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Vagabundos por Cagliari, por Enrico Lixia

Las ciudades nunca son exactamente como el turista o el viajero cree que son, y Cagliari no es una excepción. Más allá de la gastronomía, del clima o del mar, la capital sarda tiene otro aspecto diferente cuando nos la muestra Enrico Lixia, periodista cagliaritano y creador de la Cagliari Unofficial Guide, un proyecto dinámico para ofrecer a los viajeros una nueva visión de la ciudad. Aquí dejamos un fragmento de este domingo por la ciudad incluido en nuestro monográfico 360º sobre Cerdeña.


Al igual que otra ciudad de no poca fama, Cagliari se extiende sobre siete colinas. Para desenmascarar la convicción según la cual por su morfología es una ciudad hostil a los ciclistas, para contarla y apreciarla mejor, nos lanzamos a un vagabundeo urbano sobre el sillín de nuestras bicicletas, dispuestos a dejarnos capturar por la «ciudad blanca», como amaba definirla el escritor sardo Sergio Atzeni. Y como diligentes viajeros o flâneurs cualquiera, con los ojos bien abiertos, nos hemos dejado guiar por el benévolo sol que de enero a diciembre tiñe de sal —en la mañana— y de naranja y rosa —en la ociosa tarde— esta ciudad nacida entre dos lagunas y abrazada por un mar infinito.

El reloj marca las diez, empieza el viaje. Nos encontramos frente a la escalinata de la iglesia de Sant’Anna, en la parte baja de la ciudad antigua. Metemos una marcha corta para emprender la inevitable subida —dura pero satisfactoria— hacia Castello (Castedd’e Susu, en sardo).  Del vocerío de las casas coloradas y vivaces de Stampace (Stampaxi), pedaleando por la escarpada Via Manno —la calle comercial por antonomasia— y la aún más exigente Via Spano, alcanzamos la Puerta del León, paso meridional que nos conduce al silencio del antiguo barrio tras las impactantes murallas pisanas, enormes y longevas pero no inexpugnables.

Al contrario que los célebres intelectuales, políticos y escritores encantados por unas vistas que «bendicen la imaginación», a la cara oeste de la antigua fortaleza, dominada por el Bastión de Santa Croce, preferimos la sur —donde inicia Via La Marmora— por su carácter más democrático.

Nos detenemos en un café al pie del Palacio Boyl, del siglo XVII. El negro de las cortinas y decoraciones, señal distintiva del local, devuelve su intensidad al rosa pálido y suave color crema de esta mansión neoclásica recientemente restaurada, en cuya fachada se pueden observar tres balas de cañón, testigos de la centenaria resistencia de la pisana Torre del León, incorporada en la estructura del palacio.

Como si estuviera encajado a la fuerza, la entrada del bar se encuentra justo al lado de la breve escalinata que lleva a la terraza piamontesa del Bastión de St. Remy. Hasta hace sólo quince años, este monumento, uno de los más representativos de Cagliari, era lugar de encuentro de toxicómanos, alcohólicos y suicidas; se animaba sólo los domingos por la mañana, en ocasión del rastro (que ahora ha migrado a Sant’Avendrace, como veremos más adelante).

Hace poco más de una década las descuidadas baldosas rojas y grises dejaron su sitio a un precioso granito interrumpido por parterres cuidados con olivos y palmeras. También desaparecieron los grafitis de los muros, más que nada vulgaridades, insultos y amenazas.

Ahora, durante la semana pasean las familias y las parejitas; los fines de semana quedan allí los habituales de los nuevos locales, con sus camisas de estampados excéntricos. A pocos metros de distancia de los sofás de cuero de los clubs de moda, en el suelo o sobre los bancos oxidados, se sientan melenudos «rebeldes»; adolescentes en sus primeras experiencias de transgresión o estudiantes fogueados. Guitarra en mano, comparten botellas de vino barato probablemente comprado en la tienda más antigua del barrio, Alimentari Befiori (en Via dei Genovesi), que merece una visita aunque sólo sea por su rótulo.

Necesitados de azúcar y cafeína, nos preparamos a celebrar el sagrado rito del desayuno justo aquí, inmersos en un ambiente casi literario; tranquilo y reflexivo durante las primeras horas de la jornada, un enjambre de gente por las noches.

Y así acompañamos nuestro capuccino con una pizzeta sfoglia, plato típico de la tradición culinaria cagliaritana —se encuentra en todos los bares pero sólo en esta provincia, no en otras zonas de Cerdeña—. Una receta pobre, para algunos dulce y para otros salada, de hojaldre y salsa de tomate (con fortuna, dentro se halla la sorpresa: una alcaparra y una anchoa). Tan suculenta en su autenticidad que el sueño prohibido de todo cagliaritano es hacerse millonario exportándola en las metrópolis más ricas del mundo… Hasta ahora, aunque nos pese, no se han tenido noticias de nadie que lo haya conseguido.

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