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¿Encontrar un lugar en el mundo o encontrar el lugar en el mundo?

Por Queralt Castillo

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Encontrar un lugar en el mundo puede que no sea difícil. La mayoría de nosotros vivimos donde nos quieren; nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros jefes. Pocas veces elegimos el lugar donde nos desarrollamos, ni como niños ni como adultos. Simplemente nos adaptamos, nos acomodamos, nos camuflamos. En grandes ciudades, en las periferias, en un pequeño pueblo del Matarraña, en el extranjero, quizás en alguna ciudad europea o en un pueblo de los Pirineos aragoneses. A veces elegimos sí, pero no es lo habitual. A la gran mayoría de la población le gusta, ante todo, la comodidad: la física y la psicológica, por eso tampoco se ve ante la dificultad o diatriba de tener que elegir un lugar en el que vivir. Allí donde se nos aprecia, en cualquier ámbito, allí estaremos. Por estos motivos, encontrar un lugar en el mundo en el que uno se sienta mínimamente a gusto, no es tarea compleja. Ahora bien, ¿qué pasa si lo que queremos es encontrar el lugar en el mundo? Ese que existe por y para nosotros, para acomodar todas nuestras ambiciones, todos nuestros sueños y nuestros defectos. El lugar. No se trata de un lugar cualquiera, sino aquel predestinado, aquel lugar cosmológico en el que debemos estar. ¿Existe? Sí.

En la novela de Maggie O’Farrell, (1972, Coleraine, Irlanda del Norte, 1972), ese lugar sí existe, y te absorbe a lo largo de casi 500 páginas en una espiral de tramas, voces narrativas y una arquitectura exquisita que provoca momentos de verdadero placer lector.

En Tiene que ser aquí (en castellano en Libros del Asteroide y en catalán en L’Altra Editorial y traducido como Aquest deu ser el lloc), ese lugar, indómito, hecho a la medida de la intimidad de los protagonistas de esta historia, se encuentra en un pequeño valle irlandés, en Donegal. Niebla, frío y barrizales. Se huele la humedad, en la novela de O’Farrell, pero también se huele el Hudson, y los ambientadores de los taxis neoyorkinos. Se huele la pureza de los minerales del Salar de Uyuni y el ajetreo de Londres. La novela apesta a juventud, a rayas, a errores del pasado con consecuencias inasumibles, insuperables, pero también huele a canción de madurez, a ser un fénix y renacer. También a aceptar tus propios errores, asumirlos, tatuarlos a fuego lento y dejar que formen parte del “yo”. A acarrearlos y convivir con ellos, a mostrar las cicatrices sin temor y sin pudor.

Tiene que ser aquí es la historia de Claudette Wells y Daniel Sullivan, pero también de Ari, un niño tartamudo que crece capítulo a capítulo, de Niall y Phoebe, los hijos olvidados y rescatados, de Marithe y Calvin, aquellos que llegaron cuando todo estaba hecho. Es la historia de dos muertes y de mucho amor. Amor por la tierra, por el anonimato, por la vida sencilla, por el otro, por los hijos, por el pasado y por el futuro. No se trata de una historia convencional.

Arquitectura exquisita

Excepcional quizás sea la palabra más apropiada para definir la estructura formal del libro. Un compendio de capítulos que alternan tiempo, espacio y voces narrativas que forman un poliedro. Tramas entrelazadas, siempre muy bien pensadas, que van saltando de página en página para, finalmente, proporcionar una visión global del mágico mundo creado por la autora.

La diversidad de puntos de vista le confiere frescura y rapidez a la lectura, a pesar de que haya alguno que sea innecesario por aportar poco (el capítulo de Rosalind, donde se narra un viaje por tierras suramericanas y se nos explica la historia de un personaje que nada tiene que ver con la trama principal). Los cambios de escenario (Londres, Donegal, Nueva York, California, China, India…) le confieren un talante cosmopolita a la obra. Los personajes se mueven por el espacio- tiempo de manera sencilla y eficaz. ¡Es una novela, soñemos!

Viajemos

La fuerza narrativa de Donegal, escenario donde ocurren algunas de las tramas más importantes de la novela y lugar en común de todos los personajes, o casi todos, no pasa desapercibida. Una casa antigua en medio de un bosque, la soledad, la niebla y la búsqueda de la desaparición. Renacer en medio de la nada para aprender a vivir sin todo aquello que nos define como personas. Nuestro trabajo, nuestro entorno familiar, el lugar donde hemos crecido. Este tiene que ser el lugar, Donegal. A partir de allí, punto de encuentro, pero también de partida, los personajes principales van entrando y saliendo para explicarnos, palabra a palabra, sus historias. Pedazos de vida deshilachados que resultan incomprensibles al otro.

Se viaja en el tiempo, también en el espacio. Las vidas construidas a fuego lento y marcadas por las decisiones y las circunstancias de cada momento, se cruzan de manera casi cósmica en la novela de O’Farrell. Las ciudades, los bosques, los parques, los aviones, los aeropuertos, las casas, las oficinas, constituyen un escenario global donde transcurre las diferentes acciones. Y entre todo este barullo de localizaciones, el océano Atlántico. Ese que separa las historias de vida, el que toma las decisiones por nosotros, por los protagonistas de esta historia a varias voces. Una gran masa de agua que hace que Daniel se olvide de sus hijos norteamericanos, que hace zozobrar su relación con Claudette, la que le aleja de Nicola, esa chica a la que cree haber matado, y de toda esa vida que él había construido Europa. Si existe un gran protagonista de esta historia, este es el océano Atlántico, sin lugar a dudas. Ese que separa historias, que impone puntos y aparte y que toma las decisiones que los protagonistas son incapaces de tomar.

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ALFANHUÍ SE JUBILA (3), UNA SERIE DE SILVIA CRUZ

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Llega la tercera y última crónica de «Alfanhuí se jubila», la nueva serie de Silvia Cruz, en la que parte junto a su padre en un viaje tras los pasos del niño Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio, que cumple este año su 65 aniversario. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


«¿Para qué?» es la pregunta que más hace Fernando. «Mira cuántos balcones», me dice mi padre señalando algunos bloques de pisos en Madrid. «Si aquí no hay procesiones, ¿para qué tanto balcón?» Vuelvo a oír la pregunta cuando atravesamos la capital para ver si, como dice Ferlosio en Alfanhuí, el cielo se tiñe de rosa, violeta y malva y no es azul, ni gris como en otros sitios. «¿Para qué?», me dice. «Para contarlo», le contesto y sonríe dándome por perdida. Camino de Moraleja, en el autocar, descubro que el hedonismo de mi padre aún está en obras. Él quiere llegar a los sitios, saber a qué va. No le importa el camino, ni se detiene en el tránsito. «Me doy cuenta de que echas mucho rato para comer», dice dejándome claro que, a veces, yo también soy una extraña para él.

En el camino de Madrid a Extremadura, hablamos de la situación política en España. Tras la repetición de las elecciones generales en diciembre de 2015, aún no se ha formado gobierno. Ganó el Partido Popular, pero no consiguió suficientes escaños para mandar sin apoyos. Hacen falta pactos y no se logran. No me atrevo a preguntarle a Fernando si ha cambiado el sentido de su voto. Él tampoco me pregunta. Aún hay reparos en hablar sobre la papeleta que uno decide meter en la urna, quizás porque a veces no refleja a la perfección lo que se defiende en voz alta. «¿Sabes que mi abuelo no quería nunca hablar de política? A su amigo El Transío también estuvieron a punto de fusilarlo y cuando hablaban los dos de esas cosas, lo hacían a escondidas».

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Me cuenta eso y no da tristeza. Lo explica y aunque sé de las penurias que pasó su familia, no imagino una escena en blanco y negro. La visualizo en colores porque de color es la fortuna y porque su voz contiene rabia, pero no queja. Y con su explicación, llena de azules, rojos y luces, mi padre se retrata: quizás no sea hedonista, pero es capaz de ver la suerte.

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«Ese parque se llama Alfanhuí, sí. ¿Qué por qué? ¡Porque así se llamará algún político!», me dice un señor sentado a la sombra de un árbol en el parque principal de Moraleja. En esa localidad de poco más de 7.000 habitantes, Luis Roso, escritor novel, me recibe y me enseña el pueblo donde ubicó Ferlosio a la abuela paterna del niño mágico. Me enseña el chopo donde él siempre imaginó que vivía la anciana que acogió a Alfanhuí. Luis tiene 27 años y ya ha publicado su primera novela. «¿Ese chico vive de su libro?», me pregunta mi padre, que sabe por mí que la tinta no da a veces para la vida. Le cuento que no, que es profesor, pero que le gusta escribir y que aspira a vivir de ello.

«Yo siempre he trabajado en lo que me ha gustado», dice orgulloso. «Quizás yo escogí algo que a otros les puede parecer muy tonto, pero a mí me gustó siempre. Uno tiene que hacer lo que le gusta». Lo dice mirando hacia el lado contrario al que yo me encuentro, señal inequívoca de que me está hablando a mí. Sé que mi testarudez le ha dado preocupaciones. Mi empeño en dedicarme al periodismo me ha empujado a una vida precaria que a él, aún cuando yo ya tengo 38 años, le preocupa. Me anima siempre, pero a su manera, como si a él la sangre también le hiciera nódulos en la garganta.

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ALFANHUÍ SE JUBILA (2), UNA SERIE DE SILVIA CRUZ

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Continuamos con la segunda parte de «Alfanhuí se jubila», la nueva serie de Silvia Cruz, en la que parte junto a su padre en un viaje tras los pasos del niño Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio, que cumple este año su 65 aniversario. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí


La Humanidad es joven. La mayor parte de los habitantes del planeta aún no ha cumplido 30 años, pero en las noticias occidentales es otro dato el que se repite. «En cada vez más países desarrollados, grupos más pequeños de población joven deberán asumir gastos más elevados por persona para costear las pensiones y los servicios de salud de los grupos de población de mayor edad». Lo dice el Fondo de Población de las Naciones Unidas y lo repica el Instituto Nacional de Estadística, que informa de que España está a la cabeza de los países más envejecidos: el 18% de su población supera los 65 años. Fernando Cruz Caballero es uno de los 8.442.427 españoles que engorda la «tasa gris», proporción de jubilados en relación a la población activa.

En la prensa de los años ochenta leo artículos donde aún los llaman «poder gris», pero la crisis que empezó en 2007 arrasó con muchas cosas, también con la calidad de vida de los pensionistas. Otra conquista arrasada fueron los viajes del IMSERSO, vacaciones subvencionadas que implantó el Gobierno socialista en 1986. Ese ocio a precio reducido permitió que mucha gente, por ejemplo mi abuela Concha, conociera el balneario de Lanjarón. Fue el primer viaje que hizo por gusto, a 145 kilómetros de su casa. «Mis primeras vacaciones las hice con 41 años», recuerda Fernando mientras esperamos un autobús en Guadalajara, donde de Alfanhuí no queda más que una guardería con su nombre. «Siempre te fijas en los más raros», dice mi padre al ver mi chasco y hurga en la herida al encontrar por su cuenta un busto de Camilo José Cela y ni un rastro de Ferlosio.

A la parada, bajo la que nos refugiamos de un sol que pica como un sarampión, llega un anciano a quien, sin dudar, dirijo la palabra. Antonio, de 88 años, contesta a todo como si hubiera venido hasta aquí no a coger un autobús sino a hacer una entrevista. Su aspecto, chupado y tostado, con boina y bastón, es muy normal, pero no su forma de expresarse: «Me falta un cacho de corazón», suelta sin temblar y mi padre me da un codazo con el que me recuerda mi olfato para lo excepcional.

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«No perdono a Dios», afirma Antonio en referencia a la muerte de su hija, ocurrida hace unos meses. «Poco antes, se llevó a mi nuera. Con lo que yo la quería». Habla con un brío juvenil y no es lo extraño, lo es que exprese sus sentimientos con tanta apertura. «Hay una parte de la inversión emocional masculina que siempre ha sido dirigida hacia la épica, ya sea la guerra propiamente dicha o sus extensiones en la vida civil: la competición laboral, las rivalidades personales». Esta es una de las formas con las que el escritor Eloy Fernández Porta contrapone las viejas masculinidades con las nuevas. La vieja forma de ser hombre es la de Antonio que aún así, habla sobre su corazón desguazado con dos extraños. También lo es la de mi padre, a quien sólo he visto llorar cuando murió su hermano hace ya tres décadas. Mi madre también llora poquísimo, pero habla mucho. Fernando sólo si se le pregunta, por eso le pedí a mi padre una entrevista.

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En ella me ha contado cosas como esta: «Los amigos más cercanos lo tenía de chiquillo a más de medio kilómetro de casa. Mariano, Manolín y Toribio. Siempre íbamos los cuatro». No frecuenta a ninguno casi desde entonces. Antonio, que siempre ha vivido en Guadalajara, me cuenta que sigue viendo a sus amistades. «Con los que quedan, claro», dice sonriendo. Mis padres quedan con otras parejas que recuperaron cuando volvieron de una emigración que duró diez años, pero ninguno de ellos es amigo de Fernando en exclusiva. Cuando se jubiló, intentamos amarlo con más ahínco, pero no sirvió de nada. Ignorábamos entonces que la familia es, a su edad, insuficiente. Lo dice el New York Times basándose en un estudio que asegura que en la jubilación, pareja e hijos son importantes, pero lo es más tener amigos. «Alargan la vida un 22%». Mi madre tiene un círculo donde no es «mama», ni «cariño», ni «usted». Es Chelo a secas. Fernando tenía ese sitio en el trabajo.

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El viaje al desencanto de Jean Paul y Simone

Por Silvia Cruz

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Malentendido en Moscú (Editorial Navona, 2016) narra cómo se cuaja la decepción. Simone de Beauvoir usa sus viajes con Jean Paul Sartre por la Unión Soviética para explicar la historia de sus protagonistas, Nicole y André, espejos de ella misma y del autor de La náusea. Durante el trayecto, que les lleva por ciudades como Moscú, Rostov Veliki o Leningrado, hacen en realidad un viaje triple: político, personal y de pareja.

El marco en el que sucede todo no es cualquier marco, es la Unión Soviética.

Este país le concernía más que cualquier otro. Lo habían educado en el culto a Lenin. (…) Siempre había pensado que la Unión Soviética guardaba las llaves del porvenir.

Así habla Nicole, Simone, sobre lo que supone para André ese lugar en el mapa. Vuelven al terreno que visitaron tres años atrás para constatar que el socialismo que imaginó y por el que luchó está ahí, pero no como él y otros muchos lo habían soñado. El contrapunto a esa decepción política es la hija de André, Masha, que vive en Moscú y no es hija de Nicole. Ella acepta ese socialismo que para su padre es sucedáneo porque tiene tics capitalistas.

Incluso en un régimen socialista los ciudadanos tienen derecho a darse algunas satisfacciones de orden privado.

Eso le dice la hija al padre, que empieza a pensar que esa versión descafeinada de lo que él ansiaba no merecía tanta lucha, tanta militancia, tanto tiempo invertido:

Mi vida no habrá servido para nada.

André habla de la URSS con la boca agria. A esas alturas de su existencia, empieza a molestarle, y mucho, que las cosas que había planeado, por ejemplo una revolución, necesiten más años para hacerse realidad que los que dura una vida humana. Ya no le consuela pensar que quizás sean sus nietos quienes gocen de algo que él empezó. Ni en política ni en nada. Su hija lo intenta convencer de que ese modelo político social que él imagina es perfecto sobre el papel, pero complicado en la práctica. Sobre todo, en un país como la URSS:

Según ella, no cabía extrañarse de ninguna incoherencia, de ninguna absurdidad. El país seguía soportando un aparato burocrático esclerótico, responsable de enormes despilfarros y de medidas paralizantes.

André tampoco soporta ser turista. Pero en la Unión Soviética el extranjero siempre lo es. Lo comprueban al intentar visitar sitios prohibidos para los visitantes. La URSS es su modelo ideológico y vital, pero él no forma parte de ese lugar ni sus gentes lo reconocen como uno de ellos. En realidad, lo ha observado siempre desde la teoría, que es lo mismo que decir desde muy lejos. Es, efectivamente, un turista:

Nunca le había gustado esa condición. Pero en fin, en los países donde el turismo es una industria nacional, pasearse es una forma de integrarse en ellos.

La condición de visitante se percibe también en las descripciones que hace Simone de Beauvoir. A excepción del marido de Masha, no tratan con nadie del lugar y los paisajes y la gente, siempre en grupo, están explicadas con trazos gruesos, algo borrosos. La comida ubica más al lector que las personas o las conversaciones. Piroshki (empanadillas de carne), shasliks (brocheta de carne marinada) o kvas (bebida alcohólica de centeno y malta) aparecen para darle sabor pero también contexto a la historia.

La vejez es el otro tema de este libro. La última etapa vital. Cada miembro de la pareja lo sufre y lo divaga por su cuenta. Ambos tienen cuitas sobre la pérdida de agilidad, de belleza, de frescura, de energía.

Cuando un hombre lleva tus paquetes, es porque eres una mujer; si lo hace una mujer, es porque es más joven que tú, y te sientes vieja.

Así se expresa Nicole, que acaba de jubilarse del instituto en el que daba clases. Echa de menos a los chavales, sentirse activa. Lee sin parar, viaja. Pero no tiene horarios, se siente inútil. André es algo mayor y casi se ha acostumbrado a ese ritmo. Demasiado para el gusto de Nicole, también para él mismo.

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Ambos tienen miedo pero lo digieren por separado. La autora se pone en la cabeza de André y en la de Nicole, habla por ambos. Les da la razón y se la quita a los dos. En esas reflexiones no compartidas sobre el hecho de hacerse viejos se crea la fricción y el malentendido que da título al libro. Y se dan cuenta, en silencio, de que su relación hace tiempo que se fractura. Poco a poco, como los ideales políticos, como los huesos y salud.

Nicole llega a sentir celos de Masha, con la que tiene buena relación. La correspondencia del relato con la vida real tiene aquí su punto más morboso: el viaje que narra De Beauvoir es el que hizo en 1966 con Sartre y la amante de éste, Zonina, que también fue su traductora al ruso. De Beuvoir la convierte en este libro en su hijastra, una mujer joven, inteligente y práctica, con la que tiene buena relación pero que le rebota la imagen de todo lo que ella ya no es ni volverá a ser: joven.

Este libro, con muchos cambios y elipsis, formó parte de una de las obras capitales de la autora francesa, La mujer rota. En aquella versión, por ejemplo, no está la voz de André ni aparece la URSS. Malentendido en Moscú es un relato más crudo, tiene menos disfraces. Es una historia de decepciones, de las muchas que se desvelan durante el viaje que comparten André y Nicole, Jean Paul y Simone, por un lugar que un día se lo prometió todo. Pero no es pesimista. No lo es porque al chasco político y a la estafa vital que es llegar a viejo los abriga un calor en descenso, casi templado, a veces frío al que los dos siguen llamando “amor.”

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Juan Goytisolo y el viaje hacia el otro

Carrión-Goytisolo-recrote-blogEn un texto dedicado al pequeño pueblo barcelonés de Arenys de Munt, uno de los teatros de su infancia burguesa, Goytisolo evocaba la definición benjaminiana de la memoria como puesta en escena del pasado. Quien recuerda se convierte más en topógrafo que en historiador. Poner sobre un mapa los espacios de su obra supone acumular puntos rojos en las ciudades norteamericanas de cuyas universidades ha sido profesor; y en los países de América Latina por donde ha viajado más como escritor invitado que como cronista.

Cuando Juan Goytisolo incluye una página en árabe al final de su novela Juan sin tierra está marcando una distancia consciente con su patria de nacimiento, con España, con Barcelona. Goytisolo se marchó por primera vez en los años cincuenta y desde entonces sus viajes son siempre viajes de alejamiento, de vivir en otra parte, de escribir en otra lengua, de ser otro.

Y a pesar de todo ello, dice Jorge Carrión que «ha trabajado siempre en contra de España. Es decir, nunca ha permitido que España dejara de tener un papel preponderante en su literatura. En las primeras novelas, más o menos inscritas en el realismo social, Barcelona y el estado franquista son los escenarios inevitables». La contradicción de marcharse y de escribir para el otro sin poder dejar nunca de ser él mismo y de reconocer Barcelona como su propia ciudad. «De algún modo, en los sesenta, mientras se estaba alejando, ya intuía que el vínculo con Barcelona era para siempre».

En un momento en el que el nombre de Goytisolo está en boca de todos por su flamante Premio Cervantes 2014, Carrión rescata su faceta de viajero para su serie de «La tradición inquieta». Y tal vez sea el más personal de todos ellos, el que menos escribe de viajes para sus lectores previstos (sus compatriotas, con los que comparte lengua y tradición) y más para las personas de los lugares a los que viaja, los otros. Como dice el propio Carrión a propósito de Estambul Otomano:

Un libro de viajes sin viajes, es decir, con vida (con vivencias) y con libros (con lecturas), pero sin ruta (sin desplazamientos). Un libro sin presente, sin historias de personas que puedan sentirse heridas con el retrato, sin posibles lectores ofendidos en caso de traducción. Sin crítica.

Lee el Paso completo (solo suscriptores) de Jorge Carrión en ALTAÏR MAGAZINE: Juan Goytisolo o la contradicción.