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Vocabulario Mario Levrero, por Jorge Carrión

Mario LevreroCon Levrero no hay término medio: o le amas o le odias. Esto al menos asegura nuestro colaborador Jorge Carrión en esta reflexión que hace en nuestro 360º montevideano sobre el escritor deseante, el de la doble personalidad. Ese que como tantos otros viene de un precioso oficio que llaman librero. Dejamos aquí un fragmento.


A Levrero o lo amas o lo odias: no hay término medio. Es tan original, tan raro, tan propio que provoca adhesión o rechazo. Esa visceralidad emocional también se encuentra en su obra, atravesada por una poética del contraste. Una obra llena de personajes solitarios, pero llena también de personajes deseantes. «Con la edad cada vez me interesan menos los orgasmos y más el deseo mismo», leemos en Dejen todo en mis manos (1996). Y lo cierto es que el deseo recorre su escritura de formas muy variadas. Encontramos un deseo carnal, dirigido ansiosamente hacia el cuerpo femenino. Pero también un deseo de indagación en el ser interior: escucharse a uno mismo, reseguir con el pensamiento y la escritura el contorno espiritual. Y el amor propio, también llamado masturbación. El deseo voraz de leerlo todo, verlo todo, escucharlo todo. Y el deseo de comunicarse con los otros. La literatura es sólo uno de los medios en que puede darse esa comunicación: Levrero fue también fotógrafo, librero, autor de crucigramas, guionista de cómic y profesor de talleres literarios (escenario erótico por excelencia).

«Pensar en un libro es para mí lo más parecido a pensar en una mujer, quiero decir, en una mujer sexualmente atractiva. De inmediato se crea la necesidad territorial, la necesidad de un espacio privado que no pueda ser invadido. La relación con el libro se da a través de esa especie de trance, del mismo modo que la relación sexual.»

BUENOS AIRES

Tanto la literatura argentina como la literatura uruguaya tienen doble personalidad. Una tiende hacia el territorio propio y la otra se confunde con el vecino. Esas dos que se proyectan hacia el Río de la Plata y lo atraviesan, simultáneamente, desde ambas orillas, configuran ese espacio espectral y fascinante que llamamos «literatura ríoplatense». Santa María, la ciudad imaginada por Juan Carlos Onetti, es un collage vaporoso configurado con fragmentos de Montevideo, Colonia del Sacramento y Buenos Aires, que muta de fisonomía en cada relato y en cada novela. Como los trayectos regulares de los ferrys, las vidas de varios escritores porteños y uruguayos han ido cosiendo durante décadas las dos orillas de ese río que parece un mar. Mario Levrero fue uno de ellos, desde el lado de Uruguay. En paralelo, desde el argentino, iba y venía Elvio Gandolfo, escritor y periodista, interlocutor y amigo. En la edición que preparó para la editorial Mansalva de las entrevistas a Levrero, Un silencio menos (2013), encontramos referencias a las tres ciudades que utilizó Onetti en su frankenstein urbano. Ese es el territorio vital y poético del autor de La Banda del Ciempiés (2010): no es casual que se corresponda con el espacio de recepción de su obra en nuestros días. Estamos en una zona literaria que ha construido su canon siempre al margen del mercado, siempre con conciencia de periferia. Y nadie más periférico, más raro, sin aspavientos de maldito, personalísimo, que Levrero.

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«Yo no había sabido comprender la diferencia entre escribir y escribir un libro; escribía lo que surgía, y eso podía ser un relato, o una novela corta, o una novela un poco más larga, o un artículo humorístico, o un poema que jamás habría de mostrar a nadie. Y otras cosas, que salían sin otra finalidad que la de nacer, como por ejemplo dibujitos.»

(…)


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