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LEAVING CARACAS, UN PASO DE JUAN TREJO

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Hoy comienza a colaborar en Pasos de Altaïr Magazine el escritor Juan Trejo con «Leaving Caracas». Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Esto ocurrió antes de que Hugo Chávez muriera.

Las cosas en Venezuela no habían llegado todavía a convertirse en el trágico simulacro que son hoy en día, pero las circunstancias se desplazaban a toda velocidad hacia el desastre. Podía apreciarse a simple vista.

Caracas me había parecido, nada más llegar, una mole contrahecha y gris, agigantada como un mal presagio. Pasadas las colinas cubiertas de chabolas que flanquean la autopista que lleva a la ciudad, los sucios rascacielos que crecen entre las veloces rondas de circunvalación, apelotonados hasta formar una réplica irreverente al majestuoso Monte Ávila, eran un recordatorio atrofiado de lo que debieron ser los ya remotos años de bienestar económico. No tuve que esforzarme demasiado para entender que los tiempos de gloria de Caracas eran, a esas alturas, poco menos que un ensueño que nadie estaba en disposición de rescatar.

Durante mis días en la ciudad, por otra parte, me hablaron de las espeluznantes cifras de muertos durante los fines de semana, dándome a entender que, a pesar de lo que pudiera parecer, en realidad nos encontrábamos en una zona de guerra. Todos aquellos con lo que entablé relación a lo largo de mi estancia habían vivido directa o indirectamente las consecuencias de la violencia. Conocí al menos a seis personas que habían sido víctimas de robos, a punta de pistola o machete en mano, en los que habían temido por su vida. Dos de ellas, de hecho, habían sido secuestradas en busca de un rescate exprés y habían logrado salvar el pellejo de milagro, pues fueron abandonadas en medio de una de esas zonas suburbanas ajenas a cualquier ley establecida que allí denominan, curiosamente, «barrios».

El mero hecho de salir a cenar fuera de casa implicó durante esos días que tuviésemos que ajustarnos a rigurosos códigos de seguridad, atendiendo a zonas prohibidas y calles marcadas en rojo, propios de una película postapocalíptica de John Carpenter. Si dábamos un paso más allá de las invisibles fronteras, por lo visto, podíamos caer de pleno en el reino del terror.

Sin embargo, la gente seguía viviendo en aquella ciudad abominable. No solo se enamoraban o trabajaban o estudiaban en la universidad, adaptándose a todo tipo de restricciones y amenazas. Me sorprendía mucho más que aún siguiese importándoles comprarse teléfonos móviles de última generación o hacerse implantes mamarios. Ambas cosas podían conllevar una muerte absurda junto a un semáforo o en un descampado. Porque un móvil o unas tetas nuevas implicaban, a ojos de los malandros, un estatus social fatalmente envidiable; a pesar de tratarse de una situación por completo adulterada en la absoluta mayoría de los casos, sostenida en créditos asfixiantes incluso para asuntos de tan escasa relevancia.

Lo más angustiante, por lo que pude entender, era que día tras día aparecían nuevos indicios que llevaban a suponer que el tiempo por venir no iba a ser mejor

En pocas palabras, los caraqueños de a pie, entre los que podría haberme contado de vivir allí, me habían parecido mártires, más que héroes, de una guerra que nadie tenía la confirmación de estar librando. Aunque lo más angustiante, por lo que pude entender, era que día tras día aparecían nuevos indicios que llevaban a suponer que el tiempo por venir no iba a ser mejor.

Por todas esas razones, no pude evitar sentirme aliviado aquella mañana al llegar al aeropuerto Maiquetía Simón Bolívar. Me esperaba allí un moderno y confortable aparato de la compañía Lufthansa que pocas horas después habría de llevarme de vuelta a Europa; a Frankfurt concretamente, camino de Barcelona.

Eso no quiere decir que no hubiese estado a gusto durante mi estancia en Caracas, que no hubiese pasado buenos momentos dignos de ser recordados. Después de todo, me había dedicado básicamente a no hacer nada, a reponerme de los atribulados días que pasé en la Mérida andina, invitado a un estrambótico congreso literario. Había compartido mi tiempo con buenos amigos, entre ellos los que se habían ofrecido amablemente a alojarme en su apartamento de la capital, e incluso había disfrutado de varias de esas situaciones inesperadas que pueden llevar a que te sientas, debido a una afortunada alineación de elementos singulares, como la estrella invitada de una teleserie de éxito.

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Así pues, además de la sensación de fracaso y peligro y desasosiego que parecía haberse pegado a mi piel como una lámina de sudor, me llevaba conmigo un buen puñado de recuerdos; así como el CD de Jorge Drexler que me había regalado mi anfitriona y todos los inservibles bolívares que no había podido cambiar debido a las restricciones gubernamentales.

(…)


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La noche más oscura

Por Pere Ortín

 

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Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) es un gran contador de historias fascinado por los locos («en medio de la angustia siempre tienen algo de razón»), que en estos momentos está leyendo la biografía que Phillipe Forest ha hecho sobre Louis Aragon e investigando a los surrealistas («me interesan las vanguardias del s.XX como precursores de la generación Beat»); y que se siente atraído por la figura del Papa Francisco («me parece un personaje interesantísimo en todas sus profundas contradicciones»).

Rodrigo Blanco. Fotografía (c) Roberto Mata
Rodrigo Blanco. Fotografía (c) Roberto Mata

El escritor venezolano ha publicado  su primera novela, The Night (Alfaguara, 2016), y aunque le resulta «incómodo» reflexionar sobre su trabajo, nos sentamos frente a frente para hablar de esta obra, un espejo deformado en el que se refleja la Venezuela actual más oscura.

The Night, que acaba de ganar el Premio Rive Gauche de Paris en su traducción al francés publicada por Gallimard, se desarrolla en los apagones de Caracas ordenados por el gobierno de Hugo Chavez en 2010. Durante otra noche infernal más en una agotada Caracas, el escritor Matías Rye y su amigo el psiquiatra Miguel Ardiles conversan sobre los crímenes que desangran la ciudad y que son, también, el hilo conductor de The Night, una novela policiaca de Matías Rye. Esta historia, que nunca se editará, refleja las obsesiones de Rye por Pedro Álamo —una figura literaria de otra época, que está fascinado a su vez por los palíndromos y la curiosa vida del olvidado poeta venezolano Darío Lancini—. Este entramado de crímenes y obsesiones cruzadas conforma la base de la fascinante historia que Rodrigo Blanco ha construido en The Night.

 

«Hemos sido criados por asesinos»

(The Night)

 

Las diversas voces se entrelazan para construir una narración de la decadencia de Venezuela. Son como sombras nocturnas en medio del apocalipsis. Una teoría desquiciada de conjuntos literarios en medio de crímenes y obsesiones varias. Todo ello se cruza en un relato laberíntico de una negra noche que define la oscuridad de todos los personajes, de una ciudad, de un país.

Rodrigo Blanco Calderón reconoce que en The Night se le han «impuesto» las historias de fuertes contenidos sociales y los personajes críticos con la situación que vive hoy su país. Como parece evidente, Blanco Calderón no es nada amante de la aventura bolivariana que desde hace años se vive en su país: «Siento que hay una lectura totalmente equivocada de Hugo Chavez», y, aunque la verosimilitud de los hechos tampoco importe demasiado, asegura que en The Night «no se cuenta nada que no sea la realidad cotidiana o que no surja en las conversaciones con mis amigos en Venezuela».

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«Todo el mal empieza en las palabras»

(The Night)

 

Rodrigo Blanco, que huye de las redes sociales como si fueran la gripe española, para no contagiarse del «exceso de adjetivos a mi alrededor», es una de las grandes realidades de la novela y el cuento venezolano.

Ha construido con esta su primera novela una historia compleja y profunda, hija de la desazón y la angustia, esa que casi todo venezolano ha vivido en estos años. A pesar del inevitable contenido social de su historia, Rodrigo Blanco sabe perfectamente que hace mucho tiempo que «el escritor ya no es guía, ni brújula de una sociedad». Eso no es obstáculo para que reconozca que su novela, escrita hace tres años, puede ser leída como una especie de relato alegórico de «un chavismo que se derrumba» y «desde los restos de una manera de entender el mundo».

The Night es una noche metafísica: una novela ideal para leer en la oscuridad y justo antes de que llegue un huracán.

 

The Night

Rodrigo Blanco Calderón

Alfaguara, 2016. 360 páginas

Lee aquí un fragmento de la novela.