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EL ORO NO PUEDE SER PURO

En Las Vegas de Asia
Pere Ortín

Este artículo forma parte de nuestro nuevo monográfico 360º Macao. Occidente en Oriente. Si deseas leer todos los contenidos incluidos en el número, suscríbete aquí.

 

La humedad es agobiante por enésimo día consecutivo.

Él suda. Yo también. Se da cuenta de que miro las gotas que resbalan por su frente. Se disculpa.

—El aire acondicionado no funciona. Hoy es festivo y no hay nadie en las oficinas. No sé cómo arreglarlo.

Albano Martins no es especialista en aires acondicionados, pero sí es uno de los economistas más respetados de Macao. En su despacho de la planta 16 del edificio Luso Bank International, en la calle Doctor Pedro José Lobo del centro de Macao, pasan cinco minutos de las tres de la tarde. 

—No hace tantos años, Macao era una ciudad pequeña (hoy viven menos de 700.000 personas en poco más de 30 kilómetros cuadrados) y pobre. Hoy aquí todo el mundo está ganando dinero.

Aunque hoy viste ropa informal, me imagino a Martins en este amplio despacho de salones grandes, con muebles clásicos de maderas nobles, rodeado de muchas corbatas mientras habla de negocios. Es el lugar perfecto para ese tipo de conversaciones. Desde aquí y a través de sus amplios ventanales, se divisa una panorámica de casi 180˚ del centro financiero de Macao, con esos edificios hechos de acero y cristal ahumado en los que unas pocas personas, normalmente hombres maduros y bien trajeados, hacen eso que llaman «business».

Al entrar en estas oficinas —hemos tenido que franquear una puerta metálica hecha con barrotes gigantes— me habían parecido una cárcel de lujo. La sensación ha desaparecido en pocos minutos gracias al amable trato de Martins, un economista de origen portugués y con pasado en África, que vive hace más de treinta años «feliz» en esta ciudad. 

—Macao es el centro del juego más grande del planeta desde 2006. Sólo aquí se genera siete veces más dinero que todos los casinos de Las Vegas y del estado de Nevada (EE.UU.) juntos.

Albano Martins sabe que sabe y me lo demuestra. Me habla de la cara luminosa de la ciudad, con la inauguración de nuevos casinos. También de 2014 o 2015, que no fueron años buenos por los efectos de una campaña anticorrupción de las autoridades Chinas, y de las crisis financieras en la segunda economía mundial.

—El único problema que tenemos y tendremos con China —aunque para ellos no es ningún problema— es que tienen un sistema político cerrado y autocrático. ¿Cómo podrá adaptarse ese sistema a una población como la nuestra, o la de Hong Kong, con un alto nivel de educación y de salarios? No lo sabemos. No lo tenemos claro.

Martins es crítico con algunas situaciones económicas y sociales que se viven en Macao. No le parece «razonable» que el gobierno local no haga más inversión pública, a pesar del gran superávit que acumulan sus arcas; y también me recuerda que siempre hay que estar «atentos» a las «zonas de sombra» que provoca el negocio del juego y del turismo: crecimiento de algunas actividades ilegales —mafias y prostitución, por ejemplo— que las autoridades (de Macao y China) tratan de controlar; con razonable éxito, en apariencia.

 
 

Si hacemos caso a esas cifras que facilitan los grandes organismos internacionales —esos que se conocen con acrónimos o nombres en inglés—,  Macao es una ciudad sana (con una esperanza de vida por encima de los 80 años, la cuarta más alta del mundo), segura (el índice de criminalidad es muy bajo) y rica (según su PIB per cápita). Además es, tras Estados Unidos, España y Tailandia, el cuarto país del mundo en el ranking de los que tienen mayor superávit de turismo; o sea, en la diferencia entre lo que ingresan gracias a los visitantes extranjeros que llegan aquí y lo que gastan sus ciudadanos cuando viajan.

—Más de 31 millones de turistas visitan Macao cada año. Eso provoca mucha presión sobre las infraestructuras. Por ejemplo, la ciudad antigua está saturada. No puede resistir a tanta gente.

No todos los efectos del turismo son positivos en Macao. La apertura de nuevos complejos de ocio y la falta de mano de obra local ha provocado que el gobierno deba «importar» mano de obra de las regiones vecinas, y, según las cifras que comento con Martins, una cuarta parte de los trabajadores de Macao son extranjeros.

—Claro que hay problemas. El principal es que somos muy dependientes y, aunque aquí todo el mundo habla de diversificar nuestra economía, eso no es tan sencillo. 

—¿Por qué?

—Para diversificar una economía como la nuestra es necesario tener áreas en las que seas el mejor y, a excepción de los casinos, Macao no tiene ninguna. Nuestra economía tendrá que cambiar, para depender cada vez menos del juego y del turismo, pero eso tardará aún unos 20, 25 años.

El 92% de los visitantes a Macao vienen de China, Hong Kong y Taiwán. Ese dato muestra la gran dependencia exterior que, desde el punto de vista económico, pero también político, existe en Macao. Además, a nivel estratégico, la importancia geopolítica de Macao está vinculada, por ejemplo y como me comenta Martins, a otra gran dependencia: la de las relaciones comerciales y económicas que la Gran Madre China tiene con el África lusófona, con Angola, Mozambique y Cabo Verde. Muchos de esos negocios se hacen en Macao.

 

Un vendedor se toma un descanso. (c) Jordi Brescó

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Con la misma amabilidad con la que me ha atendido en un día festivo, me ayuda a finalizar nuestra enjundiosa conversación. De camino a la puerta de un ascensor —más bien humilde para el nivel de lujo de los elevadores de esta ciudad— y como un regalo final para que no lo olvide, me recuerda la última frase que me ha dicho cuando estábamos sentados en sus cómodos sofás de piel canela: «Los casinos continuarán siendo el negocio de Macao. Tenemos 200 millones de chinos a nuestro alrededor, y olvídate de decirles a los chinos que no pueden jugar y apostar… Los chinos llevan el juego en la sangre».

16, 15, 14, 13… Desde las alturas del universo de los negocios veo descender la numeración digital de color rojo que marca mi bajada al nivel de la tierra. Mientras eso ocurre recuerdo una frase del libro My country and my People, que Lin Yutang escribió en 1936: «No conocemos una nación hasta que conocemos sus formas de placer, igual que no conocemos a un hombre hasta que descubrimos cómo pasa su tiempo de ocio».

Conozca China… visite Macao.

Imposible estar aquí y no hablar de China.

El check point entre As Portas do Cerco (Macao) y el Gonbei Port (Zhuhai-China) es el punto final que une o separa, según se mire, Macao de Zhuhai, la primera ciudad del gran superpoder global que define el presente y representa, sobre todo, el futuro de Macao.

—¿Debemos temer a China? —le pregunté no hace mucho a Robert D. Kaplan.

—No. Sólo debemos estar siempre atentos a sus movimientos.

Me respondió el analista geopolítico norteamericano, que ha definido esta zona del mundo en la que se encuentra Macao como la «caldera de Asia» en su último libro aún sin traducción al español (Asia’s Cauldron: The South China Sea and the End of a Stable Pacific).

Imposible estar en Macao y no preguntar por China. 

Mucho menos conocido que el paso entre Hong Kong y Shenzhen, pero utilizado también por millones de personas cada año, aquí acaba Macao y empieza eso que los chinos llaman, tan pragmáticos ellos, Zona Económica Especial de Zhuhai, una ciudad que se ha convertido, gracias a su proximidad con Macao, en una de las más prósperas de China. Para los que entran y salen de Macao, en el lado chino de este paso fronterizo, se ha construido un gran centro comercial con todo tipo de productos made in China. Esto es lo que en chino se escribe 国两制. Es lo que las autoridades chinas llaman, tan pragmáticas ellas, «Un país, dos sistemas».

Imposible estar en esta frontera y no hablar de China.

Tras la línea, en Macao, camino entre las riadas de gentes que van y vienen. Piso cientos de papeles promocionales tirados por el suelo. Hoteles y ofertas comerciales. Le devuelvo la sonrisa a las azafatas que promocionan los casinos, abandono uno de los pasos fronterizos más importantes del mundo, que está situado al pie de unos edificios gigantes de apartamentos pequeños en los que viven los trabajadores que hacen grande la economía de Macao. Y de ese país llamado dos sistemas.

 

Viviendas en el bloque situado delante de la frontera. (c) Jordi Brescó

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Aquí Macao parece y es el país más densamente poblado del mundo. Las sombras de los edificios se proyectan en el vidrio delantero del vehículo de fabricación japonesa en el que me dirijo a la otra punta de la ciudad, a la moderna y funcional Universidad de Macao.

Al llegar, y tal vez guiado por mi estupidez o por no estar acostumbrado a tanta «modernidad líquida», me pierdo en los pasillos de esta aséptica superuniversidad. Unos buenos samaritanos disfrazados de estudiantes me ayudan a llegar al despacho 3010 del Edificio E21 en la Facultad de Ciencias Sociales. Tengo una cita con Zhidong Hao, uno de los sociólogos más reconocidos de Macao. Dos minutos antes de la hora pactada llamo a la puerta.

En un inglés mucho mejor que el mío, me pide que me espere unos minutos en el hall: tiene revisión de tesis doctoral con una alumna. Tras unos minutos, el profesor Zhidong Hao despide a su estudiante y me invita a entrar a ese típico despacho de un investigador humanístico, con estanterías repletas de libros más o menos ordenados en una sala presidida por una mesa circular en la que nos sentamos.

Tras interesarse por la manera en cómo he llegado hasta él (leyendo sus artículos en internet) y por lo que hago, nos ponemos a comentar cómo llevan los ciudadanos de Macao la autonomía tutelada: «Macao», asegura el profesor Hao, «está más abierto al mundo a nivel político y social: hay cosas que puedes decir aquí pero no podrías decir nunca en China».

Imposible estar Macao y no hablar de China.

 
 

Macao es oficialmente una Región Administrativa Especial de China. La ciudad mantiene un sistema jurídico propio, fuerzas de seguridad pública autónomas y un sistema monetario, aduanero y de inmigración más o menos diferenciado. Pero China es responsable de la defensa militar y de todos los asuntos exteriores de Macao.

—Macao es un país abierto. Aquí viven todo tipo de personas y se llevan bien. Macao aún no se ve afectada del todo por la política de China, probablemente porque China no le da importancia a Macao. Pero aquí la gente sabe bien lo que quiere, aunque no lo dice.

 

Filas de pequeños sampanes van y vienen de China con decenas de mujeres que bajan a tierra acarreando grandes fardos de orquídeas, azucenas, rosas, claveles y lirios. (c) Jordi Brescó

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China, con su gran dinamismo siempre bajo control autoritario, y más allá de sus problemas de corrupción, crecimiento o crisis financieras, alienta todas y cada una de las formas posibles del expansionismo. China, como potencia ultrarealista y pragmática, sólo busca fuera lo que no tiene en casa. No pretende difundir ninguna ideología, al estilo occidental, y su gran desafío —geográfico, económico y ambiental— está condicionado por la globalización y también, en mucha menor medida, por lo que suceda con Hong Kong y Macao.

—Los macaenses sienten que viven a la sombra de los hongkoneses: los chinos de Macao siempre miran, principalmente, a Hong Kong. Ellos, por su parte, piensan que en Macao no son tan buenos como ellos. Desde un punto de vista sociológico, es muy interesante porque, probablemente, se debe en gran medida a su historia colonial, ya que los británicos fueron más agresivos que los portugueses, de modo que los hongkoneses son más activos en la defensa de sus derechos. 

—¿Pero no hay grandes diferencias entre los ciudadanos de Macao y Hong Kong?

—Los hongkoneses son más agresivos. Los macaenses más pasivos. Macao es muy pequeña, y eso es una debilidad: la gente se conoce y es más complicado enemistarse con otras personas.

Hao me cuenta cómo Macao crece. El ruido de las excavadoras en muchas zonas de la ciudad así lo atestigua. El aumento de la superficie de la ciudad se ha acelerado en los últimos decenios: de los 16,1 km² que ocupaba Macao en 1983 se ha pasado a los más de 30 km² en la actualidad, en el marco de una de las regiones más densamente pobladas del mundo, con unos 24.000 habitantes por km². Macao esta viva. Sus gentes, también.

—Desde el punto de vista político, todos los macaenses saben que la democracia es el futuro, pero la mayoría de la gente cree que aún no hemos llegado a ese punto de nuestro desarrollo histórico.

 

Los hongkoneses son más agresivos. Los macaenses más pasivos. (c) Jordi Brescó

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El profesor Hao es un gran conversador, se interesa por lo que piensa su interlocutor. Hace preguntas y repregunta. A los pocos minutos de iniciada lo que debía ser una entrevista, ya se ha tornado en animada conversación. Su sabiduría responde a mi curiosidad.

—Macao tiene mucho que ofrecer al mundo. El problema es, más allá del juego, que las autoridades no saben bien cómo sacar partido de ello. Aún no pueden reconciliar la historia colonial con las políticas actuales a pesar de que el gobierno local quiere que Macao sea conocido como un lugar donde hacer algo más que jugar y apostar.

La charla con el profesor Zhidong Hao se alarga. Son más de dos horas y tiene pinta de que puede durar el doble, pero su esposa decide darla por terminada. Primero, con un whatsapp, al que sigue, pocos instantes después de la respuesta escrita del profesor Hao, una llamada de móvil. Los escucho conversar. Mi nulo conocimiento del cantonés me impide saber de qué hablan. Al acabar de hablar con su mujer, el profesor Zhidong Hao me dice sonriente…

—Tengo una fiesta familiar. Debo ir a casa y ayudar a mi esposa a preparar la cena.

Tras despedirnos, al intentar salir de la universidad, me vuelvo a perder.

Es viernes noche.

La humedad es agobiante.

Aquí no queda nadie.

Llueve.

Me mojo.

 

Tras la línea, en Macao, camino entre las riadas de gentes que van y vienen. (c) Tiago Quadros

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Y por eso decidí encontrarme con Yao Jin Ming, un escritor chino residente en Macao, para hablar de literatura macaense y de una de las paradojas de mis días aquí: el portugués, el idioma co-oficial de la ciudad con el cantonés, no tiene casi ninguna presencia en la vida cotidiana de la ciudad.

Yao Jin Ming es un reconocido autor local con una variada obra literaria de la que, antes de mi viaje, pude leer en la red algún poema en portugués de su libro Palavras Cansadas da Gramática. Él participa en muchos encuentros de literatos de Europa y Asia e imaginé que sería interesante charlar con él y, aunque fuera la quincuagésima octava persona (sólo este año), hacerle la misma pregunta que le hará todo el mundo.

—¿Por qué el portugués es una lengua casi muerta en Macao?

—Piense que los chinos jamás hablaron portugués, y que el gobierno administrativo portugués de Macao, a diferencia de Hong Kong con el inglés, no defendió nunca una política lingüística y cultural a largo plazo. De ahí la gran diferencia que existe entre el uso generalizado del inglés en Hong Kong y del portugués aquí.

Yao Jin Ming me ha recibido en su despacho semienterrado entre libros y papeles. Tiene esa cara de las personas ajetreadas o con sueño. No dispone de demasiado tiempo para mí. Es amable, pero no parece muy interesado en lo que hago. Aún así, y como buen poeta, está encantado de hablar de sí mismo: «Tengo un seudónimo literario. Me llamo Yao Fong, que significa "Vengo de lejos"».

—Y ¿de dónde viene usted?

Se me hizo una pregunta tan obvia… tan retórica… tan necesaria. Había leído su biografía para preparar nuestro encuentro, pero entendí que tenía mucho interés en explicarme que nació en Pekín, que había llegado a Macao hacía veinte años y que, hoy, pasados los cuarenta, estaba «plenamente asentado» en Macao. Se siente «un ciudadano local».

Yao Jing Ming escribe poesía y novela en mandarín, portugués e inglés. Da clases en la universidad y también es traductor; de hecho, se traduce a sí mismo en las tres lenguas.

—Macao tiene literatura propia. Es una literatura regional bastante sólida, amplia y rica tanto en portugués (una lengua de las élites cultas de la ciudad), como en cantonés (mayoritario), mandarín e inglés (por influencia de Hong Kong).

¿Autores? ¿Nombres? En la conversación surgen algunos de autores que escriben en portugués. Anoto algunos: Henrique de Senna Fernandes, Deolinda da Conceição, Fernanda Dias, Fernando Sales Lopes y Carlos Morais José. También escritoras locales que narran en cantonés y mandarín: por ejemplo, las poetisas Han Lili, Susana Yun, y la novelista Tai Ki. No buscaré sus escritos traducidos al español. No existen. La falta de traducciones y de proyección internacional es, según Jin Ming, el principal problema de la producción literaria y artística de Macao.

 
 

Puede que, como aseguraba Oscar Wilde, el arte y la escritura sean velo antes que espejo, pero la literatura también también puede ser un reflejo de la sociedad. Con Yao Jing Ming analizamos la situación de una parte histórica relevante de la cultura local: la comunidad macaense, personas de Macao con ascendencia histórica mixta (asiática y portuguesa) que en el periodo colonial fueron una élite social y que tienen una lengua hablada particular de base portuguesa con mucha influencia mezclada cantonesa y malaya. Es un ejemplo de esa convivencia en aislamiento, siempre pacífica y práctica, pero sin casi ningún tipo de mezcla, de las comunidades de Macao.

—Las comunidades culturales china y portuguesa de Macao no se comunican mucho. Falta profundizar, aumentar y consolidar el intercambio.

Antes de terminar nuestra conversación, Yao Jin Ming, más relajado que al inicio, me comenta distendido que se acerca un tifón. Va camino de la isla de Taiwán, pero luego se podría dirigir a Macao.

Se llama Meranti, como un tipo de madera tropical, y se le puede considerar un «supertifón».

Tiene una gran potencia destructiva: de 3 en una escala de 5.

Conlleva lluvias torrenciales y vientos de más de 300 km/h.

Nunca he vivido un tifón.

Leo en Macao al ensayista portugués José Seabra Pereira. Es un especialista en la literatura de esta ciudad, y veo notas de su libro O Delta Literário de Macau. En los dos volúmenes de esta obra plantea una interesante tesis: Macao «no es un concepto geográfico», sino «un paisaje sentimental, físico y humano».

Pero, si esta ciudad no es un concepto geográfico, entonces, ¿qué es?

Las flores llegan al muelle Cais de Sampanas Sul y de allí viajan a diferentes puntos de la urbe. (c) Jordi Brescó

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Le doy vueltas a la idea mientras contemplo desde la ventana de mi hotel los rascacielos de la ya no tan nueva China que quedan al otro lado del río. Como cada día y puntuales a su cita justo antes de las siete de la mañana, filas de pequeños sampanes van y vienen de China con decenas de mujeres que bajan a tierra acarreando grandes fardos de orquídeas, azucenas, rosas, claveles y lirios. Son las flores que decorarán hoy todos los salones y casinos de la ciudad.

Si esta ciudad no es un concepto geográfico, entonces, ¿qué es?

Después de todos los encuentros vividos estos días y con la imagen de las señoras y las flores que llegan de China en la cabeza, se me ocurre que esta ciudad es una alegoría perfecta de los muchos significados posibles de la palabra globalización.

Pienso, luego escribo.

Macao… la globalización, es…

Hablar de la delantera actual del Benfica con un antiguo marinero portugués que lo dejó todo para montar un restaurante en el barrio de Taipa (Macao) donde te sirven bacalhau à brás.

Hacerse un selfie en la fila del ferry junto con unos turistas de Taiwán que «adoran» Barcelona sin haber estado nunca allí.

Tomar café en cápsulas de multinacional suiza y poder leer, en papel y uno detrás de otro, la edición de hoy del South China Morning Post y la edición de ayer de Le Monde.

Macao… la globalización, es…

Ver al Chapo Guzmán en las noticias de la televisión china. 

Disfrutar de un día de fiesta en el jardín Lou Lim Loc donde cuatro chicas, dos filipinas y dos malayas, hablan con sus familias en teléfonos inteligentes made in China.

Macao es la globalización.

Chic chac. Chic chac.

En las escaleras situadas al pie de las ruinas de la fachada de la catedral de San Pablo no consigo abstraerme del chasquido que emiten las cámaras de los teléfonos móviles de los cientos, miles, de turistas que nos rodean.

Chic chac. Chic chac.

Estoy con el historiador Jorge Cavalheiro, un profesor de origen portugués que lleva media vida en Macao, dedicado a su estudio. Comentamos que los palos de selfies con los que unas parejas de turistas taiwaneses se hacen fotos parecen bayonetas en la guerra digital por mostrar en las redes sociales imágenes de nuestra aparente felicidad, tan narcisista, tan política, tan violenta, tan actual. «Es una guerra y no sólo visual e incruenta, como parece», apostilla el profesor.

La fachada de la antigua iglesia de San Pablo. (c) Jordi Brescó

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Chic chac. Chic chac.

La situación resulta molesta. Para aliviarme, recuerdo la clarividencia de Italo Calvino: «Es el humor de quien la mira el que da forma a la ciudad». No hay más remedio que sonreír. Ni el profesor ni yo tenemos nuestro mejor día en relación con el sonido. Hace un rato nos hemos visto obligados a salir del cercano jardim Luis de Camoes ya que los operarios que limpiaban el parque parecían molestos por nuestra presencia. No podían hacer bien su trabajo, recoger todas las hojas del gran ficus gigante que tapizaban el espacio.

Miradas y gestos de desaprobación. El ruido de sus escobas metálicas rascando el asfalto también nos distrae de nuestra conversación. Así, decidimos buscar un lugar más alejado del mundanal ruido.

Chic chac. Chic chac.

Nos alejamos de este «puesto avanzado del progreso» en forma de ruina jesuita y Cavalheiro me invita a pasear por algunos de sus rincones secretos favoritos de la Ciudad Vieja de Macao. El profesor lee estas calles como un libro de historia.

—Aquí los portugueses no fueron colonizadores, sino intermediarios comerciales entre China, India, Europa y más tarde Japón.

Entre callejuelas con pequeños templos escondidos que huelen a incienso, Cavalheiro me cuenta el «gran choque» cultural que se vivió aquí entre Europa y Asia, entre Portugal y China, que hoy puede ser entendido como un exitoso «ejemplo histórico de convivencia».

Nunca pronuncia la palabra mestizaje porque aquí, como se puede ver en estas callejuelas, las comunidades nunca se mezclaron.

—Macao siempre ha sido un modelo de respeto hacia el otro; de respeto hacia la cultura y la religión del otro, a su modus vivendi. La vida aquí prosigue con armonía y con seguridad. Es, en mi opinión, el gran patrimonio cultural que Macao puede ofrecer al mundo.

 

El profesor Cavalheiro lo tiene claro y la UNESCO, también. El centro histórico de Macao es Patrimonio de la Humanidad desde 2005. Este espacio urbano vivo es, sin duda y para el que esto escribe, el espacio más fascinante de esta ciudad. Un entorno antiguo, por momentos algo descuidado, que se te escapa de las manos cuando quieres entenderlo y, quizá por ello, resulta tan atractivo e interesante. Sobre todo, si tienes la suerte de descubrirlo guiado por la mirada de un intelectual de alto nivel como Jorge Cavalheiro.

Antes escribí que «todo viaje empieza en un libro», pero no es así. Mi viaje a Macao se había iniciado, en Barcelona, con dos películas. La primera fue Macao (Josef von Sternberg y Nicholas Ray, 1952). Comenzaba con una voz en off que, antes de las magnéticas apariciones de Robert Mitchum y Jane Russell, describía la ciudad como: «Atractiva y pintoresca. La encrucijada del lejano Oriente. (...) Llamada "El Montecarlo de Oriente", Macao tiene dos caras. Una, tranquila y abierta; la otra, velada y secreta».

En el segundo filme, una brillante película portuguesa titulada A ultima vez que vi Macao (de João Pedro Rodrigues y João Rui Guerra da Mata, 2013), este prólogo de la película antigua se replicaba a modo de homenaje con otra voz en off: «La fascinante Las Vegas de Asia es la más amigable y la más cruel de las ciudades donde nada es lo que parece porque, como dice un viejo proverbio chino: "El oro no puede ser puro y el ser humano no puede ser perfecto"».

El profesor Cavalheiro se despide. En nuestra conversación hemos hablado de historia, del 20 de diciembre de 1999, del día en que la soberanía de Macao se transfirió a China; del día que se acabaron 442 años de presencia portuguesa en esta ciudad; del día que empezó este cierto grado de autonomía para una Macao dependiente de China que hasta 2049 no se integrará en el gran superpoder global.

Antes de irse me ha recomendado que disfrute de estos callejones de la ciudad vieja, que los navegue con mirada «despierta y sin rumbo»; que los disfrute «a fondo».

Así lo hago.

Vago por calles oscuras y pasajes solitarios que no parecen el Macao que me había contado. Son túneles secretos hacia otros mundos.

Entro a comprar comida a un lugar al que no me corresponde como turista.

Sonrío como un estúpido a un sastre malcarado con idea de hacerle una foto mientras trabaja al aire libre. 

Al lado de un pequeño templo budista que huele a incienso ahumado veo puertas entreabiertas, ventanas medio cerradas.

Miro. Me miran.

La humedad es agobiante por enésimo día consecutivo.

Las noticias de una cadena de televisión china en la que los presentadores hablan en inglés han dicho que las lluvias torrenciales y los vientos huracanados que amenazaban la ciudad se han desviado hacia China. El tifón Meranti se ha quedado en una falsa alarma.

Hace una semana y después de una fugaz escala en Hong Kong, me encontraba en un jetfoil, una de esas embarcaciones rápidas que parecen volar sobre el agua, rodeado de turistas, casi todos de Taiwán. Con más sueño que ganas de mirar por la ventana, no me di cuenta. Hoy sí: una ciudad a la que llegas en barco siempre es diferente, nunca se parece a sí misma.

En estos días me he cruzado en estas calles con decenas de miles de turistas. Chinos, hongkoneses, taiwaneses; algunos occidentales también. Le he hecho caso al antropólogo italiano Duccio Canestrini y no le «disparo al turista». Todos somos, hemos sido y seremos turistas. Les miro y me veo. Pienso en lo qué significará para ellos disfrutar en ese lugar llamado «Vacaciones», el último paraíso posible de la religión posmoderna del productivismo.

Ma-ca-o.

Junten todas las sílabas y piensen...

¿Cómo aproximarse a un lugar así?

 ¿Cómo superar la nueva mitología pop del eslógan turístico?

 ¿Cómo viajar más allá de los clichés: «El paraíso del juego»; «La ciudad de los casinos»; «Las Vegas de Asia»?

¿Cómo no proyectar en estas calles todas las trampas de nuestra memoria fabuladora que construye lugares a partir de tristes tópicos?

Macao es, como todo espacio ultraimaginado, una gran proyección de anhelos y fantasmas; ese granespejo gigante que refleja nuestra mirada actual: fragmentaria, multidireccional y superabundante.

Miro a los turistas y me veo.

No he jugado en Macao, ni siquiera he entrado en ningún casino. No sabría explicar bien el por qué. Supongo que tiene que ver con esa obsesión que tengo por apartarme del camino más transitado. A pesar de ello, he disfrutado mucho en esta ciudad que tiene mucho de símbolo de una sociedad, de un tiempo, de una manera de entender la vida; que es como la ruleta de un casino: rojo o negro; par o impar. Una ciudad donde la banca siempre gana.

Miro a los turistas y me veo.

Navego de vuelta a Hong Kong.

Me voy de Macao y pienso que es una ciudad fascinante como espejo que nos demuestra que su gran prodigio no es decirnos la verdad de quiénes somos, sino, como nos enseñó Alicia, mostrarnos alguna fantasía de lo que nos gustaría ser.

 

Imagen de cabecera: El Venetian, reflejado en el lago le acompaña. (c) Jordi Brescó

Pere Ortín
Pere Ortín
«Oficio de periodista, humildad de viajero y mirada de documentalista». Lo escribieron de él en una reseña de prensa sobre uno de sus documentales. Alumno de la vida e investigador de lo humano, tiene claro que solo vemos lo que queremos ver; que la belleza —y la fealdad— está(n) en el ojo del que mira y que no vemos las cosas como son, sino como somos nosotros. Tras sus trabajos en la prensa escrita, la televisión y el documental, hoy dirige Altaïr Magazine.