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Viaje al centro de Google Earth, por Simon Sellars

Google-Earth
Ver más allá, ver mejor, ver siempre, ver ahora y no perderse nunca. Los nuevos mapas digitales prometen (y han concedido) aplicaciones casi mágicas para nuestras vidas diarias; casi ya no podemos pensarnos sin ellos. En el 360º sobre Cartografías ofrecemos las reflexiones de Simon Sellars, periodista experto en tecnología, arquitectura y la obra del novelista J.G. Ballard —uno de los grandes cartógrafos de un presente indistinguible del futuro—. Aquí podéis empezar a leer gratis su texto, que nos lleva del punto de vista de Dios al recuerdo de nuestros propios fantasmas en una pantalla plana.

«Queremos crear un espejo digital del mundo.»

Karin Tuxen-Bettman, geoestratega de comunicación de Google Earth, a bordo de un barco de Google que mapeaba el Amazonas en 2011.

Cuando abres Google Earth, se sitúa por defecto a una altura de 11.000 kilómetros sobre el planeta. El efecto es de placidez, en parte por el ligero brillo de la panorámica espacial y en parte por la sensación de no estar atado a nada. Las límpidas imágenes, aportadas por la NASA, muestran el mundo con un detalle fotorrealista. Es la expresión definitiva de lo que los cartógrafos llaman el punto de vista de Dios: el deseo de una objetividad visual absoluta en los mapas, presentando cada región del globo en su lugar correcto.

Pero los mapas mienten. Naturalizan los límites y extremos del planeta de modos que responden a razones ocultas. El mapa más popular del mundo, la proyección Mercator, es un modelo cartográfico de la realidad basado en una tergiversación descarada. En el mundo de Mercator, los países no tienen tamaños relativos entre sí. Los tamaños de los países norteamericanos y europeos están tremendamente exagerados, mientras que los de las naciones del Tercer Mundo están muy reducidos. Durante los años 70 y 80 del siglo pasado tuvieron lugar las llamadas «guerras de los mapas», en las que un nuevo modelo de mapa, la proyección Gall-Peters, se enfrentó al Mercator, al que se acusaba de ser un símbolo represor del colonialismo eurocéntrico.

Google Earth es más que el punto de vista de Dios, más que un mortal mirando a través de los ojos de Dios. En Google Earth, nosotros somos Dios. Vemos por encima, por debajo, dentro y afuera. Vemos en el más allá, con una visión extra fuera del alcance de nuestra condición mortal. Vemos los fantasmas de amigos y extraños fallecidos. Nos vemos a nosotros mismos. Si el punto de vista colonial de los mapas Mercator es un modo incómodo de instalarse sobre el planeta (esperando que los salvajes se queden en su lugar y no agiten el orden establecido), entonces Google Earth, con sus derivaciones —Google Maps y Google Street View— es un mundo paralelo que se infiltra en este.

Las «trampas de copyright» son detalles falsos que los cartógrafos insertan en los mapas para pillar a los plagiadores. Se puede demostrar que alguien ha copiado y publicado el mapa sin permiso porque incluye una calle que lleva en la dirección equivocada o un edificio que no existe. En Street View, esos objetos imposibles son el pan nuestro de cada día. Los límites de Google son porosos. Se disuelven. Nunca en mi vida he visto algo tan hermoso como las autopistas fundidas de EEUU, resultado de los fallos técnicos en las proyecciones de Google. Google Earth juntas imágenes tomadas en momentos diferentes del día. A veces se pueden ver las costuras donde el proceso no se ha cerrado del todo. Puede ser una nube de luz separada por colores RGB alrededor de un objeto, o un tornado de píxeles erróneos, amarillos y rosados, ascendiendo hacia el cielo. A veces, cuando la conexión es lenta, al moverse a través de una ciudad con Street View se revela el mecanismo de entrelazado de las imágenes. Puede verse cómo el frente de un edificio se desliza desde el fondo, comprimiendo la arquitectura en una delgada banda de luz, de modo que semeja una fachada delgada como un folio que encaja en su lugar. La realidad se convierte en un escenario y los decorados cambian ante tus ojos.

A veces, el algoritmo de Google Earth mapea una textura sobre otra, produciendo paisajes encantadores. El paso elevado de una autopista, suspendido sobre la tierra, sigue con precisión el terreno ondulado de un amplio valle, produciendo un sistema vial retorcido y fluido de otra dimensión. Las nubes manchan los contornos de una montaña como una manta blanca, esponjosa y ajustada. Hay rascacielos aplastados contra el suelo que, de algún modo imposible, proyectan una sensación tridimensional de altura. Google Earth es un Mercator digitalizado, aplastando las dimensiones desproporcionadas en un sistema totalizador con su propia lógica interna (en realidad, Google Maps está basado en una variante de la proyección Mercator). Cuando también los mapas del iPhone de Apple empezaron —involuntariamente— a escupir extrañas topologías nuevas a toda velocidad, la empresa fue objeto de mofa generalizada, pero yo pensé que eran enormemente poéticas, un mundo en el que me gustaría mucho vivir: el campo de distorsión de la realidad de Steve Jobs.

De niño me fascinaban los mapamundis, que eran siempre los de Mercator. Hasta la adolescencia no me di cuenta de que Groenlandia no era el doble de grande que Australia, como afirma la proyección de Mercator, sino que en realidad Australia era tres veces más grande que Groenlandia. Mi hija tiene dos años y ya está fascinada con mi iPhone, que a menudo, siguiendo mi obsesión, muestra mapas de Google y Apple. Quizás se pase los próximos años pensando que es completamente natural que las autopistas se hundan y doblen en el paisaje como tiras de regaliz. Google Earth puede ser un Mercator digital, pero no miente. No lo necesita. Lo expone todo y puede permitírselo, pues su arma es la seducción.

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2 comentarios en “Viaje al centro de Google Earth, por Simon Sellars

  1. […] por los 360º sin volver al texto preferido de muchos en la redacción. Ese en el que Simon Sellars habla de Google Earth y nos muestra exactamente el tipo de reflexión que  buscamos cuando pensamos en el viaje y sus […]

  2. […] Desde la deificación de Google Earth, en su imperfección, como poseedor de la verdad geográfica del planeta a la necesidad imperiosa de cartografiar los cielos para extender la comprensión del propio universo; de los mapas imaginados en la ficción y en los libros a las regiones cuasi infinitas creadas para videojuegos y realidades virtuales; de los renovados trayectos turísticos en el milenio que empieza a los mapas creados por el comercio marítimo, con rutas dibujadas sobre el agua; desde, en fin, la geografía de los afectos y las relaciones con la patria a la humanización de los propios mapas. […]

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