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TIERRA DE BRUJAS, LA VIDA EN UN PSIQUIÁTRICO DE KENIA

Por Virginia Mendoza.Tierra de brujas

De manera poética y salvaje, María Ferreira comienza a contar un país, Kenia, aunque lo que hace en realidad es contarse a sí misma. Por eso, entre relatos de su día a día va dejando caer sus recuerdos de infancia, las carencias y ausencias, su adolescencia, sus miedos, su ansia y sus vómitos. Todo ello fue creando a la María que se nos presenta desde Kenia, una mujer que no cree en el amor, aunque haga alguna excepción; y que no cree en Dios, aunque admire a las personas que rezan por sus seres queridos, por esa capacidad de desear el bien para el otro.

María sigue siendo joven, pero su voz narrativa es la de quien, acorde con la realidad, ha aprendido a convivir con la muerte, a recibirla a diario. Dice la periodista española que en la parte trasera de su coche han muerto más hombres que la han amado. A María se le ha muerto un niño en los brazos y ha tenido que reencontrarse con su cadáver al buscar una cerveza en la nevera. A María, que se muere por ser madre y que ya está escribiendo poemas para Farah, que sigue en su vientre, la maldijeron para que no pudiera concebir. «Entonces me puso la mano en el vientre y me dijo: “No engendrarás”».

La paciente dice que las medicinas son como ortigas en su boca. Le digo que el dolor es cordura. Ella me pregunta que para qué la vida, si sólo escuece. Si sólo resta.

Tierra de brujas es, en palabras de su autora, «la reconstrucción de una historia de amor». Durante su infancia, María Ferreira soñaba con conocer África, alentada por las historias que le contaba su padre cuando volvía de viaje. Llegó a Makuyu, una aldea de Kenia cuyo nombre significa sicimoro en swahili. «Quizá suene a lugar bucólico. No lo es. Es un pueblo de putas y drogadictos», escribe.

No obstante, María se enamoró de aquella tierra y todavía no ha salido huyendo. Allí, asegura, nunca se ha sentido tan joven y tan viva. El amor era eso.

Esto lo dice al principio, pero la misma crudeza recorre más de cien páginas repletas de desencanto, dolor y asco hasta que insiste: «Nunca he sido tan joven como en Makuyu». «Nunca había sido tan joven como en Nairobi», escribe varias páginas después. Pero el amor conlleva esos olvidos: nunca hubo otro igual antes. Y Ferreira se había enamorado de Makuyu y de Nairobi porque se había enamorado de Kenia, una tierra de brujas en la que aprendió a convivir con la muerte, la tristeza y la soledad.

Ferreira, que se atiborraba de dulces y los vomitaba para sentirse bella, descubrió el hambre y cómo esta determina la forma en la que entendemos la muerte, el amor, la vida. En Makuyu nadie pierde el apetito cuando muere un ser querido. Al contrario: es el momento idóneo para el banquete. En Makuyu, el matrimonio no es la consecuencia del amor, sino su causa.

Empecé a verlo todo desde el estómago, empecé a aprender a ver el mundo desde el hambre y era realmente aterrador

En Kenia, María no era bienvenida: ¿Quién le habría dicho que la necesitaban? En Kenia, la llamaban «blanca» con tono despectivo, sin importar su nombre. En Kenia fue víctima del odio de la bruja que la maldijo. En Kenia, quisieron casarla sin contar con su opinión ni su voluntad, mientras le recordaron que su aspecto era enfermizo. Y aun así se quedó.

En Kenia, también, la desencanto el mundo de las oenegés y descubrió que la solidaridad, a veces, es una farsa. Aunque quizá desencanto sea un término demasiado laxo para describir lo que sintió. Así lo dice ella: «Empecé a ver las relaciones que se creaban con la ayuda como algo perverso, un “yo te ayudo y tú dependes de esta ayuda”. ¿Qué hay más terrible que eso?».

Eh, yo no he dicho que esté aquí para ayudaros a vosotros. He dicho que he venido para ayudar. ¿Cómo sabes que no he venido a ayudarme a mí misma?

A Ferreira se le fueron las ganas de salvar el mundo porque se sintió arrastrada por una fuerza superior: necesitaba volver a casa. Así llegó a la conclusión de que lo que buscaba no eran soluciones globales ni grandilocuentes; ni siquiera ayudar a otros, sino a sí misma. Necesitaba encontrarse y no sabía todavía que el viaje era su excusa para buscarse a escondidas de sí misma. Y llegó a una conclusión a la que el viajero llega en algún momento, en algún viaje, en algún lugar del mundo: «que se empieza y se acaba en un mismo lugar por muchos aviones que cojamos: en nuestra propia carne». ¿Y quién no ha huido sin saberlo y ha llegado a la misma conclusión después?

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En África descubrió la importancia del asco en su vida. También allí supo que el lenguaje es su madriguera. Cualquier lenguaje, barruntó, la aferraba a la tierra: «En cada uno de ellos encuentro un refugio».

Pronto encontró la manera de enfrentarse a aquella irremediable tristeza que se le enganchaba en la trenza, antes de que la paralizara decidió tragársela, «como el asco». Decidió hacerse piedra. Una piedra que vomitaba todo el rato y que encontraba en su vida, en su hambre, en su escritura, en sus amantes, en aquella adolescencia que la perseguía por África, una razón para hacerse querer. Decidió «dejar de sentir».

Que no se fuera no significa que no sintiera la tentación de hacer las maletas: «A la mierda salvar el mundo, quería volver a casa».

Y entonces me hice fuerte y entendí, por fin, que no tenía ni la menor idea de dónde estaba, de cómo funcionaban las cosas, entendí que tenía que salir de mí misma para empezar a comprender. En ese momento comenzó la soledad

Ferreira reconoce que escribió Tierra de brujas para cerrar un capítulo de su vida. Un capítulo marcado por la libertad y la juventud, pero también por el dolor y el asco. Un capítulo que duró seis años y que, reconoce, no ocurrió en el mismo orden que lo contó en el libro. Cuando ella vivía en Makuyu, Dr. F, un hombre que aparece y desaparece a lo largo de las páginas del libro, no estaba en su vida. Cuando escribió su historia de amor por un continente, por un país, por una aldea, trabajaba como periodista en resolución de conflictos en la frontera con Somalia, especialmente en temas de mutilación genital femenina, matrimonios infantiles y reclutamiento de jóvenes por parte del grupo terrorista Al-Shabaab. Ahora está en España cursando un máster en la United Nations Institute for Training and Research, pero su base sigue estando en Kenia y volverá pronto.

En la tierra que odió y amó, acabó echando raíces.

Un comentario en “TIERRA DE BRUJAS, LA VIDA EN UN PSIQUIÁTRICO DE KENIA

  1. […] escrito un libro “Tierra de brujas” que refleja parte de tu experiencia como trabajadora en un hospital […]

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