora un día más viejo que yo! ¿No te hace reír?»

La isla del día de antes, Umberto Eco

Situémonos. Por un lado, Alaska (EE.UU), en el extremo noroccidental de América. Por el otro, Rusia, en el límite oriental de Asia. Ambos continentes separados por un canal natural de mar de casi cien kilómetros de distancia, el llamado estrecho de Bering. En el medio, la línea internacional de cambio de fecha, la frontera de cada país y dos pequeñas islas que parecen custodiar el paso por el istmo y, a la vez, servir de puente entre Oriente y Occidente: las islas Diómedes. La Mayor, perteneciente a Rusia. La Menor, a EE.UU.

Asia y América, dos extremos a punto de unirse, como los dos dedos que se rozan en el fresco de La creación de Adán de Miguel Ángel. Intentando unir los cuatro kilómetros que los separan.

«Antes fue un puente, hoy es imposible de cruzar.» Yolanda Muñoz, doctora en el Colegio de México y dedicada a la investigación, resume de manera muy descriptiva lo que las ínsulas han supuesto para la historia del lugar. Después de la Guerra Fría, el cruce de la frontera marítima entre ambas islas quedó prohibido y la URSS, por aquel entonces, trasladó a los habitantes de la Mayor al continente, dejándola sólo como base militar. Muchos familiares de ambas islas, que habían crecido juntos antes y después de que Rusia vendiera Alaska y Diómedes Menor a EEUU en 1867 —fijando en las islas Diómedes el nuevo límite entre ambos países—, perdieron el contacto y nunca más se volvieron a ver. Hoy es un espacio de resistencia en la frontera entre dos mundos.

Yolanda, que resume la historia del estrecho en su frase, «es un mujerón hermoso sentado en una silla de ruedas», en palabras de la enérgica Lourdes Grobet, fotógrafa y cineasta mexicana, durante la presentación del documental producido por ambas: BeringEquilibrio y resistencia (2013).

La película «es la realización de un sueño», declara Lourdes. «Cuando era niña, en la escuela, nunca me gustaba la tesis de que habían pasado por el estrecho de Bering toda la civilización a América». Años más tarde, entre los variados proyectos que la polifacética artista ha desarrollado durante su longeva trayectoria profesional, «en una entrevista que hice a Yolanda para una revista de discapacidad, ella me soltó que la noche anterior había soñado que cruzábamos juntas el estrecho». Así fue cómo conoció a Yolanda. El hueco escolar sobre la tesis del estrecho se abrió años después, y «a partir de ahí empezamos a trabajar en el asunto».

Así fue como Grobet mantuvo apartadas durante un tiempo sus exposiciones fotográficas desarrolladas —en parte— alrededor de la lucha libre mexicana, sus libros y sus cursos, entre otros quehaceres, para cruzar el anhelado estrecho, «pensar en las imágenes que vendrían, mientras Yolanda se encargaba de las letras» y redactar un manifiesto que cuestione las fronteras, lugares que «no deberían existir» según Grobet.


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Nuevos mundos de videojuego, por Eva Cid

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Paisaje del videojuego Skyrim (CC Elen Nivrae).

¿Cuando todo está explorado y cartografiado, dónde podemos vivir aún la sorpresa de lo desconocido? En el 360º sobre Cartografías, Eva Cid nos acompaña hasta el cruce de caminos del ocio, el viaje y la imaginación: los videojuegos. Mundos cada vez más amplios donde matar al dragón, rescatar a la princesa o hacerse con el tesoro han dejado de ser la clave y cada vez importa más vagabundear, como viajeros antiguos, más allá de las montañas y por las calles de ciudades nuevas e imposibles.


Aquellos que tengan vocación de exploradores o cartógrafos en la era Google se encontrarán con el vacío y la ausencia del misterio de un planeta radiografiado. La tecnología actual ha trazado una cartografía global y multidimensional gracias a herramientas de software como el DAO o el Sistema de Información Geográfica (SIG), que han facilitado la elaboración de mapas digitalizados masivos, cada vez más completos, interactivos, capaces incluso de ser manipulados digitalmente por cualquier persona desde la comodidad del sillón de su casa.

La globalización de los espacios ha desnudado el mundo en el que vivimos, reconfigurando la naturaleza misma de las distancias espacial y temporal —tradicionales ejes del viaje— en lenguaje funcional, accesible, universal, a la distancia de un simple clic, que permite la subida instantánea de imágenes, la geolocalización, el sharing, la difusión en todas las redes sociales de forma simultánea, en cualquier parte del globo.

Este despliegue de recursos, pese a su innegable utilidad, pese a la total dependencia que ha desarrollado en prácticamente todas las dimensiones de lo social y lo cultural, choca de frente con el tropo romántico del viaje hacia lo desconocido, el deseo de escudriñar espacios inexplorados, la necesidad de pisar terra incognita por primera vez. Un deseo que responde al impulso innato del descubrimiento y la comprensión del mundo que nos rodea, común a todos los seres humanos. Pero la digitalización cultural no sólo ha tomado formas instrumentales ni su único enfoque ha sido el pragmático; también el mundo del entretenimiento es hoy digital y, a su vez, lo digital ha parido nuevas formas de entretenimiento… Y, con ellas, nuevos mundos transitables.

El videojuego podría definirse, en esencia, como la reinterpretación digital del juego universal. La rayuela, los naipes o Super Mario comparten naturaleza, propiedades y objetivos. Según la definición que nos ofrece el filósofo holandés Johan Huizinga en su clásico Homo Ludens (1938) el juego es una actividad libre, enmarcada en una situación ficticia (que puede repetirse) y regulada por reglas específicas, que genera un cierto orden y una cierta tensión en el jugador, y posee una motivación intrínseca: pese a que desencadene una serie de efectos beneficiosos para el individuo, jugar es un fin en sí mismo.

Estas palabras se ajustan a la perfección al videojuego, excepto por su particular componente audiovisual. Juego y videojuego son interacción (entre una o más personas y elementos físicos o imaginarios). Tienen una serie de reglas más o menos estrictas (que pueden seguirse con mayor o menor rigor). Promueven un proceso de aprendizaje y ponen en funcionamiento diferentes procesos cognitivos.

Pero además, los videojuegos —o, más concretamente, su naturaleza digital y audiovisual— nos proporcionan otro emplazamiento donde jugar, más allá de los lugares imaginarios que evocamos en cualquier tipo de juego. Los videojuegos nos transportan a realidades alternativas construidas a imagen y semejanza de nuestro corpus cultural y ficcional, y nos brindan nuevos espacios transitables, mesurables e ignotos, en los que además de desarrollar una serie de interacciones lúdicas que se ajusten a esas reglas predefinidas, podemos asumir el rol de explorador.

Jugar y viajar son, en definitiva, dos actividades diferentes que persiguen los mismos objetivos: el placer de sí mismas y el conocimiento. Este nuevo punto de partida hacia lo desconocido que propone el videojuego como medio se ha convertido en un refugio íntimo, solitario, y un último reducto de los exploradores de la vieja escuela.

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La caja que cambió el mundo, por Jaime López

Carguero en el puerto de Rotterdam (CC Frans Berkelaar)

Seguimos desgranando nuestro 360º sobre Cartografías con el magnífico texto de Jaime López, experto del Port Community System del puerto de Valencia. Con él descubrimos la relevancia de esas otras vías —llenas de tráfico— que surcan los océanos y conforman nuestra economía y nuestros hábitos diarios, en un mapa de relaciones que une productores y consumidores, marineros y transportistas, el pasado y el futuro: el viaje del comercio marítimo.


Un ordenador. Un cuaderno. Una mesa. Una camisa. Un reloj. Una lata de refresco, un paquete de arroz, un frigorífico… Si echamos un vistazo alrededor de cualquier lugar en el que nos encontremos, todo lo que veamos o tengamos a mano habrá pasado algún tiempo dentro de un contenedor. El sesenta por ciento del comercio mundial, medido por el valor, viaja en contenedores marítimos. Y ese número es en realidad engañosamente bajo, porque las cifras generales incluyen muchas mercancías que no se pueden transportar en contenedor, como el gas, el petróleo, los productos a granel…. Si eliminamos esos productos podemos llegar a una estimación cercana al noventa por ciento.

Durante miles de años, la humanidad ha surcado los mares en busca de mercancías y tesoros que luego llevaba de un lugar a otro para comerciar, ofreciendo a las distintas poblaciones locales alimentos, joyas o materiales que nunca habían visto antes. Pero este proceso nunca fue fácil. La carga y descarga de las mercancías era un trabajo lento y complicado. Aun así, la carga a granel, muy intensiva en mano de obra, fue la única manera conocida para trasladar las mercancías por vía marítima hasta la mitad del siglo pasado. Un barco podía pasar más tiempo en el puerto que en la mar mientras los estibadores trabajaban cargándolo o descargándolo; los riesgos  de accidente, las perdidas de mercancía y los robos eran muy habituales.

Con el tiempo, se fueron desarrollando distintos sistemas de manipulación que hacían el proceso cada vez más eficiente: cuerdas para atar la madera, sacos o palés para agrupar la mercancía. También los medios de manipulación fueron avanzando. En los puertos del Mediterráneo, hasta los años cuarenta, se podía ver un ejemplo de ingenio para solucionar este problema: los tecles, unas grúas móviles que permitían aumentar la productividad de los puertos, pero con un coste mayor debido a que exigían pasos intermedios para manipular la mercancía (del barco a barcazas más pequeñas, de las gabarras al puerto).

Aunque la revolución industrial trajo barcos más grandes, eficientes y rápidos y el desarrollo del transporte marítimo de línea regular, los medios de carga solo evolucionaron en el uso de grúas mecánicas. Pero con la llegada del ferrocarril se evidenciaron las ineficiencias del transporte marítimo, pues transferir la carga entre trenes y barcos demostró muchos problemas prácticos. Y en el siglo XX, cuando surgió el transporte por carretera y aparecieron los camiones, el problema del tiempo perdido cargando y descargando pasó a ser de los conductores. La cadena de innovaciones tecnológicas para superar todos esos problemas cambiaría para siempre la configuración de los barcos, los puertos y ese sistema circulatorio del mundo que son las rutas de navegación de nuestros océanos.

Malcolm P. McLean (1914-2001) era un transportista de Carolina del Norte que se desesperaba en su camión esperando la mayor parte del día para entregar la mercancía. Veía a los estibadores coger cada caja del camión, que luego deslizaban en el cabestrillo con el que llevaban la caja hasta la bodega del barco, una y otra vez, caja por caja, en jornadas interminables. El sistema le hacía perder tiempo, y perder tiempo era perder dinero.

Pero no fue hasta la mitad de los años cincuenta cuando McLean, después de crear una gran compañía de transporte con más de 1.700 camiones, decidió hacer algo al respecto. Tenía una buena razón para ello: a medida que el negocio de transporte por carretera iba madurando, algunos estados de los EE.UU. adoptaban una nueva serie de restricciones de peso y tasas recaudatorias. Algunos camiones de McLean cruzaban el país de costa a costa, con lo que adaptar el peso de la carga a cada uno de los estados o pagar una tasa al cruzarlo era otro problema añadido.

McLean pensó en los barcos como el medio más eficiente para remediar la situación, pues, utilizándolos, eliminaba los problemas de restricción de pesos, los costes de combustible, ruedas o reparaciones y, también, los salarios de los camioneros. Después de algunas pruebas intentando cargar en los barcos camiones completos, pensó que era mejor enviar solo el tráiler, el remolque sin ruedas. Un «contenedor» rectangular y sencillo que pudiera ser manipulado sin trabas.

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Humanizar los mapas, por Sergio González Rodríguez

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El periodista y escritor mexicano Sergio González Rodríguez (Premio Anagrama de Ensayo 2014 con Campo de guerra) reflexiona para Altaïr Magazine sobre cómo en los mapas y el modo en que los utilizamos —en una nueva visión cartográfica del mundo— puede estar la clave para humanizar un presente lleno de retos económicos y tecnológicos. Un texto exclusivo para nuestro 360º sobre Cartografías.


 

Treinta años atrás, Fredric Jameson postuló la necesidad de replantear la cartografía del ser humano frente a lo que llamó la «lógica cultural del capitalismo tardío».

En esa época, y a pesar de que se atestiguaba ya el ascenso de las sociedades post-industriales, el avance de la conversión integral de lo analógico a lo digital en todas las actividades productivas —además de que ARPANET acababa de separarse de su origen militar y convertirse en un instrumento de uso civil que terminaría en Internet e iniciaba lo que sería el auge de los ordenadores personales— era inimaginable aún el mundo en el que ahora vivimos, donde la vida de las personas está inmersa en el ultracapitalismo de las máquinas. Aquí, la persona se ha convertido en una unidad más del sistema de sistemas que rige la vida planetaria.

Jameson (Postmodernism, or, the Cultural Logic of Late Capitalism, en New Left Review 1, 146, 1984), recuperaba la pertinencia del modelo pedagógico-didáctico de cariz marxista para lograr que cada individuo desarrollara su conciencia social sobre la base del saber, el arte y la cultura. Y proponía actualizar dicho modelo de acuerdo con las circunstancias de aquel contexto histórico, para lo cual subrayaba el papel determinante que la idea de espacio debía jugar en tal enfoque: «la concepción de espacio que hemos desarrollado aquí sugiere que un modelo de cultura política apropiado para nuestra situación tendrá por necesidad que plantear las cuestiones espaciales como sus preocupaciones organizativas fundamentales. Por ello, definiré provisionalmente la estética de esta forma cultural nueva (e hipotética) como una estética de trazado de mapas cognitivos».

Si el punto de reflexión al respecto, analizaba Jameson, se puede referir a la urbe en tanto paradigma de las actividades humanas, se impone detectar la función de la memoria, las actividades, las trayectorias de la persona en el tejido urbano y, a partir de allí, apreciar los vínculos entre la escala local, la nacional y la global.

 

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Jameson subrayaba que, debido a la complejidad de la civilización, el mapa cognitivo que emergía estaba lejos de ser un mapa «mimético», pues los problemas inherentes denotaban una posibilidad de representación distinta a la antigua, en particular, al implicar «la representación de la relación imaginaria del sujeto con sus reales condiciones de existencia».

En otras palabras, el mapa cognitivo que describía Jameson permitiría «una representación situacional por parte del sujeto individual de esa más vasta totalidad imposible de representar que es el conjunto de la estructura de la ciudad como un todo».

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Concurso #NavidadAltair

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Ver los ritos de Sumatra, pasear por México DF, bañarse en el mar de Johannesburgo o comer bacalhau en Oporto… No hay dos navidades iguales; basta con alejarse unos cuantos kilómetros (o unos cuantos miles).

¡Queremos ver tus navidades más viajeras! En ALTAÏR MAGAZINE hemos lanzado un concurso para que nos enseñes una foto de las navidades más exóticas (o no) que hayas pasado. ¿Bañándote en el mar al cambiar de año? ¿Al lado de un volcán? ¿Comiendo lentejas en el sur de Italia? ¿En una cabaña en los bosques de Maine? ¿Corriendo la San Silvestre-Vallecana en Madrid? ¡Todo nos vale!

REGALAMOS 3 SUSCRIPCIONES ANUALES A ALTAÏR MAGAZINE ENTRE LOS PARTICIPANTES

Participar es así de fácil:

  1. Síguenos en nuestra cuenta de Twitter: @altairmagazine
  2. Publica una foto de tus navidades más viajeras en tu cuenta de twitter con el hashtag #NavidadAltair

 

¡Tienes hasta el 6 de enero para publicar tu foto! ¡Participa y gana una suscripción a Altaïr Magazine valorada en 60€!

 

BASES DEL CONCURSO #NAVIDADALTAIR

Premios: se establecen tres premios consistentes en una suscripción anual a la revista digital ALTAÏR MAGAZINE para cada uno de los premiados, efectiva desde el día 12 de enero de 2015. Dicha suscripción tiene un pvp habitual de 60 euros.

Selección de los premiados: las tres personas premiadas se seleccionarán por sorteo entre todos aquellos participantes en el concurso que cumplan con las condiciones establecidas en estas bases en tiempo y forma. El sorteo se celebrará en las oficinas de ALTAÏR MAGAZINE al día siguiente del final del plazo del concurso y en presencia del equipo de la revista.

Reglas de participación:

–       El concurso se desarrollará en la red social Twitter.

–       Para poder participar es necesario publicar una foto personal (tomada por el/la participante o en la que él o ella aparezcan) en la propia cuenta de Twitter acompañada del hashtag «NavidadAltair».

–       Los participantes tendrán que ser seguidores de la cuenta @AltairMagazine de Twitter cuando se celebre el sorteo para que su participación sea válida.

–       El tema de la fotografía será «Navidades viajeras» y deberá ser una imagen tomada durante las fiestas navideñas o de año nuevo en algún lugar del mundo curioso, exótico o divertido.

–       Solo se puede participar con UNA foto y UNA sola vez.

–       ALTAÏR MAGAZINE se reserva el derecho a descalificar a cualquier persona participante si incumple de algún modo alguna de estas reglas.

Plazos: el concurso #NavidadAltair comenzará el jueves 18 de diciembre y terminará el martes 6 de enero, ambas fechas inclusive. Todas las fotos subidas a Twitter que cumplan las condiciones establecidas en estas bases entrarán en el sorteo, que se celebrará los días 7 u 8 de enero de 2015. Los ganadores serán contactados vía Twitter y anunciados públicamente en las redes sociales de ALTAÏR MAGAZINE

Derechos: ALTAÏR MAGAZINE se reserva el derecho a utilizar las fotos participantes en el concurso para elaborar una o más entradas en el blog de la revista (www.altairmagazine.com/blog) con una selección de los participantes, a modo de resumen y comentario del concurso. Altaïr podrá hacer otros usos de las fotografías sólo previa comunicación y acuerdo con sus autores.

La participación en este concurso implica la aceptación de estas normas por parte de sus participantes.

 

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