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REMANDO EN LAPONIA

Más allá del paralelo 66º33N
Rafael Solana

El recorrido desde Abisko hasta Vakkotavare es uno de los grandes trekkings del ártico. Más de cien kilómetros de Norte a Sur, desde el lago Torneträsk hasta el Akkajaure, en busca de un sol menos mortecino que el que durante todo el día, en verano, va lamiendo el horizonte circular, incluso a medianoche. Podríamos seguir aún durante cuatrocientos kilómetros este antiguo camino de los mineros del Ártico pero, como muestra, la zona Norte es la más representativa y una semana, más que suficiente.

Los refugios son acogedores, sus guardas serviciales, los edredones nórdicos de pluma, la cocina equipada y con gas, hay sauna en todos ellos. Pero no dan comidas, que hay que cargar en una buena mochila para varios días, ni tienen agua corriente que habrá que acarrear en cubos desde el lago. Pese a esto, siempre caros.

El día a día consiste en un cómodo caminar por los senderos de la tundra, perfectamente señalizados y con pocos desniveles de no más de 500 metros diarios; a no ser que queramos coronar el Kebnekaise, el techo de Suecia, que nos queda a mano.

En verano —fuera de esta estación la noche polar y la nieve hacen que la empresa sea de una envergadura más allá de la simple caminata— el terreno está frecuentemente encharcado porque el deshielo superficial no drena debido al permafrost, el subsuelo que permanece siempre helado. Pero esto no será un problema porque kilómetros de pasarelas de madera recorren los húmedos y amplísimos valles en U labrados por los glaciares cuaternarios. Estos, muy reducidos hoy, aún sobreviven en cualquier colina de los alrededores. Los ríos que bajan caudalosos de su deshielo no habrá que vadearlos como es habitual en el Ártico, porque numerosos puentes colgantes los salvan con un simple bamboleo.

Lo dicho, no hay más que poner un pie delante del otro, un día después del anterior y disfrutar de un paisaje digno de la Tierra Media de Tolkien.

 
 

El Kebnekaise queda cerca de la ruta y puede ascenderse sin problemas en una larga y agotadora jornada porque, a pesar de sus modestos 2103 metros, sobresale 1700 sobre los valles circundantes. Un pequeño gigante acorazado de hielos que exigirá un esfuerzo extra que bien merece la pena.

Algunos poblados de nativos samis (mejor llamarlos así que lapones, que equivale a bárbaros y es término despectivo) cogen de paso, pero rehuyen a los curiosos que se acercan como a un zoo. Se meten en sus casas y cierran las ventanas. No lo entienden. Al fin y al cabo no usan trajes de colores y en el garaje tienen una moto de nieve y no un trineo.

Deberíamos toparnos con más renos pero no; son huidizos y pequeños. En cambio si encontramos muchos mosquitos, sobre todo cuando se desciende de las tierras altas y se cruzan los bosquetes de abedules raquíticos que crecen en las orillas de los lagos.

Algunos de éstos son gigantescos y rellenan larguísimas cubetas de decenas de kilómetros excavadas hace milenios por las lenguas de glaciares desaparecidos. Si están en el sentido de la marcha, como el Alesjaure, se bordean durante horas y el único problema que plantean se soluciona con una mosquitera envolviendo la cabeza. Pero si están de través, como el Teusajaure, el rodeo es imposible y no queda otra opción que cruzarlos.

Como esto es Suecia y todo está civilizadamente previsto, siempre encontraremos barcas de remos disponibles en la orilla; y no una ni dos, sino tres o más.

Al menos tres, porque es la única forma de que puedan usarse en un sentido o en otro por los que van o vienen. Su uso es libre, sencillo e ingenioso pero, sea como sea, al terminar de cruzar el lago ha de quedar alguna barca en ambas orillas para que nadie que venga después se quede atascado.

 
 

Estas son las posibilidades a afrontar:

Una: Si al llegar, en nuestra orilla hay dos barcas, la tercera estará al otro lado. Estamos de suerte. Bastará coger una de ellas y remar… más de lo que parece, hasta la orilla opuesta.

Dos: Quizá esta circunstancia favorable ya haya sido aprovechada por alguien y en nuestra orilla no quede más que una barca. Poca suerte entonces. Pues sí, habrá que hacer tres viajes. Ida y luego regreso remolcando otra barca que definitivamente quedará en nuestra orilla cuando crucemos definitivamente.

Tres: Pero puede ser peor y darse el caso de que al llegar al lago comprobemos con estupor que todas las barcas están en la otra orilla. Entonces es que el que iba por delante era idiota.

Paciencia. A lo largo del día, o un día de estos, alguien cruzará hacia nosotros con la barca salvadora. Yo me encontré con la posibilidad cuatro: todas las barcas en mi lado.

Rafael Solana
Rafael Solana

Natural de los Pirineos, su vida como profesor le ha llevado lejos y a orillas del mar, pero siempre con alguna montaña cerca. Porque subirlas y luego contarlo ha sido su otro quehacer: los Picos de Europa, la cordillera del Atlas, las montañas de Ladakh... Con la escritura y el dibujo, buscando en la geografía y la historia el sentido de esos montones de piedra y hielo. Al fin y al cabo, la montaña es su pretexto.