Un horizonte levantado, por I. Piedrahita y D. Estrada

Medellin Estrada

Fotografía de David Estrada Larrañeta

La extraña, accidentada y diferente geografía física de Medellín permite a Ignacio Piedrahita Arroyave, geólogo y escritor, poner en pie en palabras el imaginario de un relieve agreste en una ciudad cuya orografía es fundamental para comprender su idiosincrasia. Lo acompañan en su texto para el 360º sobre Medellín las magníficas fotografías de David Estrada Larrañeta. Ofrecemos ahora un adelanto de este artículo, en abierto para nuestros lectores.


Medellín yace estirada sobre un valle profundo y alargado de Sur a Norte, en el sentido del río que la recorre. De ahí que desde las calles del centro de la ciudad se vean levantarse más cerca las montañas de oriente y occidente, y un poco más lejos las del norte y el sur, pero al fin y al cabo montañas también, sólidas y enormes, aunque no del todo infranqueables. Si bien la ciudad nació en la parte baja de ese valle, año tras año va trepando por las cuestas, de modo que, cada vez más, el verde de los potreros y las arboledas va disminuyendo, arrinconado contra las cimas por el color naranja del ladrillo cocido de las construcciones.

La diferencia de altura que hay entre el fondo del valle, llamado de Aburrá por los indígenas que lo habitaban a la llegada de los españoles, y la cima de sus montañas es de algo más de mil metros verticales. De ahí que la temperatura arriba sea fresca y vaya calentándose a medida que descendemos por las laderas hasta el centro de la ciudad, donde se puede estar en camisa de manga corta durante todo el año. No hay estaciones tal como se conocen en Europa. Aquí llamamos «invierno» a las épocas de lluvia y «verano» a las de sequía, con apenas cambios en la temperatura. Suele llover en dos periodos del año si es que el clima se ajusta a la tradición: primero entre abril y junio, y luego entre septiembre y noviembre.

El horizonte levantado de las laderas, el río que sugiere una simetría entre el Este y el Oeste, y una vegetación que donde se lo permiten crece de manera exuberante, son al menos tres de los rasgos naturales que determinan la vida cotidiana y el lenguaje de la orientación en la ciudad. El Sol sale y se oculta casi a la misma hora durante todo el año, y gracias a las montañas que hacen de barrera, el valle se llena de luz antes de la aparición del disco solar, alrededor de las seis de la mañana, como si este le arrojara lumbre desde atrás de las cimas, mientras que al final de la tarde, después de que el sol se oculte, también a eso de las seis, queda en el valle un fulgor tibio sobre el que entra de golpe la noche vibrante.

El valle mismo y sus montañas son parte de la Cordillera Central de Colombia, una de las tres en que se dividen Los Andes al entrar por el sur del país. Esta cordillera es robusta en todo el departamento de Antioquia, de ahí que más allá de nuestras montañas haya más montañas, cumbres detrás de las cumbres. Por eso, para llegar por tierra a la ciudad siempre hay que atravesar sierras y cadenas montañosas. Los viajeros que venían del Caribe solían remontar en barco el río Magdalena hasta el río Nare, desde donde tomaban caballo, mula o buey hasta Medellín. En este último tramo podían gastarse una semana de penurias, especialmente si llovía, pero su esfuerzo se veía recompensado con la vista de la ciudad desde el alto de Santa Elena, en el Oriente.

El viajero francés Charles Saffray, que vino a la ciudad en 1860, describe la vista desde el alto de Santa Elena de la siguiente manera: «En la parte baja, a una profundidad de ochocientos metros, se abre el valle de Medellín, completamente bañado de luz. Cuando el viajero está en Santa Elena, parécele que se cierne sobre la ciudad, de la cual distingue las calles, los jardines y monumentos; y aquella vasta extensión de llanuras, limitada por las líneas azules de la Cordillera Central, que se ofrece de pronto a la vista del viajero después de la naturaleza monótona de la región fría que acaba de recorrer, produce una impresión cuyo recuerdo no puede olvidarse fácilmente. El panorama de Santa Elena es sin disputa uno de los más imponentes que se puedan ver; el viajero se detiene mudo de sorpresa, y después de algunos minutos de admiración, apresúrase a bajar por las tortuosas pendientes que conducen a Medellín».

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