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MONTEVIDEO SLOW

Nuevo monográfico en papel
Altaïr Magazine

SEGUIMOS CON NUESTRA VUELTA AL PAPEL Y ESTA VEZ VISITAMOS MONTEVIDEO, LA CAPITAL DE URUGUAY. A CONTINUACIÓN OS DEJAMOS NUESTRO EDITORIAL SOBRE «LA CIUDAD TRANQUILA». 

 

CON LA COLABORACIÓN DE

 

Montevideo es una ciudad antigua, pero no vieja. Tranquila pero no dormida. Vista y leída con los ojos de todos los cronistas locales que nos la cuentan y retratan desde dentro, percibimos su eclecticismo, el cierto desorden de sus barrios y edificios, de las calzadas, del tránsito. Y también su calma, el aire limpio de su mar, su dulzura. Un equilibrio que reflejan sus gentes: a veces lo parece, pero nada les produce indiferencia; sólo están reflexionando. Como dice el cantautor Fernando Cabrera en el reportaje de César Bianchi: «Somos profundos, filosóficos». («Y se la cree», añade irónico el periodista, que escribe para nosotros la crónica panorámica de la ciudad.)

Los montevideanos son eso que parecen ser: sencillos, cercanos, amables, tranquilos, dialogantes. Buenos conversadores desde la calma, personas que hablan con propiedad de casi todo y saben argumentar; pero siempre algo irreverentes e insumisos. Porque están bien informados. Nefeli Forni, dueña de la librería Más Puro Verso, afirma que «el ensayo es la lectura nacional». Su histórico comercio es una puerta tan buena como cualquier otra para que las reporteras de Altaïr Magazine que viajaron a Uruguay entren en Montevideo: una ciudad vista desde sus libros como a través de un museo o un parque. Libreros, libros, escritores. La ciudad de Galeano y Benedetti es también la del heterodoxo Mario Levrero, de cuyo vocabulario creativo Jorge Carrión traza la semblanza.

Los montevideanos son conscientes de que fue el presidente Mujica quien puso a esta ciudad y a Uruguay en el mapa del mundo contemporáneo y parecen orgullosos de ello. Un periodista local le dijo al equipo de Altaïr Magazine que a Mujica se le extrañaba, porque «llenaba la existencia de los ciudadanos y les hacía pensar; siempre estaba ahí su voz y su pensamiento dando vueltas». De nuevo el uruguayo reflexivo. Cuando terminó su mandato, Mujica dejó un vacío en la calles de esta ciudad que rechaza la ostentación y en la que el lujo no está bien visto por una orgullosa clase media. Mujica, el hombre que conduce un Volkswagen escarabajo, uno de esos «autos viejos» que retrata en sus fotografías Fernanda Montoro.

Sobre ese proyecto republicano y laico (heredero de una visión masona) que creó la clase media más grande de América Latina entre el siglo XIX y el siglo XX se construyó también un proyecto arquitectónico. Eduardo Álvarez Pedrosian lo cuenta al hablar de los barrios de la Ciudad Novísima y Alfredo Ghierra también lo hace al poner el acento en el descuido de un patrimonio arquitectónico que hizo de las calles y casas de Montevideo punto de referencia internacional por méritos propios.

Montevideo sabe disfrutar —casi degustar— su heterogeneidad. Parece que los montevideanos nacidos a partir de los 90 han interiorizado la necesidad de la convivencia, de seguir planteando esta ciudad como una especie de faro —pequeño y con la luz un poco tenue, como para no destacar demasiado— de los avances y derechos sociales. Lo atestigua su estatus como destino de turismo LGTBIQ, que exploramos también conociendo locales históricos como la discoteca Caín.

Como reconoce su alcalde, el Intendente Daniel Martínez, Montevideo es hija y nieta de la emigración y heredera de la gran tradición anarquista europea de principios del siglo XX. Lo cuenta en la entrevista que le realizamos: en Montevideo se tejió un amplio entramado de cooperativas muy diversas que dejó «una impronta anarca de origen muy fuerte» que ni siquiera los años negros de una horrible dictadura militar lograron borrar.

Martínez, a pesar de su cargo, es uno más de los ciudadanos que disfrutan de sus paseos (en su caso en bicicleta) por la Rambla Sur, el kilométrico paseo marítimo cuya historia recorre la cronista Inés Bortagaray igual que se recorre Montevideo: a ritmo lento y pausado. No es de extrañar que miles de habitantes de la «cosmopolita» Buenos Aires piensen en Montevideo para huir de la violencia del mundanal ruido en esta urbe tranquila y pacífica. No parece raro que miles de brasileños se acerquen por aquí a disfrutar de una tranquilidad sin estrés tan poco habitual en sus ciudades.

Tranquila pero no dormida, decíamos. Montevideo es también la extraordinaria historia urbana y cultural del candombe, un ritmo musical a base de percusión que surgió de la mezcla de sonidos llegados de África con los esclavos y que en los últimos decenios, a través de su maravilloso carnaval —el más largo del mundo— se ha convertido en el sonido de los barrios y uno de los grandes atractivos de la ciudad. De ese ritmo nace la música de Rubén el Negro Rada, el hombre que mezcló a los Beatles con sus tambores de candombe. Una institución musical que le cuenta a nuestras reporteras cómo fue el primer uruguayo en obtener un Grammy… y en perderlo. Y, hablando de instituciones musicales, no podemos olvidarnos de La cumparsita, el tango de tangos, un himno que ahora cumple 100 años y que emociona como ninguno a la escritora Cristina Peri Rossi.

Montevideo es una ciudad de puerto; su historia lo atestigua. Pero en ella también está bien presente el campo. Lo sabe Gabriel Peveroni, que cámara en mano sube a una camioneta para certificar cuándo Montevideo se convierte en campo y cuándo el campo se convierte en Montevideo. Lo saben en las centenarias bodegas Carrau, que presumen de hacer vino a pocos kilómetros del ajetreado centro urbano.

Los montevideanos están orgullosos de su tango y su arquitectura y sus libros, pero están muy orgullosos de su buen vino tannat y de sus comida: los asados, las pastas, los dulces. La gastrónoma Titina Núñez lo describe al contarnos qué es lo que comen los uruguayos. Y están más orgullosos aún de su fútbol; no en vano Montevideo es la ciudad de los mil equipos —aunque más que celebrar «sufran» su fútbol, como nos explica Agustín Acevedo Kanopa, escritor e hijo de futbolista, en su maravillosa crónica—.

Si decimos que los montevideanos son reflexivos o tranquilos, no es porque rindan culto a una pacífica nostalgia (aunque incluso tienen una fiesta para celebrarla, la noche del 24 de agosto), sino porque parecen estar construidos a base de una auténtica y entrañable melancolía que merece ser disfrutada en primera persona. El mensaje oficial de la Intendencia y el Ministerio de Turismo uruguayo nos conmina: «Descubrí Montevideo». Nada nos parece más indicado para la salud de cualquier viajero tranquilo que, en estos tiempos de ultravelocidades digitales en los que hoy parece ayer, o quizá ya mañana, quiera conocer en Sudamérica una verdadera urbe slow.

 

PERE ORTÍN,

DIRECTOR DE ALTAÏR MAGAZINE

 
 
 
 
 

MONTEVIDEO, LA URBE TRANQUILA

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