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TRANSIBERIANO, UN PASO DE CAROLINA REYMÚNDEZ

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Carolina Reymúndez vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine subida en el Transiberiano, del que por cierto, no se quiere bajar. Un adelanto de esta pieza — ilustrada por el fotógrafo Eduardo Manzana— que podréis leer completa Aquí

Hace cuatro días que estoy a bordo del Transiberiano, el mítico tren que cruza Rusia. Hoy me despertó la solidez del hierro, las ruedas pisando fuerte sobre las vías, un sonido metálico rotundo que parece que viene de adentro mío: elásticos, remaches, bulones, resortes. Supe que no volvería a dormir y aunque falta para el amanecer me levanto y camino hasta el espacio rectangular que divide los vagones. Salvo algunos empleados, todos duermen. Se escucha el silencio a pesar del hierro. Silencio muerto, como después de una noche de vodka. El espacio es pequeño, en cinco pasos llego de una puerta a la otra y por las dos veo el amanecer de niebla y luz rosa sobre los bosques de abedules. Dentro de un rato hará calor en Siberia, la tierra donde uno se imagina el frío más frío.

Cuando vuelvo al camarote lo cruzo a Alejandro, un pasajero que tampoco podía dormir. Le pregunto si cree que estará abierto el coche comedor y dice que sí.

—Yo en un rato voy, después de caminar.

—¿Caminar? ¿Acá?

—Sí, donde esté yo camino. De punta a punta del vagón son 27 pasos. Voy a hacer 45 minutos, hasta que la gente se empiece a levantar.

Cruzo varias puertas como Maxwell Smart pero sin códigos y llego al comedor. Todavía no están puestas las mesas del desayuno y hay un camarero robusto durmiendo entre dos sillas. Me siento a escribir mientras el sol sube por las casas de madera en la llanura siberiana. El Gallo de Hierro avanza y Alejandro camina.

***

—Hablemos ahora.

Eso me dice Alina en el pasillo antes de llevarme a su camarote —el número 5— que comparte con su hija Graciela.

Alina Szewczuk es ucraniana. Tiene cara de huesos grandes, los ojos bien separados, con forma de almendra. Una almendra azul. Sobre el labio superior, las arrugas se abren largas y en abanico, como la cola de un pavo real. Desde hace unos días y con 85 años cumple su sueño: hacer el Transiberiano. En el camarote de Alina hay dos asientos azules que a esta hora se volvieron cama, con sábanas blancas de algodón. Hay una mesa, un florero con una rosa amarilla de plástico, toallitas descartables, botellas de agua. En la cama de la izquierda está Graciela, con short negro y una blusa cómoda. Las piernas desnudas, estiradas. Alina se sienta en la cama de enfrente y también estira sus piernas hinchadas hasta alcanzar el otro colchón. Alina es mujer de ferroviario y recorrió el país en tren. No le preocupa ir al baño a la noche ni el movimiento, ni el tintineo de los platos ni el golpe seco del hierro contra el hierro.

—Entonces, decime, ¿qué querés saber?
—¿Por qué hace el Transiberiano?
—Porque quería conocer el lugar adonde la llevaron a Nina.

Nina es su prima querida. En 1945, durante el stalinismo se la llevaron de Ucrania sin explicación y nadie supo de ella hasta que llegó una carta con su firma que decía: «Estoy en la tierra del sol naciente». En clave, quería decir que estaba en Siberia. Nina había sido condenada a pasar diez años de trabajo en un gulag. En su tierra dejó un hijo —el marido había muerto en la guerra— y a sus padres. En la cárcel se casó con un lituano y tuvo tres hijos más.

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Alina no quiere llorar y Graciela no quiere que Alina llore. Se incorpora y sirve un vaso de agua mineral.

(…)


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