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RITMOS PARA PROTESTAR,

OLVIDAR Y ROMPERSE LAS CADERAS
Ángeles Jurado

Abiyán es cuna de mestizajes musicales y cruce de caminos, aunque su alma se refleja, principalmente, en las letras del zouglou y el hip hop local y las melodías reggae o coupé decalé.

 

Un deportivo blanco pega un acelerón a la altura de Parker Place y se pierde, retador y humeante, en la larga recta de la calle Paul Langevin, internándose en la Zona 4 del barrio de Marcory. Pasan varios minutos de la medianoche de un miércoles de marzo, reina un calor sofocante que hace sudar los cristales de las ventanas cerradas y un coro de ranas que, a juzgar por su croar, superan en talla a cualquier batracio conocido, se desgañita en las inmediaciones.

Los efluvios del elegante reggae de The Wisemen, banda residente del Parker Place, batallan para acceder a las calles de la Zona 4 sin que les amortigüen muros y plantas. En la terraza del restaurante Jay’s, pared con pared con el local de música en vivo, el propio Jay se relaja mientras da unas caladas a un puro, rodeado de amigos. No queda entrecot en la cocina, así que los últimos clientes de la noche se decantan por unas hamburguesas que se derraman, voluptuosas y perfumadas, sobre el plato. Jay se acerca solícito a la mesa, entre un revuelo de rastas infinitas y el espejeo de sus gafas. Les explica que es el tercer mejor chef de África según el programa Star Chef, antes de detallar cómo recorre medio mundo, desde Japón hasta Australia pasando por Holanda, para seleccionar los mejores ingredientes de su menú abiyanés.

Nos encontramos en la capital económica marfileña, en pleno MASA (Mercado de las Artes del Espectáculo Africano). La paz risueña de Bassam no ha sido todavía perturbada por el terrorismo. Abiyán bulle de conciertos, actuaciones y vida, acogiendo a bailarines, actores, humoristas y músicos de todo el continente. Fatoumata Diawara y Magic System —entre otros— se pasean por las calles polucionadas de la ciudad, pura congestión rodada, mientras los conciertos ocupan escenarios en plazas, locales y el Palacio de la Cultura de Treichville, bautizado a mayor gloria del padre de la literatura del país, el centenario y aún vivo Bernard Dadié. Por pura casualidad, acabamos de descubrir uno de los secretos más deliciosos de la ciudad. En plena Zona 4, la favorita de los libaneses por cosas de la organización demográfica de la colonia, cuando Francia impuso a los árabes asentarse aquí. También, según murmura un local maldiciente, porque es fácil encontrar prostitutas y drogas.

 

Los efluvios del elegante reggae de The Wisemen, banda residente del Parker Place, batallan para acceder a las calles de la Zona 4 sin que les amortigüen muros y plantas.

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Locales más o menos lujosos de todo tipo bordean las calles de la Zona 4, las luces funcionan y la pigmentación de la población clarea en esta parte de la urbe. Restaurantes y locales son del gusto occidental. Los coches caros se deslizan por una calle ancha, polvorienta a los lados, que huele a pizza y asfalto recalentado por las mañanas. Un poco más allá de la puerta del Parker Place, dos hombres de aspecto mediterráneo se sientan frente a una chicha (o narguilé o cachimba), fumando plácidamente.

Dentro del Parker Place encontramos citas bíblicas pintadas en las paredes, bellezones escotados, cerveza fresca, ventiladores girando a todo trapo. Comienza la actuación de Ras Goody Brown, otro de los clásicos de la escena reggae abiyanesa, reputada por nombres como Alpha Blondy o Tiken Jah Fakoly. Spyrow y Black Prophets también forman parte del menú musical de la noche, a mayor gloria de Jah. Actúan para un grupo de programadores y productores españoles llegados a Abiyán gracias a Casa África y su iniciativa Vis à Vis, que cumple su séptima edición en Costa de Marfil.

Hablamos con Orphelie Thalmas, animadora de radio local y bloguera especializada en cultura, ganadora de los Bobs en francés. «Hay nuevos géneros musicales propios del país, posibilidades enormes de investigación porque tenemos una enorme diversidad cultural y musical», explica por facebook. «También tenemos talentos que no piden otra cosa que un ambiente propicio para el desarrollo de su don. Músicos, cantantes, arreglistas». Y enumera los ritmos propios de Costa de Marfil, desde el sagrado zouglou al coupé decalé, pasando por la youssoumba, el zoblazo, la mapouka o el «hit» del verano de 2015, el akobo poussiere baulé reinterpretado para cimbrearse frente a los espejos gigantes de una boîte. «Hay mucha variedad, no sólo reggae. Abiyán es grande y se da una enorme diversidad de bandas. Zona 4 y Cocody [barrios más pijos en Abiyán], cuando proponen música en vivo, lo hacen con la que gusta a los expatriados o a los locales de una cierta edad o clase social. Generalmente, eso significa reggae, un estilo que, por tanto, no es el de referencia del país. Es cierto que los grupos de directo hacen mucho reggae, pero también porque es una música que se presta al directo. Raramente verás el coupé decalé live. Sí el zouglou, que es probablemente el estilo más apreciado aquí. Pero para disfrutarlo tienes que salir de la Zona 4, ir a Yopougon. Hay que ir al underground. Allí se descubren auténticas maravillas». Y menciona el Internat, templo de este género musical que es pura poesía urbana, sentimental y moralizadora, anclada en el asfalto de la ciudad.

Orphelie habla de nuevos valores en el rap y el coupé decalé, dos géneros también urbanos y siempre actuales entre los jóvenes. «Tienen talento, son creativos y tienen personalidades atípicas. Hoy son tendencia esos artistas anticonformistas, un poco locos, que se dan aires de estrella de rock», precisa.

Una de esas personalidades atípicas a las que se refiere es la de Nash, una jovencísima rapera de Duekué, en el noreste del país, cerca de la frontera liberiana. Hay oportunidad de verla evolucionar sobre el escenario del MASA un jueves a mediodía, bajo un sádico solajero que fríe las neuronas del puñado de entusiastas que bailan con ella y la graban con sus móviles. Anda con aires de chico de barrio, con su camisa yacouba de Man, sus vaqueros oscuros acribillados a cortes en los muslos, sus gruesas y breves trenzas. No se maquilla. Ni se alisa el pelo ni usa mechas de pelo hindú o brasileño. No se aclara la piel. No es la típica belleza embadurnada en karité, femenina y turbadoramente sensual que triunfa en el espectáculo marfileño.

Habla de los niños de la calle, de la política, de la pobreza, de la violencia. En nouchi, el argot de la calle. Se autodenomina orgullosa como la go cracra du djasa. La chica luchadora de la calle, por si no la comprende. «Es fiel a su estilo desde el principio», aprecia Orphelie Thalmas. «Su nouchi, su rap marfileño. Y lo más admirable es que intenta influir en su entorno con el festival de hip hop Enjaillement (disfrute, alegría en nouchi). Tiene una visión».

Al contrario de lo que sucede con el coupé decalé, un ritmo que se asocia al enriquecimiento rápido y la frivolidad y que surge en un contexto de conflicto de baja intensidad y larga duración, el hip hop nouchi transmite valores y extiende sus raíces por la tierra rojiza de los barrios precarios de Costa de Marfil para alimentarse de la tradición y las preocupaciones del ciudadano medio. Comparte con el zouglou la moraleja, la mirada a ras de suelo, y se distancia de los tangas que rebosan billetes arrugados y los dientes de oro. O lo hacía: la tendencia empieza a truncarse con grupos jóvenes como Kiff no Beat, que deja caer el testigo del demoledor Survivant de Garba 50 para bucear en el lujo y el meneo descontrolado de nalga femenina con temas como La Vie de Louga o Aprocher regarder.

La discusión sube de temperatura en redes sociales cuando se interroga sobre el binomio compromiso sociopolítico y música en Costa de Marfil. Para algunos, existe una censura sin nombre que fuerza a los artistas a quedarse en la superficialidad y los conceptos vacíos si desean acceder a productor y conciertos. Billy Billy, uno de los músicos más independientes y frescos de los últimos años, se exilia hoy en Austria tras componer su Lettre au president, mientras triunfan los estribillos facilones de Magic System o un reggae que no busca cambiar el mundo. Algunos recuerdan con nostalgia los tiempos en que los músicos se mojaban en Costa de Marfil y podían plantar cara al poder se llamara como se llamara. Sobre todo, en los territorios del hip hop y el zouglou.

 

No es la típica belleza embadurnada en karité, femenina y turbadoramente sensual que triunfa en el espectáculo marfileño.

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Hubo una época en la que Youssoupha rodó algunos de sus vídeos aquí, denunciando el franco CFA y a la Françafrique. También aquí se escribió Survivant, un himno del paria joven y sin expectativas en un país estancado, que —por cierto— no ha perdido un ápice de actualidad. Hoy, cuando las multinacionales se extienden por un territorio que pretende desbancar a Nigeria como destino de inversión extranjera y las marcas de lujo hacen cola para montar oficina en Abiyán, ese paria se busca la vida como le dejan mientras duda entre el escapismo del maquis escuchando a Arafat o susurrar melancólicamente las letras de Petit Denis, Les Patrons, Garba 50 o Espoir 2000.

Departimos por Twitter con Rap Ivoire, un colectivo de jóvenes raperos aficionados del país que busca promocionar este tipo de música en redes sociales y medios de comunicación.

«El rap en nouchi (noussi) o rap noussia es un medio formidable para transmitir mensajes a los jóvenes marfileños, ya que casi todos ellos y muchos de jóvenes de otros países vecinos lo comprenden», subrayan. «Ya tiene un cierto recorrido, aunque sus actores son cada vez menos en los últimos años. Sus vídeos se hacen generalmente con un presupuesto razonable y sin extravagancias, lo que hace que la mayor parte de los consumidores de rap noushi se sientan cómodos, en su elemento. Tiene un enorme potencial para llegar a jóvenes de diferentes estratos sociales, porque se rapea en nouchi, en conexión también con el zouglou, y con frecuencia se centra en llamar a redoblar esfuerzos en lo que emprendemos o en ironizar sobre la sociedad». Y mencionan a Nash, Nooka, Garba50 o Billy Billy como referencias.

Tanto en rap como el zouglou languidecen, dicen algunos. El bling bling sustituye al talento y la autenticidad y parece de mal gusto hablar de reconciliación, pobreza o dramas cotidianos cuando el país se erige en una referencia del discurso Africa Rising y nadie quiere mirar bajo sus alfombras. «Nuestra gran música es ahora el coupé decalé, imagina», se queja Edwige-Renée Dro, escritora, writivista y responsable de una colección marfileña de la editorial L’Harmattan. «Los músicos no se comprometen, pero es que la gente no se compromete. Básicamente, no puede existir un debate político en este país. El arte es la imagen de un territorio y aquí sólo hay ruido. Hay quienes hacen cosas buenas, pero no llegan a suficiente masa crítica. Hay quien dice que se debe al miedo, pero hubo zouglou con Houphouët1, con muertos. El problema real me parece que es la falta de convicción ¿Por qué no canta nadie sobre Abobo2? O escribe sobre Abobo, ya puestos».

Hay momentos en los que la realidad puede mellar ese pesimismo con el que algunos tintan su visión de la música y la política, conceptos inextricablemente unidos en Costa de Marfil.

Sucedió el pasado mes de abril. Había pasado poco más de un mes desde el MASA y Yodé et Siro, uno de los grandes nombres del zouglou marfileño, celebraban sus veinte años de carrera en el Palacio de la Cultura. Entre el público se situaban el hijo del presidente Gbagbo, Michel, y Guillaume Soro, presidente de la Asamblea Nacional. Los dos pusieron el broche final al concierto con un abrazo, entre los aplausos enfervorecidos de los asistentes, mientras los músicos lanzan consignas desde el escenario recordando a Charles Ble Goudé, el ministro de Juventud del gobierno Gbagbo.

La escena no tendría nada de particular si ignoramos una serie de hechos. Por ejemplo, que Guillaume Soro encabezó un golpe de estado con rebelión contra el presidente Gbagbo en 2002, al que siguió la división del país en todos los sentidos. Que Costa de Marfil pasó por una guerra breve y brutal hace apenas cinco años. Que Gbagbo fue desalojado del poder a bombazos en 2011 y que Michel, su hijo, profesor y francés por más señas, fue detenido con su padre el 11 de abril de 2011. Que demandó a Guillaume Soro ante la justicia francesa por secuestro y malos tratos. Que su padre está ahora con Blé Goudé en el Tribunal Penal Internacional de La Haya.

En las redes sociales se dice que el zouglou y el hip hop han muerto, pero quizás les redima la imagen de ese abrazo, metáfora de la verdadera reconciliación de un país que intenta tapar con puentes y lentejuelas mil heridas todavía no cicatrizadas.

 

Félix Houphouët-Boigny fue el padre de la independencia de Costa de Marfil y primer presidente del país hasta su muerte.

Abobo es el segundo barrio más poblado de Abiyán y probablemente el más pobre y precario.

Ángeles Jurado
Ángeles Jurado

Periodista y escritora. Le interesa la cultura, la cooperación, la geopolítica o la mirada femenina del mundo. De África prefiere su literatura, los medios, Internet y los movimientos sociales, pero ante todo ama a Ben Okri, Véronique Tadjo y Boubacar Boris Diop, entre muchos otros. Forma parte del equipo de comunicación de Casa África desde 2007. 

 
 

@Angeles_Jurado