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LIBROS: Tumulto, de Hans Magnus Enzensberger

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El camembert de Fidel Castro

Tumulto, de Enzensberger, es un antídoto para desconfiar de fórmulas políticas milagrosas

Por Cristian Segura

Tumulto, de Hans Magnus Enzensberger, es un libro imprescindible para cínicos, para aquellos que observan el presente con un «ya decía yo» siempre a punto. Si el lector no es un cínico, Tumulto es un libro para disfrutar de una buena narrativa y de las suculentas anécdotas de un viejo (Enzensberger nació en 1929) que, además de ser un intelectual de referencia, ha sido un granuja de padre y señor mío.

Tumulto ayuda a cuestionar la fe en los salvapatrias y en revoluciones. Enzensberger fue testigo no activo de la rebelión generacional que simbolizó el mayo del 68 y todo lo que sucedió antes y después. Fue testigo no activo porque jaleó a la juventud europea para que se levantará ante el sistema burgués de postguerra, pero sin implicarse en la batalla. Tumulto es un diálogo entre un joven y un viejo Enzensberger que intentan ponerse de acuerdo en las experiencias que relata el libro. Su vida conyugal en Noruega, misiones académicas en la Unión Soviética, en la Alemania Oriental, sus aventuras en Estados Unidos y su año a cuerpo de rey en Cuba mientras sus acólitos de Berlín le esperan entre barricadas. Enzensberger siempre viajó financiado por el gobierno o la universidad de turno, siempre acompañado por un amor desdichado.

Aviso a Podemos, CUP y Syriza

Tumulto servirá para alimentar las tesis de aquellos que cuestionan el legado de la generación del 68. Y es injusto, porque Enzensberger ha explicado en más de una ocasión que el tumulto de los 60 sirvió, por lo menos en Alemania, para acabar con el ascendente del nazismo y dar paso al acercamiento entre Occidente y el bloque soviético que materializó el canciller Willy Brandt. Pero Tumulto, el libro, es un aviso para la nueva izquierda europea, de Podemos a la CUP pasando por Syriza: «La oposición extraparlamentaria y sus retoños ayudaron al triunfo de la socialdemocracia a la que quisieron combatir. Con su agitación los marxistas leninistas hicieron ver a los sindicatos los errores más peligrosos que estaban cometiendo en el proceso productivo. Las Células Rojas propulsaron las largo tiempo pendientes reformas estructurales en las universidades. Las guarderías alternativas ensayaron nuevas formas de las que los pedagogos no querían saber nada. De ese modo, la oposición al sistema devino en mera correa transmisora de la modernización. Impulsó el proceso de aprendizaje de la sociedad capitalista de manera más decisiva que los mismos defensores de esta. La izquierda militante reaccionó con una mayor radicalización. Así, a largo plazo ayudó al régimen, al que creía combatir, a adaptarse cada vez mejor a las condiciones de la globalización. La ceguera ante las más elementales reglas básicas de la mecánica política es, al igual que la fe milagrera en las doctrinas ideológicas, indicio del carácter cuasi religioso de un movimiento que tiene algún paralelo en el primer socialismo del siglo XIX.»

Enzensberger nos advierte que el sistema se alimenta de estos conatos de rebelión, que el cambio nunca sucede de verdad.

Incluso se permite la ironía de parafrasear a Karl Marx:

«La tradición de todas las generaciones muertas lastra como una pesadilla los cerebros de los vivos. Y cuando parecen entregados a la tarea de convulsionar las cosas, de crear lo que todavía no existe, en esas mismas épocas de crisis revolucionarias evocan con miedo a los espíritus del pasado a fin de ponerlos a su servicio, adoptando de ellos nombres, disfraz y consigna, para representar una nueva escena con ese lenguaje prestado.»

Es lo que el diplomático Carles Casajuana explica en su libro Las Leyes del Castillo: da igual qué fuerza política llegue al poder, se acabará acostumbrando a su inercia.

Las vacas cubanas

En Tumulto hay ejemplos extraordihans-magnus-enzensbergernarios de esta moraleja, casos que harán las delicias de los cínicos y de los historiadores. Fidel Castro, por ejemplo, voluntarioso en agasajar a sus camaradas extranjeros, se obsesiona en demostrar a Enzensberger que las vacas cubanas producen una leche excelente: «Recibí una invitación sorprendente. El máximo líder en persona me invitaba a su particular finca modelo. Allí, algunos de los citados dispensadores de leche poblaban un establo climatizado y asépticamente limpio. Los había hecho aerotransportar desde Europa, al tiempo que compraba las mejores ordeñadoras y centrifugadoras y contrataba a un competente equipo de expertos suizos: técnicos lácteos, genéticos y veterinarios. Un proyecto de altos vuelos. Al cabo de unos días dos uniformados llamaron a la puerta de nuestra habitación para entregarme un paquete que suministraba la prueba de calidad de las vacas: un camembert en forma de tarta.»

Sartre y Jruschov

Enzensberger también se muestra severo con Sartre. Ambos formaron parte de una delegación de escritores que se reunieron un fin de semana de 1963 con Nikita Jruschov en su dacha. El filósofo francés presidía la comitiva. Enzenzberger critica su dualismo: «Sartre, con sus treinta palabras, no asume ningún riesgo, se mantiene a la expectativa, por no decir manso como un cordero, una actitud que contrasta por completo con la que adopta en Francia, donde de buen grado ofrece ante el poder pruebas de valentía exentas de riesgo. El único en mostrar un ápice de bravura es el polaco Jerzy Putrament. Reclama mayor espacio de maniobra para los autores soviéticos». Enzensberger describe otros momentos incómodos para Sartre durante el encuentro con el líder de la URSS, como cuando Jruschov defiende la intervención militar soviética en Praga en 1957. El ridículo llega al límite cuando Jruschov asegura que en la URSS se producen muy pocos suicidios, a diferencia de los países occidentales: «»En nuestro país esto ocurre muy rara vez. Investigamos cada caso a fondo, buscamos los motivos y tratamos de mejorar las condiciones.» Sartre escucha el análisis con gesto pétreo». En la URSS se suicidaba tanta o más gente que en los países capitalistas, como demostró la revista de investigación «Ogonyok» en un reportaje legendario de 1989.

Enzensberger ofrece una imagen de alguien que conoce a todos los agentes del cambio, pero que desaparece cuando llega el momento del jaleo. En Tumulto aparecen multitud de personajes fascinantes que el sistema —y la historia— acaba devorando. Desde Rudi Dutschke a los miembros de la RAF, o el opositor al Sha de Persia Bahman Nirumand, con quien entabló amistad durante una estancia en el Instituto Goethe de Teherán: «Bahman montó un golpe en Múnich. Acompañado por 65 de sus seguidores, que llevaban capuchas negras, ocupó el consulado general de Irán. Iniciaron una huelga de hambre y requisaron los expedientes de los servicios secretos». Ocho grupos de izquierdas se solidarizaron con esta rebelión contra el Sha. Cuando la revolución islámica acabó con la monarquía persa, Nirumand tuvo que exiliarse: «Toda acción política engendra consecuencias imprevisibles. A veces provoca lo contrario de lo que pretendía», escribe Enzensberger.

Tumulto es un bordado de consejos desde la experiencia que nos ayudan a desconfiar de ídolos y de curas milagrosas. «Los únicos que invocan la moral en los dramas de Shakespeare son los criminales», escribió Boris Pasternak. Enzensberger nos lo recuerda.

Tumulto
Hans Magnus Enzensberger
Malpaso, 2015. 249 páginas.