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Mentiras de mentira

Por Alberto Haj-Saleh

Tantas-Mentiras

 

¿Alguien lee la solapa biográfica de los libros? Habrá quien lo haga, que quiera saber algo más del autor o autora antes de empezar la lectura, pero en general diría que no, que uno acude a ese breve resumen vital una vez que ha terminado de leer. A lo mejor para saber qué otras cosas ha escrito, si hay publicado algo más en español, si sigue vivo. Sin embargo yo la solapa de Tantas mentiras (Jekyll & Jill, 2015) la he consultado varias veces, buscando asegurarme de que lo que cuenta Paco Inclán en estas doce actas de viaje tiene un correspondiente en la realidad. En la realidad tangible, digo.

 Después de todo el libro se llama Tantas mentiras, que es un modo de sembrar la duda desde el principio. Además, por un lapsus de lectura (¿tiene algún nombre en latín ese tipo de lapsus?) desde el principio entendí que el libro se llamaba Todo mentiras y, aunque me di cuenta del error enseguida, mi cerebro se empeñó en recordar mal una y otra vez. Así que afronté la primera acta de viaje, el encierro del autor con otro grupo de personas en la Dirección General de Extranjería de Ecuador, como si fuera un relato de ficción. Y tuve que recordarme que, en realidad, no sabía si era ficción o no. Y además parecía real.

 Ah, pero la duda…

 El maldito Paco Inclán se sienta con el lector y te dice: ¿no te conté aquella vez que hice un proyecto psicogeográfico en una parroquia gallega de Vigo? Y a continuación se marca un relato de espionaje rural que podría haber firmado Graham Greene, con el paisaje de coprotagonista, y tú lo miras creyéndolo a pies juntillas, entre la desconfianza y la fascinación. Y a continuación te cuenta la larga espera de los periodistas (él entre ellos) en el Festival de Cine del Sahara, aguardando la aparición de Javier Bardem, padrino del festival y, paradójicamente, lo único que parece importar de ese encuentro en el desierto. Y luego vuelves a fruncir el ceño cuando te relata su odisea en Bogotá, atrapado en su propio chubasquero, incapaz de sacárselo por la cabeza y a punto de organizar un conflicto militar por culpa de algo tan ridículo. Pero, claro, cada una de las historias que te cuenta Inclán, la de Bogotá, la del Sahara, la de Vigo, la de Guatemala en busca de una historia que no aparece, la de Lago Agrio, en la Amazonia ecuatoriana… todas ellas tienen un mapa que te sitúa en el mundo tridimensional (voy a dejar de llamarlo «mundo real». No me gusta) y además se coloca a sí mismo en el ojo del huracán. Se autopresenta como pusilánime, apocado, torpe, equivocado y entonces, ¿cómo no creerlo, si es lo contrario del héroe? Y, sobre todo, ¿cómo no quererlo?

Todo mentiras… cuando el autor empieza a contar la historia de Argote, el hombre que estaba creando una enciclopedia imposible de la pelota vasca, cuando nos dice que lo conoce en Barcelona, donde ha viajado con una beca para terminar una investigación sobre pelotaris en Catalunya… ahí es donde sí que el lector dice, yo digo, «no, Paco, por ahí no, esto te lo estás inventando», ahí es donde vuelvo a la solapa (¿recordáis la solapa?) y busco su biografía. Y ahí está. Dice literalmente: «Ha investigado la época dorada (1924-1952) de la pelota vasca en Catalunya (Institut d’Estudis Catalans-Eusko Ikaskuntza, 2003)» y entonces vuelvo perplejo al relato de Argote tragándome mis dudas.

Y luego pienso que tal vez los editores han jugado con el autor y con el lector y han incluido literatura también en la solapa. Porque no todo serán mentiras, pero sí son dudas.

El último intento y lo dejo. Inclán baja a lo personal y cuenta la historia de sus hemorroides y de una doctora, madre de una amiga, con la que mantiene una amistad de años basada en preguntar que qué tal van esas malditas inflamaciones. Leo que eso sucede en Godella, su pueblo, el pueblo de mi amiga Elisabeth, y tal que lo leo la llamo por teléfono. «¿Conoces a un tal Paco Inclán?» «¡Sí! Es mi vecino, un tío encantador. Viaja mucho. ¡Estuvo en Guatemala!». Le doy las gracias, cuelgo y me rindo.

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Paco (lo llamo por el nombre de pila, como si lo conociera) utiliza todos los registros posibles en Tantas mentiras, y todos los usa como si fuese el único modo posible de hacerlo. Habla del Subcomandante Marcos como una estrella del rock en decadencia, habla de la historia de dos amigos de clases sociales diferentes en Bogotá, historia de la que solo es testigo como oyente casual en un bar, crea un thriller asfixiante con jubilados guerrilleros en México, y con él mismo infiltrado en su grupo a base de mentiras (más mentiras, otras nuevas). Ciento sesenta y pico páginas de ironía, mapas, viajes, de una visión asombrada y confusa del mundo que le rodea, de conocimiento del otro, a veces a su propio pesar.

 Hay un intento de novela al final, editada deliciosamente por Jekyll & Jill, un cuadernito con la primera novela de Paco Inclán. El autor nos cuenta su proceso de destilación, de corte, de edición, hasta llegar a ese resultado final minimalista. No sé si me está contando la verdad y no me importa. Estoy dispuesto a leerme todas y cada una de las mentiras de Paco Inclán, por muy verdad que sean.

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Los mejores viajes horribles, por Martha Gellhorn

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Nacida en 1908 de una sufragista y un ginecólogo, Martha Gelhorn siempre llevó las riendas de su vida: primero arriesgó, y abandonó sus estudios en el elitista Bryn Mawr College para ir a Francia —con solo 75 dólares y una máquina de escribir— y tomar experiencia como corresponsal en el extranjero. Publicamos el prólogo de su libro Cinco viajes al infierno (Altaïr, 2011) en nuestro 360º «A bordo del género», del que dejamos aquí un breve adelanto.


No todos podemos ser Marco Polo ni Freya Stark, pero aun así millones de personas viajamos. Los grandes viajeros, vivos y muertos, constituyen una especie en sí mismos, son profesionales únicos. Nosotros somos aficionados, y sin embargo también tenemos nuestros momentos de gloria, nos cansamos, los ánimos flaquean, y pasamos nuestros momentos de rencor. ¿Quién no ha oído, sentido, pensado o dicho, en el transcurso de un viaje, estas palabras?: «Por el amor de Dios, ¿han vuelto a perder el equipaje?», «¿Hemos venido hasta aquí solo para ver esto?», «¿Es necesario que hagan tanto ruido, maldita sea?», «¿A esto lo llaman habitación con vistas?», «Más que darle propina le daría una patada en la boca».

No obstante, perseveramos y hacemos todo lo posible por ver mundo y desplazarnos. Vamos a todas partes. Al regresar, nadie está dispuesto a escuchar nuestras anécdotas de viajeros. «¿Cómo ha ido el viaje?», preguntan. «Genial», decimos. «En Tiflis vi…» Mirada perdida. Tan pronto como la buena educación lo permite, o incluso antes, la conversación deriva a noticias locales como los cotilleos, el escándalo político de turno, quién ha leído qué, la serie de la noche anterior… La gente prefiere hablar del tiempo que oír nuestras entusiastas crónicas de Copenhague, el Gran Cañón o Katmandú.

El único aspecto de nuestros viajes que tiene público garantizado es el desastre. «¿Que el camello te hizo caer en la Gran Pirámide y te rompiste una pierna?», «¿Perseguisteis al carterista por la Galería y todo Nápoles, y perdisteis todos los cheques de viaje y el pasaporte?», «¿Os quedasteis encerrados y se olvidaron de vosotros en una sauna en Viipuri?», «¿Os intoxicasteis con tomaína* por comer ojos de oveja en un banquete druso?» Eso es lo que les gusta. Están impacientes por que acabemos para ponerse a contar historias de su propio sufrimiento en tierras extrañas. El caso es que apreciamos nuestros desastres, y en eso aventajamos a los grandes viajeros, que reúnen todos los impresionantes requisitos necesarios para su trabajo, pero carecen de humor.

(…)


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