Toda la noche en la sangre

Por Jordi de Miguel Capell

fue el estado

 

Lo que dice Lolita Bosch en el epílogo es que, más allá de los vergonzosos resúmenes de la realidad (porque decir «200.000 asesinatos en diez años, 98% de impunidad, 54% de pobreza» omite el dolor y la brutalidad) y más allá de interesados estereotipos del narco, hay dos elementos fundamentales para tratar de entender lo que pasa en México: Uno, que ese es el lugar donde se ha producido el principal colapso del capitalismo que todo lo vende y trafica (personas, drogas, armas); y dos, que la locura social desatada en los últimos años puede suceder en cualquier país del mundo y en cualquier momento, pues México es tan sólo el epicentro de un problema global.

Fue el estado. Los ataques contra los estudiantes de Ayotzinapa (Pepitas de Calabaza, 2016) es la brutal sacudida de ese epicentro.

En la noche del 26 al 27 de septiembre de 2014, decenas de estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa fueron atacados en Iguala por distintos cuerpos de las fuerzas de seguridad cuando se disponían a tomar unos autobuses para conmemorar en el D.F. la matanza de Tlatelolco (1968). Como hiciera Elena Poniatowska entonces, John Gibler (Texas, 1973) viaja a Iguala para reconstruir una historia oral de la infamia. Aquella fue saldada con doscientos o trescientos jóvenes muertos (todavía no hay seguridad); ésta, con 6 asesinados, un estudiante en coma y 43 desaparecidos (todavía sin paradero, pues el estado bloquea toda investigación fehaciente). No esperen una crónica al uso ni una primera voz imponente: Como La noche de Tlatelolco (1971), Fue el estado es una investigación hilvanada con decenas de testimonios. ¿De qué otra manera se puede llegar a lo más hondo?

Las primeras páginas aportan contexto sobre las víctimas directas del ataque: ¿Quiénes son los estudiantes de Ayotzinapa? ¿Cómo funciona una Escuela Normal? ¿Qué valores promueve? En primera persona, se nos cuenta que la mayoría son hijos de campesinos pobres y familias rotas, de pueblos «jodidos» donde «nomás hay primaria, secundaria y colegio», si es que en realidad hay algo. «Yo me decidí a entrar a esta escuela, a venir a estudiar, a ser alguien, para ir a mi pueblo y ser maestro allá, dar clases a los chavos», dice uno de ellos. Muchos entraron a la Normal para ser maestros, todos lo hicieron para demostrar que los nadies también podían.

Aunque la introducción sea breve, por sus palabras podemos intuir que la Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa no es sólo una escuela gratuita de pizarra y cartabón, sino, ante todo, una forja de compromiso político y solidaridad. «Si es que unos ya no podían correr nos decían: “Ayúdense entre ustedes, ayúdense, nunca dejen a un compa solo, nunca se tiene que quedar nadie, cuando acaben de correr nadie se tiene que quedar”. Si se quedaba uno se quedaban todos». Para hablar con Gibler, los que la noche del 26 no se pudieron quedar, los sobrevivientes, pidieron proteger sus identidades con el uso de seudónimos. Poco importa. La edad (19, 20, 21) y el curso al que pertenecían acompañan a todos los testimonios, como un martilleo constante que repite: «Eran sólo unos chamacos. Eran tan sólo unos chamacos».

Es por eso que nosotros venimos a Ayotzinapa, porque somos hijos de campesinos. No tenemos recursos necesarios para irnos a estudiar a otra escuela. Y esta es una escuela de lucha, donde nos inculcan valores para seguir luchando por tener un buen futuro más adelante, para poder apoyar a nuestras familias. ¿Y qué hace el Gobierno? Mata estudiantes.

Luego viene el lento descenso hacia el horror. El cese de las actividades culturales y agrícolas para ir a tomar los autobuses, el viaje a Iguala, el cerco policial. La masacre. Gibler reconstruye la acción desde múltiples voces: Cada peldaño es descrito de forma repetida por cada uno de los entrevistados. Así, no sólo se apuntala una verdad levantada desde ángulos disímiles; también se va amasando un sólido coro de incredulidad ante los hechos: los policías disparando a matar, primero, y recogiendo los casquillos, después; las ambulancias demorándose; el ejército, ausentándose.

En su laborioso trabajo de edición, el periodista estadounidense conserva, en la justa medida, la frescura del registro oral: se mantienen tanto giros y muletas como deícticos («aquí, así de grande»), de modo que entre acción y escena se puede visualizar el momento del testimonio y la escucha política.

No es hasta la página 65 que esa escucha trasciende el espacio de los estudiantes. Gibler habla con el corresponsal de la Jornada Sergio Ocampo, uno de los periodistas que acude al lugar de los hechos y que transcribe, atónito, la respuesta del alcalde de Iguala ante sus preguntas: «No, hombre, no hay nada. Todo está tranquilo. No hay ningún herido, no hay ningún muerto. Está en paz aquí Iguala».

Página a página, Fue el estado va dejando al descubierto la locura social mencionada por Lolita Bosch. La sed de muerte de las autoridades, el miedo atenazador en gran parte de la población, la solidaridad de los maestros, el racismo en las instituciones que debieran sanar.

Cuando llegué al hospital, el director del hospital de Iguala me preguntó mi nombre. Yo le di mi nombre. Después me preguntó de dónde venía. Le contesté que soy de la Normal de Ayotzinapa. Lo que él me contestó, lo que me dijo fue: «Te hubieran matado, maldito ayotzinapo»

En Fue el estado se dan varios desplazamientos: del testimonio directo al indirecto, de los hechos a la (no)investigación, de la tortura baleada a la tortura administrativa. El libro se despliega como una flor de papel en el tramo final. Aparecen más testimonios: padres de desaparecidos que escarban la tierra sin ayuda, periodistas que relatan lo que vieron, incluso trabajadores del basurero donde, según las autoridades, habrían sido incinerados los estudiantes (y no). Todos contradicen la versión oficial. No hace falta conocer de antemano los detalles de los hechos ni los intentos por esclarecerlos, una única verdad se levanta incólume: Hay una maquinaria del olvido al servicio del gobierno.

Gibler no fue a Iguala a sostener el llanto, fue a investigar. Sus pesquisas ayudaron a desentramar una parte de lo sucedido: gracias a ellas se pudo saber que fueron cinco los autobuses atacados y que el ataque y la posterior desaparición de estudiantes no fue un asunto confuso de mecha corta, sino un operativo de casi diez horas, necesariamente planificado.

Como un círculo, el libro se cierra con el deseo de los estudiantes de estudiar. De resistir. De no ceder. «Hay una frase que muchos dicen aquí», dice uno de ellos: «Quien ve una injusticia y no la combate, la comete».

Fue el estado sirve para ver y no olvidar.