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Viajar para contarnos. Dando vueltas a España. Un Paso de María Angulo Egea

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«NO EXISTE EL PLACER DE VER COSAS NUEVAS SI NO SE TIENE LA ESPERANZA DE PODER HABLAR DE ELLAS CON OTROS.» ASÍ SE PRONUNCIA MARÍA ANGULO EGEA EN LAS PRIMERAS LÍNEAS DE ESTE NUEVO PASO DE ALTAÏR MAGAZINE, PRIMERA PARTE DE UNA SERIE. A TRAVÉS DE ÉL, LA PERIODISTA HACE UN RECORRIDO POR LOS Y LAS CRONISTAS Y ESCRITORES QUE HAN CONTADO, PERIODÍSTICA PERO TAMBIÉN SENTIMENTALMENTE, ESTE PAÍS QUE TANTO CAMBIA DE REGIÓN EN REGIÓN. AQUÍ DEJAMOS UN FRAGMENTO DE ESTE TEXTO DE LECTURA PAUSADA Y DELICIOSA.


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El cambio de mentalidad entre el viajero ilustrado y el romántico dio un giro a la imagen que se tenía de España. Viajar se convirtió para los románticos europeos en una experiencia y lo que repudiaba el ilustrado resultó atractivo para el romántico. Un mundo, el del siglo XIX, que se ponía literalmente en movimiento, y un viaje que pasaba de tener características educativas y culturales, como ha señalado Luís Méndez Rodríguez (2010) en Patrimonio y turismo. Del Cicerone a la profesión de guía turístico (1830-1929), a ser asociado con la diversión y el ocio, con el mundo del turista. «La introducción de los ferrocarriles y de los barcos de vapor transformaron las oportunidades de viajar, de manera más rápida y cómoda. A partir de los años 40 hubo una explosión en el número de viajes hasta convertirse en un hábito social, que transformó el viaje de recreo en una actividad de ocio relativamente nueva».

La Península se pobló de viajeros que encontraban ruinas, castillos, vestigios del pasado, naturaleza ingobernable, tradiciones populares, diversidad y variedad de pueblos. Y lo cierto es que tras la guerra contra Napoleón, España representaba aún mejor esas ruinas y ciudades devastadas. Los extranjeros se sentían atraídos por el exotismo de Oriente y encontraron en España, en concreto en Andalucía, todos los elementos para desarrollar su idea de Oriente al sur de Europa. A lo largo del siglo XIX se sucedieron los viajeros, y la literatura de viajes por España se disparó: Hans Cristian Andersen, George Borrow, Lord Byron, el Vizconde de Chateaubriand, Charles Davillier, Eugene Delacroix, Charles Didier, Alexandre Dumas, Richard Ford, Théophile Gautier, Víctor Hugo, Guillermo de Humboldt, Washington Irving, Alexandre de Laborde, Antoine de Latour, Prosper Merimée, Antoine Fréderic Ozanam, J. Potocki, David Roberts, George Sand, Stendal, Baron de Taylord, Josep Townsend. Las imágenes románticas y lo denominado «pintoresco» pasó a ser atractivo y reclamo para muchos.

Esther Ortas Durand en Viajeros ante el paisaje aragonés (1759-1850) se ha ocupado de reconocer y trabajar muchos de estos «viajes pintorescos» que se originan en el siglo XIX. Denominados así por considerarse paisajes y figuras dignas de ser pintados, retratados. El marbete «pintoresco» era término repetido en numerosos títulos para aludir a las ilustraciones que poseía la obra. «El atractivo fundamental de estos volúmenes reside en su profusión de grabados o litografías, merced a los cuales el público dispone de una reproducción visual de los aspectos paisajísticos, arquitectónicos o curiosos más notables de cada lugar; los»viajes pintorescos»constituyen así un doble vehículo descriptivo, donde la fuerza de la palabra se combina con la rotundidad de una imagen que, en principio y aunque no siempre lo pretende o resulta, se presenta como fiel a la realidad original que representa.» (1999: 312)

En ocasiones estas pinturas nada tenían que ver con el original o eran realizadas como meros bocetos, como es el caso de los dibujos y acuarelas del hispanista inglés Richard Ford para su Manual para viajeros por España y lectores en casa. Pero los dibujos eran tan realistas como las descripciones y narraciones que sirvieron para la construcción y extensión de los tópicos de lo que se supone que es España y los españoles, y que puso en circulación el Romanticismo.

Este manual de Ford tuvo un éxito total en la época y se reimprimió varias veces. Esther Ortas nos habla también del itinerario que emprendió Thomas Roscoe en el otoño de 1835, que le  sirvió al autor para redactar la serie The Tourist in Spain (1835-1838), que cosechó un amplio éxito comercial, una vasta difusión entre el público interesado por nuestro país y un importante prestigio en el plano artístico. «Dicho reconocimiento se debió en gran parte a los espléndidos grabados de David Roberts que aderezaban la obra» (321). Apuntes, bosquejos y dibujos de los enclaves más llamativos de la Península y, en definitiva, en un repertorio de vistas y escenas de nuestro país cuyo éxito convirtió a Roberts en uno de los más destacados, y también plagiados, difusores de la imagen romántica de España.

Esto nos lleva a un asunto crucial ya señalado por Jesús Rubio en El viaje artístico-literario: una modalidad literaria romántica (1992): el viajero romántico, aunque siente una inquietud por conocer de primera mano la realidad para descubrir los restos y las huellas del pasado, en realidad busca conocer ese mundo exterior para conocerse a sí mismo. «Y cuando se dirige al mundo exterior lo hace interesado tanto en su superficie como en su historia, tanto a su estado presente como a la reconstrucción del pasado que lo explica. Busca su alma y su esencia» (24). La historia se construye y reconstruye siguiendo un ideal. Se falseará y tipificará la imagen de España en función de los nuevos patrones románticos y esto, al contrario de lo sucedido anteriormente, servirá para que los extranjeros comiencen a ver a España como reclamo turístico.

Ana Mª Freire en España y la literatura de viajes del siglo XIX habla de Teofilo Gautier como el viajero francés más denostado porque a él se le culpa de la «imagen deformada de nuestro país que, gracias a Voyage en Espagne (1845), tan lleno de color local y de tipismo, tuvieron muchos» (2012: 71). Esta manipulación de la «España real» no fue inocente ni puntual, sino una constante incluso con el desarrollo de la fotografía. Un ejemplo singularísimo lo aporta Jesusa Vega en Viajar a España en la primera mitad del siglo XIX: Una aventura lejos de la civilización (2004): se trata de «la sesión fotográfica que organizó Clifford entre el 10 y el 13 de octubre de 1862 en Granada con motivo del viaje oficial de la reina Isabel II. Contrató a una familia de gitanos y la hizo posar en el Patio de los Leones de la Alhambra. Evidentemente todo esto se hizo con el beneplácito de la reina, ya que el destino era el álbum fotográfico oficial de las jornadas reales. Testigo de los hechos fue Christian Andersen» (101). Los españoles aprendimos a mirar, a querer y valorar España también desde estos tópicos e imágenes pintorescas que nos alimentaban y que nos daban de comer. Aún siguen dándonos de comer en esta tierra dedicada al turismo. Compramos esa imagen de España y de los españoles, y la hemos exprimido y vendido tanto que hasta estamos convencidos de su existencia.

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