En el año 1955 el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss nos avisó: «El viaje se ha acabado». Ya no quedaban lugares no transitados, ni eran posibles los encuentros con «el otro». Si el viaje moría ahora hace 60 años, ¿qué nos quedaba a los que llegaríamos después?

Pero Lévi-Strauss se equivocaba: una de las respuestas posibles a esta pregunta se encuentra en obras como las del novelista francés Patrick Deville. En el relato, en la narración (re)construida del viaje; pero ya no como descubrimiento, sino como herramienta de conocimiento compartido con el resto de la humanidad.

Es cierto, como dice Lévi-Strauss, que el viajero ya no podrá participar más en esta «aventura» que supuso, durante muchos siglos, para una parte de los humanos, «atrapar» la realidad imaginada del itinerario viajado y del «encuentro» (descubrimiento mutuo, desigual y desafortunado) con «el otro» diferente. Pero sí que puede (más y mejor que nunca antes) proyectar la realidad en una narración particular, repleta de dudas y preguntas, híbrida, escrita desde la frontera de los géneros y conocimientos: mestiza, diversa, rica, irónica. Es decir, una narrativa que se pasea por la historia, convertida en investigación de aquello que nos hace humanos. Una narrativa que ya no busca respuestas, sino que integra cambios de perspectiva, atractivos giros del conocimiento hacia vete tú a saber qué.

Una narrativa renovada que, en tiempos de velocidades digitales y de turismo low cost, nos invita a viajar a la deriva y sin brújula. Ambiciosa y estimulante, hecha con una renovada lucidez crítica. Singular, vinculada con el espíritu aventurero que proporcionan, hoy como siempre, las ansias de conocimiento y el interés por todo lo que hacen los humanos: la Geografía, la Ciencia, la Biografía, el Cine, la Filosofía y, como no, la Historia.

Esto es lo que hace Patrick Deville: una literatura que no concibe al escritor como un agrimensor que mide, copia y reproduce la supuesta realidad como si, en su evolución caótica y su complejidad monstruosa, la vida pudiese ser atrapada y narrada.

Deville propone una renovada narrativa que, en tiempos de velocidades digitales, nos invita a viajar a la deriva y sin brújula por el mundo y por nuestras historias

Charlando con Patrick (Loira, 1957) le decía que, al leerlo, se me hacía difícil disociar su vida (como viajero y agregado cultural francés por el mundo) y su literatura. No parece uno de esos escritores que por la mañana van a la oficina a trabajar un rato y después, por la tarde, se dedican a escribir con el mismo afán burocrático. Uno de estos «juntadores» de palabras que —al menos a mí— inspiran una confianza muy relativa.

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Deville, al contrario, parece el erudito al que le encanta jugar como un niño mayor: encontrar conexiones inesperadas entre las cosas, las épocas, los personajes y las situaciones ideológicas e históricas. Tiene una capacidad impresionante para crear epopeyas corales que invitan al lector a pasear por el mundo y por el tiempo de la mano de un proyecto creativo y literario. Porque sus novelas más recientes son capítulos de un gran libro único de no ficción (él habla, en francés, de «romans sans fiction», en los que las fechas, los encuentros, la presencia de los personajes en los lugares son verificables). Una obra en proceso compuesta de doce unidades y dividida en cuatro trilogías. Un mosaico espacio-temporal que parte de las vidas y las obras de una serie de figuras históricas —conocidas o no— y de su vinculación con diferentes procesos humanos: revoluciones, dictaduras, cambios económicos, científicos.

Pere Ortín (izq.) y Patrick Deville en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

Todas estas novelas de no ficción inician en el mismo año: 1860. El año en que se empieza a construir el Canal de Suez, el año en que todo empezó a estar conectado en este planeta. Todas llegan también hasta el presente. Hasta ahora son cinco: Pura Vida, Kampuchea, Ecuatoria, Peste y cólera Viva (los tres últimos disponibles en edición española de Anagrama).

Peste y cólera marca ya la linea de trabajo de Deville: el ejercicio literario brillante se combina con un preciso trabajo de documentación para contar una apasionada aventura científica y humana. La fabulosa biografía de un singular y destacable científico feliz, el suizo Alexandre Yersin, en busca de uno de los piratas de las células más maligno: el bacilo de la peste.

En Ecuatoria, Brazza, Livingstone, Stanley, Albert Schweitzer, Jonas Savimbi o el Che Guevara se encontrarán cara a cara con el mismo Patrick Deville navegando por el Congo, persiguiendo fantasmas que se encuentran entre nosotros desde que Kurtz pronunció tres veces la palabra «horror».

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La más reciente, Viva, es aún más irónicamente contemporánea. En México, en 1937, Trotsky huye de Stalin y el escritor británico Malcolm Lowry escribe Bajo el volcán. México, olla a presión de revoluciones políticas y estéticas que juntará a la fotógrafa Tina Modotti, a Sandino, a Antonin Artaud, a Diego Rivera, a André Breton, a Graham Greene y a Arthur Cravan. Mientras nos explica estos encuentros entre personajes que buscan un sueño, un ideal, Patrick Deville reflexiona desde el presente sobre la privatización del petróleo o sobre el enfrentamiento entre narcos rivales que desangran el México de hoy. Una escritura que, en palabras de la crítica francesa, «bulle» y «palpita».

Deville no parece uno de esos escritores que por la mañana van a la oficina y después, por la tarde, se dedican a escribir con el mismo afán burocrático

Son verdaderos ensayos intelectuales sobre cómo funciona el desarrollo del conocimiento humano. Son viajes sin rutas cerradas donde Deville dibuja un mapa de nuestro planeta a través de personajes geniales o locos; es decir, indudablemente humanos.

Con sus libros, Deville nos ayuda a darnos cuenta de cómo la definición de lo que es real es —y siempre ha sido— una construcción política. El poder consiste, básicamente, en definir aquello que es real. Unos ganan y otros no en el escenario que nos gusta denominar «historia» y que, de forma resumida, es poco más que un juego lleno de sorprendentes paradojas —un «juego teatral en el que las puertas se abren y se cierran», como han definido también la trama de Viva, por ejemplo—.

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Aplicando al trabajo literario de Patrick Deville aquella máxima del cineasta francés Jacques Rivette según la cual «toda película es un documental de su propio rodaje», vemos viajes por el tiempo y por la geografía, erudición, muchas lecturas, muchísimo refinamiento y abundantes dosis de ironía. Pero vemos sobre todo gran literatura: aquella que es capaz de preguntarse si la vida humana es algo más que una novela tragicómica.


Fotografia de cabecera: Patrick Deville | CCCB