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Villa Factoría. Averly, el tedio y sus flores del mal, un Paso de Berta Jiménez

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En las ruinas crecen las flores como el tedio. Hasta que una sociedad no decide qué hacer con su patrimonio, los recuerdos y los trabajos del pasado son la maleza de esas islas que la revolución industrial fue dejando en nuestras ciudades. En este nuevo Paso de Altaïr Magazine, Berta Jiménez nos describe el limbo particular de la Fundición Averly de Zaragoza, «historia de la industria en Aragón», esperando que se resuelva su incierto futuro.


El paseo María Agustín de Zaragoza es aburrido; una calle más, larga y llena de tráfico que no se sitúa ni en el centro ni en el extrarradio. Jalonada por edificios que parecen tragarse la calzada, es un paseo monótono y gris. «¡Es el tedio! ese delicado monstruo que tú, lector, conoces.» A pesar de todo, el paseo María Agustín es una calle importante. Cuenta con el Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneos Pablo Serrano, un edificio que evoca a la película Transformers y ante el que los zaragozanos se polarizan: amor-odio. También se encuentra en esta larga calle la Puerta del Carmen, uno de los ocho accesos de la Zaragoza de antaño, la que sirvió como fortaleza a la resistencia aragonesa durante los Sitios de Zaragoza, por la que entró el ejército en la Primera Guerra Carlista, y contra la que, ya en los noventa, colisionó un autobús urbano. Además está el colegio Joaquín Costa, el centro de especialidades médicas Ramón y Cajal, la plaza de toros; y muy cerca, el nuevo edificio Caixa Forum, la estación de trenes antigua y la salida a la carretera de Logroño. Lo que pocos asociarán a esta calle larga y llena de tráfico es a la Fundición Averly, porque a pesar de ser una industria centenaria y la más antigua de Aragón, las instituciones públicas —tanto regionales como autonómicas— se han esforzado por borrarla del mapa patrimonial.

¡Qué débil y qué inútil ahora el viajero alado!

Él, antes tan hermoso, ¡qué grotesco en el suelo!

Con su pipa uno de ellos el pico le ha quemado,

otro imita, renqueando, del inválido el vuelo. 

Los recuerdos que la dueña —ahora propietaria en precario del inmueble— Carmen Hauke guarda de su infancia en Averly tienen como escenario el jardín. Tras 70 años de vida en la fundición no olvida aquel tiempo ni aquel espacio que configuran el germen, el comienzo: se acuerda de los paseos en bicicleta entre las acacias, y de la búsqueda de los huevos de Pascua; y aún le duele cuando recuerda cómo se rompía la piel con las escorias, sorprendida mientras jugaba por el escozor de los restos del hierro martilleado que, camuflados entre la hierba, se clavaban en sus tobillos. Una imagen que no puede compartir cualquier patrón, porque el diseño de Averly es diferente al de otras industrias; la fábrica para los trabajadores y la vivienda de los dueños están unidas, forman parte del mismo complejo de edificios. Es decir, a la villa burguesa de Carmen, formada por su vivienda de ladrillos roji-blancos y su rincón verde de retiro, hay que sumarle otros 8.000 metros de talleres, entre la carpintería, la fundición, la sala de moldes y las oficinas. Por eso Averly ha sido denominado «villa-factoría», porque aúna los espacios de la bourgeoisie con los de los obreros. Ambas clases convivían; vivían pared con pared, aunque no codo con codo. Es el valor histórico-cultural de un entorno donde los jardines, los huertos y las alfombras de césped y flores silvestres, que tan bella hicieron la vida a los propietarios, se prolongaban hasta la grava sobre la que se fatigaban los obreros. Desde las ventanas de la vivienda a los señores les era posible presenciar la llegada de los trabajadores, que en comparsa atravesaban el portón. Esta unidad de espacios en la fundición guarda un formato similar al de una granja en la que siempre conviven el tipo de villa campestre o vivienda personal con el tipo de villa fabril, o lugar de trabajo. Algo nada habitual en una fundición, por lo que parece que se trata de un modelo importado de Francia que incorporó el fundador Antonio Averly. (Jiménez, F. J.,La industrialización en Aragón. La fundición Averly de Zaragoza, 1987)

Una riqueza exaltada por muchos que hoy exalta a otros.

En 1999 la asociación Acción Pública para la Defensa del Patrimonio Aragonés (APUDEPA) solicitó, según el Plan de Ordenación Urbana, la protección de Averly como Bien de Interés Cultural. «La respuesta fue que como la industria estaba en uso, la mayor protección de ese bien era la actividad que en él se desarrollaba», recuerda el presidente de APUDEPA, Carlos Bitrián. Un planteamiento que APUDEPA no compartía. Ellos defienden que la Ley de Patrimonio debe proteger el valor de un edificio como Averly, que conforma la base de la historia de la industria en Aragón, independientemente de que continúe o no su actividad, ya que la relevancia de la industria es la misma. Aún así aceptaron la respuesta institucional porque «parecía tener cierta lógica».

Pero a comienzos del 2013 la historia del edificio dio un giro inesperado. Dos noticias, dos titulares: Averly cesaba su actividad y una inmobiliaria, Brial, tenía la intención de adquirir los suelos. De pronto, se quebraron los argumentos que hasta el momento habían asegurado la protección de la fundición. «Alarmados por la situación que parecía avecinarse solicitamos, de nuevo, la catalogación de la industria como bien de interés cultural», cuenta Carlos Bitrián. Una acción de denuncia a la que se sumó la filial española del Comité Internacional para la Conservación y Defensa del Patrimonio Industrial (TICCIH), que también reclamaba la conservación de la centenaria industria y su reconocimiento como patrimonio cultural. Y así comenzó la batalla —burocrática— entre la inmobiliaria y las asociaciones en defensa del patrimonio.


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Hacer crónica periodística bajando al barro

Eso decía en un tuit la cuenta de la revista Zero Grados, organizadora de la I Jornada Periodístico-Literaria de ZeroGrados en Zaragoza, y que se dedicó a contar por Twitter cada cosa que ocurrió durante toda la jornada. Allí ALTAÏR MAGAZINE estuvo presente junto con medios amigos como Pikara Magazine, FronteraD o El Estado Mental. Cuando le tocó hablar a nuestro director, Pere Ortín, a los treinta segundos ya no podía estar sentado y agarró el micro para bajar junto al público. Porque es rigurosamente cierto, a Pere le va mucho más el barro que la oficina.

¿Pero cómo explicar a un auditorio lo que hace Altaïr Magazine?

Cultura viajera y crónica periodística en un sentido amplio, les dice Pere. Lo que entendemos por «crónica periodística» es, como dice Juan Villoro en sus textos para uno de nuestros especiales 360º, el dedicado a México: «el arte de entender y hacérselo saber a los lectores». Y como añade Villoro, tratamos de «contar historias singulares» y «meternos donde no debemos» para «hablar de lo que otros no hablan».

«No queremos tus clics, queremos tu tiempo. Queremos tu respeto», dice Pere, y para ello el trabajo de la revista ha de ser lento, artesano y cuidado. Y respetuoso con los autores, y curioso y deseoso de saber, y con todas las perspectivas posibles, cuanto más diversas y más lejanas a nuestro «ombligocentrismo», mejor.

Queremos marcar la diferencia, dice Pere, pero no por la mera voluntad de ser «diferentes», sino intentando construir una aproximación novedosa al periodismo, buscando un nuevo tipo de lector que se sienta identificado con nosotros. Ya no es sólo texto, ni sólo foto, no hay una jerarquía o un orden de importancia. Nuestros artículos son un conjunto de texto, vídeo, fotos, sonidos, edición, diseño, dirección de arte… Un conjunto humanista y atractivo, propio del momento en el que nos encontramos.

Claro que se puede, pero es fundamental quererlo, sobre todas las cosas. Y con un mantra en la cabeza, algo que repetir en voz alta una y otra vez: «Well done is not enough». No basta con hacerlo bien; tiene que ser mejor.